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29 agosto 2011

Londres es de cartón



Londres es de cartón (2010) es la cuarta y a día de hoy última novela de Unai Elorriaga, autor que se dio a conocer cuando su primera novela, Un tranvía en SP, recibió en 2002 el Premio Nacional de Literatura, bien es verdad que no sin cierta polémica (parecía que el premio estuviera reservado a autores consagrados como Muñoz Molina o Delibes, y no a un autor joven, primerizo, que además escribía en euskera). No hace mucho el libro fue llevado al cine por el recientemente fallecido Aitzol Aramaio, con el título Un poco de chocolate. Pese a su reparto, en el que brillan nombres como los de Héctor Alterio, Daniel Brühl o Bárbara Goenaga, la película es en mi opinión en exceso ingenua, aunque consiga transmitir parte del encanto de una novela que destaca por recursos que se pierden en una adaptación al celuloide. Posteriormente, Elorriaga publicó El pelo de Van’t Hoff y Vredaman. Son todas ellas novelas breves que rara vez superan las doscientas páginas.

Londres es de cartón funciona, como dicen en la contraportada, como una suerte de alegoría, un retrato de la esencia de las dictaduras (que he de reconocer que me ha resultado algo naif). También se acerca al tema de la enfermedad mental. Dividido en cuatro partes, la segunda de ellas es una historia de tintes detectivescos en la que asistimos a las pesquisas conducentes a dilucidar el crimen de Vera Brent. Aunque cuando la leemos parece no tener conexión con el resto, al final comprendemos que está conectada con la historia central de las otras tres partes, la de un grupo de personajes que trata de conseguir unas grabaciones en las que quizá se hable de Sora, la hermana de Phineas, uno de ellos, desaparecida hace ya años, a quien este espera en un tejado, el tejado número diecisiete, desde el que controla la carretera y la estación de trenes, los dos únicos accesos al pueblo.

Sin saber quién es el autor, el lector asiduo adivinará que se trata de un libro de Elorriaga, su estilo no es muy difícil de identificar, pero tengo que decir que la novela no me ha convencido. Los otros dos libros que he leído del autor me han resultado más interesantes, con más humor, más chispa y más emotivos que Londres es de cartón, que parece el más ambicioso de ellos, el de temática más grave. La verdad es que el libro se lee rápido, es sencillo, no está mal escrito, pero lo encuentro falto de chicha para un lector adulto, algo light, y me parece difícil que entusiasme, que sorprenda (sólo en la parte final transmite algo de emoción, de intensidad). Uno se queda esperando que la acción avance, pero no ocurre casi nada. No me parece que diga nada nuevo sobre el tema y me ha dejado escaso poso. Quizá sea exagerado decir que se trata de un libro prescindible, pero sí es cierto que no me parece un libro logrado. No obstante, Unai Elorriaga es un autor que me interesa y lo seguiré leyendo. Espero volver a leer algún día su primera novela y compartirla por aquí.

Poco más que decir, os deseo una buena semana a todos.

26 marzo 2011

El pelo de Van't Hoff


"Y siempre que hablaba o pensaba sobre los Premios Nobel, contaba el caso de Van’t Hoff. Es más, es posible que por eso empezara a hablar o a pensar sobre los Premios Nobel, para después contar el caso de Van’t Hoff. Porque disfrutaba contando el caso de Van’t Hoff. Disfrutaba.

A Van’t Hoff le concedieron el Premio Nobel de Química en 1901. El primer Premio Nobel de Química. Del mundo. Jacobus Henricus. Van’t Hoff. Ése era su nombre completo. Jacobus Henricus. Van’t Hoff el apellido. Los amigos le llamarían de otra manera seguramente. Los de la familia, tíos madre hijos, de otra. Después murió en 1911, en Berlín seguramente. Con 59 años. [….] Pero a Mateo no le interesaban esas cosas. No eran más que datos. Todo eso. Datos. A Mateo le interesaba, sobre todo, una fotografía de Van’t Hoff. Una fotografía: Van’t Hoff aparecía solo en la fotografía, y no tenía, ni mucho menos, 59 años; ni siquiera 58. Tendría 35-40. O puede que dos más. Y eso quiere decir que la fotografía era una fotografía del siglo XIX. Y en el siglo XIX la gente no se hacía muchas fotografías. Media docena en toda la vida, como mucho. Como muchísimo. Por eso se ponían terriblemente elegantes para las fotografías. También Van’t Hoff aparecía terriblemente elegante en la fotografía. Pero no era eso lo más impresionante de aquella fotografía. Lo más impresionante de aquella fotografía era que Van’t Hoff no se había peinado. Van’t Hoff tenía el pelo todo revuelto en la parte izquierda de la cabeza. Con exageración. Como si se hubiese levantado de la cama siete segundos antes. Y una persona tiene que tener mucha personalidad para decidir no peinarse cuando sabe perfectamente que no se va a hacer más que una, dos, tres fotografías en toda su vida. Y Van’t Hoff aparece en todas las enciclopedias, biografías y libros de ciencia del mundo con el pelo revuelto en la parte izquierda de la cabeza, como si siempre se estuviese levantando de la cama siete segundos antes de que alguien abriese la enciclopedia o la biografía o el libro de ciencia. Y Van’t Hoff era Premio Nobel de Química y debía de dormir muy bien, porque si no es difícil tener el pelo tan levantado en la parte izquierda de la cabeza. En el siglo XIX.

Por eso le tenía Mateo tanto cariño a Van’t Hoff. Por su personalidad. Por la personalidad que había tenido Van’t Hoff, por no peinarse el día de la fotografía. Y Mateo solía decidir que le tenía tanto cariño a Van’t Hoff como a sus tías. A sus tías. No a las tías de Van’t Hoff, claro. A las suyas.”

Unai Elorriaga, El pelo de Van't Hoff.