21 de marzo de 2017

Hondonada



HONDONADA

Quisiera a veces yo saber por qué
de tan súbita forma me atardezco
y dura la oscuridad varios días
como si me exiliara a Reikiavik 
en invierno (pero sin que sepamos 
cuándo la luz de nuevo).
Sangran los hemisferios cerebrales,
dolor solo segregan. Sin que aprendan a andar
fallecen varias abatidas treguas.
¡Belleza huidiza, ya no te veo!
Ni amar puedo nada ni ver al otro
ni a mí mismo siquiera.
No hay manera eficaz de amanecerse.

                                                                         2016

19 de marzo de 2017

Lo fatal

El mar de hielo (1824), de Caspar David Friedrich


LO FATAL

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

RUBÉN DARÍO, Cantos de vida y esperanza (1905).

7 de marzo de 2017

Fuera de lugar

Martin Reisch


A veces se repite uno una frase hecha y no tarda en desautomatizarla, como parecían pedir en su época los formalistas rusos, y encontrarla extraña. Fuera de lugar, por ejemplo.
Fuera-de-lugar. Fuera de lugar. Fuera de lugar.
Inconcebible para nuestra mente limitada algo fuera del espacio, por mucho que uno se lo repita. Debe de ser algo parecido a cuando se está muerto (si no se cree en la otra vida, claro). Uno, me refiero a cuando ya no quedan cenizas ni restos mortales, está ya fuera de lugar, porque no está.
Aunque…, recuerdo haber leído, en un libro de divulgación científica, que después de morir, equis tiempo después, los átomos que componen nuestro cuerpo, o algunos de ellos al menos, pueden reestructurarse y viajar para pasar a integrarse en otros materiales de este mundo, en la hoja de un árbol, por poner un ejemplo optimista.
La idea puede resultar hermosa, formar parte de algo, no en el más allá sino en este mundo, una vez se ha dejado de existir.
También aludía, el autor del libro, a esos mismos átomos antes de apelotonarse en nuestro ser, y planteaba la posibilidad (por no decir que lo aseguraba) de que hubieran pasado por varias estrellas y formado parte de miles de organismos antes de llegar a donde ahora, a nuestros dedos, por ejemplo, tecleando estas palabras. O a nuestros globos oculares, pasando la vista por ellas. 
Fuera de lugar también puede considerarse, según quien lo lea, este párrafo, o algunas de las ideas u opiniones en este blog vertidas. Y fuera de lugar puede enclavarse, estirando un poco la expresión, a quien se encuentra en un lugar aparte, lejos de donde se supone que la vida bulle, de los núcleos urbanos. También habrá quien diga que todo esto está, sí, fuera de lugar, pero ni mucho menos por las razones que aquí se consideran. Esta polivalencia me divierte.

2015

20 de febrero de 2017

En los sueños comienza la responsabilidad



El mundo de los sueños, por temporadas, me fascina. El que narro a continuación tiene visos de excepción, en tanto que en la lógica de la vigilia sigue manteniendo un sentido. Lo primero que recuerdo es la situación caótica en la que me veo envuelto. En el edificio donde me encuentro (de varias plantas, puede que más de veinte) ha tenido lugar una explosión. Todos han comprendido que no será la única, y que la próxima (igual habría que hablar en plural: las próximas) es inminente. Así que la multitud corre despavorida, el pánico anida en el edificio. Me hallo intentando localizar a algunos familiares cuando reconozco al mismísimo presidente de Estados Unidos, junto a otras personalidades encorbatadas, entrando a un ascensor. Allá que acelero el paso para colarme dentro, poseído por la seguramente estúpida idea de que encontrarme junto a ellos aumenta de forma exponencial mis posibilidades de supervivencia.
De pronto, llega la esperada pero no por ello menos temida explosión. El epicentro es el ascensor en el que me encuentro y, antes de sentirme arder, despierto sin excesiva angustia. Con los ojos abiertos, en la oscuridad de la habitación, empiezo a recordar el sueño con una lucidez en nada embotada -más bien agudizada- por el despertar. Me pongo, por una vez, a repasar mi proceder (“en los sueños comienza la responsabilidad”, llegó a decir Yeats) y me siento un traidor por no haber seguido buscando a mi familia. Entrar al ascensor no cambió el desenlace, así que concluyo -y así lo anoto mentalmente para próximas ocasiones- que si uno está en peligro y tiene la posibilidad de elegir, uno debe siempre mantenerse al lado de los suyos, morir con los suyos.
Esto suena, ahora que lo pienso, a conclusión de persona habituada a vivir en zona bélica, y no en vano uno tenía muchos frentes abiertos por entonces, cuando soñó este sueño.

2014

11 de febrero de 2017

El albatros



EL ALBATROS

"Por divertirse, a veces, los marineros cogen
algún albatros, vastos pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
la nave que en amargos abismos se desliza.

Apenas los colocan en cubierta, esos reyes
del azul, desdichados y avergonzados, dejan
sus grandes alas blancas, desconsoladamente,
arrastrar como remos colgando del costado.

¡Aquel viajero alado qué torpe es y cobarde!
¡Él, tan bello hace poco, qué risible y qué feo!
¡Uno con una pipa le golpea en el pico,
cojo el otro, al tullido que antes volaba, imita!

Se parece el poeta al señor de las nubes
que ríe del arquero y habita en la tormenta;
exiliado en el suelo, en medio de abucheos,
caminar no le dejan sus alas de gigante."

Charles Baudelaire (1821-1867), Las flores del mal
Traducción de Luis Martínez de Merlo para Editorial Cátedra.

28 de enero de 2017

No decía palabras

Laura Stevens


"No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe."

Luis Cernuda

14 de enero de 2017

Titulachero



Titulachero me parece un neologismo muy aparente, montado de forma lícita con el mecano idiomático, y yo creo que lo voy a lanzar al mundo a ver si alguien lo adopta, se extiende por ríos de tinta, anida en las comisuras de tropecientas bocas y dentro de equis siglos me guardan un sitio, en un altar inmarcesible de la Historia de la Lengua, recordando mi nombre como el de aquel que usó por primera vez el exitoso vocablo sin el cual ya nadie concibe la vida ni un pasado en que no existiera, como no nos acabamos de imaginar a los romanos del siglo tercero viviendo sin tomates ni patatas.

Los neologismos tienen -el inconveniente ahí late- algo de desangelado espermatozoide proyectado a un óvulo acorazado e inexpugnable, y pocos consiguen fecundar y asomar la cabeza en el mundo de las palabras. Algunos, superada esta primera dificultad, también puede que acaben falleciendo, como los lingüistas recuerdan, en apenas unos años, porque ya nadie se avenga a usarlos.

Añadiremos, para aquilatar la seriedad de la propuesta, algunas sugerencias de uso. Referido a un periódico, 'titulachero' podría valer como sinónimo de sensacionalista. Así, un diario cuyos titulares solo parecen querer avivar el morbo se podría calificar de rotativo titulachero. Por otro lado, si alguien escribe o dice frases de apariencia impactante que no pasan el filtro de un mínimo cuestionamiento, frases que se desploman como los edificios demolidos apenas se oprime, con el dedo, el detonador del sentido crítico, podríamos decir que es un tipo titulachero. O si se trata de una persona con el vicio de opinar de las noticias tras leer únicamente el titular, sin molestarse por abrevar en el resto del artículo.

La analogía otorga a veces una autoridad aplastante: si de popular salió populachero, de titular -por qué no- titulachero. Matiz peyorativo, pues, en los casos citados. Pero admite también -obsérvese la flexibilidad del palabro- la connotación positiva. Un político que regala al periodista muchas frases destacables, podría ser apreciado por titulachero por parte del profesional de la información. Se dirían, entre ellos, los mandarines del gremio: “entrevista a X, no te arrepentirás. Además de buen conversador, es titulachero.”

Decidido queda. Como astrofísico del verbo -o astronauta del lenguaje-, lanzo hoy esta palabra al mundo como la NASA lanza sus sondas espaciales -pasaremos por alto las diferencias de presupuesto- desde la pista de despegue de esta página.
© 2016.