02 junio 2020

"Diario" (1983), de David Perlov



El Diario de David Perlov forma parte de ese iceberg de cine invisible -o minoritario, al menos- que subyace y a menudo tanto me interesa, y que en este caso ha emergido merced a una recomendación de Jonás Trueba y Andrés Trapiello. Siguen algunas anotaciones deslavazadas después de ver en los últimos días las seis partes de que se compone, de unos cincuenta y cinco minutos cada una, que suman un metraje de cinco horas y media.

Todo comienza cuando Perlov se compra una cámara de 16 mm y, algo cansado del cine convencional, decide filmar su cotidianidad. Perlov da clases en la universidad, vive en Tel-Aviv con su mujer (Mira) y sus dos hijas mellizas (Yael y Naomi). Nacido en Brasil, de joven vivió en París, lo cual nos habla de mestizaje y cosmopolitismo. Murió David Perlov en 2003. 




Comienza a producir entonces un cine calificado de experimental, amateur, se diría, en el que no escasean -más bien al principio- los titubeos en la cámara y una estética fotográfica de película casera. Conforme el diario avanza, se aprecia un pulso más firme, así como mayor interés y contenido en lo narrado, un caldo más enriquecido. Las dos partes finales me resultan las más estimulantes. En la última, Perlov regresa al São Paulo de su adolescencia y al Río de Janeiro natal. Si hasta entonces nos había ofrecido mucha vida cotidiana, reflexión y observación, ahora nos brinda una narración evocadora, plena de recuerdos, de reencuentros con personas que significaron algo en su vida en el pasado. El capital humano, sentimental y lírico de esta parte me parece superior a las demás.

La cronología del diario abarca de 1973 a 1983. Perlov ejerce de narrador, valiéndose de un tono sobrio, monocorde, sin apenas énfasis. Unas veces en inglés, otras en hebreo. Contrasta con esa sobriedad el carácter de sus hijas, muy vivaces, espontáneas, de una gran alegría y desparpajo. Me ha gustado mucho un momento de la segunda parte, en el que Yael cuenta cómo su novio la ha engañado con otra y no se ha atrevido a decirlo cara a cara, sino que lo ha hecho por carta.

En los distintos episodios tienen lugar algunos viajes (Brasil, París, Lisboa, Londres, Creta, Ámsterdam), un par de operaciones quirúrgicas tras un accidente, alguna contienda militar (la Guerra del Líbano de 1982) contra la que el cineasta se manifiesta y de la que, preguntado en plena calle, Perlov reconoce con franqueza que no sabe qué decir. Me recordó a cuando, en esta pandemia que aún no hemos superado, a la escritora Mariana Enríquez se le preguntaba por su opinión y sus reflexiones sobre lo que estaba pasando y ella se limitaba a reconocer su desconcierto, como cualquier otra persona común. También se da profusa cuenta de la vida observada en las calles, ya sea a pie o desde la ventanilla de algún coche.

"Estos diarios son mi cédula de identidad", escribió Perlov. Aunque de resultado dispar, sin duda ha merecido la pena conocerlos, y creo que en el futuro volveré a ellos.






11 mayo 2020

Películas a vuelapluma



El muelle de las brumas (1938), de Marcel Carné. Película francesa enclavada en el género del realismo poético, en el que he de incursionar más y al que también pertenece esa joya que es L'Atalante de Jean Vigo. En ésta encontramos a un desertor del ejército y una huérfana, ambos marcados por su pasado, un pasado que enturbia y encallece la mirada de él (Jean Gabin), pero que, siéndolo desgraciado, deja incólume la de ella (Michèle Morgan). Borrachos, mafiosetes... Los márgenes de la sociedad. A un asesino -curioso- le gusta la música sacra. Corre entre ellos un perrete conmoviendo, aunque no llegue a los extremos de Umberto D de Vittorio de Sica. "La niebla está aquí dentro", viene a decir, señalándose la sien, el protagonista. Muy buena. Mejor en versión original.




El bosque animado (1987), de José Luis Cuerda. Sólida película con guión del gran Rafael Azcona. De una excentricidad más contenida que Amanece, que no es poco, con más narratividad y mejor factura visual (Aguirresarobe firma la fotografía). Humor y drama de la pobreza en los pueblos de España, con personajes que, según avanza el metraje, acaban enterneciendo. Memorable Landa en el papel de Fendetestas, ese bandido bonachón y algo ridículo que se pirra por un poco de tabaco. Reparto con grandes nombres del cine español. Adaptación de una novela de Wenceslao Fernández Flórez. Ganó cinco goyas, incluido el de mejor película.




Una mujer bajo la influencia (1974), de John Cassavetes. Una de las películas más desconcertantes que he visto en años, no puedo decir que me haya gustado. Sale Peter Falk, el de Colombo, y sobre todo Gena Rowlands, pareja del director, con un papel más protagónico. Un matrimonio de clase trabajadora, con hijos y una mujer con problemas mentales, bastante desequilibrada. El padre, bruto y primitivo, tampoco es que esté muy fino. Hogar ¿desestructurado?, familia ¿disfuncional? Comienza desagradable, aunque a ratos a uno le despierta bastante compasión observar a esta mujer. Hiriente y dolorosa, me dejó algo destrozado. La fotografía, a ratos, parece la de un vídeo casero de hace décadas, un tanto desaliñada. En la onda, diría, de la literatura del realismo sucio.  

29 abril 2020

"Ventajas de viajar en tren", de Antonio Orejudo


Con motivo del estreno de la película, ya no tan reciente, he aprovechado para releer Ventajas de viajar en tren (Alfaguara, 2000), segunda novela de Antonio Orejudo. La imagen de portada que encabeza estas líneas corresponde a la primera edición (ahora toda la obra del autor está reunida en Tusquets), la misma que me prestaron y leí por primera vez allá por 2008 -año crítico- y que no hace mucho pude adquirir en una librería de segunda mano. Esta lectura supuso mi descubrimiento de Orejudo, cuya obra completa luego he ido leyendo, a excepción del último, Grandes éxitos (Tusquets, 2018), que aún tengo pendiente. Diría, si la obra de este autor no fuese desacralizadora y desmitificadora, que este libro que hoy nos ocupa constituye el segundo vértice de la Santísima Trinidad Orejudiana (ténganme un poco de paciencia), que se completa con Reconstrucción y Fabulosas narraciones por historias, de las que ya se habló aquí en otro momento.

Se compone esta novela, breve y absorbente, de un conglomerado de historias que demuestra una poderosa inventiva. Algunos adjetivos que me vienen a la cabeza para describirlas: sorprendente, delirante, divertido, imaginativo, bizarro. Alguno de esos relatos hablan del ciudadano de a pie que descubre las turbiedades del poder y es castigado sin clemencia antes de que pueda tirar del hilo, algo que dejaba intuir, por ejemplo, la película de Kubrick Eyes wide shut. Otro da cuenta de una paranoia distópica según la cual extraen un montón de datos de la gente a raíz del análisis de residuos, de la basura que tiramos. Paranoia que veinte años después, en este 2020 -año pandémico, crítico como el 2008-, resulta naíf porque el poder consigue esto y más sin necesidad de mancharse las manos con nuestras mierdas. En otro se habla de la supuesta secta de los anagramáticos, de la que grandes escritores han sido miembros y que se dedicaban a dejar mensajes subliminales esparcidos por sus magistrales obras. En otro se satiriza a los críticos literarios.

"Además, la verosimilitud me aburre. ¿Para qué tanto esfuerzo en parecer real si todo el mundo sabe que no es más que un libro?"

Estas palabras que pronuncia un personaje parecen toda una declaración de intenciones por parte del autor, condensan una poética. Se cuentan historias dentro de historias dentro de historias, en un recurso, el de las muñecas rusas, que se diría que también se extiende a las identidades de cierto personaje, como parece sugerir el cartel de la adaptación al celuloide, a cargo de Aritz Moreno, que data de 2019 y tengo ganas de ver. 


En otro momento parecen hablarnos de la importancia de las relaciones sociales y los contactos, en detrimento de las horas de esfuerzo literario, en lo que al éxito se refiere en el terreno éste de la escritura:

"Durante lustros, Ander Alkarria sería llamado de todos los lugares imaginables para hablar de su novela. Su fama empezó a decaer hasta ser completamente olvidado cuando, hastiado de comparecencias públicas, cócteles y universidades de verano, se dedicó en serio a escribir".

Los viajes en tren, la psiquiatría y el mundo editorial son algunos de los elementos más evidentes en un libro que puede espantar al lector mojigato desde su primera frase:

"Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda."

A veces, las relecturas pueden traer decepciones, derrumbamiento de mitos, grandes chascos. No ha sido el caso: doce años después, Ventajas de viajar en tren me sigue pareciendo un festín literario.


Otros libros de Antonio Orejudo comentados en el blog:
Un momento de descanso
Fabulosas narraciones por historias
Reconstrucción

18 abril 2020

"Antología del microrrelato español (1906-2011)"


Si el relato corto ya carece de la cantidad de lectores de la novela, y se trata de un género que algunos cuestionan, el microrrelato, más aún, es de plano fácilmente ninguneable. A uno le interesa como lector, y también como aficionado a juntar palabras. No obstante, aunque lo aprecio por las joyas que ha dado, también encuentro muchas de sus manifestaciones francamente prescindibles (si echamos un ojo a instagram, se diría que a cualquier frase que a uno se le ocurra se le puede llamar microcuento). Me apetecía, eso sí, acercarme a esta antología del microrrelato español (no incluye, de forma lógica, autores hispanoamericanos, con la excepción de Andrés Neuman, que tiene la doble nacionalidad) a cargo de Irene Andres-Suárez y publicada por Cátedra en 2012.

Precede a la selección de textos, como es habitual en Cátedra, una introducción teórica. La encargada de la edición, catedrática de Literatura, acota qué entendemos por microrrelato. Aquí Andres-Suárez habla del requisito de la narratividad, distanciando su concepción del género (como luego se ve reflejado en los textos que selecciona) de las estampas costumbristas, los aforismos, o los chistecillos de una frase, a rebufo del legendario "El dinosaurio" de Augusto Monterroso ("Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"), que cierta ministra de cultura española, en una anécdota que quizá esté de más recordar, declaró ante la pregunta del autor que lo estaba leyendo y que iba por la mitad. También habla de un doble origen del género: como aumento de la narratividad del poema en prosa, y como compresión del cuento breve. En lengua española tiene lugar su nacimiento en el seno del movimiento literario del Modernismo.

Recoge, si no he contado mal, un total de 215 textos. Los autores antologados son setenta y tres. Entre ellos, siete mujeres, cifra que hará poner el grito en el cielo a los defensores de la paridad (la selección, eso sí, corre a cargo de una fémina). Se ordenan por orden cronológico de publicación (que no de nacimiento de los autores) desde Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna o Pío Baroja hasta el presente, pasando por García Lorca, Ana María Matute, Max Aub, José Antonio Muñoz Rojas, José María Merino, Fernando Quiñones, Tomás Borrás, Ignacio Aldecoa, Hipólito G. Navarro, Millás...

Interesante compilación.

07 abril 2020

"El amor del revés", de Luisgé Martín



   La homosexualidad fue considerada por la OMS como enfermedad mental hasta 1990. Luisgé Martín nació en 1962 y narra en El amor del revés (Anagrama, 2016) la historia autobiográfica de su sexualidad; desde el descubrimiento, en una época oscura, hasta su boda en 2006. Desde su infancia en un colegio religioso, los intentos de "curarse" con terapias conductistas, con todo el sufrimiento que conlleva, hasta la aceptación de la homosexualidad y el relato de múltiples historias de amor y sordidez. Unas memorias que dan cuenta también de la evolución que ha sufrido nuestra sociedad en estas décadas, en las que la historia del autor acaba en la estabilidad, tiene un final feliz, pero donde otros muchos se quedaron en el camino (ya por el sida, ya por suicidios...).

   El autor es licenciado en Filología Hispánica y el texto abunda en referencias literarias (Dostoievski, Cortázar, Camus, La Rochefoucauld...). En un momento dado, cuando cita a Michel Leiris, trata un asunto que a uno se le antoja crucial si nos disponemos a escribir sobre nosotros mismos. Leiris concibe la literatura como tauromaquia. Para lograr la plenitud vital literaria, cuenta Martín al hablar de él, el escritor debe comportarse como el torero en la lidia: corriendo el riesgo de que el lector encuentre en él lo vergonzoso o lo infame. Lo verdaderamente humano. Ha de actuar como "el matador que aprovecha el peligro que corre para ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el momento en que está más amenazado".

   Un momento llamativo, como señala en su blog el escritor David Pérez Vega, es cuando se habla de la movida madrileña de los años ochenta y se cuenta que ni siquiera personajes como Pedro Almodóvar se atrevían a reconocer abiertamente y en público su homosexualidad, aduciendo que se trataba de una pose provocadora más que de una realidad. Eso da cuenta de dónde venimos, y aquilata el valor testimonial de este libro, El amor del revés.

   Luisgé Martín llega a concluir que la sexualidad "representa la piedra angular del edificio de la personalidad". Relata su historia y la cuenta bien, con corrección e inteligencia, con una prosa sencilla, quizá sin muchos recursos expresivos. Aunque con partes para mi gusto algo prescindibles (algunas cartas de amantes que conserva y transcribe, por ejemplo), se trata de un libro interesante que, por cierto, he comprado de segunda mano en la Librería La Subterránea de Madrid, que a través de su cuenta en Instagram hace envíos a toda España. 

28 marzo 2020

"La virgen de agosto", de Jonás Trueba



Qué buen cuerpo dejan las películas de Jonás Trueba. Esta, estrenada el pasado verano, a diferencia de las dos anteriores del director no pude verla en el cine. Como tampoco la tienen en ninguna plataforma online que uno conozca, me informé sobre el lanzamiento en Blu-ray o deuvedé, y vi que salía a la venta el 18 de febrero. La compré ese mismo día en Amazon, con cierto escepticismo pues a pesar de ostentar el distintivo de producto "prime", avisaban de que tardaría en recibirla entre uno y dos meses. Cuarenta días después, me cuentan que se cancela el pedido porque no disponen del producto, que solicité el mismo día de su lanzamiento (tal vez, pienso ahora, debería haber optado por la compra anticipada). Cuento esto porque parece que no es del todo sencillo seguir a Jonás Trueba, del que no suelo perderme una película desde su ópera prima, Todas las canciones hablan de mí (2010). Los ilusos (2013), que para mí es su obra más conseguida, ni siquiera se ha editado -que yo sepa- en deuvedé.

La protagonista de La virgen de agosto (2019) es una joven llamada Eva (nombre edénico) a punto de cumplir 33 años (edad bíblica, en consonancia con el título), que ha sido actriz y ahora atraviesa una etapa de transición -digamos-, que se queda en Madrid cuando todos se marchan, la primera quincena de agosto, con el fin de buscarse un poco a sí misma. En las dos horas de metraje se cruza con viejos amigos, conoce a gente nueva, acude a algún museo, frecuenta alguna verbena, se queda absorta pensando en las musarañas.

La película tiene aire de -buen- cine francés, y sus detractores la tachan -me parece-, con cierta inquina, de producto para pijos urbanitas (aunque a mí me gusta y vivo en un pueblo de menos de dos mil habitantes, no sé si debería sentirme culpable). Diría que La virgen de agosto ofrece de la vida una visión sublimada, despojada de elementos indeseables que la contaminan, y que esto la hace un poco menos verosímil. Lo cual no es óbice para su disfrute, en mi opinión. De hecho, me resulta llamativo que la Academia de Cine acostumbre a olvidarse de Jonás Trueba a la hora de las nominaciones a los Goya (encuentro inexplicable que salvo el primero, sus trabajos sean recurrentemente ignorados).

Itsaso Arana, a la que ya conocimos en La reconquista (2016), vuelve a ofrecer una interpretación convincente, natural y muy a flor de piel, en una película reposada, íntima y diría que vitalista, en la que está muy presente la ciudad de Madrid y la belleza y las ganas de vivir que acompañan a las noches de verano. Arana coescribe en esta ocasión el guión junto a su pareja Jonás Trueba. El director, decía un crítico cuyo nombre no recuerdo, relacionándolo con Godard, ha encontrado a su Anna Karina. La acompañan otros actores habituales en las películas del cineasta, como Vito Sanz, Isabelle Stoffel, Francesco Carril o Mikele Urroz.  

Un común denominador del cine de este autor es la música. Suelen tener sus películas como mínimo una actuación, como seña de identidad que comparte con la filmografía de Aki Kaurismäki. Aquí, Soleá Morente; en La reconquista, Rafael Berrio; en Los exiliados románticos, Tulsa; en Los ilusos, El hijo; en Todas las canciones hablan de mí ya no recuerdo, aunque como poco sonaba Franco Battiato.

Una película hermosa, en definitiva. Coincido con los que opinan que es la mejor de Trueba desde Los ilusos. Seguiré atento a sus próximos proyectos.


07 marzo 2020

"Y al tercer día", un poema de Miki Naranja



Y AL TERCER DÍA

"Asciende, 
cantando en línea recta,
la alondra hacia el cielo herido
de tarde.

Y asciende la alondra
y asciende el poeta
y cae la noche.

Y pienso

que únicamente la belleza
puede salvar a los hombres
de los hombres."

Miguel Ángel Herranz (a.k.a. Miki Naranja), Palabras de perdiz (Editorial Comba, 2018).