31 diciembre 2020

Lo mejor de 2020

1. Sapiens. De animales a dioses, de Yuval Noah Harari (Debate)


2. La Regenta, de Leopoldo Alas "Clarín" (Cátedra)


3. Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (Alfaguara)


4. Los santos inocentes, de Miguel Delibes (Austral)


5. El arte de volar, de Antonio Altarriba y Kim (Edicions de Ponent)


6. Novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes (Cátedra)


7. Diarios, de Iñaki Uriarte (Pepitas de calabaza)


8. Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé (DeBolsillo)


9. Si esto es un hombre, de Primo Levi (Muchnik Editores)


10. El silencio y los crujidos, de Jon Bilbao (Impedimenta)


11. La mala entraña, de Elena Alonso Frayle (Baile del Sol)


12. Bloc de otoño, de Luis Alberto de Cuenca (Visor)

*


1. Fellini, ocho y medio (1963), de Federico Fellini


2. El hombre mosca (1923), de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor


3. El muelle de las brumas (1938), de Marcel Carné


4. El bosque animado (1987), de José Luis Cuerda


5. Las invasiones bárbaras (2003), de Denys Arcand


6. Cuento de otoño (1998), de Éric Rohmer


7. El viento nos llevará (1999), de Abbas Kiarostami


8. Petra (2018), de Jaime Rosales


9. La trinchera infinita (2019), de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga


10. La colmena (1982), de Mario Camus


11. Interiores (1978), de Woody Allen


12. La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg


Lecturas de 2020

 

Benito Pérez Galdós en 1894

-Calle Este-Oeste, de Philippe Sands (Anagrama)
-Las espinas del pasado, de Antonio Sánchez Bejarano (DECH)
-Las apariencias, de Antonio Muñoz Molina (Biblioteca de Autores Andaluces)
-Los santos inocentes, de Miguel Delibes (Austral)
-Su único hijo, de Leopoldo Alas “Clarín” (Austral)
-Como las cosas claman: antología poética, 1955-2010, de María Victoria Atencia (Renacimiento)
-Llenar tu nombre, de Ana Rossetti (Bartleby Editores)
-Saber perder, de David Trueba (Anagrama)
-Deudas contraídas, de Ana Rossetti (La bella Varsovia)
10-La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” (Cátedra)
-El amor del revés, de Luisgé Martín (Anagrama)
-Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, de Irene Andres-Suárez (Cátedra)
-Madrid. El advenimiento de la República, de Josep Pla (El País)
-El silencio y los crujidos, de Jon Bilbao (Impedimenta)
-El amigo Manso, de Benito Pérez Galdós
-El adversario, de Emmanuel Carrère (Anagrama)
-Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (Alfaguara)
-Novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes (Cátedra)
-El fin de Alice, de A. M. Homes (Anagrama)
20-Escritos fantasma, de David Mitchell (Tropismos)
-El libro de oro, de Séneca
-Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello (El Mundo)
-Si esto es un hombre, de Primo Levi (Muchnik Editores)
-La balada del café triste, de Carson McCullers (Seix Barral)
-Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama)
-Bloc de otoño, de Luis Alberto de Cuenca (Visor)
-La muerte en Venecia, de Thomas Mann (Seix Barral)
-El desierto, la arena, de José Carlos Rosales (Fundación José Manuel Lara)
-Polifonía de lo inmanente, de Gregorio Muelas y José Antonio Olmedo (Lastura)
30-Diarios (2004-2007), de Iñaki Uriarte (Pepitas de calabaza)
-Viejas voces secretas, de Julia Uceda (Junta de Andalucía)
-Diarios (2008-2010), de Iñaki Uriarte (Pepitas de calabaza)
-Diarios. Epílogo, de Iñaki Uriarte (Pepitas de calabaza)
-Mis documentos, de Alejandro Zambra (Anagrama)
-Arquitectura yo, de Josep M. Rodríguez (Visor)
-La caja negra, de Josep M. Rodríguez (Pre-Textos)
-Diario, de Ana Frank
-Antecedentes, de Julián Rodríguez (Penguin Random House)
-Defensa personal, de Juan Bonilla (Renacimiento)
40-Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé (DeBolsillo)
-Sapiens. De animales a dioses, de Yuval Noah Harari (Debate)
-La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata (Círculo de Lectores)
-Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela (Destino)
-La mala entraña, de Elena Alonso Frayle (Baile del Sol)
-El hombre sentimental, de Javier Marías (Anagrama)
-La leña helada, de Jesús María Cormán (Baile del Sol)
-Todas las almas, de Javier Marías (DeBolsillo)
-Formas breves, de Ricardo Piglia (Anagrama)
-Los caballos del sueño, de Clara Janés (Anagrama)
50-Hablando con un haya, de Julia Uceda (Pre-Textos)
-Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco (Tusquets)
-Advenimientos, de José Jiménez Lozano (Pre-Textos)
-Lectura fácil, de Cristina Morales (Anagrama)
-Detener la primavera, de Martha Asunción Alonso (Hiperión)
-Nadie lo diría, de José Luis García Martín (Renacimiento)
-Mundar, de Juan Gelman (Visor)
-La liebre, de César Aira (Emecé)
-Salón de belleza, de Mario Bellatin (Tusquets)
-El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle (Navona)
60-Como la lluvia, de José Emilio Pacheco (Visor)
-Dicho y hecho, de José Luis García Martín (Renacimiento)
-Ruido blanco, de Raúl Quinto (La Bella Varsovia)
-Cartero, de Charles Bukowski (Anagrama)
-Vida de don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno (Cátedra)
65-El arte de volar, de Antonio Altarriba y Kim (Ediciones del Poniente)

27 diciembre 2020

"Pandémica y pedestre", un poema propio

Tatsuya Tanaka


PANDÉMICA Y PEDESTRE


Que se aparten el Che y Nelson Mandela,
que tiemblen Rosa Parks, Mahatma Gandhi.
A mi altura no está Túpac Amaru.
Palidece a mi lado, Luther King:
soy el epítome de los rebeldes,
que en los libros de Historia me hagan sitio.
La heroicidad que a todos sobrepasa
camino del trabajo he cometido
esta mañana de un vil lunes:
caminando por calle solitaria,
he roto las cadenas que me ataban,
¡me he quitado sin más la mascarilla!
De aire fresco, furtivo y clandestino
he dado unas cuantas caladas
y durante un minuto he sido libre.
La gesta ha sido breve, no lo niego,
y hazaña parigual no he repetido:
hasta ese punto vivo reprimido.
                                   

                                              Jesús Artacho

20 diciembre 2020

"Sinfonía agridulce de la vida", un poema propio

Johannes Vogl

SINFONÍA AGRIDULCE DE LA VIDA

La vida, encantadora y detestable;
tan loca que me pide en su cortejo
el suicidio y morirme muy de viejo.
La vida es tan sabrosa e infumable.
Viaje tan corto y tan inabarcable,
tan pronto la celebro y ya me quejo,
hastiado y con apego a mi pellejo:
una contradicción indescifrable.
Ofrece sin reparos, yuxtapuesto,
el bálsamo y también lo corrosivo,
la acerba macedonia de lo opuesto
que, confuso, lo deja a uno sintiendo
el más hermoso acorde y el estruendo;
el gozo desolado de estar vivo.


Jesús Artacho


11 diciembre 2020

"Knock, knock, knockin' (mi musa la pedí por Ali Express)" un poema propio



KNOCK, KNOCK, KNOCKIN' (MI MUSA LA PEDÍ POR ALI EXPRESS) 

Los influencers que escriben y publican
libros ni se molestan en llamar
al timbre del Parnaso
(camino de su sucursal bancaria,
pasan de largo).
Mi caso (y el de tantos), en cambio, es diferente.
¿Publicar en Pre-Textos? Imposible.
¿Anagrama, Asteroide, Random House?
Hay cotos muy vedados y concluyes
que tu musa llegó por Ali Express.
Pero, cada equis tiempo,
a ese lugar inexpugnable acudes.
La última vez llamé al telefonillo
del Parnaso. Me habló el portero
en tono muy amable:
"sus textos encajan aquí,
sus tropos encajan aquí,
sus lecturas también...
Todo en usted encaja aquí,
excepto usted".
Y con estas palabras
me rechazó por vez enésima
y me dio con la puerta en las narices.


                                    Jesús Artacho, 2020.

29 noviembre 2020

Películas a vuelapluma (2)

Petra (2018), de Jaime Rosales. Resulta incomprensible que no obtuviera ninguna nominación a los Goya. Magnífico reparto con Bárbara Lennie, Álex Brendemühl, Petra Martínez, Marisa Paredes y el descubrimiento de Joan Botey, que interpreta a un artista encumbrado, frío y perverso. Historia trágica bien contada, que rompe con la linealidad narrativa. Secretos, mentiras y maldades en un entorno campestre. Por momentos me han venido a la memoria las historias de Thomas Bernhard. La cámara se distancia mientras los personajes dialogan de temas cruciales (no cae en el melodrama, pero se trata de un recurso de estilo que a algunos puede parecerles formalmente frío). Muy buena. La mejor película de Jaime Rosales, para mi gusto.



Historias del Kronen (1995), de Montxo Armendáriz. Sexo, drogas, rock y conducción kamikaze en una película insustancial protagonizada por un joven gamberro, asimismo, totalmente insustancial. No le veo el trasfondo, el chiste, a este retrato de la juventud. ¿Ha envejecido mal o en los noventa ya era un bodrio? En En el camino de Jack Kerouac esas conductas podían enmarcarse en un panorama menos vacuo; aquí no hay redención imaginable para una historia insulsa que juega todas sus bazas a la yuxtaposición de excesos. Esta sí ganó un Goya.



El dilema de las redes (2020), de Jeff Orlowski. Se antoja un documental de necesario visionado en estos tiempos distópicos en que las grandes empresas tecnológicas han acaparado un poder sin precedentes. De cómo fomentan nuestra adicción al chupete digital de las pantallas para acumular beneficios e información sobre nosotros hasta el punto de predecir nuestras acciones o saber cómo nos sentimos en cada momento. De cómo las redes expanden la desinformación más rápido que las noticias reales y esto puede utilizarse para manipularnos, desestabilizar países y polarizar la sociedad, volviéndonos más extremistas, sacando lo peor de las personas. Siendo pesimistas, tal vez hayamos llegado a un punto de no retorno en el que los nacidos antes de los noventa seamos los últimos en haber crecido sin la omnipresencia de las pantallas y de internet, los últimos en haber conocido un mundo ya extinto. Produce pavor imaginar hasta qué punto la inteligencia artificial podría llegar a manejarnos como a zombis teledirigidos. 

21 noviembre 2020

"Qué", un poema de Juan Gelman


 

QUÉ


"¿Qué alegra la noche oscura? Una
palabra. ¿Qué
enalma la noche
oscura? Una palabra.
Una anchura del mundo.
Una palabra que
bebió sombras para brillar
ardiéndose. Un
polvo de astros toca
el enamor de una
palabra que
abriga el desgarrón."

Juan Gelman, "Mundar" (Visor, 2008).

04 noviembre 2020

"El verde", un poema propio

Fotografía de Mitchell Bryson. Fuente: Unsplash


EL VERDE


Mucho tiempo he pasado viendo el Tour
en las tórridas siestas veraniegas.
Mi madre, entonces,
volcaba su cansancio en el sofá
y, con los ojos entornados,
entre ronquidos y desvelos,
en la pantalla descubría el verde.
Hija del sur (sequía y cielos rasos),
la fascinaba ese verdor espléndido,
esa fertilidad vertiginosa.
Con el mismo entusiasmo que Aureliano
Buendía descubriendo el hielo
de niño, mi madre exclamaba
que el verde comenzaba en las cunetas,
apenas el asfalto agonizaba,
y había ahí un milagro inigualable:
el verde.
Anegada en ensoñaciones dulces,
en una pausa del currar sin tregua,
planeaba viajes imposibles,
escapadas del mocho y la bayeta,
porque el jueves, sin falta,
le iba a tocar la Primitiva.
En el verde cifraba sus anhelos.
Verde con trazas
de pelotón ciclista, verde
que nunca olvidará como el Buendía
recordó el hielo ante otro pelotón,
muchos años después.
Y en los cuarenta grados,
mientras uno sorbía un distendido
polo flash, la guillotina del párpado
cercenaba los planes verdes
de mi madre que, exhausta,
despertaba por fin sobresaltada,
cautiva del esprint aleve
del reloj, encauzándose a tareas
dignas de un Hércules o un Sísifo.
Pero de pronto, en la faena,
abismaba la vista en la ventana,
recordaba un segundo que en el Tour
(¡todo tan verde!),
ante pedales y el maillot
de la montaña,
se preguntó por un momento,
al igual que la madre de Mafalda,
cómo le gustaría
vivir su vida si algún día
-qué sé yo, pongamos por caso-
viviera.

                                   Jesús Artacho, 2020.

07 octubre 2020

Nietzsche y el caballo de Turín (y Dostoievski) en un texto de Ricardo Piglia


"Una de las escenas más famosas de la historia de la filosofía es un efecto del poder de la literatura. Nietzsche al ver como un cochero castigaba brutalmente a un caballo caído se abraza llorando al cuello del animal y lo besa. Fue en Turín, el 3 de enero de 1888, y esa fecha marca, en un sentido, el fin de la filosofía: con ese hecho empieza la llamada locura de Nietzsche que, como el suicidio de Sócrates, es un acontecimiento inolvidable en la historia de la razón occidental. Lo increíble es que la escena es una repetición literal de una situación de Crimen y castigo de Dostoievski (capítulo 5 de la I parte) en la que Raskólnikov sueña con unos campesinos borrachos que golpean un caballo hasta matarlo. Dominado por la compasión, Raskólnikov se abraza al cuello del animal caído y lo besa. Nadie parece haber reparado en el bovarismo de Nietzsche que repite una escena leída. (La teoría del Eterno Retorno puede ser vista como una descripción del efecto de memoria falsa que produce la lectura)."

Ricardo Piglia, Formas breves (Anagrama, 2000).

20 septiembre 2020

Roglic y el club de los inconsolables


Los antólogos de la derrota habrán de incluir hoy una entrada para Primoz Roglic, ciclista esloveno que ha perdido in extremis un Tour de Francia que tenía casi en su mano. Acabada la contrarreloj que ha trocado su sino de laurel por el de los perdedores, lo contemplamos en el suelo, sentado, exhausto y abatido, con la mirada ausente, junto a dos compañeros que lo abrigaban con su presencia pero no con unas inservibles palabras de aliento, pues Roglic había ingresado ya, sin retorno posible, en el club de los inconsolables.

18 septiembre 2020

"Soledad", un poema propio

 


SOLEDAD


                                                A Sandra Sánchez


La pintó Hopper como nadie
y Paul Auster habló de su invención.
En poemas, cuando es fingida, asquea.
Si sabes habitarla, no te faltará nada
(y serás, pese a todo,
un completo incompleto,
como en cierta canción de Pau Donés).
Sonora a veces la apellidan
y es, como Jano y los tumores, bífida:
a algunos da solera,
a otros asola.
Hay quien se disipó en sus dédalos.
Lo digo sin rodeos: a mí dádmela.
Tiempo hace que me desaté del mástil
-como un Houdini helénico-,
claudiqué ante sus cantos de sirena
y humillé la cabeza ante su yunta.
Marré la travesía de la vida
eludiendo los mares transitados,
precipicios con forma de hipoteca,
matrimonio, bautizos, biberones.
Con muchedumbres no es incompatible
y a veces, de manera paradójica,
la multiplican tristes compañías.
No concuerdan en esto los exégetas,
pero puede servir de droga dura:
si a su acomodo encuentras gozo
la amarás con ardicia y sin medida,
sin parar mientes en las sobredosis
(porque esta prima hermana del silencio
termina acaparando tus minutos,
intenta convertirte en un gran ogro,
volver tu vida un escorial:
no pretendo venderla como ganga).
Su desvalido ejército lo forman
ingentes escuadrones de suicidas
y anónimos y ubicuos solitarios
de distinta ralea y condición
que son sin conocerlos mis hermanos.
Cultívala como prefieras:
si gustas de su néctar deleitoso,
más paz no encontrarás en parte alguna.


                                                        © Jesús Artacho, 2020.

23 agosto 2020

"Últimas tardes con Teresa", de Juan Marsé

 


Publicada en 1966, Últimas tardes con Teresa acaso sea la novela más emblemática de Juan Marsé. Obtuvo el premio Biblioteca Breve cuando ese galardón aún imprimía un sello de prestigio en la novela que lo recibía.


Deudora del realismo social de la generación del medio siglo, en la novela encontramos por un lado al Pijoaparte, remoquete que ha quedado en la cultura literaria del lector medio, aunque no se haya leído el libro de Marsé. Joven de un barrio marginal barcelonés, charnego (apelativo que se repite en más de una ocasión y que lo marca a fuego), ladrón de motocicletas que ve una ocasión de escapar del mundo del lumpen en la figura de Teresa, hija de la acomodada burguesía catalana, universitaria medio marxista (el Pijoaparte y la pija progre, podríamos decir). Hay un momento en que el narrador se muestra muy duro con Teresa y su grupo de amigos, jóvenes de familias ricas, estudiantes presuntamente de izquierdas:


"¿Qué otra cosa podía esperarse de estos jóvenes universitarios en aquel entonces, si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastraban su adolescencia mítica hasta los cuarenta años?
Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda."


Estos dos mundos, el de la clase alta y el del proletariado, parecen categorías inmiscibles, agua y aceite, y choca tanto la presencia indisimulable del Pijoaparte en el entorno de Teresa Serrat como la figura de ella en las incursiones en el barrio de Manolo Reyes, nombre real del apodado Pijoaparte: ambos son intrusos fuera de su entorno.


"Para la señora Serrat, el Monte Carmelo era algo así como el Congo, un país remoto e infrahumano, con sus leyes propias, distintas."


Se antoja el Pijoaparte, en algunos momentos, algo obsesionado con ascender en la escala social, con el braguetazo (no quisiera destripar la trama, pero baste la mención de Maruja, la criada de los Serrat), entrando con probabilidad en el esquema de lo que suele tacharse de arribismo. La figura del arribista, como señaló Ana Useros en este artículo, a propósito de la película coreana Parásitos, goza de una larga tradición en la que ella cita obras de Dickens, Thackeray o Thomas Hardy, lista en la que uno incluiría también al trepa que protagoniza Match Point de Woody Allen.


La prosa de Marsé resulta algo campanuda, muy trabajada y preciosista en descripciones y narración, de contundencia marmórea, al tiempo que efectiva en el registro coloquial cuando se trata de recrear diálogos. La trama tarda un poco en arrancar: la totalidad de los talleres literarios, me parece, desaconsejarían empezar una novela como lo hace esta de Marsé, con prosa esmerada, descripciones, entrando en materia muy de a poco. Hay algunas alusiones a la dictadura de la época (la acción de la novela se inicia, creo, en 1956). En un momento dado, por ejemplo, Teresa se lamenta de que la censura no permita estrenar El acorazado Potemkin. O se habla de que su novio ha estado en la cárcel. En uno de sus diarios, Andrés Trapiello reflexiona sobre la censura en el franquismo de esta forma: "El franquismo [que fue una plaga para muchas otras cosas, puntualiza], al contrario que el estalinismo, el maoísmo, o el castrismo, permitió trabajar a sus artistas", y cita a Blas de Otero, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma o Luis García Berlanga. Quien haya visto Los jueves, milagro (1957), de Berlanga, cuya segunda mitad de metraje parece muy condicionada por el aparato censor, tal vez opine diferente (y acaso encuentre muchos más ejemplos en este sentido).

 

El tiempo no es del todo lineal, con evocaciones (analepsis), y se producen algunos cambios de perspectiva en el narrador. Los procedimientos que trajeron consigo los renovadores de la novela en el siglo XX (Joyce, Proust, Faulkner) diría que no son tan palpables aquí como en otra novela de la década, Tiempo de silencio, publicada en 1962.


En un momento dado, mientras los protagonistas se encuentran en una sala de baile, aparece por allí un personaje algo travieso llamado Marsé. Supongo que podría considerarse una especie de cameo del autor, al estilo de los habituales en las películas de Hitchcock


Se ha tenido que morir Marsé (el pasado julio) para que me lea este libro. Clásico del siglo XX español, llevaba en mi lista de lecturas pendientes más de un decenio, y del autor únicamente había leído La muchacha de las bragas de oro (Premio Planeta), que no llegó a entusiasmarme. Espero seguir leyendo a Marsé.


16 agosto 2020

"Diarios" de Iñaki Uriarte



Un reseñista definió a Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) como "un tipo que no se dedica a escribir y que escribe lo que le da la gana". Ni a escribir ni a otra cosa en particular: el autor carece de pensión y afirma que a lo largo de su vida "ha hecho cosas" (colaboraciones culturales en diarios, por ejemplo), pero que nunca ha trabajado sensu strictu, nunca ha estado "en nómina". A veces comenta que se levanta tarde, sin tapujos, sin temor a la superioridad moral que a menudo enarbolan los que madrugan.


Tipo culto y con sentido del humor, Uriarte escribe estos diarios sin afectación. A veces cuenta lo que da el día y otras rememora hechos del pasado. Más que las vivencias, brillan los comentarios de lecturas que hace, la habilidad para citar a éste, al otro, poner un poco de reflexión de su cosecha, sazonarlo con humor y servirlo sin rimbombancias. Uriarte es un tipo capaz de colmar sus textos de citas sin resultar pedante. Un tipo muy leído y que tiene la virtud de caer bien. "Ahora, en general, me pasan pocas cosas [....] Lo más interesante que me suele ocurrir es la lectura de libros".


Los diarios arrancan en 1999 y concluyen en 2010, aunque el epílogo que los acompaña recoge anotaciones de años posteriores. En un principio, fueron escritos sin pensar en la publicación. No es hasta 2008 cuando Uriarte se los enseña al escritor y crítico José Luis García Martín, que los lee con gusto y publica una selección en la revista Clarín. La editorial Pepitas de calabaza los publicó en primer lugar en tres volúmenes (de 1999 a 2003, de 2004 a 2007 y de 2008 a 2010) y luego, en 2019, en esta hermosa edición completa -en tapa dura- que me he comprado, a la que acompaña el susodicho epílogo, también publicado de manera independiente. 


El tercero de esos volúmenes se diría que pierde un poco de interés en comparación con el placer que suponen los dos primeros. Tal vez eso añada interés (disculpen la redundancia) al fenómeno Uriarte, interesante escritor cuando desarrolló su actividad en soledad, y semi-bartleby de pronto cuando los focos se posan sobre él. "Es absurdo el miedo que le he tomado a escribir", llega a decir en 2010, cuando el primer volumen ya ha visto la luz y tiene lectores. Sus textos han sido traducidos al francés por Carlos Pardo, y publicados con el título de Bostezar ante Dios.


Estos diarios vienen con contraportada potente que recoge elogios de Muñoz Molina o Vila-Matas. Con Trapiello hubo cierta polémica o malentendido. Uriarte le envió el primero de sus libros, Trapiello le respondió en privado con unas palabras elogiosas, que el vasco pidió permiso para incluir en el siguiente volumen y que se acabaron incluyendo, aunque se han retirado de sucesivas ediciones. El autor del Salón de pasos perdidos escribió en 2011 esta entrada en su blog, donde se recoge un texto de Míriam Moreno, la esposa de Trapiello (con un currículum y un bagaje intelectual, dicho sea de paso, que da un poco de cosa calificarla de "esposa de"), que critica el segundo volumen de los diarios de Uriarte y y tacha de decepcionante, entre otras cosas. Como pega, por momentos he sentido que en la lectura me faltaba algo, tal vez un poco de poesía, mayor evocación (creo recordar una anotación de Uriarte en el epílogo reconociendo sus limitaciones en este campo).


Pero son numerosísimos los pasajes y fragmentos que he destacado en el libro con una marca a lápiz en el margen. Me da que volveré a sus páginas -en tardes grises, abriéndolo al azar- en más de una ocasión. Otra virtud del libro es que lleva a otros muchos -y buenos- libros.


A mi lista de lo mejor del año.


"No sólo tiene los pies en la tierra, sino todo el cuerpo, como las serpientes."


"Dentro de mil años, el sistema social de hoy será considerado como una variante más del esclavismo."


"Hay escritores que son como esos chicos que patinan en los parques. No van a ningún lado, pero da gusto ver lo ágiles que se mueven."


"Todos mis antepasados tuvieron hijos. No deja de asombrarme que yo vaya a ser el último de esa larguísima fila que comenzó en algún lugar de África hace muchos miles de años. Y de asustarme. Da la impresión de que uno no tiene derecho a volver la mirada hacia atrás y decir: "Hasta aquí hemos llegado".


"He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Sólo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos."

05 agosto 2020

"Defensa personal (Antología poética 1992-2006)" de Juan Bonilla




Cada día me gusta más la colección de antologías poéticas de la editorial Renacimiento. La última que he deglutido ha sido esta Defensa personal de Juan Bonilla, que abarca de 1992 a 2006, es decir los tres primeros libros de poemas del jerezano, publicados todos por Pre-Textos: Partes de guerra (1994), El belvedere (2002) y Buzón vacío (2006).  Como peculiaridad antológica, están ordenados de forma inversa, del más reciente al más antiguo. Con posterioridad a este libro, que vio la luz en 2008, Bonilla ha publicado otros dos libros de poemas (el último en 2016) en Renacimiento y una poesía reunida en la editorial Visor, además de un par de libros poéticos infantiles.


Hondo sin ser pomposo, Bonilla trata en Buzón vacío temas universales como la muerte o el amor, así como la vida literaria (como en ese poema inolvidable y lenguaraz, "La señora gorda") o una revisión de la fábula del pastor y el lobo. Sigue la plaquette titulada Tos fingida, con predominio de estrofas clásicas (incluye siete sonetos, una balada, una décima ("Una décima de fiebre"), en la que da una vuelta de tuerca al tema de la juventud, apoyado en los insignes versos de Rubén Darío:


"Juventud, divino inodoro:
te vas y no nos das pena.
Regamos tus restos con cloro
y tiramos de la cadena."


En uno de esos sonetos, escrito en alejandrinos, versiona y actualiza el Aullido de Allen Ginsberg para comenzar diciendo:

"Yo he visto a los mejores de mi generación
destruidos por el ansia de hacer mucho dinero"


A continuación encontramos los nueve haikus de Li.po.timias, de una serie de poemas sueltos que vieron la luz en la Revista Sibila. Alguno de ellos muy destacable:


"Extraña música:
los pájaros son notas
sobre los cables."


En El belvedere y Partes de guerra se sigue apreciando la audacia, la ironía y la agudeza de un autor que parece manejar desde su primer poemario las artes del oficio. En "La caracola" tiene lugar una mise en abyme a lo Escher que me parece muy lograda. Uno de los rasgos de la poesía de Bonilla es la claridad, como señala Miguel Albero en su magnífico prólogo.


Qué fino hila Juan Bonilla. Esta Defensa personal tiene un buen puñado de poemas muy afortunados: memorables.





03 agosto 2020

Luego se queja la gente joven de que no encuentra trabajo



Un atardecer sobrio, sin arabescos. 
Acudió a visitar a su abuela octogenaria, que tenía la tele puesta.
-Vaya, mira qué pelánganos tiene ése -empezó ella a decir, comentando la imagen-, y sin afeitar... ¡Vaya pinta! Luego se queja la gente joven de que no encuentra trabajo. Así quién los va a contratar...
El nieto dejaba hablar a la anciana, de férreo carácter, y dudaba si explicarle que quien aparecía en pantalla no era ningún nini desempleado, sino el eminente violinista Ara Malikian.

Fuente: Wikipedia

20 julio 2020

Parecidos razonables (IV)


1

"Lástima que beber agua no sea pecado: ¡qué bien sabría!" Lichtenberg
"El champán no sabría la mitad de bueno sin la prohibición". En Canción de cuna para un cadáver, película de Robert Aldrich de 1964.

2

"La tengo clavada en mi corazón y no puedo arrancármela. ¡Maldita espina, cómo acaricias hundida, y, arrancada, cuánto dueles!" Benito Pérez Galdós, Tormento.
"En el corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón. / Aguda espina dorada, / quién te pudiera sentir / en el corazón clavada." Antonio Machado. (Señala este parecido Andrés Trapiello en Miseria y compañía).


Entregas anteriores:
Parecidos razonables
Parecidos razonables (II)
Parecidos razonables (III)

11 julio 2020

Conticinio



La publicación se retrasó por la pandemia, pero finalmente ya está aquí Conticinio, el libro de poemas que me ha publicado ELVO Editorial. Me comentan que está disponible en la web de la editorial, que lo envía sin coste a toda España, y también en librerías por encargo. También, si no he entendido mal, en Latinoamérica, en caso de que alguien lo pida, en impresión bajo demanda.


El título alude a esa hora de la noche en que reina el silencio. Se trata de un conjunto de 53 poemas con métrica imparisílaba en la que predominan endecasílabos y heptasílabos. Dejo sinopsis:


"Según el Diccionario de la Real Academia Española, el conticinio es esa hora de la noche en que todo está en silencio. Jesús Artacho construye desde una retrospectiva personal un lugar habitado en ese silencio contenido donde se diseccionan filias y fobias, con un rigor lingüístico acentuado. En ese claustro nocturno se habilita espacio para referencias literarias y cinematográficas con los que traza sobre un lienzo lunar y clarividente, todo un mundo poéticamente humano donde convergen soledad, familia, vida cotidiana, naturaleza, nostalgias..., y salpicado de una pelambre irónica que lleva consigo un solapado sentido del humor, que se adherirá de manera inmediata como si hubiésemos acariciado el lomo de un gato en otoño. Conticinio, como dice su propio autor, "celebra instantes gozosos de la vida o exorciza los malos momentos apelando al espíritu de lucha y a la resiliencia".


A esas referencias literarias y cinematográficas habría de añadir las fotográficas y visuales en general (hay un poema dedicado a Vivian Maier, otro a Escher y otro juega con una fotografía de Chema Madoz), y también puede detectarse en el libro, de carácter intimista, cierta vena ecológica.


Estoy contento con el resultado, ya sólo falta que guste y encuentre un puñado apañado de lectores que lo disfruten. Tiro del repertorio de Lola Flores para terminar diciendo: si me queréis, leedlo.


Título: Conticinio
Autor: Jesús Artacho
Género: Poesía
Editorial: ELVO
Páginas: 98
Cubierta: Tapa blanda
Precio: 10€


Dejo vídeo-poema del texto que abre el libro, "Años luz".



28 junio 2020

"Las cosas que perdimos en el fuego", de Mariana Enríquez



Ahora mismo se diría que el mundo conspira, entre otras cosas, para que leamos a Mariana Enríquez. Cuesta encontrar a alguien que no hable bien de sus libros, y Anagrama lo ha puesto en bandeja ofreciendo, durante el confinamiento, la edición electrónica de Las cosas que perdimos en el fuego (2016) de forma gratuita.


Se trata del segundo libro de relatos de la escritora y periodista argentina, nacida en Buenos Aires, en 1973, tras Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009). Una docena de cuentos que incursionan en el género del terror. Diría que, en la mayoría de los casos, ese terror se manifiesta a través de trazas en historias cotidianas más bien realistas, mientras que en otros casos el olor a género es más intenso.


Abre la colección "El chico sucio", un relato interesante que se desarrolla en un barrio conflictivo de Buenos Aires. Se percibe un componente social cuando, en un momento dado, la narradora habla de la naturalización de la pobreza, de que ya la asumimos y nos resulta más bien indiferente. Le sigue "La hostería" (contiene spoilers, si prefieres esquivarlos puedes saltar al siguiente párrafo, en el hipotético caso de que te apetezca seguir leyendo). Lo más interesante que plantea, si no lo he leído mal, es el descubrimiento de la sexualidad (lesbianismo, en este caso) por intercesión de una hermana, que en una discusión parece verbalizarlo cuando la protagonista, adolescente, ha sentido cosas pero quizá todavía no ha atado cabos.


En "Pablito clavó un clavito: una evocación del petiso orejudo" conocemos al guía de un tour turístico de "crímenes y criminales" en la ciudad de Buenos Aires. Mariana Enríquez introduce alguna cuña de crítica: "La ciudad no tenía grandes asesinos, si se exceptuaban los dictadores, no incluidos en el tour por corrección política".


A partir de cierto momento mi interés en la lectura ha decaído. Sin embargo, se ha avivado con los tres últimos relatos, de los mejores del libro. Son "Bajo el agua negra", que toca otro tema social, el de la brutalidad e impunidad policial, ahora de rabiosa actualidad con el asesinato en Estados Unidos de George Floyd: "¿Cuántas veces un policía le negaba, en su cara y frente a toda la evidencia, que había asesinado a un adolescente pobre? Porque eso hacían los policías del sur, mucho más que proteger a las personas..."


Le sigue "Verde rojo anaranjado", en el que la narradora chatea con un hikikomori, y "Las cosas que perdimos en el fuego", que da título al libro y, me doy cuenta, funciona como un endecasílabo perfecto. Plantea una situación en que las mujeres, hartas de ser asesinadas y quemadas durante siglos, deciden empezar a quemarse ellas mismas (no para morirse, sino para vivir con las cicatrices). ¿Para anularse como objeto de deseo y erradicar de este modo muchos problemas? El texto no se prodiga en respuestas, pero se palpa el componente feminista.


Una lectura muy satisfactoria, en su conjunto. Podemos dar cuenta del talento de Mariana Enríquez, a la que imagino que volveremos a leer.