23 de noviembre de 2015

El nombre exacto de las cosas

Vasili Kandinsky, Yellow, Red, Blue (1925).


"¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
...Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas...
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!"


Juan Ramón Jiménez, Eternidades (1918).

16 de noviembre de 2015

Intuidos privilegios



Llega a mis oídos, ignoro si de forma fidedigna, la historia de una chica que, buscando para una boda un top, a juego con el color del vestido, tras no encontrarlo por ningún sitio da en entrar a un bazar chino. Allí, tal vez porque no existe cosa que estos establecimientos no tengan, lo adquiere antes de que la acucia previa al evento descuelle en histeria.

El caso es que durante el banquete comienza a notar un leve picor en el pecho, que aumenta hasta hacerse insoportable y desemboca en visita a urgencias. Se dice que el médico, nada más verla, le pregunta a bocajarro si ha comprado la prenda en un chino. La chica, algo turbada ante esa clarividencia, contesta que sí. Tiene enrojecido parte del pecho y el abdomen, y el facultativo le augura que esa irritación de la epidermis evolucionará a peor. El pronóstico se cumple, y poco después a la afectada se le levantan ampollas en la piel. 

Llegado este punto, decide emprender acciones legales y pone una denuncia a la tienda que le vendió la prenda. Pese a la evidencia, su reclamación no prospera, el asunto queda en nada y no consigue reparación alguna. Las ampollas le han dejado secuelas en la piel, unas marcas que le afean el torso y hasta el día de hoy la siguen acomplejando a la hora de, por ejemplo, ponerse un biquini en verano.

Aquí termina la historia, del modo en que a uno se le ha permitido conocerla. A menudo entra en juego en casos como este, ignoro si fomentada por dosis de racismo o xenofobia, la suspicacia ante intuidos privilegios para los comerciantes chinos. Al pequeño autónomo, que ve cómo Sanidad, Trabajo o Hacienda no dejan de inspeccionarle y exigirle, le produce una estupefacción sin límite escuchar cómo casos de este tipo quedan archivados sin sanción o penalización alguna.

9 de noviembre de 2015

Alphaville


Vuelvo a compartir mi entusiasmo por una película, aun a sabiendas de que no es para todos los públicos y de que uno vuelve a ser, una vez más, franca minoría. Se trata de Alphaville (1965), que junto con Banda aparte (1964) ha supuesto que se consolide mi admiración hacia Jean-Luc Godard, figura viviente (con ochenta y cinco años) del séptimo arte.

El cineasta francés ofrece en esta ocasión una distopía futurista de tipo político-filosófico (véanse obras como 1984, Fahrenheit 451, Dark City, Un mundo feliz, Kallocaína, Nosotros de Yevgueni Zamiatin o algunos episodios de Black Mirror), cine de género (además de la ciencia ficción -o ficción científica- se aprecia la influencia del cine negro) con sello de autor

Por dar unas notas del argumento, el visitante de Alphaville Lemmy Caution, un espía que se presenta como periodista, llega a una ciudad donde todo el mundo parece caminar triste o, si nos ponemos un poco lorquianos y extremosos, donde todos "vacilan insomnes como recién salidos de un naufragio de sangre". Allí conoce a Natascha, de la que se enamora pese a sus modales un tanto robóticos. En la ciudad, regida por la computadora Alpha 60, a cargo del profesor Von Braun, son frecuentes las ejecuciones, la libertad y el espíritu crítico han sido anulados y los poderes han decidido suprimir palabras como "conciencia" o "amor", que los habitantes de Alphaville ya han olvidado.



La cinta, ganadora del Oso de Oro en Berlín, posee una gran belleza en muchos de sus fotogramas (fantástica, en este caso, la fotografía en blanco y negro a cargo de Raoul Coutard) y su manera de salirse de lo convencional resulta muy seductora. Destacables las interpretaciones de Eddie Constantine y Anna Karina, casada con Godard por entonces. El guión también contiene varios pasajes memorables, entre hondos, vitales y poéticos.



En las respuestas que se escuchan en el vídeo anterior, por ejemplo, ve uno la huella de -o el homenaje a- Pascal, al hablar del silencio de los espacios infinitos en el cosmos. Como pequeña pega, en un momento dado un personaje usa "años luz" como medida de tiempo, siéndolo de distancia. El futurismo al que antes nos referíamos no se manifiesta en el escenario, y la vestimenta, los vehículos, etc., son los de la época (no aparecen cohetes o naves espaciales, llegando al extremo de que a la ciudad, situada en otra galaxia, se entra y se sale en coche). Un crítico habló de "ciencia ficción sin efectos especiales".

Eddie Constantine, al parecer, había interpretado antes de esta película a Lemmy Caution, personaje popular creado por el escritor inglés Peter Cheyney, en varias películas de serie B. Haciendo gala de esa capacidad de reciclaje de materiales provenientes de distintos géneros, como ya hiciera en Banda aparte con el policial, Godard retoma el personaje -y al actor- y lo sitúa en un futuro distópico en Alphaville. Se cuenta que, en algún momento, el cineasta pensó en titular la película Tarzán vs IBM. En España, suavizando lo anterior, creo que se tradujo como Lemmy contra Alphaville.

Una propuesta, en definitiva, magnética, lúcida y reveladora de un talento y una personalidad artística de gran calado, que deja con ganas de seguir incursionando en el cine de Jean-Luc Godard, así como en el de otros directores de la nouvelle vague en general.