31 diciembre 2021

Lo mejor de 2021

 -Mientras agonizo, de William Faulkner (Anagrama)

-Campos de Níjar / La Chanca, de Juan Goytisolo (Galaxia Gutenberg / Seix Barral)

 

 

-Quasi una fantasia / El volador de cometas (2ª ed.), de Andrés Trapiello (Ediciones del Arrabal / Renacimiento)


-De vez en cuando, como todo el mundo, de Marcelo Lillo (Lumen)

-Poesías completas 2019, de Miguel d'Ors (Renacimiento)


-Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez (Anagrama)

-El infinito en un junco, de Irene Vallejo (Siruela)

-Caminaré entre las ratas, de David Pérez Vega (Carpe Noctem)


 -Las ninfas, de Francisco Umbral (Destino)

-El perfume, de Patrick Süskind (Booket)


-An Elephant Sitting Still (2018), de Hu Bo


 -Ocho sentencias de muerte (1949), de Robert Hamer

-Mandarinas (2013), de Zaza Urushadze

 -El crack (1981), de José Luis Garci


 -Mesas separadas (1958), de Delbert Mann


-¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) / Y la vida continúa (1992), de Abbas Kiarostami

 

-Buda explotó por vergüenza (2007), de Hanna Makhmalbaf

-El mago de Oz (1939), de Victor Fleming

-My Mexican Bretzel (2019), de Nuria Giménez Lorang

-La leyenda del tiempo (2006), de Isaki Lacuesa

30 diciembre 2021

Lecturas de 2021

Francesc Català-Roca (1953)


-Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill)

-La mujer del bombero, de Richard Bausch (Tropismos)

-Asimetría, de Adam Zagajewski (Acantilado)

-Aquí estuvo Kilroy, de Miguel Ángel Herranz (Renacimiento)

-La piel fría, de Albert Sánchez Piñol (Edhasa)

-Conversaciones entre alquimistas, de Jorge Riechmann (Tusquets)

-Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos (Lengua de Trapo)

-Poesía completa, de Víctor Botas (La Isla de Siltolá)

-Cinco historias del mar, de Josep Pla (Destino)

10-Los siete locos, de Roberto Arlt (Losada)

-Capital de la gloria, de Juan Eduardo Zúñiga (Círculo de Lectores)

-Obsolescencia programada, de Víctor Peña Dacosta (RIL Editores)

-Lamentaciones de un prepucio, de Shalom Auslander (Blackie Books)

-Caminaré entre las ratas, de David Pérez Vega (Carpe Noctem)

-El silencio del patinador, de Juan Manuel de Prada (Valdemar)

-Poesía reunida, de Ida Vitale (Tusquets)

-El astillero, de Juan Carlos Onetti (Cátedra)

-Mientras agonizo, de William Faulkner (Anagrama)

-La tormenta de nieve, de León Tolstoi (Acantilado)

20-El infinito en un junco, de Irene Vallejo (Siruela)

-Poesías completas 2019, de Miguel d’Ors (Renacimiento)

-De vez en cuando, como todo el mundo, de Marcelo Lillo (Lumen)

-El boxeador polaco, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide)

-Canción, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide)

-Un amor, de Sara Mesa (Anagrama)

-Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez (Anagrama)

-Ciudad del hombre, de José María Fonollosa (Edhasa)

-Quasi una fantasia, de Andrés Trapiello (Ediciones del Arrabal)

-El descenso, de Anna Kavan (Navona)

30-El siglo de las luces, de Alejo Carpentier (Austral)

-Esto no es Bambi, de David Pérez Vega (MacLein y Parker)

-Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer (Austral)

-Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer (Espasa)

-Colección de días, de José Luis García Martín (Renacimiento)

-Ilíada, de Homero (Gredos)

-La isla, de Juan Goytisolo (Aguilar)

-Campos de Níjar, de Juan Goytisolo (Aguilar)

-La Chanca, de Juan Goytisolo (Aguilar)

-Feria, de Ana Iris Simón (Círculo de Tiza)

40-La abadía de Northanger, de Jane Austen (Alba)

-Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio (Destino)

-El volador de cometas, de Andrés Trapiello (Renacimiento)

-Diario inusitado de un tipo en desuso, de Jesús Tíscar Jandra (Marli Brosgen)

-El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, Tatiana Tibuleac (Impedimenta)

-Mafalda 1, de Quino (Lumen)

-El espejo discreto, de Ana Pérez Cañamares (Pre-Textos)

-Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel (Comba)

-Poesías completas, de Macedonio Fernández (Visor)

-Mafalda 2, de Quino (Lumen)

50-Los fantasmas del deseo, de Luis Cernuda (Renacimiento)

-Mafalda 3, de Quino (Lumen)

-Las ninfas, de Francisco Umbral (Destino)

-Cumbres borrascosas, de Emilly Brontë (Alianza) 

-Mafalda 4, de Quino (Lumen)
-El perfume, de Patrick Süskind (Booket)

19 diciembre 2021

"Campos de Níjar" y "La Chanca", de Juan Goytisolo

 

Juan Goytisolo, nacido en Barcelona en 1931 y muerto en Marrakech en 2017, publicó en los años sesenta estos dos libros a raíz de un viaje por tierras almerienses que llevó a cabo en 1956. Ambos me han parecido excelentes, pero escribo esto varios meses después de terminarlos, valiéndome de las notas que tomé durante la lectura, y me temo que la entrada puede resentirse. Así comienza Campos de Níjar (Seix Barral, 1960):

 

"Recuerdo muy bien la profunda impresión de violencia y pobreza que me produjo Almería, viniendo por la nacional 340, la primera vez que la visité".

 

El hecho de que se trate de un libro de viajes de un novelista nos lleva a pensar en el Cela de Viaje a la Alcarria, publicado doce años antes, en 1948. Pero, aunque ambos son relatos de la España profunda escritos con una gran prosa, en el caso de Goytisolo el compromiso con la geografía narrada es mayor, hay una denuncia social, una crítica al franquismo en ese retrato humano de los márgenes. Goytisolo, en su lápida, ordenó que se escribiera: escritor. Camilo José Cela, en cambio, habiendo ganado y todo el premio Nobel, sólo puso: Marqués de Iria Flavia. Maneras de definirse que dicen mucho.


"La cama es buena para quien tiene el estómago lleno y sabe que al día siguiente no habrá de faltarle lo necesario, pudiendo ir de un sitio a otro sin ser esclavo en ninguno, y mirar las cosas desde fuera, como un espectador ajeno al drama. Uno sabe también eso y, cuando apaga la luz, piensa en los otros".

 

Goytisolo recoge el acento andaluz en sus diálogos con las gentes de la zona. La riqueza de su castellano es fascinante. La madre del premio Cervantes, por otra parte, murió en 1938 durante un bombardeo sobre Barcelona, en plena Guerra Civil. Varios de los libros de Juan Goytisolo fueron censurados y se publicaron originariamente en el extranjero. La Chanca, sin ir más lejos, no circuló en España hasta los años ochenta.


"Eso del adagio de "a quien madruga, Dios le ayuda" me ha aprecido siempre un engañabobos y mi impresión se confirmó aquel amanecer en Gata. Por la plaza deambulaban sombras flacas y mal vestidas, había un acento de desesperación en los rostros y, mientras me alejaba del pueblo hacia los saladares, pensé que quien inventó el refrán debió levantarse toda su vida a las once -hora en que suelen ver el sol aquellos a quienes el cielo colma con sus dones -y que lo de madrugar lo dijo, probablemente, con ironía."

 

A este que escribe, como a Goytisolo, siempre le ha llamado la atención ese refrán, y a veces he pensado que parece un intento de consolar al trabajador pobre y contribuir a que se conforme con su situación de sometimiento. Lo debió de inventar algún noble o alto eclesiástico en época feudal.



Al comienzo de La Chanca (Seix Barral, 1962), otro libro magnífico que me ha parecido ver que en la actualidad se encuentra descatalogado, Goytisolo declara su propósito de "conocer la vida de los millones de hombres sin historia de que nos habla Unamuno", de esos hombres "que se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana". Entronca, pues, con el concepto unamuniano de intrahistoria, con el cual se otorga importancia a la España real, la cotidiana, frente a la España oficial, la que aparece en los medios de comunicación.


En La Chanca encontramos tremendos testimonios de la gente de a pie. Goytisolo ofrece una visibilización de los de abajo, da voz a los olvidados. Carlos Pérez Siquier, muerto no hace mucho, dirigió también su mirada a este barrio almeriense y lo fotografió de manera memorable. La Chanca era un barrio de pescadores donde el analfabetismo alcanzaba el setenta por ciento, donde proliferaba la miseria, carecían de médico, en mitad de una zona árida, de una orografía similar a la africana. Resulta coherente, pues, que su magnetismo atrajese a un autor que luego se iría a vivir a Marruecos. En la actualidad, según informa wikipedia, La Chanca es un barrio popular, multicultural, que destaca como cuna de artistas flamencos. En 2011 se promovió su candidatura como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad en la UNESCO.

 

"Por esto me gusta Almería. Porque no tiene Giralda ni Alhambra. Porque no intenta cubrirse con ropajes ni adornos. Porque es una tierra desnuda, verdadera..." 


Estos dos libros no faltarán en la habitual lista de este blog con las mejores lecturas del año, que dentro de no mucho publicaremos. 

 

                                        La Chanca vista por Carlos Pérez Siquier


05 diciembre 2021

"An Elephant Sitting Still" (2018), de Hu Bo

 


An Elephant Sitting Still (traducida a veces como Un elefante sentado y quieto) es la primera y única película del cineasta chino Hu Bo, que se quitó la vida con 29 años apenas terminó el filme. Según el testimonio no sé si acreditado de Wikipedia, en la decisión del suicidio tuvieron que ver los conflictos con los productores de la película, que querían que Hu Bo acortara a dos horas el metraje de la película, que dura el doble. El año de su muerte, 2017, vieron la luz dos novelas suyas, en una de las cuales se basa para esta gran película estrenada en 2018 de forma póstuma. Que la historia se sostuviera antes sobre el papel acaso dote al producto audiovisual de una solidez en la urdimbre narrativa y emocional que nadie mejor que Hu Bo, por otra parte, habría conseguido trasladar al celuloide.

 

La primera hora de película se antoja una cartografía del desamparo: adolescentes con problemas que sufren al matón del instituto, un anciano al que quieren meter en una residencia sin su aquiesciencia, un marido que descubre a su mujer acostándose con su mejor amigo... El hecho de conocer que Béla Tarr, el aclamado director húngaro, fue mentor de Hu Bo, podía llevarnos a pensar en que la propuesta del director chino tendría poca acción; sin embargo, en An Elephant Sitting Still pasan muchas cosas. El cine del húngaro, primoroso y en ocasiones plomizo, ha dado por otra parte grandes resultados, como en Armonías de Werckmeister, adaptación de la novela de su compatriota y candidato al Nobel de Literatura Laszlo Krasznahorkai. El libro se titulaba Melancolía de la resistencia y no tengo problema en confesar que lo abandoné por la mitad, incapaz de entrar en la propuesta. La adaptación de Béla Tarr, en cambio, sí la he visto en algunos listados de lo mejor del séptimo arte en lo que va de siglo XXI, y me he alegrado de ello. A Hu Bo creo que llegué a través de David Pérez Vega, que en su Facebook y en YouTube la recomendó (de justicia es mencionarlo). Está disponible en Filmin.

 

La película diría que funciona como drama existencialista, de conclusiones devastadoras acerca de cómo somos las personas y el mundo que nos hemos dado, con momentos muy humanos dentro de una historia de frustración, venganza, humillaciones, conflicto. Se dan momentos de inesperada comunión entre personajes antagónicos. El peso de la vida se intuye en las miradas. Lo que en un principio parecen historias paralelas acaban confluyendo y todo queda interconectado. Al final, uno de los protagonistas pretende escapar, y otro, mayor que él, le advierte: "podéis ir adonde queráis, da igual el lugar. Cuando lleguéis todo seguirá igual". El drama ya lo dictaminó Campoamor con aquellos versos: "cambiar de destino no es sino cambiar de dolor" (cito de memoria y, probablemente, con inexactitud). Hay en varios personajes de la película una conciencia de la fatalidad, de que todo se echó a perder y no hay remedio, un pesimismo profundo no exento de desconfianza hacia el género humano. El estilo narrativo tira de planos secuencia, si bien en cada escena, no a lo largo de toda la cinta como en Birdman de Iñárritu o La soga de Hitchcock. El título alude a una historia que ha llegado a oídos de varios personajes, según la cual en Manzhouli -ciudad del noreste chino- hay un elefante que se pasa el día sentado y quieto. A pesar de que los visitantes del zoo le tiran comida, el animal se muestra impasible y no reacciona. Se trata de un relato que ejerce fascinación en los personajes, alguno de los cuales piensa en ir a verlo. Hay quien habla a raíz de esto de una alegoría con el país de China, "el gigante dormido". Yo lo asocié más bien a la vena hastiada y depresiva de la película, una inacción al estilo del absurdo de Beckett en Esperando a Godot.


Una película estupenda que entrará, me parece, en mi lista habitual de lo mejor del año. Primeriza y a un tiempo magistral. 

 

17 octubre 2021

"La abadía de Northanger", de Jane Austen

 

La abadía de Northanger, primera novela escrita por Jane Austen, se terminó de escribir en 1803. No vio la luz hasta 1818, un año después de morir su autora. Podríamos, por una vez, rememorar el modus operandi de José Luis Garci en Qué grande es el cine y dar algunos datos sobre ese año: 1818. En España reinaba el monarca absoluto Fernando VII. Se publicó ese año Frankenstein de Mary Shelley. Chile se independizó de España. El 24 de diciembre, en la actual Austria, se interpretó por primera vez el villancico Noche de Paz, durante la misa de Navidad, dirigido por sus autores Franz Xaver Gruber y Joseph Mor. En Madrid se funda el Museo del Prado. En 1818 nacieron Karl Marx y Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas. También ese año se publicó otra novela de Jane Austen, Persuasión. La autora inglesa había publicado en vida cuatro: Sentido y sensibilidad (también traducida como Juicio y sentimiento, o Sensatez y sentimientos), Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Emma.

 

La abadía de Northanger se antoja una novela correctamente redactada pero narrativamente deficiente, desprovista de tensión narrativa, de sorpresas, de chicha. Trata pocos temas de interés y las pasiones tampoco destacan por su intensidad concentrada en momentos climáticos. Hay cierta frivolidad en el ambmiente, conversaciones sobre vestidos, peinados, bailes, ocio, parejas... Hace un par de años, a propósito del centenario de George Eliot, la autora de Middlemarch, causó cierta polémica un artículo donde se afirmaba que Jane Austen era para marujas.


Catherine Morland, la protagonista, es calificada por la narradora de heroína. Imaginamos que en el sentido de sinónimo de personaje principal, porque desde luego le desconocemos cualquier tipo de hazaña. Acaso sea una heroína que, como la Vetusta de Clarín, duerma la siesta. Pensamos en heroicidades y seguramente Mariana Pineda las alcanzó ("hizo cosas", que diría Rajoy) pero a Catherine Morland no la vemos hecha de esa pasta. Catherine, eso sí, es lectora, una adolescente que no quiere estudiar pero lee a Shakespeare, la Biblia, novelas góticas y muchos otros libros (difícil que eso suceda hoy con alguien de su edad sin interés por los estudios).

 

En la segunda mitad de la obra, Catherine es invitada a vivir en una abadía, lugar que ella asocia a un sinfín de misterios y secretos fruto de la lectura de novelas góticas que tan famosas eran entonces. Se produce entonces una pequeña parodia o sátira. Catherine tiene la imaginación intoxicada por ideas novelescas de esos lugares que han sido escenarios de libros que ha leído y que no necesariamente se corresponden con la realidad. Parece haber cierto vicio quijotesco en esto, que da lugar algún momento cómico: "Parecía que todo ello fuese producto del influjo de aquella clase de lecturas a las que se había aficionado", leemos. Se refieren más de una vez a Los misterios de Udolfo, una de las novelas de Ann Radcliffe, representante de este tipo de narrativa.

 

Más de una vez se nos da cuenta, también, de la mala prensa de que gozaba la lectura de novelas en la época. La narradora viene a decir que no quiere alimentar la mala fama de las novelas, engordada a veces por los propios novelistas. Austen las defiende. Ha de ser ese mantra, que más de uno hemos escuchado, de que en el XIX carecían de prestigio y se consideraban propias de señoritas ociosas ("Los hombres leen libros mejores", dice Catherine). Dos siglos después, y pese a que se ha anunciado la muerte de la novela cientos de veces, el género parece gozar de buena salud y siguen leyéndose mucho. No obstante, no faltan algunas afirmaciones en su contra, como la de Josep Pla cuando dijo aquello de: "Considero que un hombre que después de los 40 años aún lee novelas es un puro cretino".

 

En cuanto a la situación de la mujer en la época, se menciona a Samuel Richardson, el autor de Pamela, según el cual la iniciativa en el amor siempre debía corresponder al hombre. La dama no podía ilusionarse ni soñar nada antes que el varón mostrara su interés. Parece que Jane Austen transgrede un poco esto y sí le permite a su protagonista albergar ciertos sentimientos antes de que el hombre exprese su interés. Dos siglos después, ya se sabe, en este sentido las cosas han cambiado mucho.


El final -no es spoiler- ya lo conocíamos por los memes, porque si una tragedia griega acaba siempre con muertos, una novela de Jane Austen también sabemos de antemano que terminará en el altar.

 

Me ha dejado escaso poso, creo que la empecé a olvidar antes incluso de terminar la lectura.

 

02 octubre 2021

"Ilíada", de Homero


A veces uno no sabe, tras leer este tipo de clásicos, si merece la pena dedicar una entrada en el blog, porque qué decir que no se haya dicho ya. Había leído la Odisea en el verano de 2001, un libro seguramente más ameno y atractivo por el sinfín de aventuras en las que Odiseo se ve envuelto, las criaturas mitológicas con las que se cruza, etcétera. La Ilíada, como sabemos, es de temática principalmente bélica. Narra las vicisitudes de la Guerra de Troya, pero no en su conjunto, sólo en lo que respecta a la etapa de la cólera de Aquiles, durante el décimo año de la guerra. Así lo vemos en la frase primera del libro, que durante siglos servía para identificar la obra como actualmente lo hace el título:

 

"La cólera canta, oh Diosa, del Pelida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores..."  

 

Los griegos nunca son llamados así, sino aqueos o argivos, o dánaos y, en ocasiones, panhelenos. Según cuenta Irene Vallejo en El infinito en un junco, este libro lo llevaba Alejandro Magno consigo en sus conquistas, y lo ponía bajo la almohada allí donde dormía. Por aquella época (siglo IV a. C.) el formato de los libros era el rollo de papiro, y lo habitual (incluso en las bibliotecas, que hoy asociamos al silencio) la lectura en voz alta. Los griegos al escribir, por cierto, no dejaban espacio entre las palabras. Sí reconocieron ya la figura del autor, a diferencia de los egipcios, donde predominaba el anonimato. Zenódoto de Éfeso, primer bibliotecario de Alejandría, fue también el primer editor crítico de Homero. El autor de la Ilíada -parece que era ciego- vivió en el siglo VIII a. C. y la lejanía en el tiempo crea algunas sombras sobre su figura. El componente oral era predominante en la literatura de la época, y parece que la Ilíada era recitada por los rapsodas de entonces, los aedos (Homero era uno de ellos), que debían poseer una memoria de elefante para declamar poemas épicos tan extensos, aunque la obra se dividiera en varias sesiones. Ayudaban a la memorización recursos como los epítetos épicos o las fórmulas, presentes también en otras epopeyas occidentales como el Poema de Mio Cid. Otro recurso habitual es la comparación. Los símiles a veces se alargan durante varios versos: "Como cuando dos torrenciales ríos se despeñan montes abajo y en la confluencia de dos valles juntan sus crecidos caudales procedentes de altos manantiales dentro de un cóncavo barranco y a lo lejos el pastor escucha su ruido en los montes, así eran los alaridos..."


Muy citada había visto la frase de Homero "como las generaciones de las hojas, así las de los hombres", para reflejar el ciclo de la vida, que he visto que procede de la Ilíada, cuando en el canto IV (la obra se compone de un total de 24) un personaje dice:

 

"¿Por qué me preguntas mi linaje? Como el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres. De las hojas, unas tira a tierra el viento, y otras el bosque hace brotar cuando florece, al llegar la sazón de la primavera. Así el linaje de los hombres, uno brota y otro se desvanece."

 

La batalla a veces la permean imágenes poéticas, y otras la narración se recrudece con detalles de gore y casquería, algo morbosos: cabezas cercenadas que ruedan como una pelota, dientes que saltan, encéfalos que afloran, lanzas que los guerreros envasan en la espalda del enemigo, derramamiento de vísceras. A veces se crea suspense retrasando la lucha, creando expectación en el lector, con recursos de la actual novela negra. Se produce un inevitable choque estético al comenzar la lectura (el lector de 2021 siente la barrera de los siglos -y aun de los milenios-, que puede dar cierta pereza). Pero a las pocas páginas he conseguido entrar en la propuesta y disfrutar de esta epopeya, curioso por ver cómo estaba hecho ese clásico de la Grecia Antigua que en tan alto lugar del canon reposa, y ante el que parece no caber otra reacción por parte del lector contemporáneo que no sea la del aplauso genuflexo.

 

"No será por la espalda y huyendo como me clavarás la pica; ¡en el pecho, según vaya furioso en derechura, húndemela!", exclama uno de los guerreros (las puñaladas por la espalda, comprobamos, ya tenían mala prensa hace milenios). No deja de ser curioso que, durante siglos, los hechos de la Guerra de Troya se consideraran pura ficción, hasta que de forma tardía, avanzado ya el siglo XIX, el arqueólogo Schliemann descubriera restos de la antigua Troya. En un momento dado, Aquiles piensa en su posteridad, en que prefiere morir con honor en batalla y ganar la gloria a sobrevivir sin ella. Siglos después, Montaigne escribiría, en la misma línea, en sus Ensayos: "¿Quién no entregará gustoso salud, reposo y vida, a cambio de fama y gloria...?" 


Algunas curiosidades: Melibea, nombre de la enamorada de la Celestina de Fernando de Rojas, aparece en esta obra como topónimo. La palabra "estentóreo", descubro, procede de un personaje de este libro, Esténtor, que tenía una potencia de voz apabullante, voz "estentórea". A veces en el texto leemos cosas como "los dioses y las diosas", "los troyanos y las troyanas". Cabe preguntarse si son producto de la traducción o si estaban en el original estas expresiones que hoy asociamos al lenguaje inclusivo.

 

En ocasiones, las notas de la edición de Gredos (con traducción de Emilio Crespo) hablan de contradicciones en el texto de esta obra que ha sobrevivido a siglos, a milenios. Pero si la Victoria de Samotracia o la Venus de Milo se consideran admirables estando mutiladas, a la Ilíada no cabe negarle esa consideración estando, según parece, completa.

11 septiembre 2021

La niñez es la edad más cruel

 
Ilustración obra de Jeff Stahl

A veces uno piensa que la niñez es la edad más cruel. Quién no se ha detenido a observar la habilidad portentosa de los niños para cebarse con el más mínimo defecto ajeno, para humillar al distinto. Qué errada se antoja esa mirada complaciente que los pinta como seres puros incapaces de mentir: el ducho en el arte de la trola, me parece, lo es desde los dientes de leche. “La verdadera patria del hombre es la infancia”, dejó dicho Rilke, al que durante varios años su madre obligó a vestirse como una niña y que no tuvo una muy feliz. Tiene mérito, por tanto, que el escritor austrohúngaro afirmara tal cosa. Esta edad de la vida no sé qué tiene que nos engatusa a todos y consigue que la idealicemos como una época dorada, un paraíso perdido al que luego intentaremos en vano regresar. Miguel d’Ors parece consciente por momentos de este lugar común y, en algún poema, reconoce a propósito de la niñez: “mis versos la añoran bastante más que yo”. Es tal el consenso que, a poco que uno se descuide, acaba poniendo en un altar, nimbada de nostalgias, esta etapa inaugural de la existencia. Quizá discurriera de la misma forma Tom Robbins cuando sentenció: “Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz”. Y es que “también la verdad se inventa”, como escribió Machado. Nos engañamos a nosotros mismos, y en ocasiones de una manera irreversible. Por fortuna, uno se bajó del burro hace un tiempo, pues si bien no llego al extremo de Agustín de Hipona (que escribió, al parecer muy marcado por los sufrimientos en el colegio, que prefería la muerte si tuviera que decidirse entre ella y regresar a la infancia), ando lejos de considerarla como la mejor etapa de mi vida. No conservo gran nostalgia. El desconocimiento del mundo es tal en esos primeros años que no nos libramos de ser individuos sumamente dependientes, con horizontes muy limitados. Quizá sea entonces, también, cuando uno más daño fue capaz de hacer (por no hablar del recibido) sin quererlo, por mera inercia inconsciente. Y sí, acaso sea cierto que no hay veranos tan largos como los de la infancia, pero prefiero, con mucho, la madurez actual, la serenidad de los treinta, a esos años primerizos, titubeantes, confusos.