23 octubre 2022

"Diario de cabotaje. Una inmensa soledad", de Rafael Gª Maldonado

Hay quien considera que para publicar un diario hay que ser alguien importante, salir con frecuencia -o poco menos- en la televisión. Como lector, no necesito un yo eminente para disfrutar de un diario: me basta con la calidad literaria. Por eso me alegro cuando se publican los de gente no tan mediática, como es el caso, me parece, de este Diario de cabotaje de Rafael Gª Maldonado, aunque igual me equivoco y estoy rebajando la figura del autor, que cuando en 2020 se publicó este libro ya había dado a la imprenta dos novelas, un libro de relatos y un ensayo sobre la figura de Juan Benet, además de colaborar de forma puntual en prensa en ciertos medios de renombre. También conocemos a lo largo de estas páginas que mantiene relación, o conoce en persona al menos, a autores como Andrés Trapiello o Justo Navarro.

 

Maldonado parece seguir el célebre aserto de Rimbaud ("yo es otro") y escribe este diario en tercera persona, al estilo del portugués Miguel Torga, cuyos diarios igual no estaría mal que se reeditasen. Debido a su profesión de farmacéutico en un pueblo del sur, Maldonado ha de ver cada día ante sus ojos, imagino, un perpetuo desfile de tipos humanos, como manifiesta esa anécdota del nonagenario que se niega a celebrar la fiesta de cumpleaños que le pide la familia porque, siendo creyente, comenta que a Dios se le ha de haber olvidado ya que sigue vivo, pero a poco que arme un poco de jaleo va a caer en el error y lo mandará sin demora para el otro barrio. El autor mira a sus congéneres de forma empática y compasiva.

 

"No me interesan las ideas, sólo los hombres, dijo Faulkner. Si no le interesasen los hombres (y las mujeres), el farmacéutico no escribiría un diario como este."

 

Este primer tomo, Una inmensa soledad, publicado por la editorial sevillana Anantes en 2020, abarca los años 2014 y 2015. Las entradas no tienen fecha del día, pero sí del mes. Algunos nombres los vela el autor con una X, al estilo Trapiello, o con iniciales. Entre los referentes literarios de Maldonado se encuentran Faulkner, Conrad, Lobo Antunes o Caballero Bonald. Permean el texto algunas fotografías antiguas y también dibujos y caricaturas realizadas por el autor en los cuadernos en que, con pluma, va componiendo su diario. También incluye el libro dos artículos de prensa: uno con argumentos antitaurinos y otro con reflexiones sobre la publicación del Quijote "traducido" al español actual por Andrés Trapiello, que el autor en principio no ve con demasiados buenos ojos.


Maldonado (Málaga, 1981) se muestra como un tipo culto, muy trabajador (contrasta en este sentido con la actitud que expresa Iñaki Uriarte en su magnífico diario), con la ambición de ser un gran escritor, que da de lado a cosas que puedan distraerlo de esa vocación literaria (rechaza una colaboración habitual en prensa, por ejemplo). Está casado y estas páginas dan cuenta también, entre algunos viajes y repetidas visitas al rastro (sin mayúsculas, porque no se trata del de Madrid), de su experiencia como padre primerizo. Sabe narrar con tino, y toca un buen ramillete de temas contando cosas de interés.


He encontrado en el libro algunos errores gramaticales. Como esta falta de concordancia: "Es posible que su vuelta al ruedo d elas palabras en el dietario se deban a una especial alegría que ilumina el espíritu..." O este queísmo: "está convencido que..." O cuando escribe: "delante nuestra". También comparte un soneto en el que no todos los versos miden lo mismo. Pequeñeces, en realidad, en un conjunto bastante aseado.

 

He disfrutado bastante con la lectura, me parece esta primera entrega un libro meritorio, jugoso, enriquecedor. Imagino que seguiremos leyendo al autor. 

 


 

13 octubre 2022

"El acontecimiento", de Annie Ernaux

 

Qué obedientes somos con las recomendaciones de la Academia Sueca. Menos de una hora después de la concesión del Nobel de Literatura, ya tenía en mi libro electrónico, a través de un préstamo legal vía eBiblio, dos obras breves de la autora francesa.

 

"Lo guay es el derecho a abortar, no abortar", escribía el otro día en Twitter Eduardo Laporte. En el año 63, con unos veintitrés años, siendo estudiante aún, Annie Ernaux tuvo un embarazo no deseado y decidió abortar en una sociedad donde el hecho se penaba con cárcel y multas. Estuvo totalmente sola en esta aventura, todo un rito de iniciación, una experiencia que marca un antes y un después.

 

Se trata de un relato autobiográfico con tintes sociales y feministas, provisto de profundidad y verdad. Un tema controvertido, eso sí, con el que cierto tipo de lector tendrá escrúpulos morales, y no apto tampoco para hipersensibilidades hacia lo oscuro o desagradable de la vida, pues la legislación vigente conduce a la joven Ernaux a la clandestinidad y la sordidez durante unas semanas en las que prima la indefensión y el desamparo. Durante la lectura me venían flashes con la cara de Imelda Staunton en aquella película de Mike Leigh, El secreto de Vera Drake (2004). El abortismo clandestino lo hemos conocido más a través del cine, aunque tal vez me equivoque (de hecho, la película es posterior al libro de Ernaux). 

 

"Es posible que un relato como este provoque irritación o repulsión, o que sea tachado de mal gusto. El hecho de haber vivido algo, sea lo que sea, otorga el derecho imprescriptible de escribir sobre ello. No existe una verdad inferior. Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo" 

 

El estilo es directo, agudo y certero, sin apenas retórica. En algunos párrafos entre paréntesis, de caracter metatextual, la autora reflexiona sobre el propio relato. Entre otras cosas, sobre la responsabilidad del autor a la hora de velar los nombres reales de aquellas personas implicadas en la historia, por mucho que hayan pasado décadas. No son ociosos estos incisos en un género, el de la autoficción o la literatura egográfica en general, donde la mentira es tan tentadora. Se agradece esa muestra de respeto al lector, cierta apariencia de honestidad. 


"...y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros" 

 

Según he leído, Cabaret Voltaire, la pequeña editorial madrileña que ha publicado mayoritariamente a la autora en España, ha comunicado que los cuatro libros de Ernaux aparecidos en Tusquets verán la luz en su sello en 2027, por lo que tendrán a Ernaux en exclusividad y proseguirán publicando su obra. Así nos libraremos de estas portadas de Tusquets tan frías e impersonales, tan horrendas. 

 

 

Si El acontecimiento (2000) es un libro que está bien, sin que genere grandes dosis de admiración, Pura pasión (1992) por el contrario se presenta como un libro trivial en el fondo e insulso en la forma. Poca chicha puede extraerse de este relato en el que Ernaux narra su historia de amante de un diplomático casado al que ve de forma esporádica. Francamente prescindible. 

 

Hubiéramos preferido otro Nobel de Literatura. Ese pensamiento, por otra parte, se repite casi cada año, desde Patrick Modiano a Kazuo Ishiguro pasando por Bob Dylan. Por otra parte, cabe agradecerle a los suecos, en este siglo, descubrimientos como los de Coetzee, Alice Munro o Svetlana Alexievich.
 

11 septiembre 2022

25 buenos libros de relatos que tal vez ya conozcas (o no)

 


-Catedral, de Raymond Carver.

-Ficciones, de Jorge Luis Borges.

-Alguien que me cuide, de Richard Bausch.

-El gran sueño del paraíso, de Sam Shepard.

-Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin.

-Todo arrasado, todo quemado, de Wells Tower.

-A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales.

-Los últimos percanes, de Hipólito G. Navarro.

-Cuentos completos, de Julio Cortázar.

-Cuentos, de Edgar Allan Poe.

-El imitador de voces, de Thomas Bernhard.

-Siete cuentos imposibles, de Javier Argüello.

-Cuentos carnívoros, de Bernard Quiriny.

-Knockemstiff, de Donald Ray Pollock.

-Nostalgia, de Mircea Cartarescu.

-Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez

-De vez en cuando, como todo el mundo, de Marcelo Lillo.

-Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez.

-El llano en llamas, de Juan Rulfo.

-Demasiada felicidad, de Alice Munro.

-El Aleph, de Jorge Luis Borges.

-Tres rosas amarillas, de Raymond Carver.

-Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.

-Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

-La realidad quebradiza, de José María Merino.

21 agosto 2022

"Correo literario", de Wislawa Szymborska

 

 

 

Correo literario (Nórdica, 2018), de la Nobel polaca Wislawa Szymborska, fue publicado en el país natal de la autora el año 2000, cuatro después de la concesión del Nobel (aunque para concesión sueca, la de dárselo a Bob Dylan). 

 

Recoge más de doscientos textos breves que vieron la luz en el semanario Vida literaria, desde 1960 a 1981, en los que Szymborska daba una breve respuesta pública a los autores que enviaban sus textos a la revista con el deseo de verlos publicados. Se trata en su mayoría de abiertas cartas de rechazo, en las que se destila la manera de ver la literatura de la adorable autora polaca. Puede extraerse de estos textículos una serie de consejos para autores en ciernes, una especie de taller de escritura, si bien Szymborska reconoce años después que encuentra en sus respuestas "más diversión que valores didácticos".

 

De Szymborska, cuya obra es eminentemente poética, conocíamos en prosa sus reseñas recopiladas en Lecturas obligatorias, Otras lecturas obligatorias y Más lecturas obligatorias (en Alfabia), compendiadas en el volumen Prosas reunidas (Malpaso). Este Correo literario que luego nos trajo Nórdica, cuyo subtítulo es "o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor", no está exento de la fina ironía y el humor que caracteriza a la autora, que en ocasiones muestra bastante mordacidad, si bien en otras es bastante ponderada. Se trata de un consultorio que critica malos usos, aconseja otras veces y por momentos anima a continuar escribiendo. Todo ello entre múltiples despellejes y partiendo de la base de que para ser escritor hay un primer requisito imprescindible que es tener algo de talento.

 

Lo he leído de eBiblio pero tal vez me lo acabe comprando en papel. Una lectura muy agradable y jugosa de la que extraemos algunos ejemplos.

 

"El talento literario no es un fenómeno de masas"

 

"Al talento no le basta con la "inspiración". De vez en cuando, todos nos sentimos inspirados, pero solo los que tienen talento son capaces de pasar horas frente a la hoja de papel y perfeccionar los dictados del espíritu. Si a alguien no le apetece hacer eso, quizá es que no ha nacido para la poesía..."

 

"De nada sirve un sincero impulso si se expresa con tópicos" 


"Hay que alcanzar un buen conocimiento de la literatura clásica y de la literatura contemporánea. Pensar si ya todo ha sido dicho, y dicho desde una perspectiva que cierre la cuestión del todo"

 

"A los premios Nobel también les rechazaron más de un texto en sus inicios"

 

"Lo bueno siempre ha sido obra de mentes asquerosamente sobrias" "Además, si el alcohol fuera coautor de la gran poesía, uno de cada tres ciudadanos de nuestro país sería al menos un Horacio"

 

"No, no y no, nadie escribe "para sí mismo", ¿de qué sirve esa mistificación? Absolutamente todo [....] fue escrito por la imperiosa necesidad del autor de imponer sus pensamientos a los demás. Lo máximo que uno anota "para sí mismo" son las direcciones en una agenda y, si es de espíritu valeroso, también las deudas contraídas"

 




15 agosto 2022

"La Regenta", de Leopoldo Alas "Clarín"

 

En 2020, año pandémico y bisiesto, leí La Regenta de Clarín y tomé algunas notas, que copio aquí por si a alguien interesaren.


"De noche, mientras leo La Regenta en mi cuarto, observo un insecto al otro lado del cristal doble de mi ventana. Un mosquito grande, de zancas largas. Atraído por la ambarina luz del interior, indaga nocturno y tenaz buscando un resquicio por el que colarse en mi dormitorio iluminado. Tal vez el insecto se diga “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”, “lo lograré si pienso en positivo” u “hoy voy a conseguir todo lo que me proponga”. Como no pienso abrirle, de poco han de servirle esos mantras: el muro no borrará su condición infranqueable.


Terminando ya la novela de Clarín, creo haberla disfrutado más que Madame Bovary, por incidir en una comparativa recurrente. Acaso porque a Clarín lo leo en lengua original y a Flaubert traductor mediante. Sea como fuere, se me antoja que el asturiano compone un fresco trabajadísimo de la ciudad de provincias de la época, y aun de la España de la época. “Somos pobres, muy pobres”, declara el padre de la protagonista refiriéndose a sus compatriotas, y añade con pesimismo noventayochista: “unos miserables que sólo entendemos de tomar el sol”.


Las acusaciones de plagio por los paralelismos (innegables) entre Ana Ozores y Emma Bovary se quedan en algo anecdótico ante la magnitud de la obra levantada por Leopoldo Alas. Reconociendo esto, no niega uno que, como lector del siglo XXI, la distancia cronológica con la época pesa, a ratos, en detrimento del placer de la lectura. A este respecto, el amigo David Pérez Vega comenta algo que uno también percibe aunque no haya conseguido verbalizarlo: el “choque estético” que sufrimos como lectores del 2020, a poco que andemos habituados a la literatura contemporánea, cuando comenzamos a leer una novela como La Regenta. A ratos, a este millenial pedestre la historia le resulta cargante, aunque la recta final absorbe de una manera indecible. Justo antes he leído otra novela de Clarín, Su único hijo, de redacción posterior. Siendo meritoria, adolece de un desarrollo, diría, más folletinesco, y en el apartado de recursos expresivos también es La Regenta, desde el primer capítulo, una novela más ambiciosa y conseguida.


En un momento dado, el narrador describe los pies de Ana Ozores, la protagonista, como “pequeños y rollizos”. Si no me falla la memoria, recalcaba este detalle una escritora actual y venía a decirnos que ojo con la diferencia entre los cánones de belleza modernos y los decimonónicos, que si el pie lo tenía rollizo cómo no sería todo lo demás. Aunque poseer pies gordos acaso no esté reñido con la delgadez.


Sorprende que Clarín terminase La Regenta a los treintaitrés años. Hoy se diría que la madurez se alcanza mucho más tarde, que las obras cumbres las escriben personas más canosas, más alopécicas, más provectas. La Regenta habría podido hoy -qué cosas- optar a algún premio para jóvenes autores. A esa edad los plumillas actuales no nos hemos desembarazado todavía del apelativo de novel, de prometedor (esto los pocos), y si se alaban sus obras se cae en expresiones condescendientes como “escribe muy bien para lo joven que es”. En esto no nos distinguimos del común de la sociedad, que ha acuñado el palabro adultolescente para referirse a la duración extremada de la adolescencia, al cada vez más tardío fenómeno de la madurez. Este tipo de vocablos compuestos, por cierto, tan de moda hoy día (basten ejemplos como gordibueno, veroño, fofisana, juernes), se conoce que no los esquivaban en el XIX, y Clarín utiliza palabras como tontiloco o jocoserio. Nada, por otra parte, que supere el desconcierto del pantalón cortilargo, al que se refería José Jiménez Lozano en uno de sus libros. Uno trata de imaginar el concepto cortilargo, pero se descoyuntan todos los esquemas, y quedo sin asidero, cayendo en el vacío. Como si me pidieran que pensara en dos infinitos y medio. O como esa calle de Lucena que se llama alta y baja. O aquel ángel descrito por Borges que volaba a un tiempo al norte y al sur, al este y al oeste. Y sin desmembrarse, claro, a lo que sí se exponen los torturados (verbigracia Túpac Amaru) a los que atan la punta de una cuerda en cada extremidad, mientras la otra se amarra a cuatro caballos que comienzan a tirar en cuatro direcciones distintas, forzando la anatomía hasta la muerte.


El personaje protagónico femenino, complejo, ostenta mayor fuerza que su marido, de quien se dice que “carecía de carácter”. Cuando se conocen, Ana tiene diecinueve años y Quintanar pasa de los cuarenta. Las imposiciones paternas en el matrimonio, que Moratín criticaba en El sí de las niñas, no se dan aquí pese a la diferencia de edad, y Ana puede rechazar otro pretendiente propuesto por su tía. Anota este y otros asuntos el especialista (Juan Oleza) a cargo de la edición que he manejado, la de Cátedra, que encuentra uno muy oportunamente anotada, dividida en dos volúmenes, como vio la luz la novela en su época.


Pese a su espíritu pacífico, que reconoce Quintanar, en un momento dado expresa que, ante una infidelidad de Ana Ozores, acabaría con la vida de su esposa y del amante. En otras ocasiones, en cambio, parece alentar ese amor extramatrimonial, como resignada solución -la pareja duerme por separado- a la mala salud de Ana. La acción se sitúa entre 1877 y 1880, por lo que cabe afirmar la importancia acusada del honor, todavía, en la sociedad de la época. Las manchas en la honra se lavan con sangre, se decía en el Siglo de Oro, cuando abundaban los dramas de honor, las obras de capa y espada, en autores como Lope de Vega o Calderón de la Barca. Me pregunto hasta qué fecha llegaron a existir los duelos en España, y tras un sondeo internetero parece que el último, de los disputados a muerte, tuvo lugar en Zaragoza en 1906, entre dos periodistas. El ganador y asesino pasó casi un año entre rejas hasta ser amnistiado por Alfonso XIII. Según algunos historiadores, este tipo de desafíos persistió bien entrado el siglo, hasta la década de los años veinte. En lo que a literatos se refiere, de ese mismo 1906 data uno al que sobrevivió Vicente Blasco Ibáñez porque, según se cuenta, la bala disparada por un oficial de la Guardia Civil dio contra la hebilla de su cinturón.


En la beata y pía ciudad de Vetusta sólo existe un único ateo, al que se trata como a bicho raro. Para mayor ludibrio y ridiculez, el hombre acaba pidiendo la conversión cuando ve cercana la muerte, con el fin de dejar este mundo formando parte del seno de la Iglesia. El poder influyente de los confesores, representados por Fermín de Pas, queda patente, así como la pronunciada vena mística de Ana, que también tiene tendencia a lo literario (lee y en ocasiones escribe). Aquejada de distintas crisis nerviosas, y con una espiritualidad acentuada, que incluye los arrebatos místicos, la mujer se siente oprimida en una sociedad provinciana y rutinaria que la asfixia. Además del poder eclesiástico (Fermín de Pas), en personajes relevantes quedan asimismo expresados el poder judicial (Víctor Quintanar, ex-regente) y el político (Álvaro Mesía, el llamado Tenorio de Vetusta).


Resulta muy viva la recreación de la vida en el casino de la ciudad, donde se citan personajes que a menudo Clarín ridiculiza con mordacidad, pues quieren atribuirse una cultura que no poseen. En este sentido, nos evoca los ambientes de una novela posterior, La colmena. El autor se muestra crítico también con la hipocresía de la sociedad, con la preocupación farisea por las apariencias.


La pronunciada vena anticlerical de Clarín (leemos en un momento dado: “la invasión absorbente de la Iglesia, cuya influencia deletérea...”), entre otras cosas, propició que la novela fuese censurada en la época, y también con posterioridad, en tiempos del franquismo. Cuando se permitió su publicación en 1962, el régimen todavía la consideraba altamente peligrosa. En la primera parte, que según los críticos (a uno este detalle le pasó por alto) abarca tres días, abunda la presentación descriptiva de escenarios, mientras que en la segunda, que sucede en tres años (una vez más, al césar lo que es del césar), la narratividad predomina y la acción se acelera hasta el desenlace. Saldo con esta lectura una deuda, por cierto, con mis tiempos de estudiante de Filología. No puede uno tenerse por lector serio si pasa por alto La Regenta, en el podio de la novelística española, según el canon vigente, junto con Fortunata y Jacinta y el Quijote.


Un rato después, a todo esto, observo que el mosquito sigue chocando contra el cristal de la ventana, en su empeño de hallar una hendidura, con una persistencia más propia de sus primas las hormigas. “Ánimo”, le digo sarcástico, con la mala hostia aguzada por la pandemia y la situación que nos hostiga. “Persevera, no te rindas”.

12 julio 2022

"La señora Dalloway", de Virginia Woolf

 

("...toda esta fiebre de vivir...") 

 

La señora Dalloway, novela de la escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941) fue publicada en 1925. La acción se desarrolla en un único día, por lo que cumpliría la unidad de tiempo que se exigía a las obras de teatro clásicas (al igual que sucede con el Ulises de Joyce, publicado en 1922, que como sabemos también transcurre en un día), un 23 de junio de 1923, día caluroso en Londres. Se habla de una ola de calor, pero para pasmo del lector hay en la novela varias referencias a abrigos. "El viento le abrió el abrigo fino...", leemos en un momento dado, y más adelante, al llegar a la casa de los Dalloway para la fiesta de la señora, levantamos otra vez las cejas: "mientras las señoras se quitaban los abrigos...", escribe Woolf.

 

Clarissa Dalloway es una señora de la alta sociedad londinense, casada con el ministro conservador Richard Dalloway. Una familia acomodada que esa noche va a ofrecer una fiesta en su domicilio (tema de rabiosa actualidad, se me ocurre ahora, dadas las fiestas clandestinas durante el confinamiento que han llevado a la dimisión al primer ministro británico, Boris Johnson).

 

La novela, a juicio de este que escribe, destaca por su forma más que por lo que cuenta, no en vano se considera a Virginia Woolf una de las grandes renovadoras de la novela europea en el siglo XX, junto a otros autores como Joyce y Proust. La lectura de La señora Dalloway exige cierta concentración continuada por parte del lector si no quiere perderse, pues el punto de vista de la narración va cambiando de personaje, saltando de sus pensamientos y recuerdos al presente, en una especie de danza en la que, con suerte, conseguiremos entrar. No sucede gran cosa durante ese día de preparativos y celebración de la fiesta, no hay un gran momento climático, pero sí saltos en el tiempo, evocaciones, reflexiones ("desarrolló esta religión atea de hacer el bien por el bien"), hallazgos expresivos que bien pueden conseguir que una lectura merezca la pena (este que escribe comenzó a leerla con entusiasmo que decayó pronto, hasta el punto de pensar en abandonar el libro, si bien llegado un tercio del total de páginas conecté y de ahí hasta el final leí con el convencimiento de que aquel tiempo estaba mereciendo la pena, sin parecerme La señora Dalloway una novela tan lograda como Las olas (1931), que encontré muy meritoria). Los monólogos interiores, me parece, no llegan aquí a la radicalidad de obras como el Ulises u otras de la misma autora, no llegan a funcionar como flujo de conciencia.

 

Hay un momento en que se plantea el tema de la situación de postración de la mujer dentro del matrimonio: "Con el doble de inteligencia, tenía que ver las cosas con los ojos de él, una de las tragedias de la vida de casada", leemos. Este contenido feminista, que luego abordaría Woolf en el ensayo Una habitación propia, de 1929, tiene aquí una continuidad, y seguimos leyendo: "Como somos una raza condenada, encadenados a un barco hundiéndose, como todo no es más que un mal chiste, hagamos, en cualquier caso, nuestra parte; mitiguemos el sufrimiento de los demás prisioneros; decorar la mazmorra con flores y cojines hinchables, ser lo más decentes que podamos". Es decir, la visión clásica de la mujer como ángel del hogar.


También se insinúa en algunos momentos el tema del amor lésbico, que experimentó Woolf y toma como punto de partida A Virginia le gustaba Vita, novela de Pilar Bellver basada en la correspondencia de la autora de Bloomsbury. "No era como lo que una sentía por un hombre", leemos, "era totalmente desinteresado, y además tenía una cualidad que solo podía existir entre mujeres, entre mujeres que acababan de llegar a la edad adulta".

 

En un momento dado, Clarissa aparece como una señora falta de empatía: "A ella le preocupaban más sus rosas que los armenios. Perseguidos hasta la extinción, mutilados, helados, víctimas de la crueldad y la injusticia (se lo había oído decir a Richard una y otra vez)... no, era incapaz de sentir nada por los albaneses, ¿o eran los armenios?, pero le encantaban sus rosas..." Se alude a que la señora Dalloway ha visto cómo su pelo ha encanecido debido a una enfermedad que no se especifica, y poco después se habla de "su corazón, afectado, decían, por la gripe". Supongo que sería mucho imaginar una posible secuela de la pandemia de gripe de 1918, apenas unos años antes del momento en que se sitúa la acción de la novela, y que se llevó la vida a personalidades del mundo artístico como Egon Schiele o Guillaume Apollinaire. Otro dato curioso es descubrir que en la Inglaterra de la época, tras la I Guerra Mundial, ya cambiaban la hora con el fin de ahorrar electricidad.


Recordemos, para terminar, que La señora Dalloway tiene una gran presencia en Las horas de Michael Cunningham, novela que fue llevada al cine con Meryl Streep, Julianne Moore y Nicole Kidman interpretando a Virginia Woolf.  

 

Interesante. 

 

15 junio 2022

"Las máscaras del héroe", de Juan Manuel de Prada

 

 

"En la noche confusa de olores vernáculos me sentí traspasado de literatura, como si un asesino bondadoso me hubiese herido por la espalda con la hoja de su cuchillo. Aquella herida no iba a cicatrizar nunca."

 

Las máscaras del héroe, primera novela de Juan Manuel de Prada, vio la luz en la editorial Valdemar en 1996 (he podido comprar la primera edición en el mercado de segunda mano). De Prada, "joven de apellido sonoro", según dijo de él Roberto Bolaño (si no recuerdo mal), nació en Baracaldo en 1970, por lo que esta novela se publicó cuando tenía unos 26 años, un dato que causa cierto pasmo si atendemos al vasto vocabulario y la madurez en el manejo del lenguaje que el autor despliega aquí con maneras de maestro. De Prada había debutado en 1995 con Coños y El silencio del patinador, ambas también en Valdemar (Coños, en realidad, cuyo título sigue la línea del Senos de Gómez de la Serna, se había publicado en edición no venal en 1994 y Valdemar la reeditó). Las máscaras del héroe surge de la explosión del último relato de El silencio del patinador, dedicado al malagueño Pedro Luis de Gálvez, a la manera en que, más o menos por entonces, Bolaño dio a luz la novela corta Estrella distante a raíz de unas pocas páginas de La literatura nazi en América. Imagino que a Bolaño no le haría mucha gracia que se le mezclara con de Prada en una reseña, ignoro si en la dirección inversa la animadversión completaría el círculo.

 

La novela es de una prosa barroca, preñada de hallazgos expresivos, que requiere una óptima concentración si no se quiere estar releyendo a cada rato para saber de qué va la cosa. Esta orfebrería en el lenguaje encandilará a unos y a otros se le hará insufrible. A mí, por lo general, me parece admirable ese virtuosismo en alguien, por añadidura, que sólo contaba 25 años cuando la publicó. Algo llamativo en estos tiempos en los que la tendencia parece ser madurar cada vez más tarde (si se madura). La novela funciona como un trávelin de la bohemia matritense española en el primer tercio del siglo XX. Los capítulos suponen saltos en el tiempo, que comprendemos con referencias a la muerte de Alejandro Sawa (1909), en el que parece se inspiró Valle-Inclán para el Max Estrella de Luces de bohemia, al asesinato de Canalejas (1912), a la Primera Guerra Mundial, la pandemia de 1918, el asesinato de Eduardo Dato (1921)... y así hasta la Guerra Civil. Contiene un montón de historias delirantes, excéntricas, divertidas, buena parte de las cuales, según afirma Wikipedia, el autor tomó de La novela de un literato, memorias de Rafael Cansinos Assens que, por fortuna, después de llevar años descatalogadas, se han publicado por primera vez en un solo volumen y en papel biblia ("papel fumadero", lo llamaba Juan Ramón Jiménez) gracias a Arca Ediciones y la fundación Cansinos, en este mismo 2022. Así, en Las máscaras del héroe leemos acerca de la muñeca hinchable de Gómez de la Serna, la cara que Sawa no se volvió a lavar desde que se la besara Víctor Hugo, el bebé muerto que enseñaba dentro de una caja de zapatos Pedro Luis de Gálvez como chantaje emocional infalible para conseguir limosna con el fin de (o eso decía) sufragar el entierro, las hematurias de Valle-Inclán, la repugnancia de Borges hacia el sexo, la vida de las tertulias, los coitos en pensiones, los múltiples sablazos, el intelectualismo y la sordidez, el talento y la pobreza... Pululan por ella personalidades relevantes de la época, junto a otras más marginales, personajes reales que se usaron para esta historia ficticia: César González-Ruano, Gómez Carrillo, Vicente Huidobro, Carmen de Burgos, Cansinos Assens, Borges, Pedro Luis de Gálvez, Pío Baroja, Buñuel, Lorca y un largo etcétera. El narrador sí es un personaje de creación expresa, Fernando Navales, testigo de toda esta época y uno más de la troupe bohemia. Por momentos se producen claras alusiones para un lector medianamente culto, como sucede en el fragmento que sigue con la escena más emblemática de Un perro andaluz: "Buñuel levantó la vista al cielo, para contemplar cómo una nube desflecada seccionaba la luna con un corte limpio, dejando un rastro de líquidos escleróticos".


Me parece una novela sobresaliente, como lo es otra de ese mismo 1996, Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo, de la que ya hablamos aquí y que desmitifica la historia de la Generación del 27 y su vida en la Residencia de Estudiantes. He buscado quiénes fueron el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica de ese año (o el siguiente, en realidad, pues tengo entendido que se premian libros publicados el año anterior), y el Nacional fue para Donde las mujeres, de Álvaro Pombo, que no he leído, mientras que el de la Crítica se lo concedieron a Las bailarinas muertas de Antonio Soler, una novela no desdeñable que también recibió el Herralde pero que no alcanza, a juicio de este que escribe, los méritos de estas dos novelas de Orejudo y de Prada, dos primeras novelas notabilísimas.

 

De cabeza a la lista de mejores lecturas de 2022.

 

También en este blog:

El silencio del patinador, de Juan Manuel de Prada.

Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo.

Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig.