30 de septiembre de 2011

A bordo del naufragio

A veces ni siquiera necesitamos empezar a leer un libro para darnos cuenta de que es diferente. Buscamos la biografía del autor en las solapas y -sorpresa- vemos que sólo ocupa dos líneas, dos líneas escritas además de una forma bastante vaga: “Alberto Olmos nació en Segovia en 1975. Actualmente reside en Madrid, donde le han dado un título.” Se acabó. Nada de “se licenció en Equis por la Universidad de Equis”, no: "le han dado un título". Ya está. Ningún elogio de algún diario o suplemento literario, ni tampoco del típico crítico de postín, ni siquiera esa frase que nunca habréis leído: “uno de los más destacados representantes de su generación”. Nada de nada. Curioso. Y no es que el libro no merezca nada de esto. Todo lo contrario. Sin ir más lejos Olmos fue seleccionado en la famosa lista de la revista anglosajona Granta como una de las voces más prometedoras de las letras hispánicas (bien es cierto que eso ocurrió después de la publicación de este libro). Por no mencionar que su blog es uno de los de obligada referencia en el panorama literario. Uno puede preguntarse cuál era la intención al colocar esa escueta nota. ¿Distanciarse del tono encomiástico, casi se diría que hagiográfico, que suele encontrarse en estos casos? Quién sabe (y este que escribe desde luego que poco sabe). Lo cierto es que, desde antes de empezar, el libro ya está desmarcándose del resto, dando muestras de desparpajo. Pero a lo que íbamos.

Qué decir de esta novela. Que, utilizando el símil pugilístico, no vence por K.O. pero gana todos los asaltos a los puntos. Que el placer no estriba en el transcurrir de la trama, sino en paladear cada frase, sentir la cadencia, impregnarse del tono del libro. Será un gusto leerlo para aquellos que prefieren, más que llegar a un lugar sorprendente, disfrutar al máximo del camino. El protagonista es o se considera un fracasado, por lo que es palpable el aire de derrota y desengaño. Tiene veintidós años y vino a la ciudad a estudiar en la universidad. Sigue con desapego las clases, es introvertido y se sienta en las últimas filas. Para bien o para mal, no es uno más. No sé si queda fuera de lugar decir que tiene carencias afectivas, pero sí que está más bien solo. En un momento dado, entra a comprar una palmera de chocolate a una pastelería y, al pagar, la mano de la vendedora se encuentra fugazmente con la suya. Comenta que es lo más tierno que le ha pasado en todo el día. ¿Triste?

En la novela hay referencias a Taxi Driver, Pessoa, Milan Kundera o Woody Allen. Se trata de un libro intenso (que no tenga un solo punto y aparte, como Corrección de Thomas Bernhard, es tal vez anecdótico), que entretiene y hace pensar. Llaman la atención los hallazgos expresivos de esa voz que habla (en segunda persona, por cierto), no cabe duda de que Olmos se maneja muy bien con las palabras y es un placer leerle. Desde ahora le seguiré la pista, así que os animo a que os acerquéis a él.



28 de septiembre de 2011

Las desventuras del joven Werther



Así como hay libros que pasan desapercibidos en el momento en que se publican y cobran valor tiempo después de la muerte de su autor, otros en cambio se convierten al instante en superventas y perviven como clásicos durante siglos. Este último es el caso, por poner un ejemplo, del Quijote, y también de Las desventuras del joven Werther. Goethe escribió el libro a los veinticinco años y desde entonces siempre sería “el autor del Werther”. No eran pocos los que únicamente habían leído ese libro del alemán, la ropa que vestía el personaje se puso de moda en la época y hubo lectores jóvenes, tristes enamorados, que se quitaron la vida imitando al personaje. Sea como fuere, el suicidio se convertiría en uno de los temas predilectos de los autores románticos, y aquí entran también los españoles (ahí tenemos el caso de Don Álvaro o la fuerza del sino). Al parecer, el libro de Goethe llegó al punto de ser prohibido porque se decía que fomentaba el suicidio.

El argumento del libro es más bien sencillo. Werther es un joven sensible y apasionado que se queda prendado de Lotte, que está comprometida con Albert. Antes de presentársela a Werther, le explican que ella va a casarse, que mucho cuidado con enamorarse de ella, pero él es verla y caer rendido. Al parecer el libro tiene cierto componente autobiográfico. Goethe conoció en un baile a una tal Charlotte Buff y a su prometido, y se enamoró al instante de ella. Se hicieron amigos, pero la relación no pudo prosperar. Hay varios paralelismos entre Goethe y Werther (sus fechas de cumpleaños, por ejemplo, coinciden).

El caso es que el joven Werther se hace amigo de Lotte, va a su casa, se cartea con ella, la pinta en un retrato… Deben ser cosas de eso que llaman EL AMOR: si un día no puede verla, manda al criado para tener cerca a alguien que ese día haya estado con ella, alguien en quien se hayan posado sus ojos, como si eso le trajese parte de su luz. Y cuando recibe una carta, se la lleva a los labios, ya que ha sido tocada por ELLA. Pero en el fondo sabe que no será para él. No puede hacerse ilusiones. Y sin embargo se las hace. De la ilusión también se vive, dicen. Pero de la ilusión también se muere.

Hay un momento interesante en el que una conversación entre Werther y Albert anticipa el final trágico del libro. Werther se pone la pistola en la frente y Albert reconoce que le repugna que alguien pueda llegar a tal grado de locura como para pegarse un tiro: “El hombre que se deja arrastrar por las pasiones”, dice, “pierde totalmente el uso de la razón y debe ser considerado como un borracho, como un demente”.

La novela tiene forma epistolar, imitando a otras obras de la época. Está formada por las cartas que Werther le escribe a un amigo. Sólo hacia el final observamos a Werther desde una perspectiva externa, cuando el editor nos cuenta la etapa final de su vida, pero aun entonces se siguen insertando algunas cartas del protagonista. La prosa se caracteriza por su sencillez y claridad. Al ir dirigidas a un amigo, no están escritas en un estilo frío, sino vivo, cercano. Werther transmite una ilusión tan emocionada por cosas tan simples como el sentimiento que le produce el amanecer, el rocío en las hojas, que es triste saber cómo acabará.

Un clásico al que nunca está de más acercarse.

19 de septiembre de 2011

Helada


Tras alucinar un poco con Corrección, me embarqué ilusionado en la lectura de una de las primeras novelas de Bernhard, Helada (1964), y lo que he vuelto a encontrar es una tenue línea argumental jalonada de numerosas reflexiones, acerca de casi todo, que son las que hacen verdaderamente valiosa la novela, las que hacen de Bernhard el gran autor que por derecho propio es.

El narrador, estudiante en prácticas de veintitrés años, llega a un pequeño pueblo austríaco situado en un valle helado con la misión secreta de observar al pintor Strauch, al que se describe como un intelectual misántropo y de mal carácter. Es el hermano del pintor quien ha encargado esa tarea al estudiante: se lleva mal con él, hace doce años que no se cartean, pero está dispuesto a hacer un último esfuerzo por arreglar las cosas, para lo cual precisa de la información que le pueda suministrar el estudiante. La acción gira en torno a un mesón en el que se hospedan diferentes personas, entre quienes se encuentra el pintor, con quien el estudiante se decidirá a entablar relación; intentará comprenderlo. Se sumergirá así, poco a poco, en sus pensamientos, en su forma de ver el mundo.

Las extensas reflexiones y valoraciones del pintor, ya sea en forma de monólogo o bien en diálogos con el estudiante, constituyen una buena parte de la novela. Contundentes, demoledoras, abarcan temas tan diferentes como la educación, el arte, la soledad, la música, la poesía, las mujeres o las relaciones humanas en general. Empapadas de lucidez, transmiten un profundo pesimismo. La prosa de Bernhard es, por lo demás, de una dureza y sequedad destacables.

Leyendo Helada no he podido evitar acordarme de la obra de cineastas como Andrei Tarkovsky. Pienso, por ejemplo, en la película Stalker, y la relaciono con esta novela de Bernhard. En ambos casos encontramos cierto desarrollo argumental donde se insertan pensamientos varios, reflexiones que crean una obra que podría catalogarse de intelectual o contemplativa, empapada además de cierto lirismo o “poesía” (la película tiene imágenes realmente bellas).

Para mí la obra de Thomas Bernhard ha supuesto todo un descubrimiento: excelentes me parecieron Corrección y El imitador de voces, y leer esta Helada ha vuelto a ser una grata experiencia.


Más libros de Bernhard en este sitio:

El imitador de voces

18 de septiembre de 2011

Todo sobre mi madre



Mientras sigue en cartelera la omnipresente La piel que habito, su última película, parece que finalmente he encontrado la ocasión de ver esta, una de las películas más celebradas de Pedro Almodóvar, ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, del Globo de Oro, el César, el Bafta y unos cuantos premios más a mejor película extranjera del año.

La verdad es que llama la atención la disparidad de opiniones que suscita este hombre, que igual es calificado de genio que de caer más de una vez en el ridículo. De lo que no cabe duda es de que, hoy por hoy, es el cineasta español más internacional (no quiero decir con esto necesariamente que sea el mejor), apreciado por la crítica estadounidense, con presencia asegurada en Cannes y admirado por mujeres (porque en mayor medida suelen ser mujeres) de todo el mundo como la persona que es capaz de atrapar la esencia de lo femenino. O algo así, según dicen. Por otro lado, dentro de las fronteras nacionales se le cuestiona más (son conocidas sus desavenencias con la Academia, que llegó a abandonar durante un tiempo). Sin embargo, Todo sobre mi madre, a diferencia de otras películas suyas, sí que triunfó en los Goya.

Mujeres suelen ser también la mayoría de sus intérpretes. Ser “chica Almodóvar” es uno de los sueños de casi toda actriz (como ocurre con Woody Allen), y la verdad es que entre las cosas valiosas de su cine destacaría por supuesto las interpretaciones, se ve que Almodóvar es un maestro para exprimir y sacar lo mejor de sus actores.

Personalmente, no soy de los incondicionales del manchego. Sólo he visto tres películas suyas, y he de decir que Hable con ella, ganadora del Oscar al mejor guión (algo que no ocurre todos los años, ni siquiera todas las décadas, para una película en otro idioma que no sea inglés, no digamos ya en español), no me parece para nada una gran película (en realidad soy de los que prefiere Los lunes al sol, estrenada el mismo año y ganadora del Goya) y desde luego no la destacaría precisamente por su guión, que me puede parecer hasta mediocre. Volver en cambio me convenció más.

Esta que nos ocupa me parece una película con grandes interpretaciones (Antonia San Juan, Marisa Paredes, Penélope Cruz, Cecilia Roth, Candela Peña) pero también con un guión con algún recurso barato que no esperaba en un hombre del caché de Almodóvar. Puede que ahora no sepa explicar bien esa sensación que me deja la película, al igual que Hable con ella, aunque esta me parece más completa. El sida, por ejemplo. Un tema trillado al que esta película no aporta ningún nuevo enfoque ni nada desde mi punto de vista. Las drogas, más de lo mismo. La escena del atropello, para mí poco verosímil… Se introduce algo de prostitución y drogas, un par de trágicas muertes, alguna enfermedad terminal y con eso el drama está servido. Ya pueden los personajes llorar cada cinco minutos cuando recuerdan lo que les pasó, que si tenemos el día tonto nos emocionaremos con ellos. Porque los actores son buenos, muy buenos. Pero ese monólogo de Antonia san Juan en el teatro… Por favor, ¿a quién le importan las operaciones estéticas que te has hecho? ¿es lo más interesante que tienes que contar? Hay cosas de guión que no pueden paliar las interpretaciones (por supuesto también hay otras cosas que ayudan a que estas sean buenas). Y también está el travesti que las deja a todas embarazadas, esa es otra. Pero no quisiera resultar corrosivo. Para mí lo mejor es la creación de personajes a los que, gracias a las actrices, el espectador puede acabar cogiendo cariño, aunque a veces la trama se haga previsible.

En resumidas cuentas, luces y sombras.

15 de septiembre de 2011

PJ Harvey-Let England Shake

Título del álbum: Let England Shake.
Artista: PJ Harvey.
Año de publicación: 2011.
País: Reino Unido
Género: Alternativa / Indie /Rock
Títulos del álbum: 01 Let England Shake, 02 The Last Living Rose, 03 The Glorious Land, 04 The Words That Maketh Murder, 05 All And Everyone, 06 On Battleship Hill, 07 England, 08 In The Dark Places, 09 Bitter Branches, 10 Hanging In The Wire, 11 Written On The Forehead, 12 The Colour Of The Earth.
Duración: unos 40 minutos.

9 de septiembre de 2011

Libros nuevos VI

Enseño aquí los últimos libros que han llegado a mis manos, ya sean adquisiciones o préstamos. Los he ido acumulando a lo largo de estos últimos meses, así que algunos ya los he leído. La mayoría, de hecho.

-La cámara oscura, de Georges Perec. Vuelvo a este original autor tras Un hombre que duerme. La cámara oscura reúne el relato de más de cien sueños.

-A bordo del naufragio, de Alberto Olmos. Conoceréis a Olmos por su famoso blog, lector mal-herido. Esta novela fue finalista del Premio Herralde el año en que lo ganó Los detectives salvajes.

-Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski. Sin necesidad de presentaciones.


-Un momento de descanso, de Antonio Orejudo. Ya era hora de continuar con Orejudo tras leer la memorable Ventajas de viajar en tren. Este es su último libro.

-Blanco nocturno, de Ricardo Piglia. Una novela que viene avalada por una buena acogida crítica. Ha resultado ganadora del Premio Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española.

-Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo. Segundo volumen de su Proyecto Nocilla. Ya contaré qué me ha parecido.
-El túnel, de Ernesto Sábato. Un libro que seguro que todos conoceréis, una historia absorbente y obsesiva.

-Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. Segundo volumen de la trilogía iniciada con El túnel y que termina con Abaddón el exterminador.

-Sueños itinerantes, de Irene Zoe Alameda. Novela de una joven autora. Espero que esté bastante bien, al menos me hablaron bien de él.

Y esto es todo. Pasad buen fin de semana. Sobre todo, hagáis lo que hagáis, no os aburráis.

3 de septiembre de 2011

El vano ayer



Muy bueno este libro que nos trajo hace unos años Isaac Rosa. Me ha sorprendido, porque hace falta hilar muy fino cuando uno se plantea escribir una novela sobre la guerra civil. Todo el mundo está harto del tema y de inmediato sería considerada otra novela sobre la guerra civil. Pero ojo, esta no es una novela más, como han sabido ver los jurados de premios como el Rómulo Gallegos, el Andalucía de la Crítica o el que otorga el programa cultural “El ojo crítico”.

No hace mucho, el escritor Vicente Luis Mora comentaba en Twitter: “¿Qué narices va a cuestionarse un tipo de novela que no se cuestiona ni a sí misma?” La que ha escrito Isaac Rosa es ante todo eso: una novela que constantemente se cuestiona a sí misma. Y esto aporta una originalidad en el enfoque muy de agradecer. El autor nos empieza situando en el laboratorio del escritor que pretende escribir una novela de este tipo. Considera el potencial de las posibles historias que podría utilizar, los enfoques errados que habría que evitar, las cautelas indispensables para no caer en el lugar común.

“Mucho cuidado con los héroes, con los luchadores ejemplares, esculturas de una sola pieza que ni sombra proyectan bajo el sol; mucho cuidado con los héroes, especialmente si son jóvenes.”

Evita la polarización entre buenos y malos. Es consciente de los recursos que suelen engatusar al lector en este tipo de libros, y nos llama la atención sobre ellos. Vuelve una y otra vez a entrar en la cocina del escritor. Estos excursos metaficcionales tienen a mi modo de ver un efecto distanciador, nos alejan emocionalmente de la historia narrada, de manera que no nos impliquemos a ciegas, sin reflexionar ni cuestionar lo que se nos está relatando. No sé si me explico. En un momento dado, la página se bifurca en dos columnas para ofrecer dos posibles explicaciones sobre un mismo hecho, dos versiones de la historia entre las que el lector puede elegir la que prefiera.

Digamos que la historia principal se enmarca en España en la época franquista, concretamente en los sesenta, años de agitación universitaria. En ese ambiente estudiantil, el profesor Julio Denis será repentinamente expulsado del país sin que sepamos por qué motivo. Parece que algo tiene que ver su charla días atrás con quien resultó ser uno de los líderes comunistas estudiantiles. Esta es, por decirlo así, la anécdota en la que se centra el libro, pero a partir de ahí abarca mucho más. Isaac Rosa despliega una serie de recursos que hacen que el lector tenga que estar activo, que no se acomode, y que consiguen que su novela sea a mi juicio ejemplar, modélica. Es de esas veces que desde el principio intuyes que el libro es bueno y que va a ser un placer leerlo. Puede resultar rimbombante que lo diga un don nadie como yo, pero si no fuera por eso diría que El vano ayer es una novela necesaria que muchos jóvenes haríamos bien en leer. Os invito sin dudarlo a que os adentréis en ella.

1 de septiembre de 2011

Pensamos algo y lo leemos en un libro


"-Mi madre dice que leer es pensar -dijo Sofía-. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no-pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando."

Ricardo Piglia, Blanco nocturno.