27 de agosto de 2016

Tres haikus

Fotografía de Sebastian Luczywo


Las malas hierbas
se alzan mucho más rápido
que la semilla.




Inspirar hondo
en las gasolineras.
Pequeño éxtasis.




Yo frente al río
mirando la corriente.
Vida hacia dentro.

© 2015-2016.

15 de agosto de 2016

Sobre arte contemporáneo

Cuadro gris con una mancha negra, de Antoni Tàpies


Sale uno a veces de los museos de arte contemporáneo -perdonadme- no sin secuelas.
Al observar un mastodóntico desconchón en la pintura de una fachada, caminando por la ciudad media hora después, lo encuentra uno de pronto de un deterioro muy logrado, una obra de arte -urbano en este caso- que en nada desentona con las que acaba de contemplar, urna mediante, en la sala museística. Y se dice uno que emula el desperfecto, de manera muy conseguida, una figura bastante estilizada, al estilo de las de Giacometti.
Percibir esa dimensión estética en una realidad, al fin y al cabo, depauperada, puede producir, más que un sentimiento de distinción, la cotidiana punzada de estupidez o una oleada de culpabilidad burguesa, como si no andase uno muy lejos de aquellos turistas primermundistas que, mirando las chabolas desde la distancia, únicamente veían, inmunes a la miseria, una sucesión muy colorida de paredes, digna de alabarse, de una belleza que les alegró la jornada.
Hubo una época en que miraba con asiduidad pintura y fotografía abstractas. Un día, al caer la tarde en la huerta, me descubrí abismando la mirada en el suelo y pensando que el tramo de zahorra de la entrada resultaba de lo más artístico, un prodigio de abstracción, muy similar a algunos cuadros modernos y cotizadísimos. En ese momento, por supuesto, a uno se le vuelve a hacer presente el componente de engañifa que a menudo se le atribuye al arte contemporáneo, aparta despavorido la mirada del suelo y comprende que urge una desintoxicación.

© 2016.

Les quatre coins, de Antoni Tàpies


8 de agosto de 2016

París no se acaba nunca


Aunque lector asiduo de Enrique Vila-Matas, durante mucho tiempo este libro lo he dejado correr, tal vez con la tácita intención de que, como le ocurre a él con París, Vila-Matas a mí no se me acabara nunca. Leí un libro suyo por primera vez en 2003. El mal de Montano supuso para este que escribe un gran descubrimiento, y desde entonces he continuado leyéndolo hasta completar una docena de sus títulos. 

En París no se acaba nunca (2003), el consagrado escritor barcelonés recrea su etapa parisina, en la que, como siempre se recuerda, pasó un tiempo viviendo en una buhardilla como inquilino de Marguerite Duras. Mediaban los años setenta y un joven y moderno Vila-Matas empezaba a querer ser escritor y, se nos cuenta, trataba de orquestar la novela La asesina ilustrada (1977), una novela que, como se repite, nació con el propósito criminal de asesinar a sus lectores. 

La habitual arquitectura de citas y referencias literarias -o culturales en general-, jalonadas de fino humor, aparece aquí, por tanto, construida sobre unos cimientos biográficos. A ratos el autor se muestra autocrítico con su figura de escritor en ciernes, y llega a satirizar alguna de sus actitudes pasadas. Se agradece, la verdad, que no caiga en la autocomplacencia. Además, aunque el escenario de la Ciudad de la Luz tiende a lo mítico (en el recuerdo París era una fiesta de Hemingway y el aura de invernadero de artísticas vidas bohemias que posee la capital gala), también desmitifica o al menos se distancia, por momentos, de todo ello, como cuando escribe: "...prueba incontestable de que también en los centros mundiales de la literatura se han oído siempre tonterías". La frase del libro de Hemingway de que en París él fue "muy pobre y muy feliz", la retoma Vila-Matas para decir que allí fue "muy pobre y muy infeliz", aunque por otra parte cuenta que sus padres le iban enviando dinero (qué divertida, al respecto, la carta que intercambia con su padre acerca de este punto).

Me llama la atención que Vila-Matas hable en este libro de La asesina ilustrada (1977) como de su primera incursión en las letras, si tenemos en cuenta que cuatro años antes ya había publicado en Tusquets la novela Mujer en el espejo contemplando el paisaje. De este último título creo que el autor se lamentaba en alguna entrevista, diciendo que se lo impuso la editorial y que a él, en realidad, le hubiera gustado titular su opera prima Un lugar aparte, un título que, para ser sinceros, a mí también me gusta. En 2011, DeBolsillo, que ha reeditado toda la obra del autor, en uno de esos trasvases mastodónticos que a veces se ven en el mundo editorial (es inminente, a propósito, el de Roberto Bolaño de Anagrama a Alfaguara), publicó en un volumen los cuatro primeros libros de Enrique Vila-Matas bajo el título En un lugar solitario, título que también lleva, en esta reedición, la primera novela del autor, publicada en el 73, como decíamos, con el de Mujer en el espejo contemplando el paisaje. Supongo que el hecho de considerar La asesina ilustrada su primer libro, siendo ya el segundo, nos permite intuir, de entrada, que el componente autobiográfico aparece recreado, trufado de electrizante juego intelectual -y hasta de invención-, como por otra parte es habitual en la obra del barcelonés. Ya decía Roland Barthes que toda ficción es autobiográfica y toda autobiografía ficcional.

No hace mucho, en el mes de junio, le dedicaron al autor uno de los programas de la serie Imprescindibles (aquí), que recomiendo si algún interesado todavía no lo ha visto. Comentaba Alberto Olmos, al respecto, sobre lo curioso de que pese a ser considerado uno de los mejores escritores vivos, y muy traducido y apreciado en el extranjero, Vila-Matas nunca haya recibido un premio institucional en España. Pero esto, me parece, igual habría que matizarlo un poco, pues mirando su currículo encontramos que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en 2002 por El mal de Montano y el Premio de la RAE (¡la RAE!) en 2006.

En algunos momentos de la lectura, como suele ocurrirme con el autor, me he reído mucho. El tema de la ironía es otro en el que abunda el libro, que no en vano se presenta como una conferencia sobre la ironía dictada a lo largo de tres días ante un auditorio. Escribe, por ejemplo: "La ironía me parece un potente artefacto para desactivar la realidad".

París no se acaba nunca ha sido capaz de hacerme partícipe, de nuevo, de las sensaciones de los grandes libros de Vila-Matas. 

Por momentos pienso -perdonadme- que a veces se le puede escuchar a este señor, en las entrevistas, alguna pedantería que tienta a la hilaridad, pero claro, nadie nos puede resultar genial todo el tiempo. Lo cierto es que uno queda muy agradecido a su literatura y da en pensar que ha habilitado un espacio de libertad de lo más oxigenante en las letras patrias. Si no existiera, como se suele decir, a Vila-Matas habría que inventarlo. Sus libros, además, llevan a otros libros, a otras voces, y tiene este hombre el mérito de habernos acercado a algunos a la obra de Robert Walser, Witold Gombrowicz, Robert Musil, etc. Excéntrico y genial, con casi setenta años nos sigue haciendo viejos a muchos jóvenes. Así que larga vida a Enrique Vila-Matas.



6 de agosto de 2016

Lisa Hannigan - Pistachio


Lisa Hannigan (1981), cantante irlandesa, trabajó con el músico Damien Rice hasta 2007, año en que comenzó carrera en solitario. Su tercer álbum, At Swim, verá la luz este mes de agosto. Les dejo una actuación en directo en la que canta Pistachio, un tema de su primer álbum Sea Sew (2008). 

Su página web aquí

Su canal en YouTube aquí.



2 de agosto de 2016

Un malentendido histórico


Crucifixión de San Pedro, de Caravaggio

   
   No hay que descartar que San Pedro haya sido víctima de un malentendido histórico. Se le acusa de haber negado tres veces a Jesús antes de que cantara el gallo, pero quién sabe si de forma errada. Consideren ustedes la magnitud de la injusticia si lo único que hubiera salido de su boca hubiera sido un contundente no ni na’, “no ni nada”. Triple negación, es cierto, pero afirmación, y no poco rotunda, a fin de cuentas. 
   Chistosos andamos.
                                            
                                                                 &

   Existe, al igual que un orgullo capitalino y centralista, un orgullo provinciano. Si en Madrid puede alguien tener en poco a una persona que vive en un pueblo de mil habitantes, por el mero hecho de vivir en un pueblo de mil habitantes, tampoco es extraño que ese que vive en el pequeño pueblo periférico estalle en algún momento: “¡Ja! Me va a decir a mí un listillo de Madrid lo que tengo que hacer, o que pensar”. 
   Percibe uno en ambos casos una altanería algo recriminable.
                                                                 
                                                                 &

   Si como decía Sartre el infierno son los otros, un teléfono móvil en casa del solitario es un caballo de Troya.

2015