5 de julio de 2018

"Fuera de trama", de Gabriel Noguera


Fuera de trama (2015) es la primera novela publicada del malagueño Gabriel Noguera, que se define como un "autor secreto, tercermundista y sentimental". He de decir que he coincidido con Noguera en alguna ocasión -sin que apenas hayamos hablado- en eventos literarios malagueños, en el último de los cuales tuvo a bien regalarme un ejemplar de Fuera de trama, algo que le agradezco (y más aún después de leer el libro). Esta novela obtuvo el Premio Andalucía Joven de Narrativa (que, por cierto, poco después se dejó de convocar) y fue publicada por Berenice en 2015. Ha sido descatalogada este 2018: apenas tres años de vida para una novela solvente cuyo ostracismo exprés lamentamos.

Y es que la lectura de este libro le ha resultado a uno bastante gozosa. Se trata de una historia protagonizada por un típico detective privado que se ve involucrado en un enredo que tiene que ver con la literatura, pues recibe el delirante encargo, por parte de una atractiva escritora, de encontrar a una persona desaparecida, con la peculiaridad de que se trata de un personaje de ficción de la novela que estaba escribiendo. 

Esto le sirve al autor tanto para jugar de forma humorística con los clichés del género detectivesco -qué horror: he de huir de estas frases pomposas- como para la sátira y la parodia del mundillo literario, de la impostura, la vanidad y otras hierbas. Me he reído bastante con el libro, Noguera es capaz de encadenar momentos divertidos mezclando referencias culturales y populares (de la mitología griega a Miley Cyrus, de Blade Runner a Descartes). Además incluye entre la panoplia de personajes a un escritor ignorado, secreto como él, que quizá no por azar se apellida de forma muy parecida (Higuera vs. Noguera). La similitud huele a alter ego a través del cual el autor ironiza y se ríe un poco de sí mismo, tanto de su físico como de las ínfulas que pueden aquejarnos a casi todos los que tratamos -pese a todo- de escribir libros:

"-¡Escribo muy bien! Me lo decían mis profesores del instituto.
-De la institución mental, sería."

En el fragmento que copio a continuación intuimos un retrato de ese boom de nuevos poetas que triunfan en las redes y en las mesas de novedades de las librerías y cuya calidad literaria, por ser neutros, genera cierta polémica:

"...eran celebridades en el mundillo literario y aparecían con frecuencia en revistas de tendencias vendiendo ropa, colonias, teléfonos móviles y todo lo necesario para una buena modernidad. Eran, según él, los chicos populares del instituto estadounidense en el que se había convertido la literatura."

Poco más adelante, leemos, por boca de uno de ellos: "Hay más poesía en el Whatsapp que en los clásicos". 

Por los continuos momentos cómicos y las referencias culturales, mientras lo leía me han venido a la mente autores como Rafael Reig o Antonio Orejudo. Incluso Eduardo Mendoza. Por la temática, ha sido imposible no acordarse de otra novela reciente de la que ya hablé por aquíLos insignes, de David Pérez Vega. 

Ha sido un placer leer Fuera de trama. No digo más.

20 de junio de 2018

Microrreseñas



La ciudad (2002), de Karmelo C. Iribarren. Antología, editada por Renacimiento, que se ha ido ampliando en ediciones y años sucesivos. Me ha gustado volver a esa poesía descarnada y honda, callejera y trascendente, tan certera. Letras breves con tendencia a lo coloquial y la fuerza de un camión cisterna, obra de alguien que observa desde la perspectiva del desengaño, desde los márgenes. Se suele calificar su poesía de antirretórica pero a mí no me lo parece tanto (podríamos inventariar cierto despliegue de recursos). Antipomposa desde luego que sí. Grato reencuentro con los textos del poeta vasco, muy activo en las redes. Digamos, pues, de forma quevedesca, que poderoso Caballero (así se desencripta la C. de su primer apellido) es don Karmelo. Dejo enlace a una entrevista con el autor en un programa de RNE.


Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. Novela breve, no tan ligera como podría parecer, pero que sabe a poco. De un estilo acaso demasiado sencillo y con algunos excesos sentimentales. Tierna y delicada historia, que se lee sin mucho esfuerzo pero que no acaba de convencer. De la autora guardo mejor recuerdo de la obra que le valió el Pulitzer, Olive Kitteridge (hablé de ella aquí). Por mencionar algo positivo, me llama la atención este fragmento: "Me interesa cómo encontramos maneras de sentirnos superiores a otra persona, a otro grupo de personas. Pasa en todas partes, y todo el tiempo. Le pongamos el nombre que le pongamos, creo que es lo más rastrero que hay en nosotros, esa necesidad de encontrar a alguien a quien rebajar".


Andarás perdido por el mundo (2016), de Óscar Esquivias. Libro de catorce relatos que, acaso en relación con el título, que alude a una frase del Génesis, abarcan diferentes localizaciones: Italia, País Vasco, Senegal, Rusia, Inglaterra... y el barrio burgalés de Gamonal, que es una presencia recurrente. El primer relato, "Todo un mundo lejano", me ha parecido buenísimo. Así como "El chino de Cuatroca", protagonizado por un ecuatoriano de dieciséis años que vive en Madrid, en Cuatrocaminos. Mi interés, a pesar de todo, ha ido decayendo un poco conforme pasaba páginas. Los cuentos breves, de una página o así, me han parecido en general más flojos. En todos se percibe la amplia cultura del autor, su sensibilidad y su inteligencia. La música clásica, ya desde la portada, está muy presente. En algún texto uno cree percibir, en el estilo, que Esquivias ha escrito literatura para jóvenes (y esto no siempre es negativo). Como conjunto, creo que guardo mejor recuerdo de La marca de Creta, el otro libro del autor que he leído. No obstante, Andarás perdido por el mundo tiene varios cuentos sencillamente sobresalientes, en mi opinión. Destacable la cuidada edición de la gallega Ediciones del Viento.

16 de junio de 2018

Las moscas

Alesia Lund

Un zumbido familiar en primavera lo atestigua: a las casas han llegado las moscas. Pululan por salones y cocinas, danzan dibujando agudas aristas en el aire. Tienen, ya sabemos, una acusada predilección por el feísmo: sobre un zurullo aún caliente se agolpan por docenas, pero si se trata de la bella clavícula de una dama, o de un escotado canalillo -en mitad de una noche de verano-, allí se posa una si acaso. Digamos que su objeto de atención es transversal, pero se cuentan con los dedos las estetas. En abril podemos mirarlas sin fastidio, pero a final de temporada nos tienen saturados: hasta tal punto molestan que a algunas podrían enjuiciarlas por acoso. Tan leves y gravosas, en las frases de Azorín se las oxea. Negras y zumbonas, su vuelo a nadie inspira, y emiten un sonido insidiosísimo. Orquestan horripilantes sinfonías, y aunque sus patas nos cosquilleen la epidermis en silencio, las observamos no sin cierto asco. Tan pronto se obcecan con nosotros como dedican ratos largos a un pertinaz revoloteo rectilíneo, como si doblaran esquinas invisibles en el ficticio callejero del aire. Son de ideas fijas, y si les da por una habitación -esa es otra- pueden completar cien mil vueltas sin descanso. Inofensivas pero puñeteras, no incordian más porque no pueden. Si lo ven a uno con ganas de echar una cabezadita por la siesta, allí que acuden, dispuestas a impedirlo a toda costa. Cuando perdemos la paciencia y nos proponemos su exterminio, podemos ver cómo a veces se retuercen malheridas tras un zurriagazo a mano llena, pero poco después van y reviven como vulgares aves fénix de extrarradio, pues se aferran a la vida con una terquedad sobresaliente.

19 de mayo de 2018

Recordando a Vivian Maier

Vivian Maier


RECORDANDO A VIVIAN MAIER

De profesión niñera, fotógrafa secreta,
dedicaba los ratos libres
de su vida algo gris, en blanco y negro,
a un anónimo y fértil callejeo.
Tenaz registradora del instante,
pasó sus días muy cerca y muy lejos
de los flashes. El ejercicio artístico,
parecía decirnos,
no precisa validación externa
ni espectadores casi.
Fin en sí mismo,
puede colmar la vida de gozo y de sentido.
Acumuló por miles negativos
que en cajas transportaba en las mudanzas
a modo de crucial
pero poco machadiano equipaje.
A poco que nos causen simpatía
los raros y magníficos outsiders,
al contemplar sus fotos la evocamos
-qué menos-
con un extraño espíritu fraterno.

                                                         © 2018.

5 de mayo de 2018

"Propósito de enmienda", un poema de Raquel Lanseros

Wilhelm Friedstumm, Mapa de un lugar desconocido, al fondo del mar


PROPÓSITO DE ENMIENDA

"A veces me visita —ciego ahínco—
el monstruo de los celos, la pereza,
la gula o el azote de la culpa.

De toda humana falta, yo me acuso.

Si alguna vez te hiere por ejemplo
mi torpeza, mi miedo o mi desidia,
perdóname amor mío.

Que más preciada empresa no concibo
que deshojar mi vida mereciéndote."


Raquel Lanseros.

24 de abril de 2018

El yogur, ese supervillano


   
   En el autobús urbano, dos hombres de unos sesenta años comentando las noticias. “Un padre ha matado a su hijo con parálisis cerebral y luego se ha suicidado”, leía uno. “Pues el otro día”, comentaba el segundo, “en un semáforo un peatón le endosó un navajazo a otro, sin venir a cuento”. “Cuánta violencia”, se lamentaba el primero, “yo creo que eso es por los yogures”. “¿Los yogures?”, se pasmaba el compañero. “Claro”, decía el primero, algo molesto por tener que glosar una obviedad. “¿Tú sabes la cantidad de yogures que se comen hoy en día? Vete tú a saber lo que llevarán”, comentaba indignado. “Pues qué van a llevar, lo que dicen los ingredientes, ¿no?”, decía el otro. “Sí, hombre, eso no se lo cree ni Dios. En los ingredientes no ponen ni la décima parte. Yo leí el otro día que comerse un yogur diario es una de las principales causas de muerte súbita en el primer mundo”.
   Ante tan recio argumentario, el amigo escéptico de la teoría yogurtera terminó por guardar silencio, abismando la mirada, sin mostrar mucha conformidad, más allá de la ventanilla. El primero dobló en un tris el periódico, con mucho garbo. Recordé que en tierras helvéticas afloró no hace mucho un partido político un tanto insólito, cuyo ideario se centraba en la firme oposición a los power point, que según ellos ocasionaban en nuestras sociedades unas pérdidas millonarias. A este señor del bus se le veía cierto carisma, y no se atrevería uno a aventurar que no llegue algún día a convertir en tendencia política ese credo delirante que convierte un derivado lácteo tan cotidiano, benemérito para la flora intestinal o como poco inofensivo, en un supervillano. Mientras divagaba de esta forma atisbé por el rabillo del ojo que abandonaban su asiento los pasajeros parlantes. Se apearon en la siguiente parada.

2018



15 de abril de 2018

"Examen de ingenios", de José Manuel Caballero Bonald



José Manuel Caballero Bonald publicó este Examen de ingenios en 2017 (Seix Barral). Nació en 1926. Eso quiere decir que el libro ha visto la luz a sus noventa y un años. Bendita longevidad lúcida. En una de las anécdotas que jalonan este libro, Francisco Ayala, que murió a los 103, le confiesa al autor en un viaje en tren, al parecer, el secreto: cenas frugales consistentes en una manzana y dos whiskies. "Lo de la manzana no lo cuentes", dice que le dijo Ayala, con posible coquetería masculina.

Examen de ingenios se compone de un centenar de semblanzas, retratos de personajes célebres del mundo de la cultura con los que Caballero Bonald ha tenido ocasión de coincidir, en mayor o menor medida, a lo largo de su dilatada vida. Además de recoger anécdotas, opina y valora de forma ponderada la obra o la personalidad de los implicados. El título del libro tiene ecos auriseculares. Pretende esto decir que, como sabe el lector informado, existe otro de Juan Huarte de San Juan (1529-1588) de título casi homónimo: Examen de ingenios para las ciencias.

No hace mucho leí Somos el tiempo que nos queda, la obra poética completa de Caballero Bonald hasta 2004 (desde entonces, el jerezano ha publicado otros cuatro poemarios). Sus poemas unas veces me deslumbran y otras me dejan frío, pero siempre me llama la atención su rigor y riqueza lingüísticos, su manejo del idioma, que también es palmario en estas prosas. No se descubre nada hablando bien de un autor con tan reconocida obra (Premio Cervantes) a las espaldas, pero no por ello vamos a dejar de celebrar su fecundidad, sus aciertos. Como única pega, mencionaremos que a veces la sonoridad de su fraseo, tan conseguida, puede resultar un tanto campanuda, algo pomposa (pero supongo que son figuraciones mías), y nos puede alejar del goce estético. En cuanto a la nómina de personajes, sería prolijo mencionar sólo a los principales, de uno y otro lado del charco: García Márquez, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Muñoz Rojas, Gil de Biedma, Ángel González, Azorín, Baroja, Carmen Martín Gaite, Pepa Flores, Miguel Delibes... 

Dejo otra anécdota, para concluir: "...salió a relucir una divertida historia relativa al topónimo original de Soto del Real, que era Chozas de la Sierra. Parece ser que a un natural del pueblo lo hicieron obispo y la corporación municipal, reunida en sesión monotemática, quiso mostrar su contento cambiando el topónimo de Chozas de la Sierra, que consideraban poco digno para cuna de un prelado, por el más vistoso de Soto del Real. Comentaban por ahí que lo que tenían que haber cambiado, en vez del acreditado topónimo del pueblo, era el defectuoso del obispo, que se llamaba -por chocante que parezca- Casimiro Morcillo." 

De lo mejor que he leído en lo que va de año, junto al primer volumen del Cuarteto de Alejandría.