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22 febrero 2012

La cámara oscura


El propio Perec advierte en las palabras preliminares al libro de algo que habrá comprobado cualquiera que haya tratado de contarle a alguien un sueño. Qué difícil es relatarlo sin traicionarlo, qué poco probable que consigamos transmitir a otra persona la atmósfera tan subjetiva en la que nos veíamos envueltos, comunicar cómo era nuestra percepción de las cosas en ese confuso terreno de lo onírico.

Como habréis supuesto, La cámara oscura va de sueños.  Reacio a lo convencional, a Perec le gusta el riesgo. De modo que se lanza sin dudarlo a este experimento. No es raro que Juan Bonilla diga de él: “Para Perec lo simpático no era correr, sino inventarse los obstáculos que había que esquivar”. Igual que una vez decidió escribir una historia sin una sola e, vocal más usual en francés, en esta ocasión se propuso relatar, traducir o transcribir un total de ciento veinticuatro sueños.

Y hay que decir que a veces consigue superar esos obstáculos de los que hablaba Juan Bonilla, como en este caso:

"Sueño
Ella está junto a mí
Me digo que estoy soñando
Pero la presión de su mano contra mi mano me parece
demasiado fuerte
Me despierto
Está sin lugar a dudas junto a mí
Loca felicidad
Enciendo
La luz brilla una centésima de segundo y después se
apaga
(una bombilla que estalla)
La abrazo

(me despierto: estoy solo)"

Sin embargo, son pocos los sueños que me han transmitido algo, no puedo decir otra cosa: la mayoría me ha dejado frío, no me parecen de un gran valor literario. Basta asomarse a un par de libros del francés para darse cuenta de que estamos ante un autor versátil, imaginativo e inclasificable. Por eso uno se alegra de que Impedimenta esté rescatando libros suyos. Sin embargo, La cámara oscura no sería el libro del francés que yo recomendaría. Valoración: 2/5


Otros libros del autor en este blog:
-Un hombre que duerme.

10 abril 2011

Un hombre que duerme



Lees a un autor que te resulta interesante, ese autor menciona a otro autor que a él le interesa y piensas que ese segundo autor también puede interesarte a ti. Y, en efecto, así ocurre. Ya ves, el mundo, después de todo, no está tan mal hecho.

Es ni más ni menos lo que me ha ocurrido con Georges Perec. Teniendo en cuenta las opiniones entusiastas hacia su obra de Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño, dos autores que me resultan bastante estimulantes, se podría decir que ha pasado demasiado tiempo hasta que no me he asomado a uno de los libros del francés. Dejando para más adelante La vida, instrucciones de uso, realizo una primera incursión en la narrativa de este singular autor con Un hombre que duerme (1967), una de las novelas de Perec que ha tenido a bien rescatar la editorial Impedimenta.

El libro se abre con una cita de Kafka que no me parece inútil reproducir aquí: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.” Unas líneas que nos dan una pista de por dónde van los tiros en esta novela. Su protagonista es un estudiante de veinticinco años que, secundando el “preferiría no hacerlo” del mítico personaje de Melville, decide, sin premeditarlo, no levantarse de la cama el día de su examen de Sociología. Sin ganas de continuar, deja de ir a clase, de ver a sus amigos y se dedica a la vida contemplativa. Se recluye en su buhardilla, lee, duerme, lava su ropa, mira las grietas del techo, escucha los ruidos del piso vecino.

Expresa así sus intenciones: “Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía. Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden: ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal, tu vida anulada.” Inicia de este modo una especie de vida inerte, invisible. Frente a la idea de triunfo imperante, frente a los grandes proyectos, se dedica a vivir sin muchas aspiraciones. Recorre como un sonámbulo, mayormente de noche, las calles de París, va al cine, resuelve los pasatiempos del periódico, juega solo a las cartas, va a la biblioteca…

“…te vas desprendiendo de todo, desvinculando de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta (…) Experimentas un reposo total, estás, en cada momento, resguardado, protegido. Vives en un paréntesis venturoso, en un vacío lleno de promesas del que no esperas nada. Eres invisible, límpido, transparente. Ya no existes…”

Distanciamiento, desapego… Como habréis observado, el libro está narrado en segunda persona, algo se podría decir original, cuanto menos poco usual, que favorece el desdoblamiento. Abundan en la novela las enumeraciones, uno de los elementos que dota de ritmo a la narración.

Este modo de vida del protagonista, cuyo nombre desconocemos, se revela finalmente insatisfactorio, fallido. Leemos, así, que la indiferencia no enseña nada, que no ha aprendido nada. “El mundo no se ha movido y tú no has cambiado”, dice.

Crónica de lo insucedido, Un hombre que duerme no ha sido exactamente lo que me esperaba, pero me parece una propuesta interesante para aquellos que busquen libros diferentes al resto. Seguiremos leyendo a Perec.


La adaptación cinematográfica de la novela, de título homónimo, cuenta con el guión del propio Perec. Un fragmento de la película pinchando aquí.


Antes he aludido a Bartleby, el escribiente. En la novela, Perec se refiere al célebre personaje creado por Herman Melville, aunque no lo nombre:


"Hace un tiempo, en Nueva York, a algunos centenares de metros de los malecones donde baten las últimas olas del Atlántico, un hombre se dejó morir. Trabajaba como escribiente para un jurista. Escondido tras un biombo, permanecía sentado en su escritorio y nunca se movía. Se alimentaba de galletas de jengibre. Miraba por la ventana un muro de ladrillos ennegrecidos que casi habría podido tocar con la mano. Era inútil pedirle lo que fuese, que releyese un texto o fuese a correos. Ni las amenazas ni los ruegos ejercían poder sobre él. Al final, se quedó casi ciego. Hubo que cazarle. Se instaló en las escaleras del edificio. Entonces lo encerraron, pero se sentó en el patio de la cárcel y se negó a alimentarse."

¿Está claro, no?