30 mayo 2021

"Canción", de Eduardo Halfon


Canción
(Libros del Asteroide, 2021) es el último libro publicado por el guatemalteco Eduardo Halfon, el único escritor de Guatemala que he leído aparte de Augusto Monterroso. Tras comprarme El boxeador polaco, del que hablé hace poco aquí, decidí aprovechar que lo tenían en la Biblioteca de Antequera para encadenar lecturas del mismo autor y ponerme, apenas terminé el otro, con Canción. Halfon parece haberse especializado en el género de la nouvelle, algo que lo asemeja a otros autores contemporáneos como Yuri Herrera, Sara Mesa o Andrés Barba. Canción apenas alcanza las 119 páginas, con un tamaño de fuente y un espaciado no muy embutidos. El resto de sus libros, me parece, sigue esta senda, en unos tiempos en que los tochos parecen primar en el mundo del bestséler.


Canción comienza con Halfon llegando a Tokio disfrazado de árabe para asistir a un congreso de escritores libaneses, en una escena cómica y juguetona a lo Enrique Vila-Matas. Al poco encontramos este fragmento, que da una idea del cóctel cultural identitario del autor:


"Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía -insiste- en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá."


Pronto, no obstante, se introduce el tema de la historia familiar. En este caso, Halfon habla de su abuelo judío-sirio/libanés, que fue secuestrado en enero de 1967, durante la Guerra Civil. Hay referencias constantes, por lo tanto, a la historia de Guatemala. "Nadie ignora que Guatemala es un país surrealista", escribe Halfon. Conocemos así la intervención del gobierno de Estados Unidos (una de tantas) en el 54 para derrocar al presidente Jacobo Árbenz (Halfon no le pone tilde, ignoro por qué), elegido democráticamente. También aparece Rogelia Cruz, miss Guatemala, comprometida políticamente y salvajemente asesinada.


Rogelia Cruz

Halfon reconstruye esta historia familiar, indisolublemente ligada a la historia de Guatemala, que como historia latinoamericana es, a menudo, una historia de horrores. La narra a través de saltos cronológicos, de forma no lineal, en fragmentos breves que van desde el presente adulto del autor a remembranzas de su infancia. Así, al principio cuenta historias desde la mirada de un niño, escenas que desprenden una gran ternura y que me llevaron a pensar en el Jaime Bayly de Yo amo a mi mami. En medio de juegos infantiles en la casa familiar, los militares irrumpen buscando al abuelo. La vida de esos niños se pone seria de repente, como reflejó Cortázar de forma magnífica en ese título suyo: Final del juego.


No quería dejar de hacer algún comentario sobre la imagen de portada, que me ha llamado la atención y he visto que es obra del fotógrafo Daniel Chauche (1951). He ojeado su web y su trabajo me parece muy interesante, así que la enlazo aquí.


Tras leer estos dos libros, no me queda claro si Eduardo Halfon es un autor dotado para deleitar y conmover más que para imprimir hondura y aliento de gran literatura a sus libros, pero la lectura, desde luego, ha resultado una experiencia muy agradable. Muy bonita, como siempre, la edición de Libros del Asteroide.


"Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta".

23 mayo 2021

"El boxeador polaco", de Eduardo Halfon

 


El boxeador polaco, acaso el libro más conocido de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), fue publicado por Pre-Textos en 2008. Libros del Asteroide lo reeditó en 2019, en un volumen que incluye La pirueta, otra obra (cuento largo o novela corta) de 2010 que también había publicado Pre-Textos y que guarda una indudable unidad con los textos de El boxeador polaco. Con buen criterio, por lo tanto, se ha incluido en esta reedición. Libros del Asteroide parece haberse convertido en casa estable para este autor latinoamericano, cosmopolita, moderno y propenso a las mudanzas: desde 2014 sus libros se han venido publicando ahí (Monasterio, Signor Hoffman, Duelo o Canción, de este mismo 2021), salvo una escapada a Jekyll & Jill con Biblioteca bizarra (2018).

 

Se trata del primer libro que leo de Eduardo Halfon, autor nacido en Guatemala, que con diez años se fue con sus padres a Estados Unidos y ahora reside en París con su mujer y un hijo. Es de orígenes judío-polacos por una rama familiar y judío-árabes por la otra (el apellido Halfon es de origen libanés). La historia familiar, el peso de los orígenes, la identidad o el desarraigo son elementos recurrentes en su obra y que podemos extraer de El boxeador polaco.


El libro se compone de siete relatos, todos ellos narrados por la misma voz, la de un Eduardo Halfon personaje que es y no es el autor, hilvanados entre sí (comparten varios personajes y referencias). A ellos le siguen La pirueta y el Discurso de Póvoa. Esta conexión entre las historias, así como su propia naturaleza y confección, me lleva a pensar en los relatos de un novelista, en una novela en episodios, fragmentada, más que en textos del género breve en sí.


En el primer relato, "Lejano", encontramos a ese Eduardo Halfon ficcional dando clases de literatura a jóvenes. Clases de iniciación, que lo enfrentan a los comentarios habituales de la gente que no lee o lee poco, a los que él responde de forma lúcida e intenta orientar en ese acercamiento a cuentos clásicos (les da a leer a Poe, Maupassant, Chéjov, Joyce). Esto me hizo recordar mi experiencia como bibliotecario en el mundo rural, donde tienes la oportunidad de tener un trato más cercano con los lectores, charlar con ellos y recibir comentarios parecidos a los del alumnado de Halfon en el relato, del tipo "el libro es feo" o "quiero un libro alegre, porque este me ha dejado un vacío por dentro que no quiero sentir más con un libro". Entre los alumnos hay uno que escribe poemas y con quien el narrador establece una relación especial, hasta el punto de emprender un viaje en su busca. "Lejano" me ha parecido un gran cuento.


Otro de los textos destacados del libro, cómo no, es el que le da título. "El boxeador polaco" cuenta la historia del abuelo de Halfon, que después de una vida de silencio comparte con su nieto la experiencia de su pasado en los campos de concentración nazis (en la fotografía de portada puede verse al hombre en cuestión, montado en bicicleta, poco después de su excarcelación). El nieto conocerá la verdadera historia del número que su abuelo lleva tatuado en el antebrazo izquierdo, y que siempre le había dicho que se trataba de su número de teléfono, que llevaba allí para no olvidarlo. La historia del boxeador polaco al que el abuelo se encontró en el campo, al que los nazis no mataban porque les gustaba verlo boxear, y que salvó la vida del abuelo de Halfon, no deja de ser interesante, pero quizá juegue un poco en su contra que a estas alturas conocemos ya muchos relatos de Auschwitz y el holocausto judío.


La prosa de Halfon es muy fluida, narra con inteligencia y atrapa al lector, y consigue varios felices hallazgos expresivos. No obstante, no consigo no sentir al cerrar el libro que me falta algo para considerarlo gran literatura, no sé si por falta de hondura (tal vez influya en esta percepción que yo venga de leer muy buenos libros -Faulkner, Trapiello, Marcelo Lillo-, no sé). El primer relato sí me ha parecido muy bueno, pero luego mi percepción de la calidad ha decaído un poco. 


Percibo, en el estilo, la influencia de Roberto Bolaño, en construcciones del tipo: "como en un sueño difuminado o como en una escena de un sueño difuminado en una película de antaño". Y, en general, en la narración vertiginosa, la prosa acelerada con el recurso del polisíndeton que encontramos, por ejemplo, en "La pirueta", donde Halfon se embarca en un viaje por Serbia a la búsqueda de Milan Rakic, un pianista gitano. En el libro conviven ambientes culturales (un congreso sobre Mark Twain, un concierto pianístico, las clases universitarias) con el ambiente de las calles y la gente de a pie (en el viaje del primer relato, en Guatemala, o en Serbia, en el caso de "La pirueta"). 


Como curiosidad lingüística, Halfon escribe, en lugar de azafata, aeromoza, que según el DRAE es común en el español de América. En un dardo de 1992, Lázaro Carreter lo señala como vocablo que tuvo poca aceptación en España cuando, surgida la aviación comercial, hubo que traducir el inglés "air hostess" (la palabra azafata, que acabaría triunfando, ya era voz anticuada por entonces).


Me ha gustado la experiencia de leer a Halfon.


Valoración: 3,5/5.


16 mayo 2021

"De vez en cuando, como todo el mundo", de Marcelo Lillo

 


De vez en cuando, como todo el mundo reúne treinta relatos cortos del escritor chileno Marcelo Lillo (1958) publicados por Lumen en 2018. Si atendemos a lo que cuenta el crítico Ignacio Echevarría en el epílogo de este volumen, Marcelo Lillo era un autor desconocido hasta que se presentó a un importante certamen de cuentos chileno, en el que su relato "Hielo", incluido en De vez en cuando, como todo el mundo, resultó triunfador. Lillo tiene a sus espaldas una historia algo novelesca (sin ánimo de dudar de su veracidad) según la cual se compró una Colt 45 con la promesa de pegarse un tiro si en cuatro años no triunfaba en esto de la literatura. El episodio recuerda a otras leyendas similares del mundo literario, como la de John Kennedy Toole, que como ya sabemos se suicidó ante el rechazo unánime a su novela La conjura de los necios, todo un clásico que en su momento nadie parecía querer publicar. Otro caso mencionable acaso sea el del escritor colombiano Andrés Caicedo, que avisó de que a los veinticinco años se suicidaría y así lo hizo.


Marcelo Lillo debutó a los cincuenta años con El fumador y otros relatos (Caballo de Troya, 2008), un libro de cuentos al que siguió, un año después, Gente que baila sola (Mondadori). Casi todos esos cuentos se recopilan en De vez en cuando, como todo el mundo, cuentos reunidos a los que se suman una docena de nuevos textos, hasta un total de treinta. Lillo ha dado a la imprenta también un par de novelas, la segunda de las cuales, Niebla City, parece aludir al pequeño pueblo costero de Chile en el que vive, algo lejos de todo, con su mujer y una perra.


Diría que los cuentos de Lillo son deudores, en gran medida, de la tradición norteamericana, en especial de la obra de Raymond Carver. Cheever o Chéjov son otros de sus referentes, aunque a mí me han llevado a pensar antes en los de Lucia Berlin en su Manual para mujeres de la limpieza. Se trata de historias de extensión media, entre las ocho y las veinticinco páginas, con predominio de los narradores masculinos en primera persona.


Abre el volumen "El fumador", donde un tipo metido en un matrimonio en crisis conoce a alguien, en un bar de carretera, que dice ser escritor itinerante (se autoedita y trata de vender ejemplares aquí y allá). Desde el comienzo se palpa ese llamado realismo sucio propio de Carver. Encontramos algunas afirmaciones demasiado optimistas sobre la lectura, al menos con los índices de lectura que tenemos en España ("en cualquier lugar hay una casa, y donde hay una casa hay un lector", leemos, y por un momento el realismo se convierte en literatura fantástica). 


"La felicidad", el segundo cuento, nos muestra a un matrimonio sin trabajo ni dinero, con frases cortas al estilo minimalista, con esos puntos y seguido que dejan su olor a pólvora en el ambiente. Atmósfera desolada pero compasiva en lo que me ha parecido un gran relato. Le sigue "40 Caballos", en el que un adolescente rememora el día en que su padre lo llevó a un combate de boxeo, un episodio que tiene mucho de rito iniciático. El título alude al remoquete de un boxeador, representante de la clase obrera, que trabaja de carnicero (inevitable no acordarse del Rocky de Sylvester Stallone). Otro gran relato. En "Plegaria por Mustafá", al desencanto en otras esferas vitales se suma también el político (la dictadura de Pinochet). Los personajes tienen los bolsillos llenos de fracasos.


"Una puta oración", por su parte, es un relato de aprendizaje de un adolescente con padre ausente (tema recurrente el de la orfandad, la familia monoparental o desestructurada, así como los matrimonios en momentos críticos) que se muda de pueblo cada poco con su madre, una mujer que -según descubre él- se dedica a la prostitución. "El mundo está cambiando" nos habla de los ideales hippies de un personaje femenino un poco calamitoso que se va de casa de joven, a cambiar el mundo como quien dice, y vuelve a los dos años con la firme decisión de recluirse en su cuarto, engullendo todo lo que pilla hasta llegar a los 190 kilos y los sesenta años, como una hikikomori crónica.

 

Otros relatos que me han gustado mucho: "Hielo", "Obscenidad" o "Diente de león", en el que un joven universitario acude a la cárcel, de la que sale su padre tras unos años cumpliendo condena por violación. Pudiera parecer un momento alegre, pero el padre está convencido de que no hay mucha posibilidad de reinserción para alguien que ha cometido un delito como el suyo y, ante la imposibilidad de una segunda oportunidad, trata al menos de hacerse comprender por su hijo. Se trata de un tema arriesgado del que el autor sale airoso, abordándolo sin maniqueísmos.


Poco a poco se hace evidente que en el universo de Lillo son habituales los perdedores ("desde que era niño ya estaba en mí la madera con que se esculpe la derrota", leemos en uno de los relatos) que tratan de desarrollar su vida con la mayor dignidad posible. La búsqueda de la felicidad personal, ese concepto tan definitorio de nuestro tiempo, es otro concepto sobre el que se reflexiona. De hecho, el título del libro está extraído de un diálogo en el que a alguien le preguntan si es feliz y responde que de vez en cuando, como todo el mundo. Por momentos, el narrador se descuelga con alguna frase honda o de una desolada belleza que aquilata la potencia de estas historias, obra de un autor maduro en pleno dominio de su oficio.


Hacía años que tenía pendiente leer a Marcelo Lillo, que aquí da muestra de un mundo coherente y muy definido, de gente de a pie minada por la derrota, que trata de sobrevivir pese a la soledad y los varapalos y que son tratados con una mirada llena de compasión. Son historias con mucha fuerza, que a menudo ponen el foco en momentos clave en la vida de esos personajes. Vidas de los de abajo, por aludir al clásico de Mariano Azuela.


Marcelo Lillo es sin duda un gran escritor de relatos.






08 mayo 2021

"Poesías completas 2019", de Miguel d'Ors


En 2019, el año previo a la pandemia, la editorial Renacimiento publicó la poesía completa de Miguel d'Ors (Santiago de Compostela, 1946). El volumen incluye catorce poemarios: Del amor, del olvido (1972), Ciego en Granada (1975), Codex 3 (1981), Chronica (1982), Es cielo y es azul (1984), Curso superior de ignorancia (1987, Premio de la Crítica), Canciones, oraciones, panfletos, impoemas, epigramas y ripios, o Cajón de sastre donde se hallará todo cuanto deseare el lector amigo, y el no tanto sobradas razones para seguir en sus trece (1990), La música extremada (1991), La imagen de su cara (1994), Hacia otra luz más pura (1999), Sol de noviembre (2005), Sociedad limitada (2010), Átomos y galaxias (2013) y Manzanas robadas (2017). Y también unas "Poesías sueltas publicadas en Punto y aparte (1992) y no publicadas en ningún libro posterior". Todo ello precedido por unos preliminares donde d'Ors habla, entre otras cosas, de su anterior reticencia a publicar una poesía completa o del peligro de caer en un biografismo excesivo a la hora de interpretar sus poemas. Recuerda a Pessoa: el poeta es un fingidor. En alguna entrevista le he oído insistir en esa ficcionalización del yo, en que los poemas los construye con un poco de memoria y otro de sueño (los episodios autobiográficos se manipulan: "se seleccionan, se mezclan con invenciones (aquí está lo del sueño) para que el resultado sea estéticamente bueno").


Tuve la suerte de asistir a las clases de Miguel d'Ors en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada allá por 2006 y 2007. Era un excelente profesor y le guardo un gran aprecio, superador (faltaría más) de las divergencias ideológicas que pueda haber (él muy creyente y de derechas y yo ateo o agnóstico y etcétera). Por entonces uno había leído todavía poca poesía, pero fue una grata sorpresa descubrir la suya, que se suele enclavar en la corriente de la poesía de la experiencia. Saqué algunos libros suyos de la biblioteca pero no tenía ninguno en casa, deuda que he decidido saldar haciéndome con esta poesía completa a fecha de 2019, tan pulcramente editada por Renacimiento. Los poemarios están ordenados, como ya no parece tan infrecuente, en orden inverso al cronológico, desde el de publicación más reciente (Manzanas robadas, de 2017), al más antiguo (Del amor, del olvido, de 1972).


De la poesía de d'Ors destacaría su fino sentido del humor o los chispazos de una aguda inteligencia. A menudo encontramos poemas celebrativos del entorno natural, permeados por una sostenida melancolía (algunos textos germinaron, según leemos al pie del poema -cuyo surgimiento el autor acostumbra a fechar y a ubicar-, durante caminatas, ascensiones a algún monte o trayectos en bicicleta). Con frecuencia, el yo poético aparece enfangado en una realidad gris de la que trata de escapar imaginándose tierras lejanas (Wyoming) o en un pasado feliz que se añora (Galicia). Esta pulsión por estar en otra parte a veces se le revela vana al yo poético, en la línea del Campoamor que escribía aquello de "Cambiar de destino no es sino cambiar de dolor". Se trata de un vector temático (con perdón) que también está presente en La vida, panorámica (libro del que ya hablamos aquí) de Ángel Talián, autor joven en el que se percibe la impronta de la obra de d'Ors (Jesús Montiel -Granada, 1984- sería tal vez otro ejemplo). No obstante, esa insatisfacción crónica puede servir de madera para la caldera de la locomotora creadora. 


Es la de Miguel d'Ors una poesía narrativa, bien cimentada. La cotidianidad está muy presente (y la poesía o la creación como salvadoras de esa grisura), a veces narra momentos epifánicos, de inadvertida felicidad, o se entrega a variaciones de lecturas (en diálogo con la tradición, que el autor conoce perfectamente). Siendo católico, la presencia de Dios también es recurrente en estos poemas. Hay coloquialismos entreverados con lecturas, por ejemplo, de Platón. Con frecuencia celebra la belleza del mundo, lo sencillo, o se abisma en remembranzas del pasado. Siendo poemas bien pensados y estructurados, racionales, contienen a un tiempo multitud de hallazgos expresivos, a veces geniales. Más de una vez se habla del fenómeno de la creación como de un misterio, de que cuando el autor se pone ante el papel siempre surgen cosas imprevistas, algo que en algún punto ignoto le guiña el ojo.


En cuanto a la métrica, diría que predominan los versos alejandrinos, el metro con el que el autor parece sentirse más cómodo, y a continuación, por frecuencia, tal vez irían los endecasílabos. En otras composiciones se cultiva el octosílabo y el heptasílabo. Aparecen algún soneto y algún haiku. A veces encontramos rima, otras no. 


Dejo como muestra un poema, en el que se maridan, con sentido del humor, alta cultura y cultura popular, el tópico del tempus fugit y el Marca, en los tiempos del futbolista Butragueño. Da un poco de respeto ponerlo, aunque no seré el primero ni el último, si tenemos en cuenta que al autor no le gusta mucho que sus poemas pululen por internet.




Miguel d'Ors, en definitiva, me parece un gran poeta. Encuentro su obra por encima de la de algunos galardonados con el Premio Cervantes que he tenido ocasión de leer, pero me da que a d'Ors jamás le otorgarán un premio de ese tipo. Ojalá me equivoque.


Valoración: 5/5.

24 abril 2021

"El infinito en un junco", de Irene Vallejo

 


"Que se vacunen otros primero", decía la gente cuando la vacuna contra la COVID-19 aún no despertaba demasiada confianza. "Que se las lean otros primero", digo yo con la mayoría de las novedades editoriales, de modo que espero a que transcurra un tiempo antes de decidirme por un libro de moda, como lo es el que traigo hoy, El infinito en un junco, de Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), publicado por Siruela en 2019 y que, a día de hoy, sigue en el top ten de los libros más vendidos en España.


El ensayo lleva por subtítulo "la invención de los libros en el mundo antiguo" y se estructura en dos partes: una centrada en Grecia y otra en Roma. En tono ameno y divulgativo (como el de Sapiens, el magnífico ensayo de Yuval Noah Harari) vamos conociendo, por ejemplo, los distintos materiales que han servido para escribir, desde las tablillas de arcilla mesopotámicas a las tablillas enceradas romanas, de los libros en rollos de papiro a los libros de páginas (que convivieron durante siglos), del surgimiento del pergamino, del papel de trapos al papel actual de celulosa. O el proyecto de la Biblioteca de Alejandría, el nacimiento del primer alfabeto o informaciones sobre distintos autores literarios del mundo grecolatino (Hesíodo, Heródoto, Homero, Ovidio, Marcial y un largo etcétera). Y todo ello permeado de referencias a literatos modernos, a películas, a noticias del mundo contemporáneo o a otras épocas históricas (los campos nazis y el gulag ruso, la esclavitud en Estados Unidos). La de Irene Vallejo, doctora en Filología Clásica, es una mirada apasionada y rigurosa que hace un repaso muy convincente por el mundo de la cultura grecolatina, con especial mención a la historia de le lectura y los libros.


He sentido, como lector, que El infinito en un junco, premio Nacional de Ensayo 2020, proporciona esa dualidad establecida por Horacio que tanto se menciona en la teoría literaria: prodesse et delectare, deleitar e instruir. Me parece una obra de recomendable lectura para opositores a auxiliar de biblioteca, archivos o museos. Sobre el futuro de ese objeto milenario que es el libro, siempre amenazado por las garras de lo digital, Vallejo afirma:


"Es mas probable que en siglo XXII haya monjas y libros que WhatsApp y tabletas".


Se trata de un ensayo que, como no deja de ser comprensible, no convence a todo el mundo. He leído críticas alegando que Irene Vallejo "tampoco es que sea George Steiner", pero la verdad es que uno, que no posee unas capacidades intelectuales tan elevadas, hasta agradece que la autora -sin perder el rigor- opte por el tono narrativo y accesible en lugar de por otro más sesudo y soporífero. Otros justifican el éxito de esta obra porque nos hace sentir bien, miembros de un club distinguido (véase la entrada de Hierbaroja), a raíz de la romantización que la autora hace de los libros y todo lo que los rodea. Uno ha sentido esa vena sentimental en distintos puntos de El infinito en un junco, pero se decanta por opinar que acaso sea simple reflejo de una sincera pasión de la autora por el libro, la cultura y las Humanidades, y por tanto algo elogiable más que vituperable. Aunque en algún momento me haya podido resultar excesivo, apenas se lo tengo en cuenta si lo pongo en la balanza con todo lo que el libro nos aporta y nos enriquece. Me gustaría conocer la opinión que tienen de la "nueva poesía", esa que tantos likes cosecha en las redes, los que dicen que este ensayo no está trabajado, o que ni siquiera es un ensayo. La diferencia se me antoja abismal: aquí sí hay un trabajo documentado detrás y unas lecturas, un fondo bibliográfico.


He leído este libro a lo largo de varias semanas. He subrayado multitud de fragmentos. Abrirlo al final del día a menudo ha supuesto acercarme a una hoguera de humanidad que me ha reconciliado con el mundo, pese a las cotidianas mezquindades. Me alegro de que un libro como éste goce de un éxito como el que está teniendo: Irene Vallejo se antoja una muy convincente divulgadora de la cultura clásica. Me sumo al club de aplaudidores del junco.


"En el fondo, lo que las comunidades humanas tienen en común es aquello que inevitablemente las enfrenta: la tendencia a creerse mejores".




17 abril 2021

"Mientras agonizo", de William Faulkner

 


Mientras agonizo, quinta novela de William Faulkner (1897-1962), fue publicada en 1930, un año después de El ruido y la furia y uno antes de Santuario. La he leído en la edición de Anagrama, en su colección Compactos, y concretamente la que conmemora el quincuagésimo aniversario de la editorial. La traducción es de Jesús Zulaika.


Se trata de una novela tremenda y genial que, eso sí, requiere un lector activo y entrenado que encaje las piezas del mosaico narrativo (aunque tampoco es para tanto). Está estructurada en fragmentos breves encabezados por el nombre del personaje desde cuyo punto de vista se nos cuenta la escena. Tenemos por tanto una multitud de voces, de narradores que construyen la historia (polifonía, multiperspectivismo), todo lo contrario al narrador único y omnisciente típico del siglo XIX. El tiempo tampoco es del todo lineal. Se trata de una forma fragmentada de acometer la narración -esta que emprende Faulkner- que se enclava en la renovación novelística del siglo XX, a la que contribuyeron también autores como Virginia Woolf, Kafka o James Joyce. Auténtico clásico, autor ineludible, el influjo de Faulkner en la novela posterior resulta apabullante, desde la América hispana (Juan Rulfo, Onetti, Vargas Llosa, Carlos Fuentes) hasta autores españoles como Luis Martín-Santos. La forma en que avanza la trama y salta en el tiempo también la han empleado, como no deja de ser lógico, algunos cineastas (pienso, por ejemplo, en el Alejandro González Iñárritu de Amores perros, 21 gramos o Babel).


La familia protagonista, los Bundren, está formada por la madre (Addie), a la que al principio encontramos en su lecho de muerte, el padre (Anse) y sus cinco hijos, cuatro varones (Cash, Darl, Jewel y Vardaman) y una mujer (Dewey Dell). Son agricultores y viven en el campo, en el sur de Estados Unidos, en el condado de Yoknapatawpha, territorio faulkneriano por excelencia que nos lleva a pensar en otras geografías míticas surgidas a posteriori como la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez o la Santa María de Onetti. Se trata de la primera vez que aparece el nombre de Yoknapatawpha en la obra de este Premio Nobel de 1949. No quisiera destripar la trama, pero quizá no sea excesivo comentar que, una vez que la madre muere, la familia emprende un viaje con el fin de darle sepultura en la ciudad de Jefferson, donde ella quería ser enterrada junto a su familia.


Que los Bundren sean gentes de campo, a comienzos del siglo XX, cuando las comunicaciones eran muy inferiores a la actualidad y las distancias por lo tanto más grandes, resulta definitorio y marca una diferencia en ellos con respecto a la gente que vive en las ciudades. Ellos mismos son conscientes de este abismo. El campo se concibe como un sitio de pobreza y desgracia desde el que se mira a la urbe con sentimiento de inferioridad: "Somos gente de campo, no tan buena como la gente de ciudad", dice Dewey Dell, la hija, que cuenta diecisiete años. Y poco después, Vardaman:


"Yo no le dije a Dios que me hiciera en el campo. Si puede hacer un tren, ¿por qué no puede hacernos a todos en la ciudad, donde hay harina y azúcar y café?"


Nacer en el medio rural, pues, se percibe como un fatum trágico, un lugar desfavorecido, lleno de dificultades. El nombre de Vardaman, dicho sea de paso, me lleva a pensar en una novela de Unai Elorriaga, Vredaman. Me consta que el vasco es un admirador de Faulkner, pero ignoro si se trata de una referencia clara esta de Elorriaga, escritor que parece haber abandonado la primera escena de las letras españolas después de irrumpir con Un tranvía en SP, que le valió el Nacional de Narrativa. Tanto esta como su siguiente novela, El pelo de Van't Hoff, me gustaron. Luego ha ido espaciando más sus publicaciones y sus últimas dos novelas no sé si han llegado siquiera a traducirse del euskera al castellano. 


Pero volvamos a Mientras agonizo, un título que, según el propio Faulkner, tomó de la Odisea, de un parlamento de Agamenón a Ulises en el que leemos: "Mientras agonizo, la mujer de los ojos de perro no me cierra los ojos cuando ya desciendo a Hades".


Desde el principio he tenido la sensación de estar leyendo un gran libro, una historia muy potente, con el aire de una obra maestra, y no creo que se trate de mera sugestión, sino de algo que confirmaba el transcurso de las páginas, la inmanencia del texto. Como única pega, en algún punto aparecen reflexiones demasiado abstractas y elevadas sobre el Tiempo en personajes del mundo rural muy apegados, me parece, a lo pragmático y lo tangente. Sin destripar nada, hay algún miembro de esta familia algo cabroncete, y ese retrato que hace Faulkner es tan acertado como universal, porque ¿quién no conoce a algún allegado con actitudes así de ponzoñosas?


También llaman la atención detalles que nos dan cuenta de los tiempos pretecnológicos en que se ambienta la novela, y me vienen recuerdos de mi abuela, nacida en 1933, cuando contaba que sabían la hora por el sitio en que da la sombra en cierto momento del día, o los vínculos vecinales, cuando por lo general casi todos se ayudaban, mucho más estrechos que en la actualidad, donde impera el egoísmo y vamos un poco más a lo nuestro (supongo que en parte es comprensible porque somos más autónomos, necesitamos poco del vecino).


Este novelón acaso sea una excelente forma de acercarse al autor por primera vez. Basta este libro para sentir, como decía Sazatornil en Amanece, que no es poco, "verdadera devoción por Faulkner". La obra fue llevada al cine en 2013 por James Franco, con el título original de la novela (As I lay dying), traducida en España como El último deseo. No la he visto. Me parece bastante bonita la edición de Anagrama.


Valoración: 5/5


"Como mi tío Billy suele decir, un hombre no es tan diferente de un caballo o una mula, a fin de cuentas, salvo en que una mula o un caballo tiene un poco más de sentido común".


"...siempre sentado a la mesa para la cena con los ojos más allá de la comida y de la lámpara, [....] con las órbitas llenas de la lejanía de más allá de los campos".


"A veces no estoy tan seguro de que alguien tenga derecho a decir quién está loco y quién no. A veces pienso que ninguno de nosotros está loco del todo o cuerdo del todo hasta que la gente decide inclinar a un lado o a otro la balanza. Es como si no importara tanto lo que un tipo hace, sino la forma en que la mayoría de la gente le está mirando cuando lo hace."


04 abril 2021

"El silencio del patinador", de Juan Manuel de Prada



Libro de relatos publicado por Valdemar en 1995, he comprado El silencio del patinador de segunda mano en la librería vallecana La Subterránea. Juan Manuel de Prada nació en Baracaldo en 1970 y se había dado a conocer un año antes, en 1994, con un primer libro de título llamativo: Coños (en homenaje a los Senos de Ramón Gómez de la Serna), que publicó -reeditó y visibilizó, más bien- la editorial Valdemar. Después de El silencio del patinador de Prada no ha publicado más libros de cuentos, de modo que es el ejemplo clásico del cultivador del cuento como mera transición a la novela, más que como predilección consciente por este género que algunos, todavía, amamos tanto. En el otro extremo estaría Borges, maestro del cuento, poeta y ensayista que  nunca llegó a escribir una novela. De Prada en realidad se llama Juan Manuel Prada Blanco, y se tuneó el nombre con ese aditamento aristocrático a la hora de su bautizo como escritor. Nada que supere, por otra parte, lo de Valle-Inclán, nacido como Ramón Valle Peña, que trocó, como todos sabemos, por el campanudo Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro. En el polo opuesto encontramos a Antonio Gala, cuyo nombre real, al parecer, es Antonio Ángel Custodio Sergio Alejandro María de los Dolores Reina de los Mártires de la Santísima Trinidad y de Todos los Santos. Gala sabía que con ese nombre se puede ser Príncipe de Asturias o rey Borbón, pero no escritor.


De Prada ha tenido una proyección pública bastante acusada (radio, televisión) y posee una larga trayectoria como articulista. Es católico, de ideología bastante conservadora y aire provocador, un perfil no muy cercano a mí pero que no me lleva de antemano a excluirlo de mis lecturas (leo a escritores en las antípodas ideológicas: leo a Cristina Morales, cuya Lectura fácil me gustó, y a José Jiménez Lozano): me interesan más que nada sus primeros libros, eso sí. De Prada tuvo desde el principio el beneplácito de gente con nombre como Francisco Umbral, Arturo Pérez-Reverte, Ricardo Senabre o Miguel García-Posada. Llama la atención su precocidad. Poco después de publicar este libro, en 1997 le concedieron el Premio Planeta, ese galardón de mucho dinero y mala reputación, por La tempestad. Siguió la ronda clásica de los premios paripé mejor dotados ganando luego el Primavera y el Biblioteca Breve. Después creo que dijo -qué cosas- que la literatura no daba para vivir.


El silencio del patinador lo componen doce relatos de parecida extensión, si excluimos el último, que es más largo. Todos están narrados en primera persona por un personaje masculino que, en los primeros, suele ser un adolescente, o un niño a punto de dejar de serlo que sufre los primeros desengaños, los vislumbres de que la vida adulta no es tan bonita como esa infancia a la que tantos se han referido como un paraíso perdido. De forma explícita, en uno de los cuentos leemos: "ya se sabe que no hay adolescencia sin desengaño". El tiempo verbal en que se narra es el pasado, y en el mundo que aparece retratado en los textos no hay apenas referencias a la contemporaneidad, a ese final del siglo XX en el que de Prada creció; muestran los relatos un interés acusado por épocas pretéritas, decimonónicas tal vez (se alude a retratos en sepia, daguerrotipos, estufas de carbón, carreteras sin asfaltar, caserones góticos), una especie de añoranza por un mundo pre-tecnológico. Hace unos días comentaba aquí Caminaré entre las ratas, una novela en la que el autor habla, y de forma pormenorizada, de su tiempo. El silencio del patinador es todo lo contrario, y se diría que tiene vocación arcaizante.


El estilo puede tacharse de barroco o recargado, si queremos criticarlo, o fruto de un trabajo de orfebre, de un precoz virtuosismo, si pretendemos alabarlo. A sus veintipocos, se conoce que de Prada ya conocía el diccionario como un concursante de Pasapalabra, y aquí y allá va colocando -bien, mayormente- palabras desusadas en el lenguaje conversacional, en el habla del hombre de la calle. Pero claro, esto es literatura y acaso los sibaritas agradezcan esa riqueza de vocabulario, ese adjetivo que de pronto te sorprende, cierta metáfora que brilla. Prefiero no desvelar muchos detalles de la trama. En "Las noches heroicas", contradiciendo lo dicho en el párrafo anterior, sí trata el exilio y los últimos estertores de Franco. De Prada ridiculiza a un grupo de poetas de izquierdas, antifranquistas que planean una conjura que se revela inane. Algo que encuentro fallido y que se repite en varios textos del libro: el autor pone en boca de esos personajes de poca edad pensamientos a los que, con suerte, se llega muchos años después, reflexiones de una lucidez imposible para jóvenes que apenas intuyen todavía qué significa vivir.


El último relato, "Gálvez", está ambientado en el Madrid de la II República y la Guerra Civil. El Gálvez del título es Pedro Luis de Gálvez, personaje mítico de la bohemia que (famosa anécdota) se cuenta que mendigaba por las calles valiéndose del chantaje emocional de un bebé muerto que llevaba en una caja de zapatos, y del que afirmaba ser el padre. Apelaba a la caridad del prójimo para conseguir un dinero con que pagar el entierro de ese niño que en realidad no era suyo, dinero que luego se gastaba en borracheras. Se trata de uno de los relatos más logrados del volumen, que recrea el ambiente literario de la época. En algún momento aparece un joven argentino del que se dice que se llama Burgos o Borges, ambigüedad que evocará al lector avisado la novela El nombre de la rosa, donde un tal Jorge de Burgos, en claro guiño a Borges, ejercía de bibliotecario en esa abadía donde no paraban de morir monjes en circunstancias extrañas. Este último relato lo iba a explotar luego el autor en una novela extensa publicada al año siguiente, Las máscaras del héroe, que publicó también Valdemar y espero leer a no mucho tardar.


El imaginario de de Prada es más novelesco que experiencial. Como artefactos lingüísticos, y de apreciable inventiva, creo que conviene valorar estos relatos, cuya lectura mayormente he disfrutado. Sí que cansa un poco la sexualización constante cuando entran mujeres en escena, la descripción erótica por parte de narradores viciosillos de mentes calenturientas, de rancia rijosidad.


Pero el libro, ya digo, tiene su punto.


Valoración: 3,5/5.

28 marzo 2021

"Caminaré entre las ratas", de David Pérez Vega



No es el primer libro de David Pérez Vega que comento aquí. En años anteriores ya hablé de Koundara, un muy buen libro de relatos publicado por Baile del Sol; Los insignes, novela aguda y humorística que parodia el mundillo poético y que publicó la mallorquina Sloper; y Acantilados de Howth, el debut literario del autor mostoleño, al que acostumbramos a leer sobre sus lecturas en su blog Desde la ciudad sin cines y, desde no hace mucho, también en su magnífico canal de YouTube: David Pérez Vega - Bienvenido, Bob. Confieso que es mi booktuber favorito. Es un placer oír hablar de literatura a alguien que ha leído tanto y ama los libros como pocos, que sabe establecer relaciones entre ellos y que posee una muy buena memoria lectora, además de la envidiable oratoria que le ha ido dando su experiencia como profesor en un colegio de Madrid.


En 2020 vio la luz su última novela hasta la fecha, Caminaré entre las ratas, publicada por la editorial Carpe Noctem. Se trata de su novela más extensa, escrita entre 2014 y 2016, y protagonizada por un hombre de Móstoles que anda cerca de cumplir los cuarenta -edad crítica- y que ha pasado por distintos trabajos y ahora es teleoperador, empleo que no es el soñado y que le brinda un sueldo precario, al tiempo que hace el máster para formación del profesorado, a fin de obtener una mejor colocación. Estudió Empresariales, tras un intento frustrado en una Ingeniería, estudios a los que lo abocó su familia cuando realmente a él le hubiera gustado una carrera de letras como Filología Hispánica. Domingo, que así se llama, ha publicado algunos libros en editoriales pequeñas, es un gran lector y trata de hacerse un hueco en el inexpugnable panorama editorial. 

"No creo ya a estas alturas que pueda prescindir de la literatura. Estoy podrido de literatura, solo puedo entenderme como sujeto cercano a la literatura"

No escasean las concomitancias con el propio autor, como él mismo declara en un vídeo de YouTube sobre su novela, donde afirma que quería emplear un personaje no muy distinto a él, o a cómo sería él un poco pasado de vueltas, a partir del cual narrar todo lo que le ha sido dado observar y conocer, a sus cuarenta años, en su mundo cotidiano, en lo que respecta a mundo empresarial y laboral en general (los efectos de la crisis de 2008, por ejemplo), las relaciones personales y de pareja, política, familia, literatura y todo lo humano y lo divino. Y, a decir verdad, se muestra un fino observador de su realidad, de nuestro mundo.

Hay un par de elementos que escapan al realismo: por un lado, comienza a ascender un partido de ultraderecha llamado Puño Patriota Español, elemento con el que el autor se adelanta al renacimiento de la ultraderecha en España, poco después, con la irrupción de Vox y su líder Santiago Abascal; por el otro, la ciudad comienza a ser invadida por una plaga de ratas gigantes, como de medio metro. Esto último me llevó a pensar, en un principio, en el famoso cuento de Julio Cortázar Carta a una señorita en París, en el que el protagonista vomita conejitos y, si no me falla la memoria, lo vive como algo de lo que se siente culpable y que ha de ocultar al resto de la gente. Al principio parece que Domingo es el único que detecta la presencia de las ratas, como si fueran producto de su imaginación, pero conforme avanza la novela se hace evidente que este elemento fantástico, que nos lleva a pensar en  un posible simbolismo, es perceptible por todos los personajes, le den más o menos importancia.

El hecho de que un amigo cercano se suicide, yéndole, en apariencia, algo mejor en la vida que a él, es otro factor que lo aboca a esa ineludible crisis de los cuarenta, además de las frustraciones laborales, literarias y sentimentales (su novia lo dejó no hace mucho).

Se trata de una novela ambientada en Madrid en 2013, que se lee con gran fluidez, un libro complejo a la par que accesible, que me ha parecido muy sólido. Una de sus virtudes es la de llevarnos a otros libros, pues no escasean las referencias literarias y cinematográficas. Aunque el título da cuenta de una individualidad que debe sobreponerse a un entorno difícil, incluso hostil, hay bastantes momentos en los que encontramos un componente social e incluso generacional (más de una generación, diría, puede verse reflejada en los sucesos narrados: tanto la del autor, que nació en 1974, como los ahora treintañeros).

Hay un momento en que el protagonista declara juzgar de antemano los libros en función del prestigio de la editorial que los publica, algo tal vez clasista y jerárquico, que dista de considerar con objetividad el texto en sí, y que resulta algo chocante teniendo en cuenta las ideas políticas del personaje (son recurrentes las críticas al neoliberalismo, a las atrocidades capitalistas). Esto, por otra parte, no debería sobresaltarnos, porque ¿quién no tiene contradicciones? El protagonista se ve envuelto en un pequeño embrollo de sexo por internet, y este es el único punto de toda la novela que me ha chirriado, en tanto que no me cuadraba con el personaje. Domingo, tipo serio, se toma unas pequeñas vacaciones, una escapada con fines sexuales para estar con una chica con la que no le une demasiado, más allá de la atracción por su cuerpo. Esta parte me ha recordado (pero no me fío mucho de mi memoria) al ambiente de La uruguaya del argentino Pedro Mairal. Esta actitud del personaje se justifica cuando leemos "es mi aventura sexual, intrascendente y absurda, el rollo de verano que debería haber tenido a los diecinueve pero que no tuve, mi deseo de libertad y superficie". Pero no me acaba de encajar en el hecho de prestarse un tipo como él, por ejemplo, a tener sexo en lugares públicos.

Más allá de esta nimiedad, he disfrutado muchísimo la lectura. Bien narrada, contiene reflexiones inteligentes sobre el mundo empresarial y laboral, la deriva de los métodos pedagógicos o las relaciones humanas en general. Eduardo Laporte, que también ha leído con entusiasmo el libro, habla de una "ironía melancólica" que creo que define bien su espíritu: hay momentos humorísticos y sarcásticos, y también un aire general de derrota, una mirada al mundo desde una prosa serena, reflexiva, a través de la luz de la melancolía.

Caminaré entre las ratas me parece una muy buena novela, posiblemente lo mejor que he leído en lo que llevamos de 2021, y que veo difícil que no acabe en la clásica lista de mejores lecturas del año que acostumbro a colgar en este blog.

Valoración: 5/5

"En un vídeo, uno de estos profesores saca su móvil del bolsillo y afirma sonriente ante la cámara que ahí, en su mano, está TODO; que la información está disponible para cualquier persona a un clic de ratón, que ya no hace falta saber. Esto me parece cuestionable, pues a mí como adulto me ha costado, realizando búsquedas en internet, encontrar la información que buscaba para los trabajos requeridos en el máster e imagino que a un niño de catorce años, en el aula o en su casa, le costará más. Esto sin contar que tiene abiertas todas las puertas a la distracción. Hace cincuenta años también estaba TODO en una biblioteca, y no por esto se dejaba de exigir a las personas que estudiasen contenidos."

"Hablan de Andrés Torrejón, hablan mal de él, como españoles en un bar".

"Pero desde 2008 vivo en el país del volver a empezar, de los aprendices sin edad, de los licenciados que emigran a Londres para trabajar de camareros, de la idea neoliberal del "si estás en el paro la culpa es tuya, aprende a reciclarte. Sé un emprendedor, muchacho""



13 febrero 2021

Fría estampa inverniza


Hert Nicks

FRÍA ESTAMPA INVERNIZA
                        A la memoria de Miguel Ángel Herranz -Miki Naranja- (1978-2020)

                                        Jesús Artacho

09 enero 2021

"Magistral", de Rubén Martín Giráldez

 


Conocí este libro a través de los comentarios entusiastas de Alberto Olmos. Publicado en 2016 por la zaragozana Jekyll & Jill, mi ejemplar corresponde a la segunda edición, de ese mismo año, y que ya incluye una faja con los elogios del segoviano, entre otros.


He comenzado la lectura del libro entusiasmado. Rubén Martín Giráldez le da un meneo brillante al lenguaje, con verbo bullente y talento neologista. Un experimento literario que por desgracia sólo disfrutamos unos happy few. En las primeras páginas, el libro comienza a presentarse, o así lo entiende uno, como una invectiva incandescente hacia la escritura adocenada y burguesona, a esos escritores que son incombustibles porque nunca arden sobre la página:


"Más parecía que estuviesen de vacaciones de verano en el lenguaje que escribiendo", leemos. O: "Muertos de miedo de hacer una frase que no se entienda a la primera". O: "A lo mejor hay que replantearse el idioma".


No obstante, el espíritu dinamitero y provocador del narrador va más allá y le lleva a extrapolar esa crítica a la literatura española en su conjunto, hasta el punto de dudar de que exista una persona en este país que sepa leer. Tiene por lo tanto su crítica un sesgo nacional, de criticar "lo español" en lugar de "lo conservador", de forma transversal, lo cual quizá hubiera sido más interesante y menos ridículo: uno no encuentra del todo justo mandar a tomar viento a todo lo escrito en España y, más aún, en español. El libro, a mi entender, decae también con la entrada en escena de Ben Marcus, autor estadounidense a quien Martín Giráldez ha traducido y a quien uno no conocía antes de leer Magistral. Al narrador le parece Dios, de modo que se postra de forma servil ante él y trata de transmitirnos su buena nueva. Llega al punto de incluir alguna página de sus libros (en inglés, of course).


Obviando estos pequeños peros que le pongo, la obra en su primera mitad me ha parecido un festín, un ejercicio de sana creatividad, una apuesta arriesgada, radical y brillante.


Edita -y bien- Jekyll & Jill.


Valoración: 4/5


07 enero 2021

"La nevera está triste (parodia)", un poema propio

 

Michal Matlon


LA NEVERA ESTÁ TRISTE (PARODIA)

La nevera está triste, qué tendrá la nevera.
Los zumbidos se escapan por su boca sin son.
Acuchilla silencios molestando a la peña,
escasea en yogures y no tiene jamón.
La nevera es un hueco, ya parece anoréxica,
sin mousse de chocolate ni cerveza ni amor.
Sueña con otras épocas, con un mar de croquetas,
y en verano -en agosto- sufre con el calor:
se lamenta ruidosa, los inviernos anhela
y se queja la pobre, como un preso sin sol.
La nevera está harta, la nevera está vieja.
Para colmo de males, ni un triste salchichón
engalana sus baldas. Dos manzanas reinetas
solitarias, podridas, le ensucian el cajón.
Mas se acerca diciembre, y con él la paga extra
obtendrá el jubilado de la exigua pensión.
Llegarán los bombones, langostinos sin tregua,
algún queso barato y un poco de roscón.
La nevera no zumba, la nevera se alegra;
con su estómago lleno, ve en la vida color.
Ay, nevera dichosa, de las nieves eternas
que brinda tu marido el gris congelador.
Ay, nevera sufrida, cuando la obsolescencia
-tempus fugit, ya sabes- haga sin compasión
que tu buen mecanismo, por capricho de jetas,
dé con rota osamenta en un contenedor.
No quiero ni pensar en la escena funesta
que con ojos miopes miraré con dolor.
¡Oh nevera magnífica, cumplidora irredenta!
¡Ya el poeta se exalta! ...Versos de garrafón
disculpables acaso de un domingo en pandemia
(en el confinamiento, busca una distracción).
Si el gran Rubén Darío levanta la cabeza
en seguida le atiza al torpe imitador.
La nevera está triste, la nevera se queja:
“después de tantos años, de todo este sopor,
ni siquiera en palabras el destino me premia:
vates de chichinabo entonan mi canción”.
La nevera está escuálida, la nevera está vieja,
pero las Navidades prometen esplendor,
y el frescor todavía por sus venas serpea:
vendrán mejores tiempos si resiste el tirón.


                      Jesús Artacho, noviembre de 2020.