20 de febrero de 2017

En los sueños comienza la responsabilidad



El mundo de los sueños, por temporadas, me fascina. El que narro a continuación tiene visos de excepción, en tanto que en la lógica de la vigilia sigue manteniendo un sentido. Lo primero que recuerdo es la situación caótica en la que me veo envuelto. En el edificio donde me encuentro (de varias plantas, puede que más de veinte) ha tenido lugar una explosión. Todos han comprendido que no será la única, y que la próxima (igual habría que hablar en plural: las próximas) es inminente. Así que la multitud corre despavorida, el pánico anida en el edificio. Me hallo intentando localizar a algunos familiares cuando reconozco al mismísimo presidente de Estados Unidos, junto a otras personalidades encorbatadas, entrando a un ascensor. Allá que acelero el paso para colarme dentro, poseído por la seguramente estúpida idea de que encontrarme junto a ellos aumenta de forma exponencial mis posibilidades de supervivencia.
De pronto, llega la esperada pero no por ello menos temida explosión. El epicentro es el ascensor en el que me encuentro y, antes de sentirme arder, despierto sin excesiva angustia. Con los ojos abiertos, en la oscuridad de la habitación, empiezo a recordar el sueño con una lucidez en nada embotada -más bien agudizada- por el despertar. Me pongo, por una vez, a repasar mi proceder (“en los sueños comienza la responsabilidad”, llegó a decir Yeats) y me siento un traidor por no haber seguido buscando a mi familia. Entrar al ascensor no cambió el desenlace, así que concluyo -y así lo anoto mentalmente para próximas ocasiones- que si uno está en peligro y tiene la posibilidad de elegir, uno debe siempre mantenerse al lado de los suyos, morir con los suyos.
Esto suena, ahora que lo pienso, a conclusión de persona habituada a vivir en zona bélica, y no en vano uno tenía muchos frentes abiertos por entonces, cuando soñó este sueño.

2014

11 de febrero de 2017

El albatros



EL ALBATROS

"Por divertirse, a veces, los marineros cogen
algún albatros, vastos pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
la nave que en amargos abismos se desliza.

Apenas los colocan en cubierta, esos reyes
del azul, desdichados y avergonzados, dejan
sus grandes alas blancas, desconsoladamente,
arrastrar como remos colgando del costado.

¡Aquel viajero alado qué torpe es y cobarde!
¡Él, tan bello hace poco, qué risible y qué feo!
¡Uno con una pipa le golpea en el pico,
cojo el otro, al tullido que antes volaba, imita!

Se parece el poeta al señor de las nubes
que ríe del arquero y habita en la tormenta;
exiliado en el suelo, en medio de abucheos,
caminar no le dejan sus alas de gigante."

Charles Baudelaire (1821-1867), Las flores del mal
Traducción de Luis Martínez de Merlo para Editorial Cátedra.

28 de enero de 2017

No decía palabras

Laura Stevens


"No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe."

Luis Cernuda

14 de enero de 2017

Titulachero



Titulachero me parece un neologismo muy aparente, montado de forma lícita con el mecano idiomático, y yo creo que lo voy a lanzar al mundo a ver si alguien lo adopta, se extiende por ríos de tinta, anida en las comisuras de tropecientas bocas y dentro de equis siglos me guardan un sitio, en un altar inmarcesible de la Historia de la Lengua, recordando mi nombre como el de aquel que usó por primera vez el exitoso vocablo sin el cual ya nadie concibe la vida ni un pasado en que no existiera, como no nos acabamos de imaginar a los romanos del siglo tercero viviendo sin tomates ni patatas.

Los neologismos tienen -el inconveniente ahí late- algo de desangelado espermatozoide proyectado a un óvulo acorazado e inexpugnable, y pocos consiguen fecundar y asomar la cabeza en el mundo de las palabras. Algunos, superada esta primera dificultad, también puede que acaben falleciendo, como los lingüistas recuerdan, en apenas unos años, porque ya nadie se avenga a usarlos.

Añadiremos, para aquilatar la seriedad de la propuesta, algunas sugerencias de uso. Referido a un periódico, 'titulachero' podría valer como sinónimo de sensacionalista. Así, un diario cuyos titulares solo parecen querer avivar el morbo se podría calificar de rotativo titulachero. Por otro lado, si alguien escribe o dice frases de apariencia impactante que no pasan el filtro de un mínimo cuestionamiento, frases que se desploman como los edificios demolidos apenas se oprime, con el dedo, el detonador del sentido crítico, podríamos decir que es un tipo titulachero. O si se trata de una persona con el vicio de opinar de las noticias tras leer únicamente el titular, sin molestarse por abrevar en el resto del artículo.

La analogía otorga a veces una autoridad aplastante: si de popular salió populachero, de titular -por qué no- titulachero. Matiz peyorativo, pues, en los casos citados. Pero admite también -obsérvese la flexibilidad del palabro- la connotación positiva. Un político que regala al periodista muchas frases destacables, podría ser apreciado por titulachero por parte del profesional de la información. Se dirían, entre ellos, los mandarines del gremio: “entrevista a X, no te arrepentirás. Además de buen conversador, es titulachero.”

Decidido queda. Como astrofísico del verbo -o astronauta del lenguaje-, lanzo hoy esta palabra al mundo como la NASA lanza sus sondas espaciales -pasaremos por alto las diferencias de presupuesto- desde la pista de despegue de esta página.
© 2016.

5 de enero de 2017

Lo mejor de 2016

Vuelvo un año más con la tradicional entrada en la que destaco mis predilecciones del último ejercicio en lo que a libros y películas se refiere. De entre los libros que he leído, he pensado que, dentro de mis gustos, los seis mejores podrían ser estos (el listado no sigue ningún orden en particular):

-Esto no es una novela, de David Markson (La Bestia Equilátera)


-Rojo y Negro, de Stendhal (Alianza)


-Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo (Tusquets)


-Trilogía de la memoria, de Sergio Pitol (Anagrama)


-Apenas sensitivo, de Andrés Trapiello (Pre-Textos)


-París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas (Anagrama)


En cuanto a películas, selecciono -en este caso por orden de visionado- las nueve siguientes:

-La sal de la tierra (2014), de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado


-Ida (2013), de Pawel Pawlikowski


-Umberto D. (1952), de Vittorio De Sica


-El club (2015), de Pablo Larraín


-En construcción (2001), de José Luis Guerín


-Calle Mayor (1956), de Juan Antonio Bardem


-Mustang (2015), de Deniz Gamze Ergüven


-La caza (2012), de Thomas Vinterberg


-La tienda en la calle mayor (1965), de Ján Kadár y Elmar Klos


Si os apetece os invito a compartir, dejando un comentario, vuestros descubrimientos del año.

3 de enero de 2017

Libros leídos en 2016

Teun Hocks

-Los hermanos Tanner, de Robert Walser
-Artículos de costumbres, de Mariano José de Larra
-Zurita, de Leopoldo Alas “Clarín”
-Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard
-Pacífico, de José Antonio Garriga Vela
-Autorretrato con radiador, de Christian Bobin
-Manual de infractores, de José Manuel Caballero Bonald
-El gato encerrado, de Andrés Trapiello
-Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo
-Las almas cambiadas, de Giovanni Papini
-Misericordia, de Benito Pérez Galdós 
-Kirieleisón, de Rafael Indi 
-Gotas negrasGotas de sal, de Andrés Neuman 
-Mafalda 6, de Quino
-Trilogía de la memoria, de Sergio Pitol 
-Esto no es una novela, de David Markson 
-¿No te alegras por mí?, de Richard Bausch 
-Locuras sin fundamento, de Andrés Trapiello 
-París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas 
-El cuarto de las estrellas, de José Antonio Garriga Vela 
-Poemas de la locura seguido de El hombre elefante, de Leopoldo María Panero 
-Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997), de Javier Salvago
-En resumidas cuentas (antología), de José Emilio Pacheco
-Todo lo que no invento es falso (antología), de Manoel de Barros
-Rojo y negro, de Stendhal
-Antología poética, de Antonio Gamoneda
-La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco
-Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda
-Apenas sensitivo, de Andrés Trapiello
-Koundara, de David Pérez Vega
-Antonio Azorín, de Azorín
-Walden, de Henry David Thoreau 
-Metáfora de invierno, de Isabel Romero
-Jane Eyre, de Charlotte Brontë
-La marca de Creta, de Óscar Esquivias

21 de diciembre de 2016

A mi pesar

Melancolía, de Edvard Munch


A MI PESAR

No siempre armarme puedo de paciencia:
hoy no atisbo sino bregas estériles
que poco bueno dicen de la gente.
Los que pisan se elevan victoriosos,
el que ignora se monta en el orgullo,
los niños vapulean al distinto.
Volviendo del trabajo en automóvil
me resarce un momento en el paisaje
un óleo gratuito:
neones de un fugaz concesionario
temblando en el crepúsculo.
Se intuyen sensaciones inasibles
en la paz vespertina del trayecto:
invalida la noche a quienes fuimos
y tornamos a ser algo distintos.
La soledad nocturna que me aguarda
promete algo de vuelo,
sin derogar la esencia de este día
fatigoso, heridor, sanguinolento.
Lamento que a menudo en este circo
-la farsa tan humana de la vida-
una misantropía selectiva
se apoltrone obstinada en mis instintos.

© 2016