11 septiembre 2021

La niñez es la edad más cruel

 
Ilustración obra de Jeff Stahl

A veces uno piensa que la niñez es la edad más cruel. Quién no se ha detenido a observar la habilidad portentosa de los niños para cebarse con el más mínimo defecto ajeno, para humillar al distinto. Qué errada se antoja esa mirada complaciente que los pinta como seres puros incapaces de mentir: el ducho en el arte de la trola, me parece, lo es desde los dientes de leche. “La verdadera patria del hombre es la infancia”, dejó dicho Rilke, al que durante varios años su madre obligó a vestirse como una niña y que no tuvo una muy feliz. Tiene mérito, por tanto, que el escritor austrohúngaro afirmara tal cosa. Esta edad de la vida no sé qué tiene que nos engatusa a todos y consigue que la idealicemos como una época dorada, un paraíso perdido al que luego intentaremos en vano regresar. Miguel d’Ors parece consciente por momentos de este lugar común y, en algún poema, reconoce a propósito de la niñez: “mis versos la añoran bastante más que yo”. Es tal el consenso que, a poco que uno se descuide, acaba poniendo en un altar, nimbada de nostalgias, esta etapa inaugural de la existencia. Quizá discurriera de la misma forma Tom Robbins cuando sentenció: “Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz”. Y es que “también la verdad se inventa”, como escribió Machado. Nos engañamos a nosotros mismos, y en ocasiones de una manera irreversible. Por fortuna, uno se bajó del burro hace un tiempo, pues si bien no llego al extremo de Agustín de Hipona (que escribió, al parecer muy marcado por los sufrimientos en el colegio, que prefería la muerte si tuviera que decidirse entre ella y regresar a la infancia), ando lejos de considerarla como la mejor etapa de mi vida. No conservo gran nostalgia. El desconocimiento del mundo es tal en esos primeros años que no nos libramos de ser individuos sumamente dependientes, con horizontes muy limitados. Quizá sea entonces, también, cuando uno más daño fue capaz de hacer (por no hablar del recibido) sin quererlo, por mera inercia inconsciente. Y sí, acaso sea cierto que no hay veranos tan largos como los de la infancia, pero prefiero, con mucho, la madurez actual, la serenidad de los treinta, a esos años primerizos, titubeantes, confusos.


16 agosto 2021

"Quasi una fantasia", de Andrés Trapiello

"Quasi una fantasia" (Ediciones del Arrabal, 2021) es el último volumen publicado del diario de Andrés Trapiello, la entrega número veintitrés del mastodóntico Salón de pasos perdidos que el escritor madrileño, nacido en León, ha venido publicando desde 1990, hasta ahora de manera unánime en la editorial Pre-Textos, dirigida por Manuel Borrás (a quien le une una sólida amistad), y que en esta ocasión por primera vez aparece en otro sello, una nueva editorial creada por el propio Trapiello, junto a Miriam Moreno Aguirre (filósofa y esposa del autor), Rafael Trapiello y Guillermo Trapiello (hijos de ambos). Se trata de un divorcio editor aparentemente dulce, y el propio Borrás acompañó a Trapiello en la presentación de Quasi una fantasia en la Librería Alberti de Madrid. Esta edición "arrabalera" es muy similar, tipográfica y estéticamente, a las de Pre-Textos, si bien un poco más modesta y con la letra algo más pequeña.


Se trata de un diario del año 2009. Trapiello nació en 1953, lo que quiere decir que este 2021 ha cumplido 68 años. Dejándonos de coqueterías, podríamos aventurar que se ha internado ya en la tercera edad, o va camino de ello. Consciente del asunto, en el prólogo avisa de que algunos diarios inéditos se quedarán sin publicar. Trapiello los escribe en cuadernos durante el año en cuestión y luego, varios después, los reescribe aplicándoles el soplo literario, como quien troca agua en vino. Sin ese trabajo de alquimia afirma que no tienen valor literario para ser publicados. A uno, entusiasta seguidor de la serie, no le importaría que Trapiello descuidara un poco otros menesteres, como sus artículos en prensa, y se aplicara con redoblada dedicación a componer más diarios. Pero eso parece cosa de fantasía, por jugar con el título de este libro.


Dicen que lo difícil en literatura no es contar lo que te pasa, sino contar lo que no te pasa y que resulte creíble, verosímil. Puede que uno de los muchos méritos de estos diarios consista en que tomemos por reales episodios que la razón nos dice que han sido elaborados, ficcionados (Trapiello se ha referido a ellos, desde el principio, como "novela en marcha"). Hay en Quasi una fantasia, por ejemplo, varias escenas muy convincentes en taxis, y en los diálogos el autor consigue expresar la viveza y la autenticidad del lenguaje oral del ciudadano de a pie.


Una de las cosas que me gustan de esta serie es descubrir palabras nuevas, voces poco habituales y a veces en desuso, a menudo bastante bonitas, que el autor rescata y lanza de nuevo al mundo. En esta ocasión he anotado vocablos como "solercia" (habilidad), "güito" (hueso de una fruta), "charrán" (pillo), "alcabor" (hueco de la campana de la chimenea), "sobretarde" (parte última de la tarde, antes del anochecer), "laceria" (pobreza), "andorga" (buche, tripa) o "petera" (riña).


Es el cuarto volumen que comento en este blog, así que uno no sabe muy bien qué añadir y escribe un poco a lo que salga. En enero, al comienzo del libro, se habla de una nevada en Madrid, que con probabilidad haya tenido como sustento biográfico la de Filomena de este 2021, por mucho que los hechos se refieran a 2009. Este aparente anacronismo -si lo es- no es extraño si entendemos el Spp como novela, y que Trapiello afirma que él no es ningún notario de la realidad. Otro rasgo lingüístico característico es la castellanización de extranjerismos. Trapiello no los escribe como prescribe la RAE, sino como suenan en nuestra lengua: jéiter, pirsin, butad, betséler. La prosa no faltará quien la pueda calificar de castiza. Por lo tanto, me hace gracia cuando Trapiello escribe "no sé qué, que diría un castizo", como si los castizos fueran siempre los otros.


Que el autor sea también poeta creo que contribuye a aquilatar su prosa. Trapiello va rociando hallazgos expresivos aquí y allá, como quien siembra arroz a voleo, sin aparente esfuerzo. A veces compone bodegones líricos con elementos de la naturaleza. Es buen pintor de estos momentos, que en ocasiones quizá sublime en exceso: tardes en que el campo está bonito, primaveras incipientes. El humor es otro ingrediente que brilla en el guiso nutricio de los diarios.


Trapiello, como sabemos, es gran admirador de Cervantes, al que ha dedicado una biografía, además de "traducir" el Quijote al castellano actual y publicar dos novelas en diálogo con la obra magna del genial manco: Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza y otras suertes. Alguna vez me pareció leer, en algún punto de estos inabarcables diarios, que podría hacerse una taxonomía de los españoles dividiéndolos entre quevedescos y cervantinos. Y ponía el autor un ejemplo ilustrativo: si por la calle alguien se cae ante nuestros ojos y nos da la risa, somos quevedescos; si nos apiadamos del caído, somos cervantinos. Esa veta humana cervantina, de contar una pluralidad de vidas, de novelas, se halla sin duda en el Salón de pasos perdidos, donde Trapiello muestra gran interés en tejer un tapiz humano (con este rasgo casan muy bien las visitas al Rastro, que le deparan jugosos ingredientes para incorporar a la novela en marcha), en contar pormenores de experiencias, quintaesencias de vidas. En la presentación madrileña de este libro, de acuerdo con esto, Trapiello venía a afirmar que el diario no era el relato sólo de su vida, sino de la de todos nosotros. Ambicioso proyecto que en Quasi una fantasia Trapiello supera, otra vez, con nota.


Si uno fuera académico sueco y pensara en otorgar el Nobel de Literatura a un escritor español, a día de hoy, yo se lo daría a Andrés Trapiello.


Un par de fragmentos:


"Cuánta razón llevaba Rilke al decir que no entendía que en español se dijera "dar un paseo", cuando suele suceder al revés, que paseando se nos da, que es el paseo el que nos da a nosotros tantas cosas."


"Cada vez que el ala de la poesía nos roza, y a todos los seres humanos les ocurre eso varias veces al día, deberíamos dejarlo todo, en plan discípulos de Buda, y seguirla. Esos son los momentos cruciales del día, y o los atiende uno, o se irán para siempre sin retorno posible."


Para terminar, dejo la lista de todos los títulos del Salón de pasos perdidos publicados hasta la fecha:


El gato encerrado (1987) (1990)
Locuras sin fundamento (1988) (1992)
El tejado de vidrio (1989) (1994)
Las nubes por dentro (1990) (1995)
Los caballeros del punto fijo (1991) (1996)
Las cosas más extrañas (1992) (1997)
Una caña que piensa (1993) (1998)
Los hemisferios de Magdeburgo (1994) (1999)
Do fuir (1995) (2000)
Las inclemencias del tiempo (1996) (2001)
El fanal hialino (1997) (2002)
Siete moderno (1998) (2003)
El jardín de la pólvora (1999) (2005)
La cosa en sí (2000) (2006)
La manía (2001) (2007)
Troppo vero (2002) (2009)
Apenas sensitivo (2003) (2011)
Miseria y compañía (2004) (2013)
Seré duda (2005) (2015)
Sólo hechos (2006) (2016)
Mundo es (2007) (2017)
Diligencias (2008) (2018)
Quasi una fantasia (2009) (2021)


*El primer año entre paréntesis es el que narra el diario; el segundo el año de publicación.


29 julio 2021

"Esto no es Bambi", de David Pérez Vega



Esto no es Bambi (2021) es la quinta novela publicada de David Pérez Vega (Móstoles, 1974), que en esta ocasión edita la sevillana Maclein y Parker. Además de estas novelas, de varias de las cuales se ha hablado ya en este blog, el autor madrileño ha publicado un libro de relatos (Koundara) y dos de poemas (El bar de Lee y Siempre nos quedará Casablanca). 


Quienes sigan su excelente canal de YouTube Bienvenido, Bob, que toma el nombre de un cuento de Onetti, sabrán que Pérez Vega se dedica a la docencia desde hace casi veinte años -o sin el casi-, dando clases de Economía y a veces también Matemáticas en un colegio de la capital. En Esto no es Bambi nos habla de una experiencia laboral anterior a esta de profesor, a la que ya se hacía referencia en las solapas de su primera novela Acantilados de Howth, donde, en la información biobibliográfica, leemos: "Llegó a trabajar como auditor de cuentas en una conocida multinacional, pero, a pesar de la propaganda que aseguraba que la suya era la mejor empresa del mundo, pronto llegó a la conclusión de que cenar un sándwich extraído de una máquina a las doce de la noche sobre un ordenador no podía ser el éxito".


Como avanzaba el autor en un vídeo que para los interesados puede servir de complemento a estas líneas, Pérez Vega trabajó en una gran auditora, perteneciente al grupo de las Big Five, a cuyas víctimas -jóvenes exprimidos por la maquinaria frenética del sistema- está dedicado este libro. Y es que la empresa que más currículos recibía de todo el planeta no acababa siendo, desde luego, la que proporcionaba a sus empleados mejores condiciones laborales. Esto no es Bambi ofrece una visión crítica de ese mundo, un trávelin de los entresijos del capitalismo feroz, y de las mentiras y corruptelas que sustentan el sistema. Por momentos he pensado en aquella película de Marcelo Piñeyro, El método (2006), basada en la obra de teatro de Jordi Galcerán El método Grönholm, que ofrecía otra visión descarnada del mundo de la gran empresa, en esta ocasión centrada en los procesos de selección de personal. Y ya que estamos, mencionaré otro filme sobre ese ámbito y sus precariedades, de carácter social y que me parece muy recomendable, que sería Dos días, una noche (2014), de los hermanos Dardenne.


La acción de Esto no es Bambi se desarrolla entre los años 2000 y 2005, y avanza desde diferentes perspectivas a través de las voces narrativas de seis personas distintas (tres hombres y tres mujeres, los adalides de las leyes de paridad estarán satisfechos), trabajadores de esa gran empresa llamada en el libro William Golding, como el autor de El señor de las moscas, cuyo nombre suena a dinerales por la mera presencia del "gold" (oro), a lo Goldman Sachs, otro emporio que asociamos a la crisis financiera de 2008, de la que Pérez Vega habló en su anterior novela -que me gustó bastante- Caminaré entre las ratas (Carpe Noctem, 2020).


La primera narradora (Marta María Lindsay de Aguirrecoechea Muros) entra en el arquetipo clásico de la pija. Nos habla del curso de formación con el que reciben a los nuevos contratados en la empresa. Su forma de hablar se asemeja -para entendernos- a la de Tamara Falcó, y es una chica con sus prejuicios, con sus privilegios fruto de un padre con dinero y contactos, con su clasismo, con su frivolidad, con su infantilismo. Cuando le da hambre dice "momento Somalia total". Tiene un affaire un poco al estilo El graduado (1967) (la película de Mike Nichols), con un señor casado y amigo de su padre (detalle poco relevante en la trama, dicho sea para los hipersensibles al spoiler).

 

La segunda narradora es una chica católica andaluza que nos habla del viaje a Chicago donde la empresa ofrece más cursos a algunos de los nuevos empleados. Se siente afortunada y ve el asunto como una gran oportunidad. Con los narradores tercero y cuarto se nos habla ya del trabajo propiamente dicho en Madrid y vamos conociendo un poco más el lado oscuro: las jornadas maratonianas que se alargan hasta las doce de la noche, sábados y domingos o, en alguna ocasión, hasta el punto de no dormir y empalmar con el día siguiente en una tirada de treinta y seis horas. El mantra es que hay que darlo todo por la empresa, y que esos sacrificios son necesarios para, en el futuro, gozar de un puesto de mayor responsabilidad y mayores retribuciones que permita un buen nivel de vida ("En realidad no me pagan con dinero, me pagan con prestigio", dice uno de ellos).

 

Las voces de los distintos personajes se entrelazan, son compañeros y lo que cuentan en los diferentes capítulos está interconectado, como sus vidas. El quinto narrador es Daniel Márquez, álter ego del autor, un joven de Móstoles al que le gusta leer y escribir, que no se siente nada a gusto en ese ambiente de gran competitividad y puñaladas traperas y que sueña con, algún día, poder dar testimonio en una novela de todo aquello. Si bien de forma serena y mesurada, es el más crítico con la empresa y nos da cuenta, por ejemplo, del escandaloso clima de complicidad -lejos del espíritu fiscalizador que podríamos presuponer- entre la empresa auditada y la auditora para maquillar las cifras si no cuadran y tapar cualquier irregularidad. Daniel tratará de mantenerse humano ("lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano", decía George Orwell) en este ambiente que encuentra descorazonador.


Llegamos, con la sexta y última voz narrativa -con la sexta nota de este pentagrama polifónico-, al discurso del triunfador, del tipo que ha ascendido en la jerarquía de la empresa, una persona de moral dudosa por ser suaves: un individuo elitista que da muestras de clasismo, xenofobia y otras lindezas.  


La novela me ha gustado. La escena elegida para el final, que también supone un cierto clímax en la acción, me parece todo un acierto. Esto no es Bambi quizá no me haya parecido tan meritoria como Caminaré entre las ratas o Koundara, pero está bien contada, tiene momentos de humor y habla de una realidad laboral que desconocía y que merece ser relatada. Sin duda es un libro interesante, una buena crítica al más crudo capitalismo. 


Bonita y cuidada edición, además, la que ofrece Maclein y Parker.


Otros libros de David Pérez Vega comentados en el blog:

Acantilados de Howth

Los insignes

Koundara

Caminaré entre las ratas 


11 julio 2021

"Trilogía sucia de La Habana", de Pedro Juan Gutiérrez

 


Trilogía sucia de La Habana (Anagrama, 1998), de Pedro Juan Gutiérrez (Cuba, 1950), se compone de tres libros de relatos: Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí. Se trata de relatos que funcionan más bien como novela, con el hilo conductor del personaje de Pedro Juan, álter ego del autor, que narra en primera persona. Esto cambia un poco en el tercer volumen, donde encontramos varios cuentos en tercera persona en los que no aparece esa voz del autor. Desde muy pronto resulta inevitable comparar a Pedro Juan Gutiérrez con Bukowski y su Henry Chinaski. El realismo sucio se hace palpable desde el mismo título, con ese adjetivo calificando la trilogía. Parece ser que su editor Jorge Herralde lo apodó "el Bukowski caribeño".


"El sexo es un intercambio de líquidos, de fluidos, saliva, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda, sudor, microbios, bacterias. O no es. Si sólo es ternura y espiritualidad etérea entonces se queda en una parodia estéril de lo que pudo ser".


Pedro Juan Gutiérrez, como puede verse, no evita los disfemismos. Narra sin tapujos la lucha por la supervivencia en la Cuba de Fidel Castro durante la década de los noventa; la miseria, las frecuentes hambrunas (en un momento dado comenta que ha perdido dieciocho kilos en apenas unos meses), los balseros que se lanzan al mar camino de Miami embarcados en simples neumáticos de camión. A la memoria del lector viene la crónica de un viaje a Cuba, también en los noventa, de Trapiello en uno de sus diarios (Do fuir), que también contaba cosas tremendas, como contrapunto a quienes aún hoy defienden que mientras vivió Fidel los cubanos vivieron bien.


Gutiérrez relata la Cuba callejera, del ciudadano de a pie. Escribe como se habla, sin retórica, con frases cortas y potentes ("en tiempos tan desgarradores no se puede escribir suavemente", leemos). Su visión de la vida está llena de sensorialidad, de pragmatismo, de desenfreno. Las escenas sexuales y escatológicas son frecuentes, en un mundo de machos y sementales, de roles genéricos tradicionales, donde las pulsiones sexuales siempre andan en primer plano, a veces hasta límites pornográficos. Leer Trilogía sucia de La Habana supone a walk on the wild side, por citar la canción de Lou Reed. Se trata de historias muy entretenidas, con mucha acción, contadas con encanto. Cae bien Pedro Juan. Sus cuentos no están exentos de sordidez, pero imagino que alguien que vive tan quemado y pasa hambre y comparte retrete con cincuenta personas (como cuenta en uno de los textos) es difícil que se ponga a escribir sobre la ontología del ser o la belleza floral del campo en primavera. 


Hay historias de gran tremendismo (la del caballo muerto en un patio, que se está pudriendo, con un grupo de personas presionando al dueño para entrar a trocearlo y comérselo; o la que comienza con una mujer cortándole el pene a su amante), pero también, de forma puntual y excepcional, bien es cierto, momentos de un inusitado lirismo. Me recuerdo leyendo "en la claridad azul del plenilunio", o "será una noche clarísima de luna llena", y deteniéndome ante esas frases. Por un momento parece que a Pedro Juan, que a ratos se ríe de los sentimentalismos, le hayan jaqueado la máquina de escribir, o una amante le hubiera escrito esa frase a hurtadillas, sin que él se haya atrevido a quitarla. Estas trazas de lirismo destacan como cuando en el Poema de Mio Cid, al alejarse Díaz de Vivar de su familia e hijas, leemos que se separa de ellas como la uña de la carne (choca ese hallazgo expresivo en una obra de estilo narrativo y algo gris). Quizá exagero. El caso es que el libro de Pedro Juan Gutiérrez también se prodiga en algunas reflexiones profundas.


"Los débiles creen que ya hoy todo termina. En realidad es todo lo contrario: hoy es cuando todo comienza."


"En definitiva eso es lo único importante: desear algo. Cuando deseas algo, con fuerza, ya estás poniéndote en el camino".


"Cada día disfruto más el silencio y la soledad y no espero demasiado. No puedo explicar cómo es. Si me rodea el silencio yo soy yo. Y eso me basta."


Como se trata del primer autor que leo de ese país, he anotado algunos cubanismos: acere (amigo, colega), camaján (holgazán), tarecos (utensilios), churre (suciedad acumulada), templar (follar), fulas (dólares).


Me ha parecido un gran libro, repleto de experiencias de vida y con unas historias muy potentes, de una gran fuerza. Lo saqué de la biblioteca pero no descarto comprármelo en un futuro; me gustaría tenerlo. Se conoce que aprecio libros muy diferentes entre sí, no sé si es algo que le pase a todo el mundo.





27 junio 2021

"Ciudad del hombre", de José María Fonollosa

 


Hace ya unos años que tenía intención de leer a José María Fonollosa, autor nacido en Barcelona en 1921 y muerto en esa misma ciudad en 1991, con sesenta y nueve años. Cuando, en su comentario de mi libro de poemas Aproximación a la herida (Baile del Sol, 2016), David Pérez Vega aludió a Fonollosa por el parecido temático (la soledad del ser humano en las ciudades, el fracaso, el yo herido), me dije que debía decidirme a leer de una vez a este escritor, del que sólo conocía poemas sueltos vistos en la Red. Pero han pasado unos años hasta que he comprado Ciudad del hombre (Edhasa, 2016), que reúne por primera vez de forma completa, en edición a cargo de José Ángel Cilleruelo, este extenso libro de poemas en el que Fonollosa trabajó durante décadas.


El caso de José María Fonollosa no es del todo habitual. Sufrió recurrentes rechazos por parte de las editoriales, a las que llegó a llamar "fortalezas inexpugnables", y no fue agraciado con ninguno de los premios a los que se presentaba. Sólo un año antes de su muerte, en 1990, vio publicada de forma parcial este libro, con el título de Ciudad del hombre: New York. Ese aislamiento editorial queda reflejado en uno de los poemas: "Son los mismos. Están aún los mismos / que me dijeron "No" ya hace veinte años..." Vivió, además de en la ciudad condal, en Nueva York y La Habana.


En un principio este libro se iba a llamar Los pies sobre la tierra. Cilleruelo cuenta en el prólogo cómo, al ver en un escaparate la Ciudad de Dios de San Agustín, Fonollosa pensó que a él le interesaba la ciudad del hombre, no la de Dios, y eso dio lugar al cambio de título. El libro está planteado como un itinerario por una ciudad, Barcelona, y sus distintos barrios y calles a lo largo de una tarde noche. Las secciones son "Poble Sec", "Raval", "Aglomeració urbana", "Casc Antic" y "Eixample". Los poemas van titulados con el nombre de calles de estas zonas barcelonesas.


El libro está escrito casi en su totalidad en endecasílabos, por lo general sin rima, salvo alguna puntual asonancia. Arranca ortográficamente muy mal, con una coma entre sujeto y predicado que nos salta a la cara en el primer verso. También se observa que el autor no se priva de colocar acentos internos en las sílabas quinta y séptima, como tengo entendido que es preceptivo a efectos rítmicos del endecasílabo, por lo cual los más puristas acaso vean en ellos algunos "errores". "Te pierdes lo bueno buscando el error, te pierdes lo mejor", dice una canción de Kase.O


Y es que el libro tiene poemas buenísimos. Dentro de la variedad temática que existe, los mejores me han parecido los referidos a la soledad del ser humano contemporáneo en las grandes ciudades, el fracaso y las heridas interiores. También hay un soneto que me ha gustado mucho en el que Fonollosa explica, precisamente, por qué no le gusta escribir sonetos. Se trata de una poesía bastante narrativa (en esta línea, el autor llegó a escribir una novela en verso).


No obstante, el libro me deja sensaciones encontradas. Alguna respuesta a mi desconcierto la he encontrado leyendo el prólogo (después del libro), en el que José Ángel Cilleruelo refiere que el autor no habla desde una única voz, desde su yo poético, sino que, llevando al extremo el juego con los heterónimos de Fernando Pessoa, pretendía dar voz a una multiplicidad de seres, habitantes de esa ciudad del siglo XX por la que nos invita a dar un paseo, en el que nos encontramos voces de asesinos ("es hermoso matar"), machistas inconfundibles ("es la hembra de la especie. La de todos. / Y ha de entregarse a aquel que la apetezca"), proxenetas, violadores ("Por tanto, aunque te tome por la fuerza, / es mi derecho usar lo que es de todos"), atentados varios contra el Código Penal. 


Por otra parte, en este juego de voces no dejan de aparecer discursos opuestos, y en otro poema se lee: "Debiera liberarse a la mujer / de la opresión en que la tiene el hombre". Estos poemas "inmorales", aunque encajan con el plan general del autor, siento que como lector me aportan poco y hacen que se resienta el conjunto. No quisiera que se entienda esto como una muestra de puritanismo (en general suelo estar en contra de la cultura de la cancelación que parece imponerse en estos días, con el caso célebre de la momentánea censura de Lo que el viento se llevó, por ejemplo), pero no me apetece tanto escuchar en este libro a un asesino (salvo que los hallazgos expresivos levanten un poema meritorio, y como ejemplo sirvan las magníficas flores del mal de Baudelaire) como escuchar la voz interior del propio Fonollosa. Pero hay un puñado de poemas que me han gustado mucho. 


Bonita edición de Edhasa, por otra parte.


"Y aquí entre tanta gente, en la ciudad,
siente uno que no importa nada a nadie".


"Me duelen las heridas que he sufrido
como si fueran hechas de inmediato.
Una por una están. Apretujadas,
muy juntas, asustadas, en mi mente."


"Voy por la calle solo
y sé que soy un cuerpo que camina
como un perro perdido, como un perro".


"Tal vez encontraría en otro sitio,
en otra casa, en otra gente, en otra
ciudad, el mismo o peor desasosiego."


30 mayo 2021

"Canción", de Eduardo Halfon


Canción
(Libros del Asteroide, 2021) es el último libro publicado por el guatemalteco Eduardo Halfon, el único escritor de Guatemala que he leído aparte de Augusto Monterroso. Tras comprarme El boxeador polaco, del que hablé hace poco aquí, decidí aprovechar que lo tenían en la Biblioteca de Antequera para encadenar lecturas del mismo autor y ponerme, apenas terminé el otro, con Canción. Halfon parece haberse especializado en el género de la nouvelle, algo que lo asemeja a otros autores contemporáneos como Yuri Herrera, Sara Mesa o Andrés Barba. Canción apenas alcanza las 119 páginas, con un tamaño de fuente y un espaciado no muy embutidos. El resto de sus libros, me parece, sigue esta senda, en unos tiempos en que los tochos parecen primar en el mundo del bestséler.


Canción comienza con Halfon llegando a Tokio disfrazado de árabe para asistir a un congreso de escritores libaneses, en una escena cómica y juguetona a lo Enrique Vila-Matas. Al poco encontramos este fragmento, que da una idea del cóctel cultural identitario del autor:


"Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía -insiste- en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá."


Pronto, no obstante, se introduce el tema de la historia familiar. En este caso, Halfon habla de su abuelo judío-sirio/libanés, que fue secuestrado en enero de 1967, durante la Guerra Civil. Hay referencias constantes, por lo tanto, a la historia de Guatemala. "Nadie ignora que Guatemala es un país surrealista", escribe Halfon. Conocemos así la intervención del gobierno de Estados Unidos (una de tantas) en el 54 para derrocar al presidente Jacobo Árbenz (Halfon no le pone tilde, ignoro por qué), elegido democráticamente. También aparece Rogelia Cruz, miss Guatemala, comprometida políticamente y salvajemente asesinada.


Rogelia Cruz

Halfon reconstruye esta historia familiar, indisolublemente ligada a la historia de Guatemala, que como historia latinoamericana es, a menudo, una historia de horrores. La narra a través de saltos cronológicos, de forma no lineal, en fragmentos breves que van desde el presente adulto del autor a remembranzas de su infancia. Así, al principio cuenta historias desde la mirada de un niño, escenas que desprenden una gran ternura y que me llevaron a pensar en el Jaime Bayly de Yo amo a mi mami. En medio de juegos infantiles en la casa familiar, los militares irrumpen buscando al abuelo. La vida de esos niños se pone seria de repente, como reflejó Cortázar de forma magnífica en ese título suyo: Final del juego.


No quería dejar de hacer algún comentario sobre la imagen de portada, que me ha llamado la atención y he visto que es obra del fotógrafo Daniel Chauche (1951). He ojeado su web y su trabajo me parece muy interesante, así que la enlazo aquí.


Tras leer estos dos libros, no me queda claro si Eduardo Halfon es un autor dotado para deleitar y conmover más que para imprimir hondura y aliento de gran literatura a sus libros, pero la lectura, desde luego, ha resultado una experiencia muy agradable. Muy bonita, como siempre, la edición de Libros del Asteroide.


"Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta".

23 mayo 2021

"El boxeador polaco", de Eduardo Halfon

 


El boxeador polaco, acaso el libro más conocido de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), fue publicado por Pre-Textos en 2008. Libros del Asteroide lo reeditó en 2019, en un volumen que incluye La pirueta, otra obra (cuento largo o novela corta) de 2010 que también había publicado Pre-Textos y que guarda una indudable unidad con los textos de El boxeador polaco. Con buen criterio, por lo tanto, se ha incluido en esta reedición. Libros del Asteroide parece haberse convertido en casa estable para este autor latinoamericano, cosmopolita, moderno y propenso a las mudanzas: desde 2014 sus libros se han venido publicando ahí (Monasterio, Signor Hoffman, Duelo o Canción, de este mismo 2021), salvo una escapada a Jekyll & Jill con Biblioteca bizarra (2018).

 

Se trata del primer libro que leo de Eduardo Halfon, autor nacido en Guatemala, que con diez años se fue con sus padres a Estados Unidos y ahora reside en París con su mujer y un hijo. Es de orígenes judío-polacos por una rama familiar y judío-árabes por la otra (el apellido Halfon es de origen libanés). La historia familiar, el peso de los orígenes, la identidad o el desarraigo son elementos recurrentes en su obra y que podemos extraer de El boxeador polaco.


El libro se compone de siete relatos, todos ellos narrados por la misma voz, la de un Eduardo Halfon personaje que es y no es el autor, hilvanados entre sí (comparten varios personajes y referencias). A ellos le siguen La pirueta y el Discurso de Póvoa. Esta conexión entre las historias, así como su propia naturaleza y confección, me lleva a pensar en los relatos de un novelista, en una novela en episodios, fragmentada, más que en textos del género breve en sí.


En el primer relato, "Lejano", encontramos a ese Eduardo Halfon ficcional dando clases de literatura a jóvenes. Clases de iniciación, que lo enfrentan a los comentarios habituales de la gente que no lee o lee poco, a los que él responde de forma lúcida e intenta orientar en ese acercamiento a cuentos clásicos (les da a leer a Poe, Maupassant, Chéjov, Joyce). Esto me hizo recordar mi experiencia como bibliotecario en el mundo rural, donde tienes la oportunidad de tener un trato más cercano con los lectores, charlar con ellos y recibir comentarios parecidos a los del alumnado de Halfon en el relato, del tipo "el libro es feo" o "quiero un libro alegre, porque este me ha dejado un vacío por dentro que no quiero sentir más con un libro". Entre los alumnos hay uno que escribe poemas y con quien el narrador establece una relación especial, hasta el punto de emprender un viaje en su busca. "Lejano" me ha parecido un gran cuento.


Otro de los textos destacados del libro, cómo no, es el que le da título. "El boxeador polaco" cuenta la historia del abuelo de Halfon, que después de una vida de silencio comparte con su nieto la experiencia de su pasado en los campos de concentración nazis (en la fotografía de portada puede verse al hombre en cuestión, montado en bicicleta, poco después de su excarcelación). El nieto conocerá la verdadera historia del número que su abuelo lleva tatuado en el antebrazo izquierdo, y que siempre le había dicho que se trataba de su número de teléfono, que llevaba allí para no olvidarlo. La historia del boxeador polaco al que el abuelo se encontró en el campo, al que los nazis no mataban porque les gustaba verlo boxear, y que salvó la vida del abuelo de Halfon, no deja de ser interesante, pero quizá juegue un poco en su contra que a estas alturas conocemos ya muchos relatos de Auschwitz y el holocausto judío.


La prosa de Halfon es muy fluida, narra con inteligencia y atrapa al lector, y consigue varios felices hallazgos expresivos. No obstante, no consigo no sentir al cerrar el libro que me falta algo para considerarlo gran literatura, no sé si por falta de hondura (tal vez influya en esta percepción que yo venga de leer muy buenos libros -Faulkner, Trapiello, Marcelo Lillo-, no sé). El primer relato sí me ha parecido muy bueno, pero luego mi percepción de la calidad ha decaído un poco. 


Percibo, en el estilo, la influencia de Roberto Bolaño, en construcciones del tipo: "como en un sueño difuminado o como en una escena de un sueño difuminado en una película de antaño". Y, en general, en la narración vertiginosa, la prosa acelerada con el recurso del polisíndeton que encontramos, por ejemplo, en "La pirueta", donde Halfon se embarca en un viaje por Serbia a la búsqueda de Milan Rakic, un pianista gitano. En el libro conviven ambientes culturales (un congreso sobre Mark Twain, un concierto pianístico, las clases universitarias) con el ambiente de las calles y la gente de a pie (en el viaje del primer relato, en Guatemala, o en Serbia, en el caso de "La pirueta"). 


Como curiosidad lingüística, Halfon escribe, en lugar de azafata, aeromoza, que según el DRAE es común en el español de América. En un dardo de 1992, Lázaro Carreter lo señala como vocablo que tuvo poca aceptación en España cuando, surgida la aviación comercial, hubo que traducir el inglés "air hostess" (la palabra azafata, que acabaría triunfando, ya era voz anticuada por entonces).


Me ha gustado la experiencia de leer a Halfon.


Valoración: 3,5/5.


16 mayo 2021

"De vez en cuando, como todo el mundo", de Marcelo Lillo

 


De vez en cuando, como todo el mundo reúne treinta relatos cortos del escritor chileno Marcelo Lillo (1958) publicados por Lumen en 2018. Si atendemos a lo que cuenta el crítico Ignacio Echevarría en el epílogo de este volumen, Marcelo Lillo era un autor desconocido hasta que se presentó a un importante certamen de cuentos chileno, en el que su relato "Hielo", incluido en De vez en cuando, como todo el mundo, resultó triunfador. Lillo tiene a sus espaldas una historia algo novelesca (sin ánimo de dudar de su veracidad) según la cual se compró una Colt 45 con la promesa de pegarse un tiro si en cuatro años no triunfaba en esto de la literatura. El episodio recuerda a otras leyendas similares del mundo literario, como la de John Kennedy Toole, que como ya sabemos se suicidó ante el rechazo unánime a su novela La conjura de los necios, todo un clásico que en su momento nadie parecía querer publicar. Otro caso mencionable acaso sea el del escritor colombiano Andrés Caicedo, que avisó de que a los veinticinco años se suicidaría y así lo hizo.


Marcelo Lillo debutó a los cincuenta años con El fumador y otros relatos (Caballo de Troya, 2008), un libro de cuentos al que siguió, un año después, Gente que baila sola (Mondadori). Casi todos esos cuentos se recopilan en De vez en cuando, como todo el mundo, cuentos reunidos a los que se suman una docena de nuevos textos, hasta un total de treinta. Lillo ha dado a la imprenta también un par de novelas, la segunda de las cuales, Niebla City, parece aludir al pequeño pueblo costero de Chile en el que vive, algo lejos de todo, con su mujer y una perra.


Diría que los cuentos de Lillo son deudores, en gran medida, de la tradición norteamericana, en especial de la obra de Raymond Carver. Cheever o Chéjov son otros de sus referentes, aunque a mí me han llevado a pensar antes en los de Lucia Berlin en su Manual para mujeres de la limpieza. Se trata de historias de extensión media, entre las ocho y las veinticinco páginas, con predominio de los narradores masculinos en primera persona.


Abre el volumen "El fumador", donde un tipo metido en un matrimonio en crisis conoce a alguien, en un bar de carretera, que dice ser escritor itinerante (se autoedita y trata de vender ejemplares aquí y allá). Desde el comienzo se palpa ese llamado realismo sucio propio de Carver. Encontramos algunas afirmaciones demasiado optimistas sobre la lectura, al menos con los índices de lectura que tenemos en España ("en cualquier lugar hay una casa, y donde hay una casa hay un lector", leemos, y por un momento el realismo se convierte en literatura fantástica). 


"La felicidad", el segundo cuento, nos muestra a un matrimonio sin trabajo ni dinero, con frases cortas al estilo minimalista, con esos puntos y seguido que dejan su olor a pólvora en el ambiente. Atmósfera desolada pero compasiva en lo que me ha parecido un gran relato. Le sigue "40 Caballos", en el que un adolescente rememora el día en que su padre lo llevó a un combate de boxeo, un episodio que tiene mucho de rito iniciático. El título alude al remoquete de un boxeador, representante de la clase obrera, que trabaja de carnicero (inevitable no acordarse del Rocky de Sylvester Stallone). Otro gran relato. En "Plegaria por Mustafá", al desencanto en otras esferas vitales se suma también el político (la dictadura de Pinochet). Los personajes tienen los bolsillos llenos de fracasos.


"Una puta oración", por su parte, es un relato de aprendizaje de un adolescente con padre ausente (tema recurrente el de la orfandad, la familia monoparental o desestructurada, así como los matrimonios en momentos críticos) que se muda de pueblo cada poco con su madre, una mujer que -según descubre él- se dedica a la prostitución. "El mundo está cambiando" nos habla de los ideales hippies de un personaje femenino un poco calamitoso que se va de casa de joven, a cambiar el mundo como quien dice, y vuelve a los dos años con la firme decisión de recluirse en su cuarto, engullendo todo lo que pilla hasta llegar a los 190 kilos y los sesenta años, como una hikikomori crónica.

 

Otros relatos que me han gustado mucho: "Hielo", "Obscenidad" o "Diente de león", en el que un joven universitario acude a la cárcel, de la que sale su padre tras unos años cumpliendo condena por violación. Pudiera parecer un momento alegre, pero el padre está convencido de que no hay mucha posibilidad de reinserción para alguien que ha cometido un delito como el suyo y, ante la imposibilidad de una segunda oportunidad, trata al menos de hacerse comprender por su hijo. Se trata de un tema arriesgado del que el autor sale airoso, abordándolo sin maniqueísmos.


Poco a poco se hace evidente que en el universo de Lillo son habituales los perdedores ("desde que era niño ya estaba en mí la madera con que se esculpe la derrota", leemos en uno de los relatos) que tratan de desarrollar su vida con la mayor dignidad posible. La búsqueda de la felicidad personal, ese concepto tan definitorio de nuestro tiempo, es otro concepto sobre el que se reflexiona. De hecho, el título del libro está extraído de un diálogo en el que a alguien le preguntan si es feliz y responde que de vez en cuando, como todo el mundo. Por momentos, el narrador se descuelga con alguna frase honda o de una desolada belleza que aquilata la potencia de estas historias, obra de un autor maduro en pleno dominio de su oficio.


Hacía años que tenía pendiente leer a Marcelo Lillo, que aquí da muestra de un mundo coherente y muy definido, de gente de a pie minada por la derrota, que trata de sobrevivir pese a la soledad y los varapalos y que son tratados con una mirada llena de compasión. Son historias con mucha fuerza, que a menudo ponen el foco en momentos clave en la vida de esos personajes. Vidas de los de abajo, por aludir al clásico de Mariano Azuela.


Marcelo Lillo es sin duda un gran escritor de relatos.






08 mayo 2021

"Poesías completas 2019", de Miguel d'Ors


En 2019, el año previo a la pandemia, la editorial Renacimiento publicó la poesía completa de Miguel d'Ors (Santiago de Compostela, 1946). El volumen incluye catorce poemarios: Del amor, del olvido (1972), Ciego en Granada (1975), Codex 3 (1981), Chronica (1982), Es cielo y es azul (1984), Curso superior de ignorancia (1987, Premio de la Crítica), Canciones, oraciones, panfletos, impoemas, epigramas y ripios, o Cajón de sastre donde se hallará todo cuanto deseare el lector amigo, y el no tanto sobradas razones para seguir en sus trece (1990), La música extremada (1991), La imagen de su cara (1994), Hacia otra luz más pura (1999), Sol de noviembre (2005), Sociedad limitada (2010), Átomos y galaxias (2013) y Manzanas robadas (2017). Y también unas "Poesías sueltas publicadas en Punto y aparte (1992) y no publicadas en ningún libro posterior". Todo ello precedido por unos preliminares donde d'Ors habla, entre otras cosas, de su anterior reticencia a publicar una poesía completa o del peligro de caer en un biografismo excesivo a la hora de interpretar sus poemas. Recuerda a Pessoa: el poeta es un fingidor. En alguna entrevista le he oído insistir en esa ficcionalización del yo, en que los poemas los construye con un poco de memoria y otro de sueño (los episodios autobiográficos se manipulan: "se seleccionan, se mezclan con invenciones (aquí está lo del sueño) para que el resultado sea estéticamente bueno").


Tuve la suerte de asistir a las clases de Miguel d'Ors en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada allá por 2006 y 2007. Era un excelente profesor y le guardo un gran aprecio, superador (faltaría más) de las divergencias ideológicas que pueda haber (él muy creyente y de derechas y yo ateo o agnóstico y etcétera). Por entonces uno había leído todavía poca poesía, pero fue una grata sorpresa descubrir la suya, que se suele enclavar en la corriente de la poesía de la experiencia. Saqué algunos libros suyos de la biblioteca pero no tenía ninguno en casa, deuda que he decidido saldar haciéndome con esta poesía completa a fecha de 2019, tan pulcramente editada por Renacimiento. Los poemarios están ordenados, como ya no parece tan infrecuente, en orden inverso al cronológico, desde el de publicación más reciente (Manzanas robadas, de 2017), al más antiguo (Del amor, del olvido, de 1972).


De la poesía de d'Ors destacaría su fino sentido del humor o los chispazos de una aguda inteligencia. A menudo encontramos poemas celebrativos del entorno natural, permeados por una sostenida melancolía (algunos textos germinaron, según leemos al pie del poema -cuyo surgimiento el autor acostumbra a fechar y a ubicar-, durante caminatas, ascensiones a algún monte o trayectos en bicicleta). Con frecuencia, el yo poético aparece enfangado en una realidad gris de la que trata de escapar imaginándose tierras lejanas (Wyoming) o en un pasado feliz que se añora (Galicia). Esta pulsión por estar en otra parte a veces se le revela vana al yo poético, en la línea del Campoamor que escribía aquello de "Cambiar de destino no es sino cambiar de dolor". Se trata de un vector temático (con perdón) que también está presente en La vida, panorámica (libro del que ya hablamos aquí) de Ángel Talián, autor joven en el que se percibe la impronta de la obra de d'Ors (Jesús Montiel -Granada, 1984- sería tal vez otro ejemplo). No obstante, esa insatisfacción crónica puede servir de madera para la caldera de la locomotora creadora. 


Es la de Miguel d'Ors una poesía narrativa, bien cimentada. La cotidianidad está muy presente (y la poesía o la creación como salvadoras de esa grisura), a veces narra momentos epifánicos, de inadvertida felicidad, o se entrega a variaciones de lecturas (en diálogo con la tradición, que el autor conoce perfectamente). Siendo católico, la presencia de Dios también es recurrente en estos poemas. Hay coloquialismos entreverados con lecturas, por ejemplo, de Platón. Con frecuencia celebra la belleza del mundo, lo sencillo, o se abisma en remembranzas del pasado. Siendo poemas bien pensados y estructurados, racionales, contienen a un tiempo multitud de hallazgos expresivos, a veces geniales. Más de una vez se habla del fenómeno de la creación como de un misterio, de que cuando el autor se pone ante el papel siempre surgen cosas imprevistas, algo que en algún punto ignoto le guiña el ojo.


En cuanto a la métrica, diría que predominan los versos alejandrinos, el metro con el que el autor parece sentirse más cómodo, y a continuación, por frecuencia, tal vez irían los endecasílabos. En otras composiciones se cultiva el octosílabo y el heptasílabo. Aparecen algún soneto y algún haiku. A veces encontramos rima, otras no. 


Dejo como muestra un poema, en el que se maridan, con sentido del humor, alta cultura y cultura popular, el tópico del tempus fugit y el Marca, en los tiempos del futbolista Butragueño. Da un poco de respeto ponerlo, aunque no seré el primero ni el último, si tenemos en cuenta que al autor no le gusta mucho que sus poemas pululen por internet.




Miguel d'Ors, en definitiva, me parece un gran poeta. Encuentro su obra por encima de la de algunos galardonados con el Premio Cervantes que he tenido ocasión de leer, pero me da que a d'Ors jamás le otorgarán un premio de ese tipo. Ojalá me equivoque.


Valoración: 5/5.

24 abril 2021

"El infinito en un junco", de Irene Vallejo

 


"Que se vacunen otros primero", decía la gente cuando la vacuna contra la COVID-19 aún no despertaba demasiada confianza. "Que se las lean otros primero", digo yo con la mayoría de las novedades editoriales, de modo que espero a que transcurra un tiempo antes de decidirme por un libro de moda, como lo es el que traigo hoy, El infinito en un junco, de Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), publicado por Siruela en 2019 y que, a día de hoy, sigue en el top ten de los libros más vendidos en España.


El ensayo lleva por subtítulo "la invención de los libros en el mundo antiguo" y se estructura en dos partes: una centrada en Grecia y otra en Roma. En tono ameno y divulgativo (como el de Sapiens, el magnífico ensayo de Yuval Noah Harari) vamos conociendo, por ejemplo, los distintos materiales que han servido para escribir, desde las tablillas de arcilla mesopotámicas a las tablillas enceradas romanas, de los libros en rollos de papiro a los libros de páginas (que convivieron durante siglos), del surgimiento del pergamino, del papel de trapos al papel actual de celulosa. O el proyecto de la Biblioteca de Alejandría, el nacimiento del primer alfabeto o informaciones sobre distintos autores literarios del mundo grecolatino (Hesíodo, Heródoto, Homero, Ovidio, Marcial y un largo etcétera). Y todo ello permeado de referencias a literatos modernos, a películas, a noticias del mundo contemporáneo o a otras épocas históricas (los campos nazis y el gulag ruso, la esclavitud en Estados Unidos). La de Irene Vallejo, doctora en Filología Clásica, es una mirada apasionada y rigurosa que hace un repaso muy convincente por el mundo de la cultura grecolatina, con especial mención a la historia de le lectura y los libros.


He sentido, como lector, que El infinito en un junco, premio Nacional de Ensayo 2020, proporciona esa dualidad establecida por Horacio que tanto se menciona en la teoría literaria: prodesse et delectare, deleitar e instruir. Me parece una obra de recomendable lectura para opositores a auxiliar de biblioteca, archivos o museos. Sobre el futuro de ese objeto milenario que es el libro, siempre amenazado por las garras de lo digital, Vallejo afirma:


"Es mas probable que en siglo XXII haya monjas y libros que WhatsApp y tabletas".


Se trata de un ensayo que, como no deja de ser comprensible, no convence a todo el mundo. He leído críticas alegando que Irene Vallejo "tampoco es que sea George Steiner", pero la verdad es que uno, que no posee unas capacidades intelectuales tan elevadas, hasta agradece que la autora -sin perder el rigor- opte por el tono narrativo y accesible en lugar de por otro más sesudo y soporífero. Otros justifican el éxito de esta obra porque nos hace sentir bien, miembros de un club distinguido (véase la entrada de Hierbaroja), a raíz de la romantización que la autora hace de los libros y todo lo que los rodea. Uno ha sentido esa vena sentimental en distintos puntos de El infinito en un junco, pero se decanta por opinar que acaso sea simple reflejo de una sincera pasión de la autora por el libro, la cultura y las Humanidades, y por tanto algo elogiable más que vituperable. Aunque en algún momento me haya podido resultar excesivo, apenas se lo tengo en cuenta si lo pongo en la balanza con todo lo que el libro nos aporta y nos enriquece. Me gustaría conocer la opinión que tienen de la "nueva poesía", esa que tantos likes cosecha en las redes, los que dicen que este ensayo no está trabajado, o que ni siquiera es un ensayo. La diferencia se me antoja abismal: aquí sí hay un trabajo documentado detrás y unas lecturas, un fondo bibliográfico.


He leído este libro a lo largo de varias semanas. He subrayado multitud de fragmentos. Abrirlo al final del día a menudo ha supuesto acercarme a una hoguera de humanidad que me ha reconciliado con el mundo, pese a las cotidianas mezquindades. Me alegro de que un libro como éste goce de un éxito como el que está teniendo: Irene Vallejo se antoja una muy convincente divulgadora de la cultura clásica. Me sumo al club de aplaudidores del junco.


"En el fondo, lo que las comunidades humanas tienen en común es aquello que inevitablemente las enfrenta: la tendencia a creerse mejores".




17 abril 2021

"Mientras agonizo", de William Faulkner

 


Mientras agonizo, quinta novela de William Faulkner (1897-1962), fue publicada en 1930, un año después de El ruido y la furia y uno antes de Santuario. La he leído en la edición de Anagrama, en su colección Compactos, y concretamente la que conmemora el quincuagésimo aniversario de la editorial. La traducción es de Jesús Zulaika.


Se trata de una novela tremenda y genial que, eso sí, requiere un lector activo y entrenado que encaje las piezas del mosaico narrativo (aunque tampoco es para tanto). Está estructurada en fragmentos breves encabezados por el nombre del personaje desde cuyo punto de vista se nos cuenta la escena. Tenemos por tanto una multitud de voces, de narradores que construyen la historia (polifonía, multiperspectivismo), todo lo contrario al narrador único y omnisciente típico del siglo XIX. El tiempo tampoco es del todo lineal. Se trata de una forma fragmentada de acometer la narración -esta que emprende Faulkner- que se enclava en la renovación novelística del siglo XX, a la que contribuyeron también autores como Virginia Woolf, Kafka o James Joyce. Auténtico clásico, autor ineludible, el influjo de Faulkner en la novela posterior resulta apabullante, desde la América hispana (Juan Rulfo, Onetti, Vargas Llosa, Carlos Fuentes) hasta autores españoles como Luis Martín-Santos. La forma en que avanza la trama y salta en el tiempo también la han empleado, como no deja de ser lógico, algunos cineastas (pienso, por ejemplo, en el Alejandro González Iñárritu de Amores perros, 21 gramos o Babel).


La familia protagonista, los Bundren, está formada por la madre (Addie), a la que al principio encontramos en su lecho de muerte, el padre (Anse) y sus cinco hijos, cuatro varones (Cash, Darl, Jewel y Vardaman) y una mujer (Dewey Dell). Son agricultores y viven en el campo, en el sur de Estados Unidos, en el condado de Yoknapatawpha, territorio faulkneriano por excelencia que nos lleva a pensar en otras geografías míticas surgidas a posteriori como la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez o la Santa María de Onetti. Se trata de la primera vez que aparece el nombre de Yoknapatawpha en la obra de este Premio Nobel de 1949. No quisiera destripar la trama, pero quizá no sea excesivo comentar que, una vez que la madre muere, la familia emprende un viaje con el fin de darle sepultura en la ciudad de Jefferson, donde ella quería ser enterrada junto a su familia.


Que los Bundren sean gentes de campo, a comienzos del siglo XX, cuando las comunicaciones eran muy inferiores a la actualidad y las distancias por lo tanto más grandes, resulta definitorio y marca una diferencia en ellos con respecto a la gente que vive en las ciudades. Ellos mismos son conscientes de este abismo. El campo se concibe como un sitio de pobreza y desgracia desde el que se mira a la urbe con sentimiento de inferioridad: "Somos gente de campo, no tan buena como la gente de ciudad", dice Dewey Dell, la hija, que cuenta diecisiete años. Y poco después, Vardaman:


"Yo no le dije a Dios que me hiciera en el campo. Si puede hacer un tren, ¿por qué no puede hacernos a todos en la ciudad, donde hay harina y azúcar y café?"


Nacer en el medio rural, pues, se percibe como un fatum trágico, un lugar desfavorecido, lleno de dificultades. El nombre de Vardaman, dicho sea de paso, me lleva a pensar en una novela de Unai Elorriaga, Vredaman. Me consta que el vasco es un admirador de Faulkner, pero ignoro si se trata de una referencia clara esta de Elorriaga, escritor que parece haber abandonado la primera escena de las letras españolas después de irrumpir con Un tranvía en SP, que le valió el Nacional de Narrativa. Tanto esta como su siguiente novela, El pelo de Van't Hoff, me gustaron. Luego ha ido espaciando más sus publicaciones y sus últimas dos novelas no sé si han llegado siquiera a traducirse del euskera al castellano. 


Pero volvamos a Mientras agonizo, un título que, según el propio Faulkner, tomó de la Odisea, de un parlamento de Agamenón a Ulises en el que leemos: "Mientras agonizo, la mujer de los ojos de perro no me cierra los ojos cuando ya desciendo a Hades".


Desde el principio he tenido la sensación de estar leyendo un gran libro, una historia muy potente, con el aire de una obra maestra, y no creo que se trate de mera sugestión, sino de algo que confirmaba el transcurso de las páginas, la inmanencia del texto. Como única pega, en algún punto aparecen reflexiones demasiado abstractas y elevadas sobre el Tiempo en personajes del mundo rural muy apegados, me parece, a lo pragmático y lo tangente. Sin destripar nada, hay algún miembro de esta familia algo cabroncete, y ese retrato que hace Faulkner es tan acertado como universal, porque ¿quién no conoce a algún allegado con actitudes así de ponzoñosas?


También llaman la atención detalles que nos dan cuenta de los tiempos pretecnológicos en que se ambienta la novela, y me vienen recuerdos de mi abuela, nacida en 1933, cuando contaba que sabían la hora por el sitio en que da la sombra en cierto momento del día, o los vínculos vecinales, cuando por lo general casi todos se ayudaban, mucho más estrechos que en la actualidad, donde impera el egoísmo y vamos un poco más a lo nuestro (supongo que en parte es comprensible porque somos más autónomos, necesitamos poco del vecino).


Este novelón acaso sea una excelente forma de acercarse al autor por primera vez. Basta este libro para sentir, como decía Sazatornil en Amanece, que no es poco, "verdadera devoción por Faulkner". La obra fue llevada al cine en 2013 por James Franco, con el título original de la novela (As I lay dying), traducida en España como El último deseo. No la he visto. Me parece bastante bonita la edición de Anagrama.


Valoración: 5/5


"Como mi tío Billy suele decir, un hombre no es tan diferente de un caballo o una mula, a fin de cuentas, salvo en que una mula o un caballo tiene un poco más de sentido común".


"...siempre sentado a la mesa para la cena con los ojos más allá de la comida y de la lámpara, [....] con las órbitas llenas de la lejanía de más allá de los campos".


"A veces no estoy tan seguro de que alguien tenga derecho a decir quién está loco y quién no. A veces pienso que ninguno de nosotros está loco del todo o cuerdo del todo hasta que la gente decide inclinar a un lado o a otro la balanza. Es como si no importara tanto lo que un tipo hace, sino la forma en que la mayoría de la gente le está mirando cuando lo hace."


04 abril 2021

"El silencio del patinador", de Juan Manuel de Prada



Libro de relatos publicado por Valdemar en 1995, he comprado El silencio del patinador de segunda mano en la librería vallecana La Subterránea. Juan Manuel de Prada nació en Baracaldo en 1970 y se había dado a conocer un año antes, en 1994, con un primer libro de título llamativo: Coños (en homenaje a los Senos de Ramón Gómez de la Serna), que publicó -reeditó y visibilizó, más bien- la editorial Valdemar. Después de El silencio del patinador de Prada no ha publicado más libros de cuentos, de modo que es el ejemplo clásico del cultivador del cuento como mera transición a la novela, más que como predilección consciente por este género que algunos, todavía, amamos tanto. En el otro extremo estaría Borges, maestro del cuento, poeta y ensayista que  nunca llegó a escribir una novela. De Prada en realidad se llama Juan Manuel Prada Blanco, y se tuneó el nombre con ese aditamento aristocrático a la hora de su bautizo como escritor. Nada que supere, por otra parte, lo de Valle-Inclán, nacido como Ramón Valle Peña, que trocó, como todos sabemos, por el campanudo Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro. En el polo opuesto encontramos a Antonio Gala, cuyo nombre real, al parecer, es Antonio Ángel Custodio Sergio Alejandro María de los Dolores Reina de los Mártires de la Santísima Trinidad y de Todos los Santos. Gala sabía que con ese nombre se puede ser Príncipe de Asturias o rey Borbón, pero no escritor.


De Prada ha tenido una proyección pública bastante acusada (radio, televisión) y posee una larga trayectoria como articulista. Es católico, de ideología bastante conservadora y aire provocador, un perfil no muy cercano a mí pero que no me lleva de antemano a excluirlo de mis lecturas (leo a escritores en las antípodas ideológicas: leo a Cristina Morales, cuya Lectura fácil me gustó, y a José Jiménez Lozano): me interesan más que nada sus primeros libros, eso sí. De Prada tuvo desde el principio el beneplácito de gente con nombre como Francisco Umbral, Arturo Pérez-Reverte, Ricardo Senabre o Miguel García-Posada. Llama la atención su precocidad. Poco después de publicar este libro, en 1997 le concedieron el Premio Planeta, ese galardón de mucho dinero y mala reputación, por La tempestad. Siguió la ronda clásica de los premios paripé mejor dotados ganando luego el Primavera y el Biblioteca Breve. Después creo que dijo -qué cosas- que la literatura no daba para vivir.


El silencio del patinador lo componen doce relatos de parecida extensión, si excluimos el último, que es más largo. Todos están narrados en primera persona por un personaje masculino que, en los primeros, suele ser un adolescente, o un niño a punto de dejar de serlo que sufre los primeros desengaños, los vislumbres de que la vida adulta no es tan bonita como esa infancia a la que tantos se han referido como un paraíso perdido. De forma explícita, en uno de los cuentos leemos: "ya se sabe que no hay adolescencia sin desengaño". El tiempo verbal en que se narra es el pasado, y en el mundo que aparece retratado en los textos no hay apenas referencias a la contemporaneidad, a ese final del siglo XX en el que de Prada creció; muestran los relatos un interés acusado por épocas pretéritas, decimonónicas tal vez (se alude a retratos en sepia, daguerrotipos, estufas de carbón, carreteras sin asfaltar, caserones góticos), una especie de añoranza por un mundo pre-tecnológico. Hace unos días comentaba aquí Caminaré entre las ratas, una novela en la que el autor habla, y de forma pormenorizada, de su tiempo. El silencio del patinador es todo lo contrario, y se diría que tiene vocación arcaizante.


El estilo puede tacharse de barroco o recargado, si queremos criticarlo, o fruto de un trabajo de orfebre, de un precoz virtuosismo, si pretendemos alabarlo. A sus veintipocos, se conoce que de Prada ya conocía el diccionario como un concursante de Pasapalabra, y aquí y allá va colocando -bien, mayormente- palabras desusadas en el lenguaje conversacional, en el habla del hombre de la calle. Pero claro, esto es literatura y acaso los sibaritas agradezcan esa riqueza de vocabulario, ese adjetivo que de pronto te sorprende, cierta metáfora que brilla. Prefiero no desvelar muchos detalles de la trama. En "Las noches heroicas", contradiciendo lo dicho en el párrafo anterior, sí trata el exilio y los últimos estertores de Franco. De Prada ridiculiza a un grupo de poetas de izquierdas, antifranquistas que planean una conjura que se revela inane. Algo que encuentro fallido y que se repite en varios textos del libro: el autor pone en boca de esos personajes de poca edad pensamientos a los que, con suerte, se llega muchos años después, reflexiones de una lucidez imposible para jóvenes que apenas intuyen todavía qué significa vivir.


El último relato, "Gálvez", está ambientado en el Madrid de la II República y la Guerra Civil. El Gálvez del título es Pedro Luis de Gálvez, personaje mítico de la bohemia que (famosa anécdota) se cuenta que mendigaba por las calles valiéndose del chantaje emocional de un bebé muerto que llevaba en una caja de zapatos, y del que afirmaba ser el padre. Apelaba a la caridad del prójimo para conseguir un dinero con que pagar el entierro de ese niño que en realidad no era suyo, dinero que luego se gastaba en borracheras. Se trata de uno de los relatos más logrados del volumen, que recrea el ambiente literario de la época. En algún momento aparece un joven argentino del que se dice que se llama Burgos o Borges, ambigüedad que evocará al lector avisado la novela El nombre de la rosa, donde un tal Jorge de Burgos, en claro guiño a Borges, ejercía de bibliotecario en esa abadía donde no paraban de morir monjes en circunstancias extrañas. Este último relato lo iba a explotar luego el autor en una novela extensa publicada al año siguiente, Las máscaras del héroe, que publicó también Valdemar y espero leer a no mucho tardar.


El imaginario de de Prada es más novelesco que experiencial. Como artefactos lingüísticos, y de apreciable inventiva, creo que conviene valorar estos relatos, cuya lectura mayormente he disfrutado. Sí que cansa un poco la sexualización constante cuando entran mujeres en escena, la descripción erótica por parte de narradores viciosillos de mentes calenturientas, de rancia rijosidad.


Pero el libro, ya digo, tiene su punto.


Valoración: 3,5/5.