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01 mayo 2022
"Catedral", de Raymond Carver
Catedral se compone de doce relatos. Vienen spoilers.
En el tercero, "Conservación", un hombre casado pierde el trabajo y se pasa los días en el sofá. No sucede nada relevante. Otro cuento sin chispa, para mi gusto. Llegado este punto, se sucedían las páginas de laxa cotidianidad, sin grandes conflictos ni tensión narrativa, y uno comenzaba a desesperarse con Carver; mentalmente le decía: a ver, Raymond, revélame algo sobre la condición humana, amplía mis horizontes, sorpréndeme con un ángulo nuevo, que no te recuerdo tan sosainas. Y vaya si lo hizo.
Tres rosas amarillas
04 abril 2014
Miedo
"Miedo de ver un coche de la policía pararse delante de casa.
Miedo de dormirme por la noche.
Miedo de no dormirme.
Miedo de que resurja el pasado.
Miedo de que el presente emprenda el vuelo.
Miedo al teléfono que suena en medio de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo a la mujer de la limpieza que tiene un grano en la
mejilla.
Miedo a perros de los que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo de tener que identificar el cadáver de un amigo.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener demasiado, aunque la gente no se lo crea.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo de llegar tarde y miedo de llegar el primero.
Miedo a la letra de mis hijos en un sobre.
Miedo de que mueran antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo de tener que vivir con mi madre en su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo de que este día acabe con una nota triste.
Miedo de despertarme y ver que te has ido.
Miedo de no amar y miedo de no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que amo tenga consecuencias fatales para
aquellos a los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo de vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Eso ya lo he dicho."
"Miedo", de Raymond Carver. Traducción de Roger Wolfe.
03 noviembre 2012
Tres rosas amarillas
Decir que Carver es un maestro del relato corto no es
ninguna novedad, pero tampoco está de más recordarlo. Su muerte prematura a los
cincuenta años, a causa de un cáncer de pulmón, deja su producción en un número
de libros muy inferior al que nos habría gustado leer. Se dijo que era el
escritor que América no se podía permitir perder. A pesar de su relativamente
escasa producción (cuatro libros de relatos publicados en vida, además de Si me necesitas, llámame, que vio la luz
de forma póstuma), se le considera uno de los grandes del siglo XX y se le llega
a comparar con Chéjov.
Tres rosas amarillas,
aparecido en 1988, fue su último libro de relatos publicado en vida. Diez años
después, consolidada de forma sobrada la fama de Carver, surge la polémica
acerca de las correcciones que su editor, Gordon Lish, hizo de los dos primeros
libros de Carver. A raíz de estudios de gente como Alessandro Baricco (véase su
artículo “El hombre que reescribía a Carver”), que tuvo oportunidad de acceder
a los textos originales del autor, sabemos que Lish aplicaba una gélida tijera
a los relatos, reduciéndolos en extensión y cambiando numerosos finales e incluso
algún título. Su segundo libro, por ejemplo, pasó de llamarse Principiantes a De qué hablamos cuando hablamos de amor. Anagrama publicó
precisamente hace unos años el libro tal y como lo concibió Carver, con su
título original.
Como sabéis los asiduos del autor, se incluye a Carver en la
nómina de autores del realismo sucio. Suelen habitar sus historias alcohólicos,
divorciados, desempleados a la deriva, matrimonios en crisis. Es lo que
encontramos en Tres rosas amarillas,
donde Carver vuelve a dar muestras de su grandeza. El séptimo y último relato
de la colección, que da título al libro, es el único que se sale de lo normal,
ya que retrata los últimos días de Ánton Chéjov. En los otros seis encontramos
historias de parejas, madres quejosas, alcohólicos rehabilitados que se
despiertan y se fuman un cigarrillo de madrugada mirando el vacío… Como Bolaño
(otro que murió también con cincuenta años), Carver es sentimental. En sus relatos la
gente se abraza, se coge de la mano, rompe a llorar. Sus personajes nos
resultan extrañamente reales, de carne y hueso. El de Carver parece un mundo
cercano y auténtico, como el aire que respiramos. “Redención” es otra de las
palabras clave. Llevaba unos años sin leer nada suyo y el reencuentro ha sido
una delicia. No cabe duda de que es de esos autores que tienen un sello propio.
Valoración: 5/5.
27 abril 2010
Último fragmento
"Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra."
Raymond Carver, Un sendero nuevo a la cascada
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra."
Raymond Carver, Un sendero nuevo a la cascada
08 febrero 2010
La polémica Lish

Biografía breve de Raymond Carver
Nace Raymond Carver en Oregón el año 1938. Su padre es leñador y es alcohólico. Su madre trabaja como camarera. A los tres años, se traslada con su familia a un pueblo de Washington. Se casa a los dieciséis con su novia del instituto, Maryann Burk, con la que pronto tiene dos hijos. Pasa por numerosos trabajos temporales, vive en la pobreza y su alcoholismo le genera problemas en casa y en los bares.
Cuenta Jaime Priede que a los dieciocho años, entregando un pedido de la farmacia en la que trabaja como repartidor, mientras espera en la puerta a que un anciano le pague, le llama la atención ver libros esparcidos por el interior de la casa, así como un ejemplar de la revista Poetry sobre la mesa del comedor. El anciano se la regala: “a lo mejor algún día escribes algo y no sabes adónde mandarlo”, le dice. Esa noche Carver apenas duerme, leyendo una y otra vez los poemas de Ezra Pound.
Poeta y escritor de relatos cortos que publica en revistas, su primera colección, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, ve la luz en 1976. La crítica acoge el libro con entusiasmo. Alaba la cuidadosa construcción de los relatos, despojados de adornos estilísticos, y señala que Carver posee un sello propio que se detecta en cada uno de sus párrafos.
Un año después Carver deja a su mujer. Ha encontrado a la poeta Tess Gallagher. Ella conseguirá que deje el alcohol, y con ella pasará los años más felices de su vida, hasta la muerte del autor a causa de un cáncer de pulmón, cuando contaba cincuenta años.
Se incluye a Carver en la nómina de autores del realismo sucio. Suelen habitar sus historias alcohólicos, divorciados, desempleados a la deriva, matrimonios en incidentes cotidianos. Desesperanza o escepticismo son palabras fáciles de encontrar en las contraportadas de sus libros.
Tras la publicación de su segundo libro en 1981 (De qué hablamos cuando hablamos de amor), los críticos coinciden en elogiar su estilo minimalista y lo consideran el creador de una nueva escuela.
Además de los poemarios Un sendero nuevo a la cascada (1985) y Bajo una luz marina (1986), Carver publicó en vida otros dos libros de relatos: Catedral (1983), considerado su mejor libro, y Tres rosas amarillas (1988). De publicación póstuma es Si me necesitas, llámame, compuesto por cinco nuevos relatos.
Con esta obra relativamente escasa, Raymond Carver es considerado uno de los maestros del cuento en el siglo XX, “el Chéjov americano”. A su muerte ya estaba firmemente establecido en el canon estadounidense. Se dijo que era el escritor que América no se podía permitir perder.
Cuenta Jaime Priede que a los dieciocho años, entregando un pedido de la farmacia en la que trabaja como repartidor, mientras espera en la puerta a que un anciano le pague, le llama la atención ver libros esparcidos por el interior de la casa, así como un ejemplar de la revista Poetry sobre la mesa del comedor. El anciano se la regala: “a lo mejor algún día escribes algo y no sabes adónde mandarlo”, le dice. Esa noche Carver apenas duerme, leyendo una y otra vez los poemas de Ezra Pound.
Poeta y escritor de relatos cortos que publica en revistas, su primera colección, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, ve la luz en 1976. La crítica acoge el libro con entusiasmo. Alaba la cuidadosa construcción de los relatos, despojados de adornos estilísticos, y señala que Carver posee un sello propio que se detecta en cada uno de sus párrafos.
Un año después Carver deja a su mujer. Ha encontrado a la poeta Tess Gallagher. Ella conseguirá que deje el alcohol, y con ella pasará los años más felices de su vida, hasta la muerte del autor a causa de un cáncer de pulmón, cuando contaba cincuenta años.
Se incluye a Carver en la nómina de autores del realismo sucio. Suelen habitar sus historias alcohólicos, divorciados, desempleados a la deriva, matrimonios en incidentes cotidianos. Desesperanza o escepticismo son palabras fáciles de encontrar en las contraportadas de sus libros.
Tras la publicación de su segundo libro en 1981 (De qué hablamos cuando hablamos de amor), los críticos coinciden en elogiar su estilo minimalista y lo consideran el creador de una nueva escuela.
Además de los poemarios Un sendero nuevo a la cascada (1985) y Bajo una luz marina (1986), Carver publicó en vida otros dos libros de relatos: Catedral (1983), considerado su mejor libro, y Tres rosas amarillas (1988). De publicación póstuma es Si me necesitas, llámame, compuesto por cinco nuevos relatos.
Con esta obra relativamente escasa, Raymond Carver es considerado uno de los maestros del cuento en el siglo XX, “el Chéjov americano”. A su muerte ya estaba firmemente establecido en el canon estadounidense. Se dijo que era el escritor que América no se podía permitir perder.

La polémica Lish
En 1998, consolidada ya la figura de Carver, un artículo publicado por D. T. Max en The New York Times Magazine vino a decir que el editor de Carver corregía sus relatos, hasta el punto de que eran más suyos que de Carver. Gordon Lish, que así se llama, además de editor fue profesor de escritura creativa en Yale y en Columbia, además de escritor de cuentos. Personaje controvertido, ha editado a escritores tan relevantes como Richard Ford o Don DeLillo
Tres años después de la muerte del autor, Lish vendió a una biblioteca de la Universidad de Indiana los escritos a máquina de Carver con sus correcciones. Cuando un estudioso los examinó e intentó publicar sus conclusiones, la viuda de Carver lo presionó para evitarlo.
Tanto Max como Alessandro Baricco han visitado el archivo, con idénticos grados de sorpresa. En De qué hablamos cuando hablamos de amor, último libro que Carver publicaría con Lish, el editor había eliminado casi la mitad del texto original de Carver, había rehecho los relatos y cambiado el final a diez de trece cuentos, además de modificar el título del volumen. El “Begginers” (“Principiantes”) de Carver se convirtió en De qué hablamos…, que como ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? toma como modelo a ¿Por qué no pueden decirte el porqué?, del también cuentista James Purdy.
Lo más sorprendente es, quizá, que tanto Max como Baricco corroboran que rasgos atribuidos a Carver, señas de identidad que le granjearon el reconocimiento de la crítica (minimalismo, frialdad impasible, uso de las mínimas palabras posibles, concepción del cuento según la teoría del iceberg de Hemingway, diálogos secos) no estaban presentes en los originales de Carver, sino que se debían a correcciones del editor. Carver se muestra más sentimental, sus relatos inspiran compasión (no escepticismo). En palabras de Baricco: “construía paisajes de hielo pero luego los veteaba de sentimientos, como si tuviera la necesidad de convencerse de que, a pesar de todo aquel hielo, eran habitables. Humanos.” Por el contrario, Lish aporta a las historias gelidez, les confiere un efecto más abstracto y cerebral.
Cabe preguntarnos por la actitud de Carver en todo esto. Tras hablar con Lish, Max nos cuenta la historia. Al principio, Carver se mostró agradecido con la ayuda de Lish. Está hundido en el alcohol y la pobreza, y Lish lo ayuda a mejorar como escritor además de abrirle el camino a la publicación. En una carta de 1969, antes de convertirse en un autor publicado, escribe a Lish: “después de todo, la historia es ahora mejor que cuando te la envié, que es lo importante, estoy seguro” (se trata de una traducción aproximada -el original de Max, que sepamos, no está traducido-).
Esta actitud perdura incluso hasta después de la publicación de ¿Quieres hacer el favor…? (1976). Carver no se muestra molesto. Pero el choque es inevitable, y se produce con la publicación de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Los cambios de Lish, como dijimos más arriba, son más acusados. La fama de Carver crece, y el editor llega a pensar en sí mismo como ventrílocuo de Carver. En 1980, Carver le escribe diciéndole que no puede permitirle publicar De qué hablamos… como Lish quiere. No da argumentos literarios. Explica que ha conocido a otros escritores a los que ha dado a leer algunos de los relatos del libro, por no hablar de su esposa, que también los conocía. ¿Cómo explicar las diferencias? Teme que se destape un escándalo y “por el amor de Dios” ruega a Lish que publique el libro como se lo envió. Pero al final, De qué hablamos cuando hablamos de amor fue publicado en 1981 como Lish quiso. Y los críticos lo celebraron.
La publicación de este segundo libro precipitó la ruptura de Carver con el editor. Enfadado, Lish se pregunta si debe hacer público su trabajo en las historias de Carver. El escritor Don DeLillo le aconseja que no se enfrente a Carver (no menoscabaría la fama del escritor y la gente guardaría rencor al editor), cosa que Lish hace, y además concluye diciéndole que tenga cuidado con los archivos. En 1991, tres años después de la muerte de Carver, Gordon Lish los vende, dando pie a que su influencia en la obra de Carver se haga pública.
Tres años después de la muerte del autor, Lish vendió a una biblioteca de la Universidad de Indiana los escritos a máquina de Carver con sus correcciones. Cuando un estudioso los examinó e intentó publicar sus conclusiones, la viuda de Carver lo presionó para evitarlo.
Tanto Max como Alessandro Baricco han visitado el archivo, con idénticos grados de sorpresa. En De qué hablamos cuando hablamos de amor, último libro que Carver publicaría con Lish, el editor había eliminado casi la mitad del texto original de Carver, había rehecho los relatos y cambiado el final a diez de trece cuentos, además de modificar el título del volumen. El “Begginers” (“Principiantes”) de Carver se convirtió en De qué hablamos…, que como ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? toma como modelo a ¿Por qué no pueden decirte el porqué?, del también cuentista James Purdy.
Lo más sorprendente es, quizá, que tanto Max como Baricco corroboran que rasgos atribuidos a Carver, señas de identidad que le granjearon el reconocimiento de la crítica (minimalismo, frialdad impasible, uso de las mínimas palabras posibles, concepción del cuento según la teoría del iceberg de Hemingway, diálogos secos) no estaban presentes en los originales de Carver, sino que se debían a correcciones del editor. Carver se muestra más sentimental, sus relatos inspiran compasión (no escepticismo). En palabras de Baricco: “construía paisajes de hielo pero luego los veteaba de sentimientos, como si tuviera la necesidad de convencerse de que, a pesar de todo aquel hielo, eran habitables. Humanos.” Por el contrario, Lish aporta a las historias gelidez, les confiere un efecto más abstracto y cerebral.
Cabe preguntarnos por la actitud de Carver en todo esto. Tras hablar con Lish, Max nos cuenta la historia. Al principio, Carver se mostró agradecido con la ayuda de Lish. Está hundido en el alcohol y la pobreza, y Lish lo ayuda a mejorar como escritor además de abrirle el camino a la publicación. En una carta de 1969, antes de convertirse en un autor publicado, escribe a Lish: “después de todo, la historia es ahora mejor que cuando te la envié, que es lo importante, estoy seguro” (se trata de una traducción aproximada -el original de Max, que sepamos, no está traducido-).
Esta actitud perdura incluso hasta después de la publicación de ¿Quieres hacer el favor…? (1976). Carver no se muestra molesto. Pero el choque es inevitable, y se produce con la publicación de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Los cambios de Lish, como dijimos más arriba, son más acusados. La fama de Carver crece, y el editor llega a pensar en sí mismo como ventrílocuo de Carver. En 1980, Carver le escribe diciéndole que no puede permitirle publicar De qué hablamos… como Lish quiere. No da argumentos literarios. Explica que ha conocido a otros escritores a los que ha dado a leer algunos de los relatos del libro, por no hablar de su esposa, que también los conocía. ¿Cómo explicar las diferencias? Teme que se destape un escándalo y “por el amor de Dios” ruega a Lish que publique el libro como se lo envió. Pero al final, De qué hablamos cuando hablamos de amor fue publicado en 1981 como Lish quiso. Y los críticos lo celebraron.
La publicación de este segundo libro precipitó la ruptura de Carver con el editor. Enfadado, Lish se pregunta si debe hacer público su trabajo en las historias de Carver. El escritor Don DeLillo le aconseja que no se enfrente a Carver (no menoscabaría la fama del escritor y la gente guardaría rencor al editor), cosa que Lish hace, y además concluye diciéndole que tenga cuidado con los archivos. En 1991, tres años después de la muerte de Carver, Gordon Lish los vende, dando pie a que su influencia en la obra de Carver se haga pública.
Parece ser que, en España, la editorial Anagrama va a publicar los textos originales de Carver. Así todos sabremos cómo eran antes de que Lish les aplicara su gélida tijera.
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