31 de enero de 2015

El guitarrista


Hay novelas, lo decía Auster, reales como una mesa. Y otras, en cambio, en las que se hace más presente al lector su condición de artefacto ficticio, de literatura. Creo que El guitarrista (2002) de Luis Landero es de estas últimas. No pretendo con ello denigrarla, más bien caracterizarla por cierto aire como de cuento que me parece atisbar en lo que, por otra parte, me resulta una novela interesante, con sucesivas dosis de profundidad, enfoques singulares, escrita con corrección, dominio de las técnicas y riqueza en el lenguaje. Ganar, como hizo la primera novela de Landero, Juegos de la edad tardía, el Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica, no me parece nada despreciable. Pero, más allá de premios, el autor demuestra talento y oficio en sus textos, que al fin y al cabo -los textos, quiero decir- son los que cuentan.

Se quejaba no recuerdo quién de que, en las reseñas de libros, cada vez se habla más del qué y menos del cómo. Atendiendo a esa sugerencia, empezaremos hablando un poco del estilo del autor. La prosa de Landero resulta fluida, sencilla aunque por momentos rica en hallazgos, y hace gala de una notable habilidad para narrar aun cosas aparentemente triviales, como un partidillo de fútbol o los andares de cierto profesor ("quizá el mayor narrador nato de los últimos años", dijo de Landero Rafael Conte). Se percibe cierta creatividad en las comparaciones ("como en un abismo acogedor" -oxímoron mediante en este caso-) y, en la primera parte de la novela, al menos, una tendencia acusada al polisíndeton con la conjunción "y" que contribuye al tono nostálgico, de historia recordada y narrada treinta y cinco años después de que ocurriera, como es el caso. También encontramos fragmentos imbuidos de aliento poético. La narración en primera persona habilita la posibilidad de un sorprendente final abierto, deliberadamente ambiguo, con el que el autor nos deja ante diferentes versiones por las que podemos optar sin la certeza de habernos decantado por la adecuada, pues esta indeterminación parece a todas luces buscada (para más inri, hay -no me refiero al protagonista- un narrador poco fiable de por medio, posiblemente enfermo mental).

Pero antes de que la entrada desemboque en una enumeración de figuras retóricas de apéndice de libro de lengua de bachillerato, pasaremos a repasar algunos temas recurrentes en la novela. El amor y el arte (el flamenco, la vida del artista y las giras, la literatura y el oficio de escritor) están bastante presentes. Se habla de la posibilidad de conciliar esos dos ideales, el arte y el amor. También del arte como alternativa vital a una existencia gris, como elemento que da sentido a una vida, que nos hace encontrar nuestra identidad. Encontramos además, en varios momentos, la dicotomía memoria/olvido. "Nadie merece ser olvidado", dice un personaje, y se habla de una Enciclopedia del Género Humano que aboga por la memoria de las vidas humildes.

Demasiado abarcadora está quedando, me temo, esta tentativa de análisis. Hablemos, por fin, de la línea argumental y los personajes. La historia está ambientada en la España franquista, puede que en los años cincuenta o sesenta (no se dan datos cronológicos exactos). El narrador y protagonista es Emilio, un joven que vive con su madre y trabaja en un taller mecánico mientras por las tardes-noches estudia en una academia para sacarse el bachillerato. Cuando empieza a temer que la vida ya lo está atrapando en sus redes grises, aparece su primo, que viene de París y le habla de su ilusionante comienzo en el mundo del flamenco como guitarrista. Pronto empieza Emilio también a tocar la guitarra, y su jefe llegará a pensar en él para darle clases a su mujer, Adriana. Comienza así la trama principal del libro, en la que se ha señalado el poso cervantino (en concreto, el diálogo con el relato corto de El curioso impertinente, incluido en El Quijote y al que se alude en la propia novela). El sesgo autobiográfico del libro queda patente desde la primera frase. Landero fue guitarrista en su juventud, y por lo visto llegó a actuar en alguna gira internacional (la que emprenden los artistas de la novela recuerda, por cierto, a El viaje a ninguna parte, la película de Fernán Gómez), y también trabajó como mecánico durante un tiempo.  

Terminaré comentando, para alargar aún más esta entrada y a riesgo de pecar de quisquilloso, algún desliz estilístico puntual que me ha parecido encontrar en las más de trescientas páginas del libro. En la página 169 de mi edición hay una concordancia dudosa: "en el aire de las casas donde duermen o se afanan a deshora gente desconocida". Mucho antes, se crea una ambigüedad innecesaria al decir: "dictando apuntes como si tal cosa de los presocráticos". Acercando "como si tal cosa" al verbo que modifica (dictando), se evitaría ese pequeño chirrido, del tipo de la frase "al chocar la bicicleta en la que iban con una farola". Si no se acerca "con una farola" a "chocar", nos parece, se abre la posibilidad -risible- de que los protagonistas de la frase montasen en la bicicleta portando una farola, cuando se dieron, seguramente, una hostia bastante seria.

Y eso, que el libro lo recomiendo. En el club de lectura de la biblioteca parece que ha gustado bastante. Lectura amena, interesante, profunda en ocasiones y, lo más importante para mucha gente, engancha (por lo menos en su parte final).

Valoración: 4/5.


Caricatura de Luis Landero

21 de enero de 2015

Los hikikomori






"Uno de cada diez jóvenes japoneses sufre una enfermedad conocida como hikikomori. Los hikikomori son adolescentes y adultos jóvenes que se ven abrumados por la sociedad japonesa y se sienten incapaces de cumplir los roles sociales que se esperan de ellos, reaccionando con un aislamiento social. Los hikikomori a menudo rechazan abandonar la casa de sus padres y puede que se encierren en una habitación durante meses o incluso años. La mayoría de ellos son varones, y muchos son también primogénitos. Este tipo de problemas se centran (aunque no son exclusivos) en las clases media-alta y alta, donde el joven posee cuarto propio, lo cual es considerado un lujo en Japón. La palabra japonesa hikikomori significa aislamiento en español." Un documental emitido en el Canal Odisea.

15 de enero de 2015

La Berlingo




"En la barra del bar. La tele escupe el informativo, donde ahora aparece un político catalán hablando, cómo no, en catalán. El señor de al lado, que aparenta ochenta años, no disimula su crispación interna. ¿Por qué pondrán a M. hablando en catalán en el resto de España, si no lo entendemos? Bueno, digo yo, el catalán es lengua cooficial en Cataluña, lo dice la Constitución. ¿Pero por qué nos lo ponen al resto?, se sigue quejando. Le digo que han subtitulado su discurso para que lo podamos entender. Sí, concede, pero hay gente que no sabe leer, alguna gente de mi edad no pudo ni ir a la escuela… Sugiero que quizá estemos sacando las cosas de quicio, que debemos aceptar que en España existen otras lenguas en determinadas zonas bilingües… Lo que yo digo, me corta él, es que usen su lengua cuando estén en la Berlingo (sic) esa, pero no para hablarnos al resto…"

© Jesús Artacho

Nota: como ya se han atribuido (sic) algún texto de mi cosecha, he decidido empezar a poner el simbolito del copyright como medida -estúpida, si se quiere- quién sabe si disuasoria. 

11 de enero de 2015

A propósito de "La vida de los otros"


Fotograma de la película La vida de los otros


A continuación, una breve reflexión propiciada por el visionado de la película alemana La vida de los otros (2006), de Florian Henckel von Donnersmarck (puede contener spoilers en el primer párrafo).

Encuentra uno un sustrato de ingenuidad, de optimismo cuanto menos, en esa sólida película, profunda a la vez que entretenida, que es La vida de los otros. El cambio de actitud del personaje encarnado por Ulrich Mühe, su proceso paulatino de erosión, que tiene como momento central su ablandamiento al escuchar una pieza de música clásica, supone un lingotazo de esperanza en el ser humano que, considerándolo en frío, la realidad -y la ficción- ha venido desmintiendo recurrentemente. ¿Puede alguien escuchar esta pieza, escucharla realmente, y ser una mala persona?, se plantea en la cinta. La respuesta, en la película, es positiva, y nos lleva a la cuestión de si el arte, la cultura en general, nos hace necesariamente mejores personas. Más libres para elegir, seguramente, pero parece que no garantiza nada más.

Así, nos puede sorprender, de entrada, encontrar gustos estéticos exquisitos en verdaderos monstruos. Cuentan que Al Capone, por ejemplo, se enternecía escuchando al tenor Gigli, lo cual no era óbice para que desistiera de sus operaciones criminales. Las veleidades artísticas de Adolf Hitler son también conocidas. En la ficción, encontramos al archiconocido Hannibal Lecter, cuya melomanía y refinamiento estético no le impedían devorar a la gente; en Alex, el protagonista de La naranja mecánica, convivían la desaforada violencia y la pasión por la novena sinfonía de Beethoven, y Roberto Bolaño imaginó en su novela Estrella distante a un poeta sádico, Carlos Wieder. Todo esto por poner algunos ejemplos, cuya lista alargaría una mayor vocación exhaustiva.

George Steiner, en sus Gramáticas de la creación, escribía: “…la educación se ha revelado incapaz de hacer que la sensibilidad y el conocimiento sean resistentes a la sinrazón asesina”.

¿Qué os parece el tema? ¿Habéis visto la película?

6 de enero de 2015

Y naufragar me es dulce en este mar




El infinito

Siempre caro me fue este yermo cerro
y este seto, que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas, sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y una quietud hondísima
en mi mente imagino. Tanta, que casi
el corazón se estremece. Y como oigo
el viento susurrar en la espesura,
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz. Y me acuerdo de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su música. Así que, entre esta
inmensidad, mi pensamiento anego,
y naufragar me es dulce en este mar.


Giacomo Leopardi (1798-1837), Cantos.