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23 diciembre 2010

Molloy/Malone muere/El innombrable


Cuando pensamos en la obra del Nobel irlandés Samuel Beckett, lo primero que nos viene a la cabeza a muchos lectores son sus obras de teatro, títulos como Esperando a Godot o Fin de partida. Sin embargo, tan interesantes como los dramas resultan sus novelas. Aquí intentaremos ocuparnos, a lo largo de esta reseña, de la trilogía compuesta por los títulos Molloy, Malone muere y El innombrable.

Molloy (1951) se estructura en dos partes, que se corresponden con sendas búsquedas: por un lado, la de Molloy en busca de su madre, no sabemos con qué fin; por otro, la de Jacques Moran en busca de Molloy. Molloy, sujeto en crisis, está marcado por la soledad y la falta de identidad, y busca ese refugio que lo libre del desarraigo. Como escribe Frederick R. Karl en su prólogo, toda búsqueda que presentan las novelas de Beckett está condenada al fracaso. La novela refleja el absurdo existencial y, en general, los temas que Beckett explora en sus obras teatrales.

Malone muere (1951), el segundo volumen, pone de manifiesto la importancia de las historias, la necesidad que todos tenemos de contárnoslas. Desde el inicio nos llega la potencia de la voz de Malone, que vive aislado en una habitación cerrada preparándose para una muerte que, según sus propias palabras, llegará de forma inminente. Además de reflexionar, nos describe los objetos que habitan su reducido mundo, entre los que se encuentran un cuaderno y un lápiz, de los que Malone se vale para fabular. Hay un momento humorístico que recuerda a Esperando a Godot, cuando se dice que de los dos ladrones se salvó uno, y se agrega: es un porcentaje razonable. Este segundo volumen me ha recordado a Paul Auster. Me pareció notar la influencia de Beckett en una obra teatral que el neoyorquino escribió en su juventud y, concretamente, en el caso de Malone muere, en Brooklyn Follies, en tanto que ambos protagonistas se preparan para morir.

Con El innombrable (1953) culmina el proceso de desintegración del yo iniciado con Molloy. Nos parece percibir una evolución hacia la abstracción considerando la trilogía en su conjunto. Si los dos primeros volúmenes tienen cierto desarrollo argumental, en este tercero no hay ni principio ni final, porque no hay historia, como tampoco un espacio por el que se muevan los personajes. La novela está constituida por un largo soliloquio, un torrente verbal que en muchos momentos arrastra al lector, emitido por un ente que dice no estar en parte alguna. Una novela que, se diría, se asienta sobre el vacío. Pese al pesimismo general, se mantiene, al igual que en Molloy, cierta vitalidad, cuando se dice que, después de todo, hay que seguir, hay que seguir siempre.

En definitiva, tres novelas habitadas por personajes marginales, “gladiadores moribundos”, como los definió Horace Gregory, que llevan una vida próxima a la no existencia. Puede gustar o no, pero es difícil permanecer indiferente a esta trilogía de Samuel Beckett. A mí su lectura me ha dejado una sensación agridulce. He leído algún artículo sobre la trilogía y la verdad es que se habla de temas sesudos que se me escapan (Wittgenstein, el no ser). Así que se me ocurre decir que esta es básicamente una trilogía para intelectuales, y que a los demás nos puede resultar menos interesante. No entiendo, por poner un ejemplo, qué quiere transmitir Beckett dedicando siete u ocho páginas a hablar de unas piedrecitas que Molloy succiona y que se va pasando de bolsillo a bolsillo. Cosas así pueden llegar a ser desesperantes.

En el prólogo se dice que estas novelas tienen escasa fuerza narrativa. Me parece un comentario acertado. Con todo, he de decir que la lectura me ha merecido la pena. Mi sensación es que va in crescendo: me gustaron detallitos de Molloy, me pareció mejor Malone muere y me encantó la parte final de El innombrable, unas páginas que encontré cercanas a cierto tipo de poesía y me parecieron brillantes. Para análisis más lúcidos, dejo un par de enlaces:

Quién teme a Virginia Woolf (ahora mismo no se puede entrar, sólo admite lectores invitados, pero lo dejo en cualquier caso).

17 febrero 2010

Esperando a Godot

Información básica acerca del teatro del absurdo
Al parecer, el término "teatro del absurdo" fue acuñado allá por 1962 por el crítico Martin Esslin para clasificar a una serie de dramaturgos que reaccionaron contra el teatro tradicional. Tiene rasgos existencialistas, cuestiona la sociedad y al hombre. Se decía que la humanidad tenía que resignarse a reconocer que una explicación completamente racional del Universo estaba más allá de su alcance; en ese sentido, el mundo debía ser visto como puro absurdo. Los acontecimientos históricos (la masacre de Hiroshima y Nagasaki) ayudan a entender el surgimiento de estas ideas.
Las tramas de este tipo de obras carecen a simple vista de significado. Algunos elementos, como la atmósfera que crean o los diálogos repetitivos, la incorporación de lo disparatado o lo ilógico, producen en el lector una sensación de desfamiliarización, de extrañeza.
Entre los autores que se han agrupado bajo esta etiqueta podemos citar a Beckett, Ionesco, Adamov, Arrabal, Genet...
Una de las fuentes teóricas del teatro del absurdo es El teatro y su doble (1938) de Antonin Artaud, así como la teoría del distanciamiento de Bertolt Brecht. También guarda relación con la obra de autores como Joyce o Kafka, y con la filosofía del absurdo de Albert Camus.

Esperando a Godot

Escrita en los años cuarenta, esta obra de Samuel Beckett constituye uno de los referentes más destacados, si no el primero que a casi todos se nos viene a la cabeza, del teatro del absurdo
En una entrevista, el cineasta estadounidense Jim Jarmusch confesaba su fastidio ante los llamados biopics de Hollywood, esas películas que relatan vidas plagadas de grandes acontecimientos. Un día me gustaría, decía Jarmusch (o creo recordar que decía Jarmusch), hacer un biopic donde no ocurra absolutamente nada. Es decir, venía a recordar que la vida casi nunca consiste en grandes momentos, incidiendo en la idea de Lennon de que la vida es lo que te pasa mientras haces planes para otra cosa. O, en este caso, la vida es lo que te pasa mientras esperas a Godot.
Se diría que Vladimir y Estragón, los protagonistas de la obra de Beckett, no hacen en realidad nada. Esperan. Esperan a alguien, a alguien que puede que nunca llegue, pero a quien, no sabemos por qué, hay que esperar. Y mientras tanto hablan, se aburren, matan el tiempo. No hacen nada o hacen algo no muy diferente de no hacer nada. Su inacción queda subrayada al final de cada acto:

"-¿Qué? ¿Nos vamos?
-Vamos.

(No se mueven)"

Un crítico dijo que la relación entre Vladimir y Estragón está basada en la de Laurel y Hardy. La obra tiene momentos cómicos que recuerdan al cine de Chaplin y Buster Keaton.
Para terminar, otro pequeño fragmento:
"¿Qué hacemos aquí?, éste es el problema a plantearnos. Tenemos la suerte de saberlo. Sí, en medio de esta inmensa confusión, una sola cosa está clara: estamos esperando a Godot."


Vídeo de Stranger Than Paradise (1984) de Jim Jarmusch