23 febrero 2020

"Rastro del fuego", un poema de Victoria León



RASTRO DEL FUEGO

La poesía exige incandescencia,
vivir, o haber vivido, entre las llamas,
bajar al propio infierno sin más guía,
haber mirado el mar sin esperanza
y conservar, al menos, un puñado
de cenizas que aún quemen en el alma.

Victoria León, Secreta luz.

18 febrero 2020

El olivo


   
   A veces me he quejado de la omnipresencia, en nuestra tierra, de este árbol. Cada año su población crece, aquí y allá se multiplica. Va uno al campo, levanta una piedrecita y aparecen como poco tres olivos. Quienes los poseen por hectáreas, si oyen mis comentarios pueden llegar a recordar cuánta riqueza generan, a cuántas familias emplean. Aunque uno sea alérgico a su polen, a veces se detiene un momento y da en pensar que sí, que es un árbol bien admirable el olivo. Si tiramos de bibliografía, no hay consenso: en uno de sus poemas, Lorca hablaba del grito de este árbol; Muñoz Rojas, por el contrario, le encontraba más bien pujos de ascetismo. Si hubiera que decantarse por alguno de estos monstruos, a la segunda tendencia me adscribo. Duro, espartano, al olivo lo barrunto taciturno: sufre en silencio tanto las heladas invernizas como las largas sequías del estío.
  
   Sin las concesiones a la estética que ofrecen sus primos de hoja caduca, en forma de tonos amarillentos, poéticas hojas caídas o frutas de colores atractivos; sin aspaviento ninguno, ofrece cada año su fruto, menos abundante si el clima lo tortura, generoso y opíparo apenas lo vivifican las lluvias. Arañando un poco más, diría que se le ve altura moral, incluso. No pregona el olivo sus virtudes. Con tesón, con pundonor, como una madre trabajadora y sufrida, se entrega a su labor callada y crucial: producir la aceituna, materia -nada menos- del oro líquido. Si alguna vez expresara algo, parece este árbol decirnos que no merecen la pena los alardes: no es exuberante ni vistoso, no se ufana el olivo, que viste siempre, aun en domingos y festivos, su traje raído. Es árbol adusto, sobrio, se diría que poco fiestero. No se le ve tontear con el viento, como a las hojas plateadas de los álamos, que se mueven gráciles, como sonajeros, produciendo acordes apacibles. Al olivo, en cambio, no le va el juego. Su floración tampoco engalana los campos con una especial belleza, a diferencia de almendros y cerezos. Es un árbol discreto.

© Jesús Artacho.