17 de septiembre de 2014

Los ilusos



Vaya con los Trueba. Que si Fernando, que si David, que si Jonás. A este último, el más joven de la saga (no sé si armarme de prudencia y decir "por ahora"), lo he descubierto este verano, cuando decidí ver Todas las canciones hablan de mí (2010) aprovechando que la ponían en La 2. Tras ella, me entraron muchas ganas de buscar su otro largometraje existente hasta la fecha, Los ilusos (2013). Y me confirma que será un director al que intentaré seguir de cerca la pista.

Los ilusos destila honestidad. Una película sobre el propio cine (gira en torno a un grupo de personas o personajes (algunos reales, otros ficticios) que trabajan en el mundo del cine, sin ser Javier Bardem ni Penélope Cruz, es decir sin pertenecer al star-system) con interpretaciones muy naturales e historia de ligue incluida que recuerda en su conjunto a Guest de José Luis Guerín. "Esperamos ser transparentes", se nos manifiesta al principio, y parece que Trueba logra su cometido en esta película urbana, centrada sobre todo en gente joven, con referencias literarias (Chusé Izuel, Edouard Levé, Enrique Vila-Matas) y cómo no cinematográficas.

Aura Garrido y Francesco Carril

Mikele Urroz

Una película compuesta por conversaciones, paseos, encuentros, acciones cotidianas... No es extraño que de vez en cuando aparezca en escena un micrófono, una claqueta, una actriz ensayando el tono de una frase, en la línea de esa transparencia y ese cine dentro del cine que antes mencionábamos. 

Película destacable, además de por sus interpretaciones, por su en ocasiones exquisita fotografíaPara amantes de las pequeñas historias del séptimo arte. Dejo escena musical:


13 de septiembre de 2014

Nada es crucial



Nada es crucial (2010), novela del onubense Pablo Gutiérrez, tiene un punto de partida no muy arriesgado (grosso modo, la reconstrucción de dos biografías desde la infancia), pero el enfoque sí escapa de lo trillado. 

La novela sitúa el trabajo del lenguaje por encima de lo que cuenta, aunque hay una trama bastante identificable (cosa que no siempre ocurre en otros casos, como el de Eloy Tizón, con cuya prosa me parece la de Nada es crucial emparentada). El encanto de la novela, a mi entender, radica en sus hallazgos expresivos, en sus curradas imágenes. Algunos ejemplos de estilo:

"...aunque llegó a bachillerato y por tanto debería saber mucho de raíces aritméticas y sistema circulatorio, lo cierto es que la masa de polen que fumó durante los años de la furgoneta le quitó un buen filete a su cerebro, reducidito quedó como consomé de asilo, y era divertido ver cómo los dos se hacían tremendo lío con las cuestiones más sencillas, los afluentes del Duero, la clorofila, los estambres, el peristilo de las lilas y las hojas filiformes."

La narración tiene cierto aliento lírico, poético, si bien permeado de ironía. Sólo aparecen los nombres de los dos protagonistas, Lecu y Magui, mientras que el resto, como si de un cuento se tratara, aparece caracterizado con un rasgo: el Sr. Alto y Locuaz, la Mujer del Vestido Recatado, el Hombre del Cráneo Enroscado, la Sra. Amable Dos, etc. Tras leer el libro, encuentro que en la contraportada del libro tiene quizá demasiado peso la palabra yonquis, y su mundo, cuando en realidad, si bien Lecu es hijo de tales, es abandonado y lo que se narra es su peripecia con distintas familias adoptivas. El mundo de la infancia y el colegio queda bastante retratado, y se percibe la ternura desde la voz del niño.

Mirando opiniones sobre la novela, encuentro cierta disparidad: a algunos les encanta y a otros no les dice nada. Mi entusiasmo se sitúa en un término medio. A pesar de algunas imágenes superficiales o morbosas en la primera parte, me resulta muy apreciable el esfuerzo del autor, si bien a ratos echo algo en falta, sin saber muy bien qué, para que el libro me parezca una gran novela. ¿Una dosis de profundidad, tal vez? En el interludio la novela se me cayó un poco. Como si el autor supiera que esto podía ocurrir, nos da permiso por boca del narrador para saltarnos esa parte. Son de resaltar también sus puntadas metaliterarias.

Pablo Gutiérrez (1978), que ejerce de profesor de literatura, fue seleccionado en la famosa lista Granta como una de las voces más prometedoras de la joven literatura en castellano. Para que sirva como contraste con mi opinión, mencionaré que Nada es crucial le encantó a Alberto Olmos (o a su álter ego Juan Mal-herido) y a Bernardo Luis Munuera (de La manía de leer).

Valoración: 3/5 


6 de septiembre de 2014

Hay una literatura...

Imagen de Yaroslav Gerzhedovich


"Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos. Les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba de desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije [sic]. Se los advertí [sic]. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso."

Roberto Bolaño (1953-2003), Los detectives salvajes (Barcelona, Anagrama, 1998).