
La historia que hay detrás de La conjura de los necios puede que ya la conozcáis. Su autor, John Kennedy Toole, trató de publicarla sin éxito. Se dice que una editorial se mostró interesada en un principio, pero acabó rechazando el libro alegando que no trataba de nada en concreto. Poco después, deprimido, Toole acabó por quitarse la vida, sin saber que el haber creado a Ignatius J. Reilly le haría ser recordado años después de su muerte, gracias sobre todo al empeño de su madre, que batalló para que el libro fuese finalmente publicado. Gracias al entusiasmo de Walker Percy, en un principio reacio a leer el manuscrito, La conjura de los necios vio finalmente la luz en 1980, dieciocho años después de que Toole escribiese el libro y once después de su suicidio. La novela obtuvo un gran éxito y mereció al año siguiente el premio Pulitzer de novela.

El título del libro tiene su explicación en una cita de Jonathan Swift que abre la novela: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. El genio, en este caso, es un tipo muy particular, Ignatius J. Reilly (posible caricatura de su creador), uno de esos personajes que no se olvidan con facilidad. Ignatius es un inadaptado, se mueve en los márgenes de la sociedad. Dice vivir en un siglo que aborrece, vive a sus treinta años con su madre y se pasa el tiempo encerrado en su habitación, como una ballena varada, escribiendo en una serie de cuadernos “una extensa denuncia contra nuestro siglo”.

Su madre, claro está, está ya un poco harta de él. Vago, religioso, excéntrico, algo repugnante, mordaz en sus opiniones, con ínfulas de superioridad (“sólo me relaciono con mis iguales, y, como no tengo iguales, no me relaciono con nadie”), sólo ha salido una vez de Nueva Orleáns y no duda ni un momento que el país está falto de “teología y geometría”, necesita “buen gusto y decencia”. Por circunstancias de la vida, se ve obligado a salir del cascarón y afronta su incorporación al mercado laboral. Se pone a leer entonces las cualidades que se requieren para conseguir un empleo: “Hombre limpio, muy trabajador, de fiar, callado.” Ignatius pone el grito en el cielo: “Santo Dios”, exclama “¿pero qué clase de monstruo quieren?”
Pero no es el único personaje de la novela. Lo acompaña una corte de personajes pintorescos en una novela hilarante, caricaturesca. A pesar de estar narrada en tercera persona, se incluyen largos fragmentos de los escritos de Ignatius, con lo cual nos empapamos de primera mano de su manera de ver las cosas. También se ve muy lograda la voz de la madre. A pesar de su comicidad, el libro emana también cierta tristeza en su parte final. Pero se termina con buen sabor de boca. A pesar de todo, creo que a algunos de vosotros os gustó este libro más que a mí. No diría yo que es un libro genial. En algunas partes disminuyó mi interés por lo que se contaba, y cosas supuestamente divertidas no me hicieron mucha gracia, pero sí que el personaje de Ignatius me parece memorable.
Desde que conocí a Ignatius, cada vez que me cruzo por la calle con algún tipo de dimensiones descomunales, me acuerdo inmediatamente de él. De pronto me encuentro imaginando qué pensaría Ignatius de nosotros, en caso de conocernos, y rápidamente me convenzo de que no hay motivos para el optimismo: nos consideraría probablemente unos degenerados, carentes de buen gusto y decencia, de teología y geometría. Vamos, que sólo habiendo leído a su admirado Boecio nos salvaríamos de la quema.
Pero no es el único personaje de la novela. Lo acompaña una corte de personajes pintorescos en una novela hilarante, caricaturesca. A pesar de estar narrada en tercera persona, se incluyen largos fragmentos de los escritos de Ignatius, con lo cual nos empapamos de primera mano de su manera de ver las cosas. También se ve muy lograda la voz de la madre. A pesar de su comicidad, el libro emana también cierta tristeza en su parte final. Pero se termina con buen sabor de boca. A pesar de todo, creo que a algunos de vosotros os gustó este libro más que a mí. No diría yo que es un libro genial. En algunas partes disminuyó mi interés por lo que se contaba, y cosas supuestamente divertidas no me hicieron mucha gracia, pero sí que el personaje de Ignatius me parece memorable.
Desde que conocí a Ignatius, cada vez que me cruzo por la calle con algún tipo de dimensiones descomunales, me acuerdo inmediatamente de él. De pronto me encuentro imaginando qué pensaría Ignatius de nosotros, en caso de conocernos, y rápidamente me convenzo de que no hay motivos para el optimismo: nos consideraría probablemente unos degenerados, carentes de buen gusto y decencia, de teología y geometría. Vamos, que sólo habiendo leído a su admirado Boecio nos salvaríamos de la quema.
