28 de febrero de 2013

Crímenes




“Un agente de policía le dijo una vez a un magistrado de la Corte Federal que los defensores no son más que frenos en el coche de la justicia. El juez respondió que un coche sin frenos no sirve para nada. Un proceso penal funciona solamente en el marco de este juego de fuerzas.”

Ferdinand von Schirach se vale de su experiencia dilatada como abogado para relatar en Crímenes (2009), su debut en la ficción, una serie de casos penales principalmente centrados en homicidios. A mi modo de ver, el libro no exige mucho al lector. Los destellos de humanidad de alguna historia (como la del trastornado atracador de un banco del último relato) mitigan mi opinión no muy favorable sobre el volumen y me recuerdan algunos de los casos clínicos de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Sin embargo, he de reconocer que la mayor parte de la lectura he pasado páginas sin mucho interés y me ha parecido, en cuanto a estilo, más bien pobre, por lo que no está lejos de poder ser considerado como fast food. Para los que busquen algo comercial de digestión rápida.

19 de febrero de 2013

El afinador de habitaciones




Leyendo este título quizá venga a la memoria del lector una novela bastante vendida hace unos años, El afinador de pianos de Daniel Mason. Lo de los pianos se entiende, pero… ¿habitaciones? Uno se pregunta antes de empezar de qué irá la cosa.

Precede a El afinador de habitaciones (2010) la historia de La cuervo, escrita once años antes. En ella encontramos a esta adolescente que a su edad va de luto por la vida. Sus razones tiene. Pronto intimará con el narrador, en una relación que irá evolucionando con las páginas. El mismo narrador encontramos en El afinador de habitaciones, donde seguimos comprobando que eso de las mujeres se le da de maravilla. Tiene diecisiete años, vive con su abuela y lidia con una ansiedad que trata de mitigar bebiendo coñac. Aprecia la buena literatura, de modo que en el libro abundan las referencias literarias. Algunas pequeñas historias que permanecerán en el recuerdo del lector son la del sabbath judío y el cómputo de los pasos o la relación entre la escritura de la letra t y la fuerza de voluntad que el narrador encuentra en un libro sobre grafología.

La forma de escribir de Celso Castro se sale de lo convencional. Aparte de ciertas libertades tipográficas, como la ausencia de mayúsculas o el uso caótico de los guiones (según he leído guiñándole el ojo a Nietzsche), consigue crear una cadencia, una atmósfera que envuelve con una capa sutil de sensaciones al lector. Buena literatura, quizá para paladares algo selectos.

13 de febrero de 2013

Aprender a rezar en la era de la técnica



Lenz Buchmann es un cirujano competente de ética dudosa. En realidad no sé por qué digo dudosa, está bastante claro que es un cabrón. Recuerda un poco a aquello de Nietzsche de que los débiles deben perecer. Educado para ser fuerte y no mostrarse jamás miedoso, Lenz idolatra a su padre, del que hereda el gusto por la lectura (un cabrón ilustrado, ¿será que la lectura no tiene por qué hacernos mejores personas?). Convencido de que hacer lo que se quiere es el primer peldaño, pero lo siguiente es hacer que los demás hagan lo que uno quiere, abandona su trabajo como médico e inicia carrera política.

La novela está muy bien escrita, Tavares es preciso como el bisturí de su personaje. Quizá en contra del libro juega cierta frialdad, pero me parece un autor al que se debe seguir. De modo que agradezco a Rafa y Marisa la recomendación, así como a La hierba roja por tener el detalle de regalarme el libro.

Fragmento:

“…día tras día, los elogios y la admiración técnica que los enfermos, los colegas médicos y el personal del hospital le profesaban se le hacían insoportables. No le molestaba que lo consideraran competente, sino que esa cualidad se confundiera con cierta clase de bondad, sentimiento al que despreciaba sobremanera. Y esa confusión -entre bondad y competencia técnica- empezaba a corroer la barrera que Lenz había levantado entre su profesión y su vida particular, en la que la disolución de los valores morales era nítida. El placer que sentía en humillar a prostitutas, mujeres débiles o adolescentes, a los mendigos que llamaban a su puerta o incluso a su propia mujer, no podía ser más antagónico del aura que ponían a su alrededor algunos familiares de pacientes a los que había operado.

Fue por este motivo que, aquella tarde, cuando la mujer ingenua, al agradecerle el hecho de haber operado con éxito a su madre, le dijo:

-¡Es usted un buen hombre!

él sintió la necesidad de contestar con brusquedad, delante del personal del hospital:

-Perdone, pero de eso nada. Soy médico.”