18 de agosto de 2010

Un enigma de la oftalmología

Final para un poema asonantado sobre la situación del poeta en la sociedad moderna. Se titulará «Un enigma de la oftalmología»; empezará exponiendo, en tono entre científico, patético y jocoso, cómo los globos oculares de las rubias, por razones que escapan a la ciencia, tienen una extraña incapacidad para percibir la imagen de los poetas; continuará invitando al colega incrédulo a verificarlo empíricamente por sí mismo y acabará como sigue

Comprobarás, hermano, de inmediato
que ella verá la silla, la lámpara, la puerta;
verá sin duda alguna al bosquimano
con yate que se encuentra a tu derecha,
y hasta verá al político cretino
(valga la redundancia) que se sienta
—atención al detalle— exactamente
detrás de ti (¡oh rara transparencia!).
En resumen: verá todas las cosas
visibles, y no digo que no vea
incluso algunas invisibles, pero
lo que es de ti, ni la menor idea.

Tan negro es el camino
que este mundo destina a los poetas.

Miguel d'Ors, La imagen de su cara.

12 de agosto de 2010

Carlota Fainberg


Como el libro que pretende reseñar, esta entrada será corta.
Empezaremos contando algo del argumento. Marcelo y Claudio son dos españoles (con pocas cosas en común) cuyos caminos se cruzan esperando un vuelo en un aeropuerto estadounidense. Marcelo es un empresario extrovertido que pronto le cuenta a Claudio, profesor universitario de literatura, la historia que le ocurrió en un hotel de Buenos Aires, ciudad a la que Claudio se desplaza. Sabemos así, mientras cae una tormenta de nieve que impide la salida de cualquier avión, de la existencia de una bonaerense despampanante, Carlota Fainberg, y de la historia de amor entre Marcelo y ella. El relato, en palabras de Claudio, es una “suma de los lugares comunes más tristes del palurdo donjuanismo español”. El encuentro entre Carlota y Marcelo es el sueño de cualquier mente masculina convencional. Cuando el temporal amaina, Claudio puede viajar a Buenos Aires y pasarse por el hotel de la historia de Marcelo, donde comprenderá qué hay de real en la historia que le han contado.
El conjunto está narrado con la cadencia a la que nos tiene acostumbrados Muñoz Molina, con su prosa reposada y reflexiva, hilvanando con elaborado estilo una historia que en otras manos se quedaría en bien poca cosa. Con todo, no es éste de los libros más densos del autor. Leyendo Carlota Fainberg uno tiene la impresión de que la historia que cuenta Muñoz Molina no es argumentalmente muy compleja, que quizá se desinfla cuando debería resultar más interesante, hacia el final, pero siempre es un auténtico placer leer a este autor. Nos hace disfrutar con su gusto por el detalle y la precisión en el lenguaje, además de su sintaxis pulcra. Quizá sea Carlota Fainberg un buen libro para empezar a familiarizarse con Muñoz Molina.

11 de agosto de 2010

Coldplay-Parachutes

Título del álbum: Parachutes
Artista: Coldplay
Año de publicación: 2000
País: Reino Unido
Género: Alternativa/Pop/Rock

Títulos del disco: 01 Don't Panic, 02 Shiver, 03 Spies, 04 Sparks, 05 Yellow, 06 Trouble, 07 Parachutes, 08 High Speed, 09 We Never Change, 10 Everything's Not Lost.
Duración: unos 41 minutos.





5 de agosto de 2010

La ofensa


Este libro me ha despertado sensaciones contradictorias. A ratos me ha gustado mucho, pero en otros momentos me ha llegado a desesperar. A lo largo de esta reseña intentaré explicar por qué.
La historia que cuenta es la de Kurt Crüwell, un joven sastre alemán que es llamado a filas en el momento en que estalla la II Guerra Mundial. Su novia es judía, así que, como comprenderéis, a ella le va algo peor. En el frente, ante una masacre que le toca presenciar, Kurt cae enfermo de forma extraña. Su cuerpo reacciona ante todo el horror dejando de sentir, así que queda insensibilizado. Esta afección del protagonista me recordó a la de El insensible de Andrew Miller. Hasta aquí la primera parte de las tres de que se compone el libro. En la segunda el narrador omnisciente pasa a contar la vida de Kurt en el hospital, y cómo conoce a una enfermera de la que se enamorará. Luego la acción da otro giro, pero quizás esté de más contarlo aquí. El caso es que, terminada la guerra, Kurt acaba en Londres como vigilante de un cementerio, y, por determinadas circunstancias tendrá que volver a revivir aquel suceso traumático que lo dejó insensibilizado.
Hasta aquí la historia que cuenta la novela, pero el quid de la cuestión radica en el estilo, en cómo está el libro escrito. Y está escrito en una prosa distanciada diría yo, objetiva, como de informe clínico. Al menos da esa sensación al principio. Llama la atención la longitud de algunas frases, por lo que a veces uno tiene que releer más de una. Es una sintaxis un poco barroca y, si bien el autor consigue hallazgos expresivos muy buenos, en ocasiones cae en cierta oscuridad. Por eso se me ocurre decir que la misma brillantez del libro se vuelve a ratos contra él. A veces resulta brillante y otras parece que infla demasiado las frases (o a lo mejor son limitaciones que uno tiene como lector). No cabe duda de que, a pesar de su extensión (unas ciento cuarenta páginas), escribir este libro requiere un gran esfuerzo.
Dejo algunos fragmentos y para terminar un ejemplo de frase enrevesada para que cada cual juzgue por sí mismo.
“Al fin y al cabo, hasta la más pedestre filosofía enseña que la vida se parece más a un cuadro de El Bosco que a un bucólico desayuno sobre la hierba.”
“…comprendió que el asombro, al fin y al cabo, es una categoría de lo cotidiano, y que sólo hay un dios, el azar, y que sólo existe una religión, la casualidad, y que cualquier otra interpretación de la vida y de sus accidentes no sólo está abocada al fracaso, sino que condena a la más absoluta ceguera.”
Y ahí va la frase o más bien una parte de la frase, porque entera ocupa una página del libro:
“Y si en la ira del Hauptsturmführer Löwitsch ante un calvario de piedra halló Kurt el milagro de una juventud implacable, en la negligencia del doctor Lasalle al permitir que sus enfermos fueran conducidos al campo de fútbol y ajusticiados allí mismo sin una sola palabra, casi sin dolor, bajo las ráfagas de ametralladora que sonaban igual que zapatos de claqué sobre un escenario, como si los soldados supieran que debían de morir de ese modo (sin suplicar) y los asesinos supieran que debían matar de ese otro (sin regodearse en la muerte), en esa sorda indiferencia de Lasalle, que entre el crepitar de los cuerpos talados continuaba hierático en el centro de la carnicería, con los brazos cruzados a la espalda, semejante a un funcionario que vigila a unos opositores durante la realización de un examen o a un profesor de anatomía que observa sin pestañear la vivisección de un hígado adulto,…”
¿Soy yo, o esta frase es perfecta para torturar al alumnado en un examen de análisis sintáctico?