27 de diciembre de 2010

Un año de lecturas

Comparto aquí mis lecturas del año. Para no confundir, he decidido destacar los libros de forma similar a R.: en negro los de nivel medio, en azul los que me gustaron mucho y en verde los que me encantaron. Aparecen en rojo los libros a los que no le saqué mucho partido. Los libros con enlaces a las reseñas se cuelan en naranja para fastidiar un poco. En estos casos hay que fijarse en el autor para saber qué color tiene el libro. Como todas las listas, esta es discutible: hay que tener en cuenta que se trata simplemente de una opinión.

-Varamo, de César Aira. Disfruté más con El congreso de literatura.
-El móvil, de Javier Cercas. Interesante novela breve.
-Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.
-Esperando a Godot, de Samuel Beckett.
-Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar. Tiene para mi gusto un gran relato: “Instrucciones para John Howell”.
-El llano en llamas, de Juan Rulfo. No es Pedro Páramo, pero sigue siendo Rulfo.
-El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño. Podría parecer un libro menor, pero no es así.
-Sueño profundo, de Banana Yoshimoto. No me interesó mucho, salvo cierto tono hipnótico.
-Tokio blues, de Haruki Murakami. Dicen que es el Murakami más convencional, así que pretendo adentrarme en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
-Donde todo termina abre las alas, de Blanca Varela. Para ser poesía, me gustó bastante.
-Mr. Vértigo, de Paul Auster. De los menos interesantes de Auster, en mi opinión.
-Los cachorros-Los jefes, de Mario Vargas Llosa. Para mí el mejor Vargas Llosa es el de las novelas.
-El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas.
-El imitador de voces, de Thomas Bernhard. Microrrelatos que dejan entrever la genialidad de Bernhard.
-La glorieta de los fugitivos, de José María Merino. Microrrelatos, con algunas gratas sorpresas.
-Invisible, de Paul Auster.
-La carretera, de Cormac McCarthy. Parece que soy el único al que no le gustó este libro. Repetitivo, anodino y con los diálogos más planos que recuerdo.
-Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914-1987). Un ramillete de grandes poetas.
-La Fortaleza de la Soledad, de Jonathan Lethem. Más interesante al inicio que al final. Disfruté más con Huérfanos de Brooklyn.
-El Palacio de la Luna, de Paul Auster. Cuando lo leí por primera vez no me pareció de los mejores de Auster, pero en una relectura atenta se ha convertido en uno de mis favoritos del autor.
-Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Hay que leerlo, algún día pondré la reseña.
-La ciudad, de Mario Levrero. Un descubrimiento.
-Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. Genial. Me reí mucho.
-Cándido, de Voltaire.
-Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey. Humor negro en estado puro.
-El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald. Quizá mis expectativas fueran altas, pero no le saqué mucho partido.
-Putas asesinas, de Roberto Bolaño. En mi opinión no es su mejor libro de relatos.
-Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Flojo.
-El mal de Portnoy, de Philip Roth.
-Sarta de cuentos y otros relatos, de Raúl Rubio.
-Cantos-Pensamientos, de Giacomo Leopardi.
-Labia, de Eloy Tizón.
Prosa privilegiada.
-Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling.
-Siete cuentos imposibles, de Javier Argüello. Una grata sorpresa.
-La hierba roja, de Boris Vian.
-Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb. Sin ser un novelón, gustará a más de uno.
-El lobo estepario, de Hermann Hesse. ¡Algún día pondré la reseña!
-En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano. Se desinfla.
-La ofensa, de Ricardo Menéndez Salmón. ¡Qué frases más largas!
-Dos mujeres en Praga, de Juan José Millás. Seguiré leyendo a Millás.
-Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina. No es su libro más denso, pero siempre es un placer leerlo.
-Tu rostro mañana 2. Baile y sueño, de Javier Marías. El más flojo de la trilogía.
-Cuentos perversos, de Javier Tomeo.
-En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina. Hasta la fecha, el peor que he leído del autor.
-Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías.
-Trilce, de César Vallejo. Poesía MUY hermética para mí.
-El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. El amor y yo… Empiezo a intuir que García Márquez no es de mis preferidos, más allá de la GRAN Cien años de soledad. Aunque los relatos de Doce cuentos peregrinos no me disgustaron, así que no sé.
-Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán.
-Chesil Beach, de Ian McEwan. Está bien, pero no me parece una gran historia.
-Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. Para ser de Borges, con el que menos he conectado hasta la fecha.
-No amanece el cantor, de José Ángel Valente. Breves textos de prosa poética.
-El castillo, de Franz Kafka. Kafka en estado puro.
-Elegías de Duino-Los sonetos a Orfeo, de Rainer María Rilke. Me gustaron cosas de las elegías, aunque reconozco que no estoy muy dotado para la poesía.
-Shutter Island, de Dennis Lehane. Intriga entretenida con un GRAN final.
-Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer. Disfruté más con Tan fuerte, tan cerca.
-Las partículas elementales, de Michel Houellebecq. Me cansa su tendencia a lo pornográfico, pero tiene reflexiones de altura. Soy de los que opinan que es mejor pensador que novelista.
-Otras inquisiciones, de Jorge Luis Borges. Ensayos breves. Clave para conocer a Borges.
-Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. ¡Algún día pondré la reseña!
-Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. No me sorprendió tanto como a otra gente.
-Corrección, de Thomas Bernhard. Flipé un poco con la prosa de Bernhard.
-Molloy, de Samuel Beckett.
-Malone muere, de Samuel Beckett.
-El innombrable, de Samuel Beckett.
-Poema del cante jondo-Romancero gitano, de Federico García Lorca.
-París, de Mario Levrero.
-El lugar, de Mario Levrero. Fascinante.
-Este libro te salvará la vida, de A. M. Homes. Mucho diálogo y poca chicha.
-Antes de morirme, de Jenny Downham. Amores ñoños, poco realista.

Aprovecho la ocasión para desearos a todos un feliz año nuevo cargado de sorpresas positivas. Os deseo lo mejor.

23 de diciembre de 2010

Molloy/Malone muere/El innombrable


Cuando pensamos en la obra del Nobel irlandés Samuel Beckett, lo primero que nos viene a la cabeza a muchos lectores son sus obras de teatro, títulos como Esperando a Godot o Fin de partida. Sin embargo, tan interesantes como los dramas resultan sus novelas. Aquí intentaremos ocuparnos, a lo largo de esta reseña, de la trilogía compuesta por los títulos Molloy, Malone muere y El innombrable.

Molloy (1951) se estructura en dos partes, que se corresponden con sendas búsquedas: por un lado, la de Molloy en busca de su madre, no sabemos con qué fin; por otro, la de Jacques Moran en busca de Molloy. Molloy, sujeto en crisis, está marcado por la soledad y la falta de identidad, y busca ese refugio que lo libre del desarraigo. Como escribe Frederick R. Karl en su prólogo, toda búsqueda que presentan las novelas de Beckett está condenada al fracaso. La novela refleja el absurdo existencial y, en general, los temas que Beckett explora en sus obras teatrales.

Malone muere (1951), el segundo volumen, pone de manifiesto la importancia de las historias, la necesidad que todos tenemos de contárnoslas. Desde el inicio nos llega la potencia de la voz de Malone, que vive aislado en una habitación cerrada preparándose para una muerte que, según sus propias palabras, llegará de forma inminente. Además de reflexionar, nos describe los objetos que habitan su reducido mundo, entre los que se encuentran un cuaderno y un lápiz, de los que Malone se vale para fabular. Hay un momento humorístico que recuerda a Esperando a Godot, cuando se dice que de los dos ladrones se salvó uno, y se agrega: es un porcentaje razonable. Este segundo volumen me ha recordado a Paul Auster. Me pareció notar la influencia de Beckett en una obra teatral que el neoyorquino escribió en su juventud y, concretamente, en el caso de Malone muere, en Brooklyn Follies, en tanto que ambos protagonistas se preparan para morir.

Con El innombrable (1953) culmina el proceso de desintegración del yo iniciado con Molloy. Nos parece percibir una evolución hacia la abstracción considerando la trilogía en su conjunto. Si los dos primeros volúmenes tienen cierto desarrollo argumental, en este tercero no hay ni principio ni final, porque no hay historia, como tampoco un espacio por el que se muevan los personajes. La novela está constituida por un largo soliloquio, un torrente verbal que en muchos momentos arrastra al lector, emitido por un ente que dice no estar en parte alguna. Una novela que, se diría, se asienta sobre el vacío. Pese al pesimismo general, se mantiene, al igual que en Molloy, cierta vitalidad, cuando se dice que, después de todo, hay que seguir, hay que seguir siempre.

En definitiva, tres novelas habitadas por personajes marginales, “gladiadores moribundos”, como los definió Horace Gregory, que llevan una vida próxima a la no existencia. Puede gustar o no, pero es difícil permanecer indiferente a esta trilogía de Samuel Beckett. A mí su lectura me ha dejado una sensación agridulce. He leído algún artículo sobre la trilogía y la verdad es que se habla de temas sesudos que se me escapan (Wittgenstein, el no ser). Así que se me ocurre decir que esta es básicamente una trilogía para intelectuales, y que a los demás nos puede resultar menos interesante. No entiendo, por poner un ejemplo, qué quiere transmitir Beckett dedicando siete u ocho páginas a hablar de unas piedrecitas que Molloy succiona y que se va pasando de bolsillo a bolsillo. Cosas así pueden llegar a ser desesperantes.

En el prólogo se dice que estas novelas tienen escasa fuerza narrativa. Me parece un comentario acertado. Con todo, he de decir que la lectura me ha merecido la pena. Mi sensación es que va in crescendo: me gustaron detallitos de Molloy, me pareció mejor Malone muere y me encantó la parte final de El innombrable, unas páginas que encontré cercanas a cierto tipo de poesía y me parecieron brillantes. Para análisis más lúcidos, dejo un par de enlaces:

Quién teme a Virginia Woolf (ahora mismo no se puede entrar, sólo admite lectores invitados, pero lo dejo en cualquier caso).

11 de diciembre de 2010

Corrección


Lo sé, lo tiene todo para no gustar: un argumento poco atractivo, relacionado con algo tan frío como la arquitectura (aunque Roithamer nunca emplearía esa palabra) y una sintaxis asfixiante con ni un sólo punto y aparte en sus más de trescientas páginas. Y, sin embargo, Corrección es una novela brillante, un libro en mi opinión memorable.

Es de esa clase de libros a los que no hay que pedirle sorprendentes giros argumentales o un final inesperado, porque no los hay ni se pretende. Con Bernhard, como con Marías (quien fue su descubridor en España), el placer estriba en disfrutar del camino. Reacio como Bolaño a la elipsis, Bernhard expande su discurso de forma obsesiva, invitando a una lectura acelerada, vertiginosa.

Corrección (1975) gira en torno a Roithamer y a su idea (calificada por todos de demencial) de construir un edificio en forma de cono para su hermana, ubicado en el centro geométrico exacto del bosque de Kobernauss. Al igual que el protagonista de El móvil, de Javier Cercas, subordinaba la vida a la literatura, Roithamer lo sacrifica todo para construir este innovador cono, único en el mundo. Se recluye en la buhardilla del taxidermista Höller, y allí idea, durante tres años, su construcción. Su apartamiento recuerda a la idea del poeta aislado en su torre de marfil que se difundió con Rubén Darío.

Luego de otros tres años de construcción del Cono, el perfeccionismo de Roithamer lo lleva a colgarse de un tilo. Tras el suicidio, su amigo (el narrador) se traslada a la buhardilla de los Höller para examinar y ordenar (que no elaborar) el legado de Roithamer, compuesto por miles de folios. La novela se divide en dos partes. Si en la primera predomina la voz del amigo de Roithamer, que nos introduce al constructor, en la segunda es mayoritariamente la voz del propio Roithamer la que oímos, al transcribirse textualmente sus escritos.

En la novela predomina la reflexión sobre la acción. La mayor parte del libro la constituyen los pensamientos de Roithamer sobre su familia, el Cono o su forma de ver la vida en general. Nos informa así de su relación con su madre (que lo odia y lo desprecia), con sus hermanos (que lo odian y lo desprecian) y su hermana (a la que ama), o manifiesta sus opiniones demoledoras sobre Austria, país donde, se llega a decir, el suicidio es lo más lógico. Bernhard se muestra asimismo muy crítico con la sociedad contemporánea.

Diremos, para terminar, que si existen escritores que tienen una voz propia, intransferible, una voz que los distingue de todos los demás autores, Thomas Bernhard es sin duda uno de ellos. Hay que leerlo, y después odiarlo o admirarlo sin reservas, pero hay que leerlo.

Quizá también te interese:
El imitador de voces, de Thomas Bernhard

6 de diciembre de 2010

Ricardo Baigorria

Ricardo Baigorria es un artista argentino que crea figuras imposibles que recuerdan a las de Escher:









"Toda obra realizada sobre un plano, ya sea pintura, grabado, fotografía es un engaño; un engaño en que autor y espectador son cómplices; con esa obra se trata de dar la ilusión de profundidad, de relieve, de corporeidad y el espectador es consciente (y cómplice) de ese engaño cuando contempla esa representación.
Si partimos de esa premisa concluimos que el espectador de la obra va preparado para ver una pseudo realidad representada en ese plano que le ofrece el artista, es decir va preparado para ser parte de un grato engaño, de un trato implícito con el artista en donde trata de ver lo que el autor trató de representar.
Pero cuando ese espectador es sorprendido por imágenes que “parecen” representar la realidad pero que no cumplen completamente con ella, sino que hay perspectivas o planos imposibles se arriba a un sector del arte en donde se empieza a dudar de lo que ve, de su propia percepción.
Tal es el caso de las figuras imposibles, de la representación de los mundos imposibles.
Desde antes del Renacimiento este tipo de expresión artística fue utilizada; con poca frecuencia es verdad; pero es posible encontrar en la historia del arte muchos ejemplos de ello; véase por ejemplo las cárceles inventadas del arquitecto y dibujante Giambattista Piranesi quien en 1760 publicó una serie de litografías titulada “Carceri d'invenzione”; a pesar de su larga trayectoria, las figuras imposibles comenzaron a ser estudiadas y analizadas recién en el siglo pasado, aproximadamente en la década del 30; artistas como Oscar Reutersvard con su tribar, L.S. y Roger Penrose con su publicación "Figuras imposibles: una clase especial de Ilusiones Visuales", Sandro del Prete con sus dibujos metamorfoseados, Istvan Orosz que utilizó elementos varios para crear ilusiones ópticas y anamorfosis y principalmente Maurits Cornelis Escher con su período de arquitectura fantástica y puntos de vista totalmente insólitos para la época, fueron cultores de esta disciplina."
Ricardo Baigorria

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2 de diciembre de 2010

Matadero Cinco


“La mayor carnicería de la historia de Europa”. En estos términos se refiere Kurt Vonnegut al bombardeo de Dresde durante la II Guerra Mundial. Ese día murieron miles de personas, y todo apunta a que fue un ataque innecesario, una acción indiscriminada contra una ciudad indefensa que no representaba ninguna amenaza para los aliados, pero que hubo que destruir porque así se le había prometido a Stalin en la conferencia de Yalta. La ciudad quedó aniquilada, desierta, y en la novela se compara con la superficie lunar.

Kurt Vonnegut vivió en primera persona el bombardeo. Este rasgo autobiográfico puede hacernos pensar que su relato es una historia subjetiva y personal. Sin embargo, el autor no se reserva el papel protagonista, hecho que dota de mayor objetividad a la historia, si además tenemos en cuenta que está narrada en tercera persona.

La novela se centra en un grupo de jóvenes soldados estadounidenses que son hechos prisioneros y llevados al matadero del título, un refugio subterráneo en el que permanecen mientras la ciudad es bombardeada (resulta irónico: mientras afuera se produce una carnicería, ellos están a salvo en un matadero). Pero el libro de Vonnegut no es sólo una novela bélica. Billy Pilgrim, su protagonista, se ve abocado a constantes viajes en el tiempo a momentos pasados y futuros de su vida. De esta forma, la novela abunda en saltos temporales que confieren una gran variedad al conjunto. Además, el hecho de estar compuesta por pequeños fragmentos casi siempre inferiores a una página contribuye a una lectura ágil. Tras regresar de la guerra, Billy Pilgrim empieza a contar historias delirantes, como que ha sido abducido por un platillo volante y llevado a un planeta lejano: Tralfamadore.

En el primer capítulo, que funciona a modo de preámbulo, se dan algunas de las claves del libro. Se habla de antibelicismo y de algo muy interesante: evitar la polarización entre buenos y malos, el maniqueísmo. “No escribas nunca una novela con un personaje malo”, le aconsejan. Al final, tras el bombardeo, como en los conocidos versos de Juan Ramón Jiménez, lo que permanece es el canto de los pájaros:

“Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; algo así como «¿Pío-pío-pi?»”

Un clásico de la ciencia-ficción que, puestos a opinar, no me ha entusiasmado tanto como a otros lectores.

1 de diciembre de 2010