18 de julio de 2015

En el bar

Fotografía de Kyle Szegedi

   A media mañana, pedí una tostada con tomate y un café con leche antes de seguir con la jornada. Mientras daba buena cuenta de ello, escuché la escena que tenía lugar en aquel mismo momento en el bar. Un hombre trataba de convencer a otro de que los inmigrantes negros eran lo peor. Subrayaba el tono despreciativo con alguna que otra mueca y aspaviento.

   El caso es que el sujeto en cuestión era también inmigrante, pero europeo, del centro o del este. Su acento así lo evidenciaba. El oyente, que debía rondar los cincuenta años y me daba la espalda, a unos dos metros, sí era autóctono, y escuchaba en silencio la invectiva, que apestaba desde mi perspectiva a rastrero intento de forjar una camaradería sustentada, como tantas otras, en el odio hacia un enemigo común. Todo apuntaba a que no se conocían, a que jamás habían hablado antes de coincidir en aquella barra de bar a aquellas horas de la mañana. El emigrante, bastante más joven, no paraba de apelar, de forma soterrada, o en realidad no tanto, al racismo del otro para confraternizar. 

   Al español le debió sonar aquello a barato engatusamiento, pues zanjó el tema con un firme, pero sereno: 

   -Si vienen a ganarse honradamente el pan, ningún problema con ellos, ni contigo, ni con nadie.

© Jesús Artacho, 2015.

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