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La necesidad de historias
07 junio 2011
Sunset Park
El título alude a un barrio de Brooklyn. Allí, en una casa abandonada que se lanzan a ocupar ilegalmente, se reúne una serie de personajes, todos ellos rondando los treinta: Ellen Brice, una pintora que aspira a que sus cuerpos transmitan “la extraña y milagrosa sensación de estar vivo”; Alice Bergstrom, estudiante de doctorado, que prepara una tesis centrada en los Estados Unidos de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial; Jake Baum, escritor en ciernes, y Bing Nathan, que trabaja en una curiosa tienda, el Hospital de Objetos Rotos. En la vivienda hay que sustituir a una persona y Bing se acuerda de su amigo Miles Heller, el protagonista, con quien se pone en contacto. Miles tiene veintiocho años y vive en Florida. A los veinte abandonó los estudios y huyó de Nueva York, lejos de sus padres. Ahora trabaja en una empresa que se ocupa de vaciar las viviendas que han tenido que dejar los desahuciados por no poder pagar la hipoteca. Miles tiene la costumbre de fotografiar objetos abandonados e incluso rotos, algo que recuerda a lo que hacía Vivian en Buscando un beso a medianoche. Acosado por la culpa debido a un desafortunado empujón, la vida de Miles transcurre sin grandes planes, sin grandes ambiciones, y no sería lo mismo sin Pilar, la inteligente Pilar Sánchez, a la que conoció en un parque cuando, debido a una de las casualidades tan características de los libros de Auster, ambos se encuentran leyendo el mismo libro: El gran Gatsby. Pilar es menor, y debido a un chantaje Miles se verá abocado a abandonarla hasta que llegue a la mayoría de edad, ocasión que aprovecha para volver a Nueva York, con su amigo Bing Nathan, a la casa ocupada de Sunset Park.

El béisbol, siempre presente de alguna forma en sus libros, vuelve a aparecer aquí: el neoyorquino demuestra ser un gran conocedor de su historia. Reconocemos en la novela otros tics de siempre. Siguen apareciendo camufladas experiencias biográficas, como aquella ocasión en la que, en un campamento, cruzando en fila bajo una alambrada, un rayo mató al compañero que iba justo delante de él. Auster comprendió que fue algo azaroso que fuera él, y no su compañero, quien siguiera con vida. También hay alguna alusión a Bush. Por lo demás, vidas que se entrecruzan, personajes creíbles, humanos en una novela que se lee con rapidez.
Auster sigue conservando ese magnetismo que hace que nos interese cualquier historia que nos cuente. No obstante, tengo que decir que desde hace un tiempo sus libros no me llegan tanto como antes. Por muy incondicional de Auster que sea, esto tengo que reconocerlo. Creo que sus novelas han perdido peso, y esta en mi opinión no acaba de explotar. No sé si es que mis gustos van cambiando o que sencillamente sus últimos libros no me entusiasman tanto, lo cierto es que no encuentro en ellos al escritor cautivador de sus mejores libros. Pero lo seguiré mientras siga publicando, eso lo tengo claro. Y últimamente lo hace a buen ritmo, aunque reconocía en una entrevista, con una honestidad que es de agradecer, que quizá sus libros más importantes ya estuvieran escritos.
“En el fondo los libros”, leemos en esta novela, “no son lujos sino necesidades”, y en esa categoría entran para mí los de Paul Auster.
20 mayo 2010
El palacio de la luna

Calificada por su autor como su particular David Copperfield, el libro narra a lo largo de trescientas páginas la historia de Marco Stanley Fogg, la relación con su tío Víctor, con el que vive hasta que ingresa en la universidad. Antes de graduarse, debido a la falta de dinero, Fogg se las tiene que ingeniar para sobrevivir en una vivienda sin electricidad ni apenas comida, y, posteriormente en la calle durante un breve período de tiempo, hasta que empieza a trabajar para Thomas Effing, un personaje tan sarcástico como entrañable. En este momento Fogg desaparece del libro, o al menos pasa a un segundo plano, y oímos otra historia de supervivencia, la de Thomas Effing en el desierto, en medio de la nada.
Todo ello es contado con el ritmo hipnótico marca de la casa. Y es que, si bien la poesía de Auster es realmente hermética, sus libros en prosa tienen la magia de las historias transmitidas oralmente; sus novelas tienen una cadencia típicamente austeriana, por lo que para un asiduo de sus obras no es difícil reconocer su estilo.
En El Palacio de la Luna (1989), y es algo común a todo lo que escribe Paul Auster, tienen gran importancia los impulsos interiores, lo azaroso de la vida, las coincidencias (“hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres”, escribía Justo Navarro).
Es curioso y hasta entrañable el personaje de Orlando, que pasea en un día de sol cubriéndose con un paraguas roto, un paraguas que luego dará lugar a uno de los momentos más memorables del libro.
Calle de Brooklyn Heights Pero no adelantaremos más. Es sorprendente la calidez humana que desprenden los personajes creados por Paul Auster, lo cercanos que resultan al lector, así como la capacidad asombrosa de fabulación que tiene, la facultad de urdir historias insertadas en la general que en algunos recursos parecen cercanas a los cuentos infantiles.
Con todo, aunque pueda ser este libro una primera parada, el lector que disfrute leyéndolo no dudará en hacer nuevas escalas en la narrativa del neoyorquino.

"-Eres un soñador, muchacho -me dijo-. Tienes la cabeza en la luna y me parece a mí que nunca vas a tenerla en otro sitio. No eres ambicioso, el dinero te importa un pepino, y eres demasiado filósofo para tener ningún talento artístico. ¿Qué voy a hacer contigo?"



