26 de noviembre de 2013

Libros nuevos VII



-Los hermanos Tanner, de Robert Walser. Un autor que me interesa, y quería seguir con él tras El paseo y Jakob von Gunten.
-Concrete: las profundidades, de Paul Chadwick. Novela gráfica que encontré en la biblioteca y sobre la que recordé haber oído hablar en el informativo cultural Miradas 2, hace años. Trata de un hombre atrapado en un cuerpo de piedra que puede afrontar retos imposibles para cualquier humano pero no, por ejemplo, "sentir el roce de una mano humana".   
-Nuestro iglú en el ártico, de Mario Levrero. Una colección de relatos de Mario Levrero publicada en Uruguay que conocí a través del blog de David Pérez Vega y pude adquirir a través de La Central.
-Elías y los ladrones de magia, de Cristina Monteoliva. Una novela juvenil en cuyo proceso de crowdfunding participé y que estoy empezando a leer justo ahora.
-Corazón tan blanco, de Javier Marías. Una de las novelas más conocidas del aspirante al Nobel.
-La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Autor japonés al que ya tenía ganas de conocer. Segunda mano.
-Moleskine, de Guillermo Busutil. Selección de relatos del autor granadino que compré en una librería de segunda mano, ya que me gustó su libro Vidas prometidas.
-Trilogía de la espera, de Antonio di Benedetto. Adquisición de segunda mano con elogios en la contraportada de gente como Borges, Piglia o Vila-Matas.
-Las frutas de la luna, de Ángel Olgoso. Libro publicado este año por Menoscuarto de un autor de referencia en el panorama nacional del relato corto. Gracias a Cristina Monteoliva por prestármelo.
-Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg. Ensayos de una autora a la que hace tiempo que tenía ganas de leer.

23 de noviembre de 2013

Repaso cinéfilo

John Wayne en Centauros del desierto.


Soldados de Salamina (2003). Prescindible adaptación de la más conocida novela de Javier Cercas en la que lo mejor a mi parecer es la escena final en la que brilla Joan Dalmau. Quizá no sea un acierto la elección de Ariadna Gil como protagonista. La bella música de Arvo Pärt tampoco me parece bien utilizada (por contraste, me resulta difícil olvidar la escena final de Japón (2002) del mexicano Carlos Reygadas cada vez que vuelvo a oír el Cantus in Memoriam Benjamin Britten). Me apetece seguir con el director y ver, por ejemplo, su reciente Vivir es fácil con los ojos cerrados o su ópera prima La buena vida.

Michael Fassbender en Shame.

Shame (2011) de Steve McQueen. Película de cuidada factura cuyo desarrollo quizá podría abarcar un relato corto, con un bonito momento musical donde se versiona el New York de Frank Sinatra. Un protagonista obsesionado con el sexo, como el personaje de Ejército enemigo (al propio Olmos creo que le gustó bastante esta película, sin duda más que a mí), que parece girar finalmente el rumbo. Intentaré buscar Hunger, del mismo director.

Joan Dalmau y Ariadna Gil en Soldados de Salamina.

Centauros del desierto (1956), de John Ford. No soy muy asiduo del western. Me gustó mucho Sin perdón, de Clint Eastwood. Con respecto a la variación en las traducciones de los títulos de algunas películas, celebro aquí el cambio de The Searchers al más poético Centauros del desierto. No acabé de tener clara la actitud del personaje de Natalie Wood. De lo poco que he visto de John Ford, me pareció mucho más redonda El hombre que mató a Liberty Valance.

13 de noviembre de 2013

Relatos de lo inesperado



Mientras leía este libro, zapeando, me encontré en La Sexta 3 con la película Four Rooms, y en concreto con la parte rodada por Quentin Tarantino, que precisamente se hacía eco de una de las historias de Relatos de lo inesperado, llevada a televisión por Hitchcock. En ella, el espectador asiste al desarrollo de una curiosa apuesta, en la que un personaje se ofrece a regalar su espléndido coche a otro simplemente si consigue que su mechero se encienda diez veces seguidas. Si no es así, si pierde la apuesta, bastará con que le entregue algo sin mucha importancia, algo que no le suponga una gran pérdida: un meñique (si el mechero no enciende diez veces, le cortará allí mismo su dedo meñique). El argumento del relato de Dahl es genial, de los que cuesta olvidar. Y quizá sea ese el punto fuerte del libro: sus argumentos, sus sorprendentes tramas. Los sibaritas del alto lenguaje literario quizá no sacien aquí su apetito, pero a buen seguro soltarán alguna carcajada. Pasarán un muy buen rato leyéndolo. Los relatos, un total de dieciséis, son en su mayoría de extensión media-larga.

En cuanto a los temas recurrentes, en Wikipedia apuntan el de las apuestas disparatadas ("Gastrónomos", "Hombre del sur", "Apuestas"), el burlador burlado ("Placer de clérigo", "La señora Bixby y el agrigo del coronel"), la mujer sumisa que de súbito explota ("Cordero asado", "La subida al cielo"), la venganza del hombre humillado ("Nunc dimittis", "Lady Turton"). La intriga es común a muchos de ellos. Roald Dahl escribía para un público exigente, como es el infantil, y no olvida aquí su misión de inventar para el lector muy buenas historias.

Fragmento:

"-Hace ya mucho tiempo -continuó-, vi un cortometraje médico que nos habían traído de Rusia. Un tanto truculento, pero interesante, mostraba una cabeza de perro que, separada del cuerpo, recibía no obstante, a través de venas y arterias, su flujo normal de sangre, suministrada por un corazón artificial. Lo notable del caso es esto: aquella cabeza de perro, plantada allí, sola, en mitad de una especie de bandeja, estaba viva. El cerebro funcionaba, como demostraron una serie de pruebas. Por ejemplo, si aplicaban comida a los labios del perro, la lengua salía y la retiraba de un lametón; y, si alguien cruzaba la sala, los ojos seguían su movimiento. La conclusión lógica que cabía sacar de ello era que, para continuar vivos, cerebro y cabeza no necesitan estar unidos al resto del cuerpo... a condición, claro está, de que se mantenga un suministro de sangre debidamente oxigenada."


5 de noviembre de 2013

Yo no tengo una personalidad



"Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W.C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! (...)
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. (...)
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades..."

Oliverio Girondo, Espantapájaros (al alcance de todos) (1932).