26 de julio de 2017

Choque de trenes



CHOQUE DE TRENES

A más de un novelista
inspiran los detalles como este.
Los bosques -y quién sabe
si algún lector-
acaso agradezcan que yo
no pertenezca al gremio.
Escena triste:
un padre y su hijo, ayer,
en la estación ferroviaria.
Abrazándose con la misma fuerza
(e idéntico cariño inexistente)
que dos coches que impactan
de frente
en mitad de una tormenta de nieve.
Aquello fue, más que un abrazo
-no engañaban las caras-,
auténtico choque de trenes.

20 de julio de 2017

Súbito viento refrescante



INVOCACIÓN AL VIENTO DE LA TARDE

Súbito viento refrescante
que soplas agitando las livianas
cortinas de la sala en sombras,
inundando de pájaros
y luces sosegadas de sereno crepúsculo
el miedo sofocante varado en el pasillo,
por donde, enfermo, vaga un corazón que se deshoja;
sigue soplando, viento de la tarde,
penetra en esta ruina de hojas enfangadas
y corrupta floresta; que tu aliento
remoto resucite la pasión
de vivir, el coraje necesario
para poder cantar, para poder volar,
incluso apresado en el nido de la muerte.


José Luis Parra (Madrid, 1944), Cimas y abismos. Antología poética (Renacimiento, 2012).

15 de julio de 2017

Tan impasible como siempre



TELEVISIÓN
(Valencia, 1963)


"Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fui al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy; lo grité varias veces muy exaltado, "¡Han matado a Kennedy, han matado a Kennedy!", y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: "¿Y?"."


Relato incluido en Hijos sin hijos, de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), publicado originalmente en Anagrama en 1993 y reeditado luego en DeBolsillo en 2012.

9 de julio de 2017

Cobijo

Wilson Lau


COBIJO

Termina un día nefasto. 
                                      Te tiras 
en el sofá, pones la tele, empieza 
La 2 Noticias. Después de las horas 
y horas sin hablar con nadie, de pie 
en el bus, en la oscuridad del cine, 
en el súper (hola, parking no, gracias, 
hasta luego), la imposibilidad 
continua de abrazo y 
la ciudad que te escupe en las entrañas y 
rótulos y neones en las retinas y 
miradas de indiferencia, agolpándose 
en la mente sin verbalizar nada 
(solo pensamientos...), 

miras ahora la tele, en esa casa 
–más que hogar prolongación 
de la intemperie–, y durante media hora, 
en ese tono, esa cercanía, esa humanidad 
encuentras algo 
no muy diferente a una sostenida 
–y reconfortante– 
sensación de cobijo 
en la que hundirse es tierno.


De Aproximación a la herida (Baile del Sol, 2016).

19 de junio de 2017

La magia de salir del cine



No en todas las ocasiones sucede, pero el momento en que uno vuelve a pisar la calle tras abandonar una sala de cine suele funcionar como una experiencia espiritual de primer orden. Y si ha anochecido en el ínterin, mientras veíamos la película, mucho más. La sensibilidad se aviva, el cerebro chispea pleno de conexiones neuronales, y a las calles se diría que les acaban de dar un par de manos de pintura, pues ahora irradian intensidad a discreción.

El yo que sale del cine pocas veces coincide con el que entró hora y media o dos horas antes. A veces, como si la oscuridad de la sala tuviera efectos reparadores, notamos al reincorporarnos al hormigueo urbano que andamos un poco menos descacharrados, como si nos hubieran entablillado las entrañas, reajustado piezas sueltas, apretado clavijas, limpiado bujías. Tal vez los griegos antiguos acertaron ya a describir todo esto con una sola palabra: catarsis. Tal vez se trate de algo ligeramente diferente, de una de las vertientes de lo sublime. Los cinéfilos sensibles, conscientes de todo esto, recordaremos siempre esos momentos tan especiales de la salida, cuando caminamos al borde de una revelación intuida pero que casi nunca acaece. Comentaremos con otros cinéfilos, en conversaciones de barra de bar, en mitad de un viaje por carretera o compartiendo colchón con la persona que amamos, la naturaleza vaporosa y mágica de esos instantes de reingreso a la realidad tras el paréntesis fílmico, pues al rato ese efecto narcótico que con fortuna nos ha invadido parece desvanecerse.

La experiencia, ese subidón tras el chute de celuloide, alcanza cotas orgiásticas cuando la película maravilla, marca un hito, consigue trastocar nuestra visión del mundo. En esos casos, nunca será uno ya, jamás, idéntico a quien entró dos horas antes, nos han actualizado el software, o incluso el sistema operativo.

12 de junio de 2017

Literatura




   Al viejo Valenzuela lo conocí de niño, en mis visitas al parque. Hombre afable, de pelo blanco, comía pipas y echaba pan a las palomas. A veces hablábamos, y poco a poco me fue relatando historias que incendiaron mi imaginación. Mi madre me dijo que no me fiara, pero en vano: yo no podía desoír el canto de las sirenas. Valenzuela me contó su secreto: una habitación de su casa, al final del pasillo, plena de maravillas: trampillas por las que se accedía a una ciudad subterránea, puertas secretas tras los muebles, que daban a pasadizos y grutas, entre otras atracciones que mi puerilidad agigantaba. No necesitaba explicar mucho; bastaba una insinuación para que yo, influenciado por los dibujos animados, fantasease con ambientes reacios a ser apresados en palabras, de los que me asaltaba únicamente su efecto extático. Valenzuela falleció sin permitirme franquear su cuarto mágico, pensando en el cual a veces me costaba pegar ojo. El velorio se celebró, como de costumbre en el pueblo, en casa del finado. Acompañé a mi madre, y no me fue difícil escabullirme hasta la habitación en cuestión. Para mi decepción, no encontré al franquearla nada de lo que Valenzuela había prometido: solo libros y más libros, dispuestos en estantes que tapaban las cuatro paredes. Fue una contemplación casi humillante. Tardé decenios en convertirme, por derroteros de la vida, en denodado lector. Hasta entonces no pude perdonarle su jugarreta: por fin dejé de ver a Valenzuela como un vulgar impostor.

Jesús Artacho

(Microrrelato originalmente publicado en la web microcuento.es)

4 de junio de 2017

Puede contener trazas de



Qué delicia cuando uno lee los ingredientes de algún alimento y llega a eso de: “puede contener trazas de crustáceos, albaricoque, lomo de papagayo tolteca o huevo de Diplodocus”. Piensa uno: pero si solo se trata de una barrita de chocolate… 
En ese contexto serio, la vaguedad del puede, esa ambigüedad deliberada, dinamita ipso facto el clima de rigor. Sin necesidad de acudir a deportes extremos, menudos lingotazos de adrenalina los que deparan ciertos etiquetados.