28 de mayo de 2017

Manual para mujeres de la limpieza





Ya se sabe que un sector de la población, que no sé si coincide con ese que lee poco, acostumbra a juzgar los libros por su título. 
-¿Qué lees? 
-Las flores del mal. 
-¿Y por qué no las del bien
Y así. 
El título de este libro, que a algunos parece sexista, es el de uno de los relatos que contiene este volumen de Lucia Berlin. Los editores lo eligieron para coronar la antología. Que entre los relatos que la componen se encuentren títulos más evocadores, menos disuasorios, que también podrían haber valido como título general, ya es otra historia.

Lucia Berlin nació en 1936 y murió en 2004. De nacionalidad estadounidense, tuvo cuatro hijos, fue alcohólica y se rehabilitó, desempeñó diversos oficios, entre ellos el de profesora, el de enfermera y el de limpiadora. En vida publicó 76 relatos. La mayoría quedaron recogidos en tres libros, pero ninguno de ellos gozó del alcance que ha tenido esta recopilación póstuma, que ha multiplicado el número de lectores de sus historias. No fue tan desconocida en vida como otros casos más flagrantes (véase Fernando Pessoa), pues tuvo premios, reconocimientos, publicó, pero sí ha copado tras ver la luz este libro un lugar muchísimo más visible, hasta el punto de que algunos han llegado a hablar del "fenómeno" del descubrimiento de Lucia Berlin. Y aquí uno que se alegra, pues la de Berlin se antoja buena literatura, casi indispensable para quienes aprecien el género del relato corto. 

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) contiene 43 textos de corte realista. Por ellos pululan alcohólicos con el mono, madres luchadoras que pasan horas muertas en las lavanderías, jóvenes que envían a su novia embarazada a pillar algo de droga al otro lado de la frontera mexicana, personas que se conocen por casualidad y entablan una entrañable amistad. Berlin usa, cómo no, elementos biográficos para confeccionar sus historias, aunque ya avisa Lydia Davis, que prologa el volumen, que sus narraciones no sirven para conocer realmente a la autora. No obstante, los nombres de personajes que se repiten, las protagonistas llamadas Lucía..., contribuyen a que veamos la producción cuentística de Berlin, por momentos, casi como una autobiografía ficcionada. A propósito, Davis menciona el concepto de autoficción, que se ha puesto tan en boga posteriormente.

De sus historias destacaría la intensidad que desprenden. Tienen nervio, son hondas, sencillas, auténticas. Narran epifanías, anécdotas determinantes, bien seleccionadas. Etapas o acontecimientos cruciales en la vida de las personas. Berlin puede contar cosas terribles sin énfasis, sin dramatismos, sin florituras. Se revela una buena observadora, atenta a los detalles significativos que a la mayoría pasan inadvertidos. En sus textos hay conflicto, hay complejidad. 

Desde las primeras páginas comprendemos que habremos de aceptar, pues, entre nuestros cuentistas estadounidenses predilectos, junto a Carver, Shepard, Bausch, Cheever, etcétera, a Lucia Berlin.

Algunos fragmentos:

"Si algo he aprendido es que cuanto más enfermo está un paciente, menos ruido hace".

"Odio esa idea... Estar orgulloso de los hijos, ponerse medallas por lo que ellos han logrado. A mí me caen bien mis hijos. Son cariñosos, son personas íntegras".

"Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza."

"Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento".

7 de mayo de 2017

Un sol ¿de justicia?



Hablamos de un sol de justicia para referirnos a un sol inmisericorde, inhumano, heridor, casi vengativo, de modo que a veces uno se pregunta qué imagen de la justicia teníamos cuando se acuñó tal expresión y cuál proyectamos al utilizarla, y si verán todo esto con buenos ojos, o bien con clamorosa indiferencia, los miembros de la judicatura, a los que no imagina uno artífices de esa asociación de palabras.

Por otro lado, aun en el supuesto de que les desagradase, como cada día les van quedando menos atribuciones, de las que de forma invasiva se apropia el poder político, tampoco creo que ostenten prerrogativas suficientes para suprimir la locución, tan arraigada en el repertorio de lugares comunes del lenguaje. No obstante, si aun así tuviesen jurisdicción en estos ámbitos, me tomo la libertad de proponer, ya que estamos, alguna alternativa que considero que podría conseguir buena aceptación entre la gente.

En lugar de un sol de justicia, se me ocurre que podríamos hablar de un sol de banquero, cuando queramos señalar que no perdona. El gremio financiero anda, me parece, más desprestigiado aún que el jurídico (iba añadir “y que el político”, pero no quisiera pecar de imprudente). “Los banqueros son esos seres que os dejan el paraguas cuando hace sol. Cuando llueve, es un poco más difícil...”, se leía ya en El cuaderno gris.

El ámbito Hacienda también genera amplios sentimientos de oposición, contribuyendo al hermanamiento ciudadano en cualquier conversación que se precie, de modo que al urente sol estival podríamos denominarlo, por qué no, un sol del fisco.

Parecen expresiones estúpidas, pero cosas más imbéciles se han asentado en nuestro repertorio lingüístico sin que nos diéramos cuenta, impregnadas de validez por el único -pero persistente- efecto de la repetición. De modo que aunque ahora se ría el lector (y hasta yo mismo) con estas locuciones, una vez incorporadas al acervo lingüístico, en cosa de meses acabarían pareciendo perfectas, casi tanto como esas piedrecitas que va puliendo el oleaje, hasta convertir sus aristas en suavísimos contornos como de ensalivado caramelo.

Un sol terminal podría ser otra opción, mucho menos atractiva pero que a fin de evitar el masticadísimo sol letal podríamos dejar a mano, por si acaso, en el segundo cajón.

También, se me ocurre, podría probarse fortuna con un sol fundamentalista, pues en verano, en nuestras coordenadas geográficas, no conoce otra que la obstinación y repele cualquier tipo de duda o autocuestionamiento, mostrándose a todas horas implacable, horneando a piñón fijo.

Vale. Dejo ya de quemar al lector.