21 de diciembre de 2016

A mi pesar

Melancolía, de Edvard Munch


A MI PESAR

No siempre armarme puedo de paciencia:
hoy no atisbo sino bregas estériles
que poco bueno dicen de la gente.
Los que pisan se elevan victoriosos,
el que ignora se monta en el orgullo,
los niños vapulean al distinto.
Volviendo del trabajo en automóvil
me resarce un momento en el paisaje
un óleo gratuito:
neones de un fugaz concesionario
temblando en el crepúsculo.
Se intuyen sensaciones inasibles
en la paz vespertina del trayecto:
invalida la noche a quienes fuimos
y tornamos a ser algo distintos.
La soledad nocturna que me aguarda
promete algo de vuelo,
sin derogar la esencia de este día
fatigoso, heridor, sanguinolento.
Lamento que a menudo en este circo
-la farsa tan humana de la vida-
una misantropía selectiva
se apoltrone obstinada en mis instintos.

© 2016

18 de diciembre de 2016

Mi manera de perder

Desierto interior, de Álvaro Sánchez-Montañés


MI MANERA DE PERDER

Como los futboleros militantes no ignoran,
existen muy distintas maneras de derrota.
Si a su estilo consigue morir uno,
si batalla hasta el último segundo,
un ápice amortigua la hecatombe.

Literatura -pienso-: tal vez seas
perpetua compañera de naufragio,
mi modo de perder en este mundo.
Porosa fortaleza en la que acampo
ante el avance terco de la ruina.

© 2016

17 de diciembre de 2016

Películas vistas en 2016

Andreas Lie


-Amy (2015), de Asif Kapadia (2015) 
-El gran silencio (2005), de Philip Groning
-El ángel exterminador (1962), de Luis Buñuel
-Truman (2015), de Cesc Gay
-Mientras seamos jóvenes (2014), de Noah Baumbach
-Los puentes de Madison (1995), de Clint Eastwood
-Zatoichi (2003), de Takeshi Kitano
-La academia de las musas (2015), de José Luis Guerín
-El último tango en París (1972), de Bernardo Bertolucci
-El fuego fatuo (1963) V.O.S.E., de Louis Malle
-Anomalisa (2015) V.O.S.E., de Charlie Kaufman y Duke Johnson
-La sal de la tierra (2014), de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado
-Ida (2013), de Pawel Pawlikowski
-Carol (2015), de Todd Haynes
-Volver a empezar (1982), de José Luis Garci
-Todos queremos lo mejor para ella (2013), de Mar Coll
-Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch
-Umberto D. (1952), de Vittorio De Sica
-Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo
-El desprecio (1963) V.O.S.E., de Jean-Luc Godard 
-Carmina y amén (2014), de Paco León
-Mi querida España (2015), de Mercedes Moncada Rodríguez
-El club (2015), de Pablo Larraín
-Langosta (2015), de Yorgos Lanthimos
-En construcción (2001), de José Luis Guerín
-La delicadeza (2011), de David y Stéphane Foenkinos
-Taxi Teherán (2015), de Jafar Panahi
-Calle mayor (1956), de Juan Antonio Bardem
-Mustang (2015), de Deniz Gamze Ergüven
-El sabor de las cerezas (1997), de Abbas Kiarostami
-La ley del mercado (2015), de Stéphane Brizé
-Delitos y faltas (1989), de Woody Allen
-Berberian Sound Studio (2012) V.O.S.E., de Peter Strickland
-La caza (2012), de Thomas Vinterberg
-Nuestra hermana pequeña (2015), de Hirokazu Kore-eda
-Kiki, el amor se hace (2016), de Paco León
-Pierrot el loco (1965) V.O.S.E., de Jean-Luc Godard
-La reconquista (2016), de Jonás Trueba
-Spotlight (2015), de Thomas McCarthy
-Fanny & Alexander (1982) V.O.S.E., de Ingmar Bergman
-Clerks (1994), de Kevin Smith
-Corazón gigante (2015), de Dagur Kári
-Rams (2015), de Grímur Hákonarson
-Barrio (1998), de Fernando León de Aranoa
-Ópera prima (1980), de Fernando Trueba
-La buena vida (1996), de David Trueba
-Julieta (2016), de Pedro Almodóvar
-Después de tantos años (1994), de Ricardo Franco
-Grizzly man (2005) V.O.S.E., de Werner Herzog

5 de diciembre de 2016

Longino: "De lo sublime"



"¿No merece la pena preguntarse en general qué es preferible -en poesía como en prosa- si la grandeza con errores, o la mediocridad en la ejecución, pero pulcra en su conjunto y sin fallos? Y si, Zeus me ayude, hay que dar la palma en literatura a la cantidad o a la grandeza en las excelencias.

Confieso, por mi parte, que los genios inmensamente grandes están lejos de ser puros. La exactitud en todo corre el riesgo de ser poquedad, y en los sublime, como en las riquezas, siempre hay algo que debe ser pasado por alto. Quizá sea natural que las naturalezas bajas y mediocres estén normalmente libres de fallos y caídas, porque nunca corren riesgos ni aspiran a lo más excelso, mientras que las grandes dotes tropiezan a causa de su propia grandeza."

Longino, De lo sublime.

20 de noviembre de 2016

Otoño en la chopera



   Me apeteció calibrar los méritos que la estación iba efectuando sobre la chopera, de modo que hacia allí me encaminé. Desde cierta distancia, las copas aún frondosas se mostraban verdinas más bien, aunque con ramalazos dorados, como los plátanos cortados que empiezan a madurar. La samoyedo Estrella, como casi siempre, me precedía. En esto muestra dotes de lazarillo, no olvidada aún, en algún reducto de su genoma -o cediendo al instinto-, de su naturaleza lapona de arrastratrineos. Ya más cerca, se atisbaba un inopinado manto de hojas secas alfombrando el suelo. De la ribera del río llegaban algunos trinos y gorjeos. Ningún otro matiz a ese santuario de silencio: no sonaban, a esa hora, disparos de cazador en el soto.

   Caían ingrávidas las hojas. A cada segundo varias se precipitaban, con la mansedumbre de los copos de nieve, ejecutando tirabuzones hasta que se posaban sobre el lecho que habían construido sus predecesoras. Un rato aquí podrían recetarlo en las consultas, pensé, como sucedáneo del Trankimazin. La industria del cine yanqui, por otra parte, ha sabido explotar en las comedias románticas este marco, el potencial meloso de todo ello. Cuánta literatura, cuánta red fluvial de tinta impresa ha surtido, a lo largo de los siglos, este espectáculo natural tan modesto.

   Al bajar un momento la vista, observé que Estrella había descendido su cola, que ancha y peluda cubría ahora, arqueada, la totalidad de sus partes íntimas, como si en aquel clima algo almibarado le hubiera sobrevenido un ataque de pudor. Nos apartamos un poco de esa lluvia foliácea, lánguida y constante, como activada por un mecanismo perezoso, pero perpetuo. 

   Salimos. Aunque solo fuera por solidaridad con la incipiente diabetes del lector de estas páginas. En lontananza se divisaban cerros sembrados de olivos. Las copas, empequeñecidas por la distancia, semejaban aquellas bolitas de papel pinocho que pegábamos sobre chapó en las manualidades de párvulos. Una bandada de gorriones, a nuestro paso, despegó súbitamente de entre unas hierbas y se esparció en el aire como una bomba de racimo. Caía la tarde.

4 de noviembre de 2016

Koundara



Koundara (Baile del Sol, 2016) es el primer libro de relatos que publica David Pérez Vega, de quien el pasado año comentábamos aquí mismo la novela Los insignes (Sloper, 2015). El autor del blog Desde la ciudad sin cines sale, desde 2013, a libro por año. Esto puede llevar a pensar en alguien muy prolífico, pero también conviene tener en cuenta que los relatos de Koundara, por ejemplo, llevaban varios años escritos, esperando a ver la luz en una conocida editorial española especializada en cuento que finalmente no se decidió a apostar por ellos. Pérez Vega tuvo el detalle de enviarme algunos de estos textos hace unos años ya, en el transcurso de algunas conversaciones cibernéticas propias de letraheridos. Nos hemos visto un par de veces y me ha resultado una persona muy respetuosa, amable y cercana (aviso de todo esto pero confío en que no interfiera apenas, al alza o a la baja, en las ponderaciones que vaya a realizar a continuación).

Koundara se compone de siete relatos de corte realista ambientados en la época contemporánea. Abre el libro el que le da título, que lo toma de una zona de Guinea Conakry. Se trata de un texto sobre un trío de madrileños que viajan allí. Un relato muy logrado en varios aspectos, con personajes complejos, con contradicciones y matices. Asoma la visión crítica de la presencia del primer mundo en África, y el autor muestra dotes de observador y buen razonador, además de gran atención al detalle. El estilo del relato, dentro de la sencillez que caracteriza a todo el volumen, tal vez sea el más trabajado del libro. La persistencia de la frase corta me recuerda a aquella sentencia de Raymond Carver sobre la efectividad de un punto y seguido bien puesto. En una reseña del libro aparecida en El Cultural, observo que se habla de Koundara (Guinea) como de una zona al pie del Kilimanjaro (Tanzania). Tras el inevitable levantamiento de cejas, un repaso al mapa corrobora que entre ambos países distan unos ocho mil kilómetros. Qué cosas.

En "Acrópolis" nos ubicamos en Madrid y la vida laboral y personal -más o menos inestable- de un par de parejas que fueron a la universidad. Conocemos la situación de vulnerabilidad de un tipo que, tras varios incidentes, teme un asalto al local del polígono industrial donde trabaja. En este texto encuentro, por momentos, un exceso de pormenores laborales (necesario, seguramente, por otra parte). El autor conoce al dedillo de lo que habla, pero abundar en ello puede llegar, pienso, a lastrar el cuento (quizá debido a que lo abría una cita de un famoso relato de Hemingway, me acuerdo a este respecto de su teoría del iceberg). El pequeño clímax que se crea corre el peligro, para mi gusto, de resultar algo tópico. Por otra parte, el cierre de la historia destaca por afortunado. El autor, por comentar un pequeño detalle, tiene la osadía o la personalidad de escribir "grupo jevi". Así lo recomienda, por otra parte, la RAE. Para algunos esto sonará a casticismo rancio y aberrante, aunque particularmente, reconozco que me suelen divertir, hasta cierto punto, este tipo de adaptaciones, que llegan a resultar una provocación lingüística en algunas mentes esnob. A veces hay que recordar que a nadie le llama ya la atención que se escriba "fútbol" y no "football", pero dejemos esto porque el debate puede alargarse hasta la náusea.

El libro se divide en dos secciones: "Los viajes" y "Bajo determinadas circunstancias", introducida esta última por una certera cita de Kafka referente a la fragilidad del piso sobre el que se asientan nuestras vidas. "La balada de Upton Park", tercer relato del volumen, cierra esta, por decirlo así, cara A de la obra. El relato, muy entretenido de leer, se desarrolla en Londres, donde Sebas, joven y emigrante manchego, trata de abrirse camino. Inevitable acordarse de la primera novela de Pérez Vega, Acantilados de Howth (2010). Con sus virtudes y limitaciones, sus peculiaridades y friquismos, el protagonista, que tira a entrañable, padece en la trama una situación de indefensión bastante acusada. Son palpables, pese a todo, los toques de humor. Lo he disfrutado bastante.

"Maestro" aborda el mundo de la docencia, que como profesor el autor bien conoce. Se trata de otro texto muy solvente en el que se nos informa de la situación en un colegio donde el personal se halla dividido en dos bandos en una situación no equitativa. Esto sirve, se diría, para explorar el grado de sensibilización y posicionamiento, más o menos egoísta, más o menos comprometido, ante situaciones injustas. 

"Quitasol", uno de los mejores del libro, parece el de estirpe más poderosamente carveriana. Aquí los extranjeros son los otros, los que vienen, y Pérez Vega vuelve a la geografía madrileña (Móstoles, referencia recurrente en varios de los relatos) y al mundo de los compañeros de piso y, en este caso, las mudanzas. Un relato sensacional, que destaca sin duda con mucha fuerza. En "Cazadores", que explora el recurso de las muñecas rusas (las historias dentro de historias dentro de historias), encontramos a unos treintañeros divorciados que buscan, según la frase hecha, rehacer sus vidas, al tiempo que indagan en el pasado el momento exacto en que su matrimonio se fue al traste, uno de esos momentos que tal vez pasan desapercibidos si no nos detenemos a pensar pero que redirigen nuestras vidas pese a que se presenten sin una especial trascendencia. De nuevo una historia bien trabajada, de estilo contenido y minucioso, en torno a personajes de a pie, gente "de la calle". Cierra el libro "Tetras de ojos rojos", donde encontramos a una madre que parece pasarse de frenada en su ímpetu por ordenar y encauzar la vida de sus hijos. Un texto llevado con oficio, como todos los de este libro, pero sin la chispa de otros, aunque la escena del desenlace me pareció muy buena.

En general, Koundara me parece un muy buen libro de relatos. En los que más talento se aprecia, para mi gusto y por orden de aparición: "Koundara", "La balada de Upton Park" y "Quitasol". Y el nivel medio es muy bueno. Espero que David Pérez Vega siga incursionando en este género. Algunos lo agradeceremos.
  

3 de noviembre de 2016

Aproximación a la herida


La editorial Baile del Sol acaba de publicar -y uno lo agradece- mi librito de poemas Aproximación a la herida. El volumen consta de cuarenta y cuatro poemas tirando a libres (salvo algún que otro haiku) que se extienden, precedidos por una frase de Henri Michaux, por un total de 74 páginas. Una parte de ellos fue presentada y premiada en el Málaga Crea 2014, algo que ya comentéComo hiciera con El rayo que nos parta, el libro de relatos que autopubliqué en 2013, en la barra lateral de este blog podrá verse alguna información sobre el libro, mayormente comentarios o reseñas, si se diera el caso de que alguien habla de él. 

La portada, en la línea minimalista y colorida de la editorial, me satisface. En ella aparece un espadachín minúsculo pero tal vez valiente, como prueba que plante batalla a algo superior a él y que podría ser la luna, las sombras, los fantasmas que lo acompañan en la vida o cualquier otra sugerencia, más o menos caprichosa, que se presente a la mente de quien se asome a ella. Como decía la canción de Pereza, "esto es solo una aproximación, solo una aproximación, solo una aproximación".

23 de octubre de 2016

Amistades

   


   Amistades que se caen como las Torres Gemelas. Sin necesidad siquiera de dardos ponzoñosos en forma de aviones de pasajeros que se incrustan en la zona intercostal, donde más duele. Se desploman por ambas partes (derrumbamiento en paralelo).
   Amistades que de forma milagrosa, como la torre de Pisa, se sostienen desafiando gravedades. Aun con base defectuosa, siempre que los implicados se reencuentran -qué curioso-, coinciden en engañarse y actúan como si la estructura de su vínculo luciese en perfectas condiciones, empeñados ambos en seguir viéndola derecha y deslumbrante, tanto -quizá- como el traje nuevo del cuento del emperador. Ese ángulo inclinado, principio de hecatombe, evidencia como es lógico una raíz podrida. 
   Amistades de la solidez de la torre Eiffel. Parecen pobres, austeras, todo espinas, como un pescado roído -la esquena de una dorada-, pero se hallan bien cimentadas, inmunes a huracanados vaivenes. Irrefutables como un axioma, parecen destinadas a perdurar.

2016.

4 de octubre de 2016

Leer



"Las obras de los grandes poetas no han sido leídas por la humanidad, pues sólo los grandes poetas pueden leerlas. Han sido leídas como la multitud lee las estrellas, a los sumo astrológica, no astronómicamente. La mayoría de los hombres ha aprendido a leer para servir a una ínfima conveniencia, así como ha aprendido a calcular para llevar las cuentas y que no la engañen en el negocio; pero poco o nada sabe de la lectura como un noble ejercicio intelectual; sin embargo, leer, en un sentido superior, no es lo que nos arrulla como un lujo y deja que se duerman entretanto las facultades más nobles, sino sólo lo que nos mantiene en vilo para leer, con devoción, en las horas más alertas y despejadas."


Henry David Thoreau, Walden (1854), traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, Editorial Cátedra.

23 de septiembre de 2016

Correos y Biodramina (crónicas de la patria chica)



Aquí en el pueblo los carteros novatos casi echan en falta, al llegar, una dosis de Biodramina. A menudo, si bien de forma comprensible, se marean. Hablo en plural porque, desde la jubilación del anterior, que durante bastantes años pateó estas calles, hay cambio de persona según entra el mes. La numeración de las viviendas obedece, en algunos casos, a una extraña aritmética. Pasas por una calle ante el número veintiuno, y ves que le sigue el trece, luego viene el diecisiete, luego el once, a continuación otra vez un trece… Y así. Sucesivos alcaldes, de uno y otro partido, han debido de considerar innecesario intervenir en el asunto, que dejado en manos de la providencia va cobrando tintes casi kafkianos (en una fachada, no muy lejos de donde vivo, puede verse un cuarenta y siete y, justo por encima, un treintaitrés -dos dígitos que no destacan precisamente por su contigüidad-).
Ante las dudas, el cartero suele preguntar a algún lugareño con quien se cruza dónde debe entregar la carta destinada a X. A menudo el asunto se zanja en un momento, pero también puede darse algún caso desesperante. Entra en juego, en esta ocasión, el tema de los apodos. Le pregunta a un peatón por X. El hombre escucha el nombre y los dos apellidos y sigue in albis. Pasa por allí otro paisano. El repartidor aprovecha para sondearlo. Este segundo viandante sí sabe de quién se trata. Entonces, al primero, que sólo conocía a X por el mote, se le ilumina de pronto la cara: “¡anda, pues sí que lo conozco, si vive en frente de mi casa!”
L. S., el novelista, en alguna ocasión ha declarado que le hubiera gustado ser uno de esos carteros que llevan años trabajando en el mismo pueblo, de dos mil habitantes, y conoce de qué pie cojea cada hijo de vecino. Para eso, claro, se necesita un doctorado en lince.
Qué fácil, por cierto, insultar al personal de Correos sin levantar sospechas. Entra uno en la oficina sobre en mano, da para despistar los buenos días y, al punto, cuando el cartero le pregunta a uno eso de: ¿certificado, urgente u ordinario?, no tiene más que responder: ordinario. El tono, a la hora de proferir la palabra, puede escogerse según los niveles de malicia. Y listo. Ya puede uno salir de allí creyéndose un Quevedo, que según se cuenta se las apañó para llamar coja a la reina en sus narices.

2016

17 de septiembre de 2016

En resumidas cuentas




"¿En dónde está lo que pasó
y qué se hizo de tanta gente?

A medida que pasa el tiempo
vamos haciendo más desconocidos.

De los amores no quedó
ni una señal en la arboleda.

Y los amigos siempre se van.
Son viajeros en los andenes.

Aunque uno existe para los demás
(sin ellos es inexistente),

tan sólo cuenta con la soledad
para contarle todo y sacar cuentas."


José Emilio Pacheco, En resumidas cuentas. Antología (Visor, 2004).


11 de septiembre de 2016

Oído en la calle



Oído en un semáforo. Dos jóvenes de unos veinte años no muy lejos de un campus universitario. 

-Tío, el otro día me encontré por la calle con uno al que le hice bullying en el instituto. Su padre era profesor. Me suspendió.

-Hombre, normal que lo hiciera.

-Ya, pero tío, lo teníamos tan marginadito -breve pausa-. Hostia, es la hora de comer y no he sacado nada del congelador.

-Anda, yo tampoco.

-Bueno, pero tú eres una puta.

-¿Quieres decir con eso que soy mucho mejor cocinero que tú y que voy a comer mejor?

3 de septiembre de 2016

Máquinas que sirven para no funcionar


"Prefiero las máquinas que sirven para no funcionar:
cuando llenas de arena de hormiga y musgo-
pueden un día milagrar de flores.

(Los objetos sin función tienen mucho apego por el 

abandono.)

También las letrinas despreciadas que sirven para tener
grillos dentro – pueden un día milagrar violetas.

(Soy beato en violetas.)

Todas las cosas apropiadas al abandono me religan 
a Dios.
Señor, ¡Tengo orgullo de lo inservible!

(El abandono me protege.)"



Manoel de Barros (1916-2014), Todo lo que no invento es falso (Antología), (Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2002). Traducción de Jorge Larrosa.

2 de septiembre de 2016

Un poema de Javier Salvago

Human resistance, de Ibán Ramón


PRÓLOGO

Le he contado mi vida,
le he jurado mil veces
que me espera el fracaso
en más de siete frentes.

Que, por alguna causa,
mantengo con la gente
una discreta guerra.
Y dice que me quiere.

Puede que no sea ciego
el amor, pero es sordo.
(Al menos, éste).

Javier Salvago (Sevilla, 1950), Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997), Editorial Renacimiento, 1997.

27 de agosto de 2016

Tres haikus

Fotografía de Sebastian Luczywo


Las malas hierbas
se alzan mucho más rápido
que la semilla.




Inspirar hondo
en las gasolineras.
Pequeño éxtasis.




Yo frente al río
mirando la corriente.
Vida hacia dentro.

© 2015-2016.

15 de agosto de 2016

Sobre arte contemporáneo

Cuadro gris con una mancha negra, de Antoni Tàpies


Sale uno a veces de los museos de arte contemporáneo -perdonadme- no sin secuelas.
Al observar un mastodóntico desconchón en la pintura de una fachada, caminando por la ciudad media hora después, lo encuentra uno de pronto de un deterioro muy logrado, una obra de arte -urbano en este caso- que en nada desentona con las que acaba de contemplar, urna mediante, en la sala museística. Y se dice uno que emula el desperfecto, de manera muy conseguida, una figura bastante estilizada, al estilo de las de Giacometti.
Percibir esa dimensión estética en una realidad, al fin y al cabo, depauperada, puede producir, más que un sentimiento de distinción, la cotidiana punzada de estupidez o una oleada de culpabilidad burguesa, como si no andase uno muy lejos de aquellos turistas primermundistas que, mirando las chabolas desde la distancia, únicamente veían, inmunes a la miseria, una sucesión muy colorida de paredes, digna de alabarse, de una belleza que les alegró la jornada.
Hubo una época en que miraba con asiduidad pintura y fotografía abstractas. Un día, al caer la tarde en la huerta, me descubrí abismando la mirada en el suelo y pensando que el tramo de zahorra de la entrada resultaba de lo más artístico, un prodigio de abstracción, muy similar a algunos cuadros modernos y cotizadísimos. En ese momento, por supuesto, a uno se le vuelve a hacer presente el componente de engañifa que a menudo se le atribuye al arte contemporáneo, aparta despavorido la mirada del suelo y comprende que urge una desintoxicación.

© 2016.

Les quatre coins, de Antoni Tàpies


8 de agosto de 2016

París no se acaba nunca


Aunque lector asiduo de Enrique Vila-Matas, durante mucho tiempo este libro lo he dejado correr, tal vez con la tácita intención de que, como le ocurre a él con París, Vila-Matas a mí no se me acabara nunca. Leí un libro suyo por primera vez en 2003. El mal de Montano supuso para este que escribe un gran descubrimiento, y desde entonces he continuado leyéndolo hasta completar una docena de sus títulos. 

En París no se acaba nunca (2003), el consagrado escritor barcelonés recrea su etapa parisina, en la que, como siempre se recuerda, pasó un tiempo viviendo en una buhardilla como inquilino de Marguerite Duras. Mediaban los años setenta y un joven y moderno Vila-Matas empezaba a querer ser escritor y, se nos cuenta, trataba de orquestar la novela La asesina ilustrada (1977), una novela que, como se repite, nació con el propósito criminal de asesinar a sus lectores. 

La habitual arquitectura de citas y referencias literarias -o culturales en general-, jalonadas de fino humor, aparece aquí, por tanto, construida sobre unos cimientos biográficos. A ratos el autor se muestra autocrítico con su figura de escritor en ciernes, y llega a satirizar alguna de sus actitudes pasadas. Se agradece, la verdad, que no caiga en la autocomplacencia. Además, aunque el escenario de la Ciudad de la Luz tiende a lo mítico (en el recuerdo París era una fiesta de Hemingway y el aura de invernadero de artísticas vidas bohemias que posee la capital gala), también desmitifica o al menos se distancia, por momentos, de todo ello, como cuando escribe: "...prueba incontestable de que también en los centros mundiales de la literatura se han oído siempre tonterías". La frase del libro de Hemingway de que en París él fue "muy pobre y muy feliz", la retoma Vila-Matas para decir que allí fue "muy pobre y muy infeliz", aunque por otra parte cuenta que sus padres le iban enviando dinero (qué divertida, al respecto, la carta que intercambia con su padre acerca de este punto).

Me llama la atención que Vila-Matas hable en este libro de La asesina ilustrada (1977) como de su primera incursión en las letras, si tenemos en cuenta que cuatro años antes ya había publicado en Tusquets la novela Mujer en el espejo contemplando el paisaje. De este último título creo que el autor se lamentaba en alguna entrevista, diciendo que se lo impuso la editorial y que a él, en realidad, le hubiera gustado titular su opera prima Un lugar aparte, un título que, para ser sinceros, a mí también me gusta. En 2011, DeBolsillo, que ha reeditado toda la obra del autor, en uno de esos trasvases mastodónticos que a veces se ven en el mundo editorial (es inminente, a propósito, el de Roberto Bolaño de Anagrama a Alfaguara), publicó en un volumen los cuatro primeros libros de Enrique Vila-Matas bajo el título En un lugar solitario, título que también lleva, en esta reedición, la primera novela del autor, publicada en el 73, como decíamos, con el de Mujer en el espejo contemplando el paisaje. Supongo que el hecho de considerar La asesina ilustrada su primer libro, siendo ya el segundo, nos permite intuir, de entrada, que el componente autobiográfico aparece recreado, trufado de electrizante juego intelectual -y hasta de invención-, como por otra parte es habitual en la obra del barcelonés. Ya decía Roland Barthes que toda ficción es autobiográfica y toda autobiografía ficcional.

No hace mucho, en el mes de junio, le dedicaron al autor uno de los programas de la serie Imprescindibles (aquí), que recomiendo si algún interesado todavía no lo ha visto. Comentaba Alberto Olmos, al respecto, sobre lo curioso de que pese a ser considerado uno de los mejores escritores vivos, y muy traducido y apreciado en el extranjero, Vila-Matas nunca haya recibido un premio institucional en España. Pero esto, me parece, igual habría que matizarlo un poco, pues mirando su currículo encontramos que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en 2002 por El mal de Montano y el Premio de la RAE (¡la RAE!) en 2006.

En algunos momentos de la lectura, como suele ocurrirme con el autor, me he reído mucho. El tema de la ironía es otro en el que abunda el libro, que no en vano se presenta como una conferencia sobre la ironía dictada a lo largo de tres días ante un auditorio. Escribe, por ejemplo: "La ironía me parece un potente artefacto para desactivar la realidad".

París no se acaba nunca ha sido capaz de hacerme partícipe, de nuevo, de las sensaciones de los grandes libros de Vila-Matas. 

Por momentos pienso -perdonadme- que a veces se le puede escuchar a este señor, en las entrevistas, alguna pedantería que tienta a la hilaridad, pero claro, nadie nos puede resultar genial todo el tiempo. Lo cierto es que uno queda muy agradecido a su literatura y da en pensar que ha habilitado un espacio de libertad de lo más oxigenante en las letras patrias. Si no existiera, como se suele decir, a Vila-Matas habría que inventarlo. Sus libros, además, llevan a otros libros, a otras voces, y tiene este hombre el mérito de habernos acercado a algunos a la obra de Robert Walser, Witold Gombrowicz, Robert Musil, etc. Excéntrico y genial, con casi setenta años nos sigue haciendo viejos a muchos jóvenes. Así que larga vida a Enrique Vila-Matas.



6 de agosto de 2016

Lisa Hannigan - Pistachio


Lisa Hannigan (1981), cantante irlandesa, trabajó con el músico Damien Rice hasta 2007, año en que comenzó carrera en solitario. Su tercer álbum, At Swim, verá la luz este mes de agosto. Les dejo una actuación en directo en la que canta Pistachio, un tema de su primer álbum Sea Sew (2008). 

Su página web aquí

Su canal en YouTube aquí.



2 de agosto de 2016

Un malentendido histórico


Crucifixión de San Pedro, de Caravaggio

   
   No hay que descartar que San Pedro haya sido víctima de un malentendido histórico. Se le acusa de haber negado tres veces a Jesús antes de que cantara el gallo, pero quién sabe si de forma errada. Consideren ustedes la magnitud de la injusticia si lo único que hubiera salido de su boca hubiera sido un contundente no ni na’, “no ni nada”. Triple negación, es cierto, pero afirmación, y no poco rotunda, a fin de cuentas. 
   Chistosos andamos.
                                            
                                                                 &

   Existe, al igual que un orgullo capitalino y centralista, un orgullo provinciano. Si en Madrid puede alguien tener en poco a una persona que vive en un pueblo de mil habitantes, por el mero hecho de vivir en un pueblo de mil habitantes, tampoco es extraño que ese que vive en el pequeño pueblo periférico estalle en algún momento: “¡Ja! Me va a decir a mí un listillo de Madrid lo que tengo que hacer, o que pensar”. 
   Percibe uno en ambos casos una altanería algo recriminable.
                                                                 
                                                                 &

   Si como decía Sartre el infierno son los otros, un teléfono móvil en casa del solitario es un caballo de Troya.

2015

21 de julio de 2016

¿No te alegras por mí?



Publicado por la extinta Tropismos en 2007, ¿No te alegras por mí? reúne veinte relatos cortos del estadounidense Richard Bausch. La misma editorial dejó publicada antes de desaparecer -y algunos lo agradecemos- toda la cuentística de Bausch hasta la fecha, que completaban Alguien que me cuide (2004) y La mujer del bombero (2006). No obstante, con posterioridad, Bausch ha publicado una nueva colección de cuentos, Something is out there (2010), aún no traducida al castellano.

Se relaciona la obra de Bausch, nacido en 1945, con la de otros autores estadounidenses como Raymond Carver o Richard Ford, pero intuyo que su obra es menos conocida en España. A mí se me antoja que alguien que disfruta con los relatos de Carver va también a apreciar, sí o sí, los cuentos de Richard Bausch, por lo que en alguna ocasión los he recomendado a entusiastas carverianos. Comparten ambos ese apego por el realismo, el poner el foco en historias cotidianas y en seres algo grises, en ocasiones fracasados, o en momentos embarazosos o íntimamente significativos de la gente de a pie que pelea por mantenerse a flote. En esta línea realista, grosso modo, también podría incluirse, pienso, a otros autores como John CheeverSam Shepard.

El primer relato del libro, "El hombre que conocía a Belle Starr", me parece uno de los mejores. Juega con la poesía que podría encontrarse en el autoestopismo, las vidas de desconocidos que se cruzan y los bares solitarios de carretera y, partiendo de ahí, consigue sorprender y montar una historia con maestría.

"803" va sobre un tipo que llama a un teléfono erótico pero quiere hablar antes de nada, conocer a la chica, saliéndose de lo convencional. Por momentos resulta algo ingenuo considerar la posibilidad de que una trabajadora del sexo telefónico se avenga a mantener conversaciones personales con un desconocido. Si obviamos esto, el cuento es muy entretenido y meritorio.

El que cierra el volumen, "El último día del verano", es otro de los que me han gustado. Abarca las relaciones paternofiliales, los baches de la vida familiar, y narra un incidente algo sonrojante para un padre y un hijo durante un partido de béisbol.

Enamorados no correspondidos, abuelos de niñas que nunca conseguirán saltar el potro en clase de Educación Física, personas que se ven envueltas en situaciones en las que pierden los nervios o en las que están a punto de hacerlo pero al final consiguen evitar el desastre pululan por otras de las narraciones de ¿No te alegras por mí?, incluyendo el relato que da título al libro y que tiene algunos momentos bastante cómicos.

Son textos de unas 15-25 páginas, con mucho diálogo y escritos en una prosa sencilla. En ocasiones la narración parece una mera acotación teatral hasta el siguiente parlamento de algún personaje, y puede pesar en el lector cierta planicie estilística. No puedo decir que todos me hayan interesado, pero sí que Bausch sigue siendo uno de mis referentes indispensables en lo que a las distancias cortas se refiere (de sus novelas, que no he leído, Los Libros del Lince ha publicado Paz en 2010). 

Hará unos diez años compré los relatos de Alguien que me cuide (galardonado con el PEN/Malamud), que me entusiasmaron bastante, pero hasta ahora no había buscado más libros del autor. Tras leer este, he decidido hacerme también con La mujer del bombero, y me gustaría que alguna editorial española se interesara por traducir las nuevas historias de Bausch de Something is out there. Los tres que publicó Tropismos se me antojan también jugosa carne de reedición. Y es que me parece que les queda por colonizar un considerable público lector (que tal vez no sea muy mayoritario, pero qué se le va a hacer). Jon Bilbao, que acaba de publicar precisamente otro volumen de cuentos, Estrómboli (Impedimenta, 2016), parece otro de los partidarios del autor y le dedicó allá por 2008 un par de entradas en su blog, a cuya lectura emplazo. 

Como dato anecdótico, en la edición española de Wikipedia Richard Bausch ni siquiera tiene entrada todavía.

5 de julio de 2016

Esto no es una novela


El mes pasado me acerqué a la Feria del Libro de Madrid. Una de las casetas que no quería perderme era la 113, donde podían encontrarse libros editados en Hispanoamérica. Entre ellos, decidí comprar Esto no es una novela, de David Markson, editado en Argentina por La Bestia Equilátera. El libro forma parte de una tetralogía que se inicia con La soledad del lector (1996), que ya había leído y del que hablé por aquí (también publicado por La bestia equilátera). Continúa con Esto no es una novela (2001) y luego con Punto de fuga (2004), publicada por la mexicana Verdehalago y La última novela (2007), que me parece que no se ha traducido al castellano -aunque me gustaría, y creo que no soy el único- y que curiosamente es la última novela del autor, fallecido en 2010.

Esto no es una novela vuelve a componerse, como La soledad del lector, de fragmentos breves de una, dos, tres líneas, cincelados hasta la esencia, hilos de unas pocas palabras de los que el lector puede tirar y sacar mucho más. Observaciones culturales que revelan en muchos casos una gran lucidez y perspicacia. Anécdotas, cotilleos, en algunos casos, sobre los grandes nombres de la cultura y la Historia. Datos que nos invitan a desmitificar a este o aquel, tratando de arrancar, se diría, "una hoja del laurel del arte" o, siguiendo a Woody Allen, de acabar de una vez por todas con la cultura. Por otra parte, otras aportaciones amplían el horizonte del lector sobre estas figuras. Hay apuntes, también, de trasfondo poético, y reflexiones y observaciones de Markson atinadísimas. Uno lee estas píldoras, en ocasiones de la densidad del plomo, y se queda rumiando, o se ríe de pronto, o se conmueve, y las incorpora a su barnizado cultural con fines no necesariamente pedantes. De cuando en cuando, Markson también inserta comentarios críticos sobre la propia obra que vamos leyendo: "No lineal. Discontinuo. En forma de collage", escribe. "Obstinada en sus referencias cruzadas y de críptica sintaxis interconectiva", escribe.

Para gente curiosa o, como se suele decir, intelectualmente inquieta.

Sobre la edición: bonita, para mi gusto, aunque con alguna pega: el plastificado de la portada se ha empezado a levantar por la parte inferior y apenas hace un mes que compré el libro.

Va terminando la entrada y todavía no he utilizado la palabra posmoderno. Definitivamente, estoy desaprovechando este blog.

Fragmentos:

"Una vez Alejandro Magno estaba pontificando sobre arte en el estudio de Apeles. Apeles le sugirió que cambiara de tema:; no era nada apropiado que los jóvenes aprendices estuvieran riéndose nerviosamente a sus espaldas".

"Sólo tres personas siguieron el féretro de Stendhal.
Su obituario más largo consistió en tres renglones.
En uno escribían mal su nombre."

"Roman Jakobson, oponiéndose a que un novelista, concretamente Nabokov, enseñara literatura en Harvard:
¿Debería un elefante enseñar zoología?"

"Por lo menos un periódico de Boston sugirió con absoluta seriedad que Whitman debería ser castigado a latigazos por Hojas de hierba."

"Este es el lamentable estado de nuestra época: que los hombres del arte deban buscar limosna de los cormoranes, y los que más merecen queden ocultos debajo de los zopencos.
Dijo Thomas Nashe en 1592."