8 de mayo de 2010

Todo en la mente

Iba a morir cuando despertó.
En un sueño le habían disparado en plena calle, sin duda confundiéndolo con otra persona. Al abrir los ojos, se palpó la parte posterior del cráneo buscando la herida. Luego se sintió estúpido y retiró la mano al instante.
Al contrario de lo que sucede con todas las pesadillas, el despertar no supuso un gran alivio. Casi se sorprendió de no encontrar la almohada empapada en sangre. Había percibido con tanta nitidez el ruido seco, mudo, de la bala al incrustarse en su cabeza. Y cómo, perdiendo toda su velocidad en una fracción de segundo, había quedado alojada en el cerebro.
Tratando de olvidar la pesadilla, se levantó de la cama y se echó agua fría en la cara. Luego se metió en la ducha para que las telarañas del sueño se fueran por el desagüe.
Durante el día, en el trabajo, no se volvió a acordar del sueño. Pero por la tarde, una vez en casa, dejó a medio tomar el café y corrió hasta el cuarto de baño. Valiéndose de dos espejos, se miró la parte posterior de la cabeza, en un punto indeterminado entre la nuca y la coronilla. Pese a no hallar la más mínima anomalía, su intranquilidad no disminuyó.
No comentó el asunto en el trabajo, ni llamó a nadie para contarle lo que le ocurría. Le humillaría insoportablemente que lo tomasen por loco. Dos días después decidió acudir al médico.
Pensó que cuando le explicase la situación el doctor tendría que hacer esfuerzos ímprobos por reprimir una carcajada, pero lo cierto es que lo escuchó con atención y en ningún momento se advirtió en su rostro el más mínimo amago de sonrisa. Propuso hacerle un escáner cerebral dentro de una semana. “Si así se queda más tranquilo”, dijo encogiéndose de hombros.
No obstante, quiso saber si los días anteriores al sueño había sufrido un fuerte estrés, ya fuese en el trabajo o en su vida personal. Le preguntó si había recibido alguna noticia desgraciada o inesperada, si había soportado una situación de gran tensión. La respuesta fue negativa.
Durante los días precedentes a la cita intentó llevar una vida normal, pero no se pudo quitar el asunto de la cabeza ni un solo momento. Al tercer día comenzó a sentir un leve dolor, punzante e intenso, que remitió cuarenta y ocho horas después. Para cuando se hizo las pruebas, saltaba a la vista que había perdido algo de peso.
No obstante, el día en que acudió a la cita para conocer los resultados se sentía mucho mejor. La noche anterior fue la única de las dos últimas semanas en que había dormido durante ocho horas seguidas. El doctor también estaba de buen ánimo, y eso lo tranquilizó. Hablaron con normalidad durante unos minutos. Pero en el instante en que el médico hizo un vago comentario sobre el tiempo, él se movió inquieto en su asiento e incluso se le escapó una mirada hacia el sobre marrón que debía certificar su tranquilidad.
-No hay motivos para preocuparse: no he hallado nada anormal –anunció el doctor antes de extraer la lámina del sobre.
La colgó en la caja iluminada de la pared y con un puntero fue señalando las diferentes imágenes del cerebro, tomadas desde distintas perspectivas. Hizo breves comentarios de cada una en tono monocorde y rutinario. Antes de llegar a la mitad, él lo interrumpió:
-Qué me dice de la penúltima.
El doctor tardó en reaccionar, y cuando lo hizo torció el gesto.
Y se quedó mirando la diminuta pero perceptible mancha que aparecía en la imagen, el insólito trozo metálico con la forma de una bala.

2006.

3 comentarios:

  1. Bien jugada la intensidad, grande. Tienes una precisión escribiendo digna de envidia... Muy buen cuento, sí señor.
    Un besín.

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  2. Genial. Maravilloso Jesús.
    Aunque yo no resolvería al final, dejaría esa angustia colgando.
    Pero bueno, es cosa mía, ya sabes que yo no suelo resolver mucho las cosas...
    besacos

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  3. El relato es poquita cosa, pero muchas gracias a los dos por comentar, me animan vuestros halagos :)

    Besos!

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