20 de noviembre de 2017

"Mala letra", de Sara Mesa


Mala letra (Anagrama, 2016) es el tercer libro de relatos de la sevillana Sara Mesa, a la que comenzamos a conocer en mayor medida a raíz de la publicación de Cicatriz (Anagrama, 2015), que cosechó un notable éxito de crítica y público. Antes de ello ya había sido finalista del Premio Herralde en 2012 con Cuatro por cuatro y ganadora del premio Málaga de Novela con Un incendio invisible, que este año ha reeditado Anagrama, además de publicar, entre otros títulos, la novela El trepanador de cerebros (Tropo, 2010). Se compone Mala letra de once relatos. Comentaré con brevedad algunos de ellos.

En el primero, "El cárabo", nos encontramos con la tristeza de una madre joven que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, con la culpa subsiguiente. Un relato bien llevado, con una conseguida tensión, si bien al final queda el regusto de que faltó algo (aunque bien pudiera la carencia estar en el entendimiento de este reseñista). Me chirría un poco la expresión "para prestarle cada molécula de calor" (la cursiva es mía). 

El segundo relato es "Mármol", de palpable sustrato autobiográfico, a vueltas con los años escolares y nuestra visión de la muerte por entonces, a través de un suceso trágico de los que no se olvidan. Un cuento sencillo y efectivo, con coda metaliteraria. Destacaría esa forma de escribir atenta a los matices y a no presentar una visión unívoca, maniquea, de los hechos. Ese dialogismo me gusta. Aquí entra en juego el título del volumen, pues la narradora cuenta cómo un profesor a menudo le corregía su forma de coger el lápiz, a todas luces alejada de los cánones que dictaban los cuadernillos Rubio (véase la imagen de portada). Me ha gustado mucho.

Le sigue uno de mis preferidos, "Apenas unos milímetros", donde de nuevo queda patente la perspicacia de la autora, su inteligencia, hondura y buen hacer. Lo dicho sobre "Mármol", a propósito de los matices y la huida de lo maniqueo, vuelve -y es de celebrar- a manifestarse aquí.

"Creamy milk and crunchy chocolate" trata el tema de la culpa y la posibilidad de redención, a partir de -no quisiera desvelar en exceso las tramas- un accidente cotidiano. Aunque la forma de cerrarlo no me parezca la más afortunada, se sigue con mucho interés.

"Nosotros, los blancos", es el relato más largo del libro, de unas cuarenta páginas. Tiene lugar en la ciudad ficticia de Cárdenas, topónimo recurrente en estos relatos y, por lo que he visto, también en otras obras de Sara Mesa. Se trata de una historia de vidas grises que se ven involucradas a su pesar en problemas a los que uno asiste con un pesar progresivo. Me ha hecho pensar, no sé por qué, en el cine de los hermanos Dardenne, que me suele gustar. "Todo el mundo parecía bien acompañado: las risas, el brillo de copas entrechocando, la espuma de la cerveza, todas aquellas cosas que pertenecían a los demás pero no a mí", leemos.

"Papá es de goma" es quizá el que menos me ha convencido, por demasiado hermético. Los protagonistas son niños. Aunque es muy efectiva la recreación de la atmósfera y tiene interés lo que se cuenta, la información que recibe el lector resulta escasa y quedan en el aire demasiadas preguntas, a mi juicio.

"¿Qué nos está pasando?", en cambio, es otro de mis preferidos. Un relato del mundo laboral -y los límites de ciertas relaciones tácitas de vasallaje que pueden llegar a establecerse- donde encontramos a un empresario -macho alfa- y una dupla de empleadas más jóvenes. Contado sin linealidad cronológica, demuestra un buen despliegue de recursos narrativos. Un relato muy logrado.

Cierra el libro "Mustélidos", un texto con poca acción que se centra en el diálogo entre un chico y una chica, compañeros de trabajo, durante un viaje y la visita a un museo, grosso modo. Ella ha publicado un libro de relatos que él ha leído y del que le lanza diversas críticas y quejas, a raíz de lo cual se genera un interesante coloquio a propósito del acto creativo, los prejuicios sobre "lo femenino", etc.  

En general, Mala letra (finalista del premio Setenil) me ha parecido un libro de relatos bastante bueno, que apela a un lector activo, inteligente, donde observamos a una autora que maneja con soltura los recursos (la elipsis, por ejemplo), con un estilo sin grandes artificios y buena mano para la creación de atmósferas y para mantener la intensidad en sus historias. Ha sido una grata lectura, y sigo dispuesto, pues, a sumergirme en nuevos libros de cuentos de Sara Mesa y, por supuesto, en la novela Cicatriz.


La dama del armiño (1490), de Leonardo da Vinci

19 de noviembre de 2017

Magia

Imagen de Samuel Zeller

MAGIA

De los buenos libros se sale
midiendo varios centímetros más.


17 de noviembre de 2017

Un canario longevo



Tenemos un canario longevo. Ha cumplido, o está a punto de cumplir, diecisiete años. Su trino no es amarillo, porque ya no trina. Como mucho, pía un poco si uno se acerca a la jaula. Con el plumaje medio descolorido y las patas arrugadas, le ocurre lo que al de la portada de aquella edición de los cuentos de Cheever: tan hecho está a la jaula que no la abandona ni aunque se le abra la puerta, ya se le ofrezca la libertad de por vida. Durante horas la ha encontrado expedita, en el balcón incluso, y no ha tenido el arrojo de escaparse. A veces lo hemos forzado a pasar un rato fuera, y se ha quedado quieto, desorientado, sobre el sofá, abriendo mucho el pico como si anduviese medio infartado, o ha empezado a revolotear histérico, desnortado, hasta que hemos concluido que lo mejor para el animal no podía ser sino devolverlo a su feudo. Es un canario hiperactivo, bromea mi hermana, con palpable ironía. Algo arisco, no deja de picarle en los dedos a mi madre cuando lo coge para recortarle las uñas, que de no usarlas se le alargan y arquean como medias lunas. Cualquier día, decimos, amanecerá tieso en mitad de la jaula, con las patas para arriba. Pero pasan los años y ahí sigue, apacible e innominado, habiendo sobrevivido, por olvido nuestro, a alguna noche de frío en la azotea. A ratos mueve mucho el cuello cuando nos acercamos, y sospechamos que ha perdido la visión, en un ojo al menos. Pero luego se le pasa, y metiendo una mano en la jaula atestiguamos que nos sigue viendo. Además del alpiste, le gusta picotear pan, manzana, pepino, lechuga, moldes con restos de magdalena. También prueba mi madre a introducir en el menú, de cuando en cuando, otros alimentos frescos, no siempre con éxito. Dispone además, el canario, de un cuenco con agua, ya sea para refrescarse en las tardes de verano o para aseo personal, y es raro el día en que no lo usa, aun en los fríos de invierno. Parece, en definitiva, bien atendido. “Al canario lo quieres más que a mí”, le reprocha a veces mi padre, en el tono de broma con que se lanzan algunas verdades.

10 de noviembre de 2017

"Manual de literatura para caníbales", de Rafael Reig



Manual de literatura para caníbales fue publicado en 2006 por Debate. Constituye una historia novelada de la literatura española desde el siglo XIX a la actualidad. Con posterioridad, Rafael Reig escribió un segundo volumen que abarca desde las jarchas y los inicios de la literatura castellana hasta el siglo XIX. Ambos se encuentran ahora editados por Tusquets. De ellos se habló hace unos meses en el programa de libros de Sánchez Dragó, Libros con uasabi, en el que una colaboradora, para sorpresa de este que escribe, reivindicó la figura de Millán Astray, alegando que se había tergiversado mucho su incidente con Unamuno.

De Reig uno leyó allá por 2003 la novela Sangre a borbotones, muy imaginativa y humorística, que mi yo de entonces disfrutó con creces, y poco después Guapa de cara, ambas publicadas por la añorada Lengua de Trapo.

Este peculiar manual que nos ocupa parece movido por una actitud desmitificadora -y en ocasiones irreverente- a la hora de contemplar la historia de la literatura, no exenta de luchas antropófagas con el fin de hacerse con el poder cultural y situarse en el centro del canon:

"La Historia de la Literatura no es más que un bestiario, un recuento de animales feroces que se devoran unos a otros".

A fuerza de contar miserias, en ocasiones acaba el lector pensando que no deja Reig títere con cabeza, y puede llegar a cansar tanto perdigonazo. Sin embargo, la mayoría de las veces es capaz de narrar y tener gracia sin llegar al improperio. El espíritu del libro lleva a pensar, salvando las distancias, en Fabulosas narraciones por historias, la estupenda novela, a vueltas con la generación del 27, de su amiguísimo Antonio Orejudo, de cuyas virtudes ya dejé constancia aquí en otra entrada.

El libro se estructura en ocho temas que tratan los distintos movimientos literarios (Romanticismo, Realismo, Modernismo, etc.). Al final de cada unidad se proponen varios ejercicios, donde pueden rastrearse algunas reflexiones suculentas, además de unas recomendaciones personalísimas sobre qué leer y qué no de cada período en cuestión. Así, por ejemplo, nos enteramos de que Fortunata y Jacinta le parece a Reig la mejor novela española, por encima del Quijote. Como personajes aparecen los escritores en cuestión y siempre, también, algún miembro de sucesivas generaciones de la familia Belinchón, el último de los cuales narra la historia.

El desparpajo, el humor y el desenfado de Reig se hacen notar. Como doctor en Letras y profesor universitario, algo conoce también estos temas, y recrea con libertad sonadas escenas vitales de los autores al tiempo que desgrana una serie de referencias jocosas que captarán los iniciados. La prosa, directa y contundente, se antoja rica en léxico, con tendencia a lo coloquial.

Algunos datos y anécdotas: Larra escribió que escribir en España es llorar y al mismo tiempo era el periodista mejor pagado de la época; algunos modernistas poblaban sus versos de nenúfares sin tener ni idea de lo que era un nenúfar; el cerebro de Rubén Darío desapareció tras su muerte y anda en paradero desconocido; García Márquez acostumbraba a escribir con un mono azul encasquetado y -algo que ya es casi un lugar común- parece ser que de existir en tiempos de Cervantes el premio Cervantes, este se lo habrían dado a Lope de Vega y en ningún caso al manco de Lepanto, que como él mismo decía, era "más versado en desdichas que en versos". Azorín queda retratado como un resentido, además de desesperado por triunfar. Se le muestra de esta guisa a la hora de pedir un café:

"-Va, te convido a un café -le ofrecían, por ejemplo.
-Venga. Lo ansío. Lo apetezco. Lo voliciono.
-¿Solo o con leche?
-Yo, el café, lácteo, enjalbegado, albicante.
-Tú estás gilipollas, Pepito."

Uno ha leído algunos libros de Azorín y, por la razón que sea, lo tiene en más estima, no lo reduce a este tipo de trimembraciones pedantescas. Para mi gusto, pues, aquí Reig se pasa bastante. Con César Vallejo sí demuestra mayor respeto, pues parece que lo admira. Y me alegro.

En definitiva, este Manual de literatura para caníbales ha resultado, con sus luces y sus sombras, una lectura enriquecedora y con la que uno ha pasado ratos bastante agradables.


1 de noviembre de 2017

"Intemperie", un poema de Eloy Sánchez Rosillo




INTEMPERIE

"Que la vida acostumbre
a ponernos el mundo del revés,
a golpearnos y zarandearnos,
o a sonreírnos mientras nos conforta,
es algo propio de ella, y en el fondo
hemos de agradecérselo.
Tan sólo en el deseo o el temor
de esa rara alternancia
desigual y azarosa
logramos ser nosotros, caminar,
y hallar la rosa o el abismo,
la noche negra, el alba repentina.
En la seguridad sin amenaza
no hay movimiento, no hay respiración,
risa o gemido, y en el pecho yace
una quietud que en mucho
a la muerte se iguala.
La intemperie es la casa verdadera,
abierta por completo y para siempre
a lo posible y lo imposible,
a las cosas del hombre,
con su fascinación y sus espantos,
con todo su dolor
y toda su alegría."

Eloy Sánchez Rosillo, Hilo de oro (Antología poética, 1974-2011), (Cátedra, 2014).

18 de octubre de 2017

Presencia

Fotograma de La tienda en la Calle Mayor (1965)

PRESENCIA

No había el sábado colegio.
Mi bisabuela, viuda,
longeva como un drago milenario,
lavaba en silencio su ropa.
Jabón casero en el barreño
y la delicadeza de unas manos
portadoras de amor invicto.
Yo la observaba desde mis cinco años.
Translúcidas mejillas
donde afloraban capilares,
y una mirada humilde y digna.
No había el sábado colegio,
pero sí clase.
Lecciones que volaron al futuro
y recoge el adulto deficiente
en que me convertí.
Ahora, si algo lavo con las manos,
si friego un plato o tiendo la colada,
a menudo me asiste su presencia.
Humana, venerable, luminosa.

11 de octubre de 2017

La fórmula (un poema de Karmelo C. Iribarren)

Masao Yamamoto


LA FÓRMULA


"Hay que estar preparados para lo peor
y disfrutar de lo bueno. Esa es
la fórmula. Saber que nada es duradero;
que la palabra siempre es engañosa,
falsa, equívoca; que lo que hoy nos une
eternamente, mañana será polvo, odio quizás,
historia de la mala; que la vida se venga
en la felicidad. Saber que será así,
o podrá serlo. Y vivir como si el tiempo
nos debiese algo, como si fuese nuestro,
exigiéndole al contado lo que nos pertenece."


Karmelo C. Iribarren.

4 de octubre de 2017

Justicia poética



JUSTICIA POÉTICA


-Escucha este poema de Neruda -dijo ella, que acostumbraba a compartir con su novio lecturas que le gustaban.
Y empezó a vocalizar con cierto arrobo:
-“Sucede que me canso de ser hombre. / Sucede que entro en las sastrerías y en los cines / marchito…”
-Para, para -interrumpió él al punto-. ¿Sucede que me canso de ser hombre? ¿De qué se trata? ¿Es una apología de la homosexualidad? ¿Una invitación al travestismo?
Se hallaban distendidos en el sofá, a medianoche. Ella se enfadó: entendía que el comentario, más que sentido del humor, volvía a evidenciar un sustrato algo homófobo y machista del que ya empezaba a hastiarse.
Pero, sin ninguna gana de discutir a esas horas, calló, como ausente, al tiempo que se descubrió incapaz de seguir aguantando: él, debía aceptarlo cuanto antes, no iba a cambiar de mentalidad. Y aquello, a decir verdad, le parecía que lastraba de forma determinante la relación.
Sin apenas intuirlo, quizá de forma en exceso radical, en ese mismo instante comenzó a imaginarse dejando todo aquello y volviendo, otra vez, a la soledad.


*Microrrelato originalmente publicado en la web Microcuento.es

24 de septiembre de 2017

Ciudad perdida



CIUDAD PERDIDA

"Era una madrugada negra y fría
cuando salí del bar,
que apagaba sus luces en un barrio
de calles miserables. La ciudad
era como el cadáver de mi vida,
no se sentían ya los latidos del tráfico.
Las casas, yertas en la oscuridad.

Una luz se encendió, y se abrió una ventana,
surgiendo inesperada la calidez brillante
de un solo de trompeta,
un canto de tal fuerza y alegría
que contrastaba con las calles mudas.
Alguien en uno de los pisos
lanzaba así su vida a alguna parte.

Muchas veces me viene el pensamiento
de que sólo un dolor desconocido
pudo crear la melodía.
O fue mi propia angustia la que me hizo escuchar,
para sobrevivir a aquella noche,
como si fueran algo excelso,
unas notas vulgares."

Joan Margarit, Misteriosamente feliz (Visor, 2009).

10 de septiembre de 2017

Cartas de lejos



En calidad de periodista, viajó bastante Josep Pla (1897-1981) por Europa. Trabajó como corresponsal en países como Francia, Portugal, Italia, Alemania... Cartas de lejos (1947) nos ofrece estampas líricas, reposadas, poéticas, de sus observaciones viajeras en Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia... La palabra "cartas" en el título puede llevar a equívoco, de modo que aclararemos que no se trata de una obra epistolar tipo Cartas marruecas, sino de fragmentos breves, impresiones, postales verbales de los lugares por donde el autor va pasando, y de lo que va viendo. Su literatura es una literatura, más que de imaginación, de observación. A propósito de esto último, su primer libro lo tituló, de forma lógica, Cosas vistas (1925).

Habla Pla de pintores como Memling, Lucas Cranach, Rembrandt, Vermeer, David Teniers. También de la literatura sueca y noruega y, tras mencionar a Hamsun y Lagerlöff, concluye que desde nuestro punto de vista latino "tan frío, prosaico, estrecho y agotado", "tan poco humorístico, tan pobre de imaginación y tan falto de fantasía, la literatura de estos pueblos del norte se nos antoja una locura delirante y desenfrenada". A uno le choca cómo atribuye a los latinos calificativos que nosotros, los latinos, asociamos más bien, precisamente, a las naciones escandinavas. A propósito de eso de "tan poco humorístico", sin ir más lejos ayer escuchaba uno una entrevista a Antonio Orejudo en la que venía a afirmar casi lo contrario, que grandes clásicos de nuestro país (el Quijote, el Lazarillo...) destacaban por su vena humorística. También escribe Pla: "es positivamente agradable". Cuesta imaginar algo agradable que no lo sea de forma positiva. Emplea el autor catalán -o su traductor, en este caso Josep Daurella- alguna que otra palabra que llama la atención, por expresiva. Por ejemplo, azotacalles: 'persona ociosa que anda continuamente callejeando' (voz coloquial y en desuso).

Si uno se adentra en Cartas de lejos con ánimo de encontrar el mismo grado de maestría que en El cuaderno gris, que me pareció maravilloso, probablemente salga decepcionado, pero si se acomete con otro talante ofrece ratos -al igual que Viaje en autobús- de disfrute paladeable, de reposado placer. Ese, al menos, ha sido mi caso. Me sienta bien la prosa de Pla. Lo seguiremos leyendo.

6 de septiembre de 2017

Tiempos difíciles



TIEMPOS DIFÍCILES

"Era todo tan triste y tan absurdo.
No vivías apenas. Te colgabas
de la pared de la melancolía
y veías pasar las lentas horas
que hacia nada conducen y hacia nunca.
Las mujeres te habían retirado
su protección, los dioses su asistencia
y la literatura su cobijo.
Fueron tiempos difíciles aquéllos."

Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950).

28 de agosto de 2017

Fotografía: Francesc Català-Roca


Esquina. Madrid, 1956

Las Ramblas

Cine en la Gran Vía. Madrid, 1953

Toledo

Cuenca hacia 1956

Galicia. 1960




Puerta de Toledo

Las Ramblas con lluvia, en torno a 1950 (Museo Reina Sofía)

22 de agosto de 2017

Años luz

Equipaje, de Cristóbal Toral

AÑOS LUZ

Sentado en este banco del paseo marítimo
agotando un día de playa
a la luz indecisa
y declinante del ocaso.
Catorce nacionalidades,
siete ideologías, y un gato
convergen
en este instante
                         que se va.
Patinadores, destinos cruzados,
algún cansado neón hotelero.
Escaparates de distensión,
pieles emborrachadas de salitre,
refulgente y palpable bienestar.
Aquí
        se detiene uno a constatar
con ojos asombrados
la maravilla,
la fastuosa maraña de la vida.
Y, sin dejar de celebrarla,
a un tiempo,
la lejanía trágica,
sideral de
la vida.

15 de agosto de 2017

"La manía", de Andrés Trapiello



Con La manía llego a la decena de incursiones en el Salón de pasos perdidos, los diarios de Andrés Trapiello, que voy leyendo desordenados, a modo de improvisada rayuela cortazariana. Este volumen, de unas ochocientas páginas, lo publicó -como todos- Pre-Textos en 2007, y luego Austral en edición de bolsillo unos años más tarde, en 2013. Se trata del número quince de la serie, e incluye acontecimientos correspondientes al año 2001, el de la caída de las Torres Gemelas.

Disculpen que nos pongamos ligeramente canónicos: el pasado octubre, Babelia publicó una lista con los cien mejores libros en español de los últimos veinticinco años, que encabezaba 2666 de Roberto Bolaño, y fue precisamente La manía el título de Andrés Trapiello que figuraba en la nómina. Estas listas, ya se sabe, han de tomarse con todas las precauciones posibles, pero lo cierto es que a uno también le ha parecido La manía de los mejores del autor que ha podido leer hasta la fecha, aunque el nivel general de la serie es excelente. No deja de maravillarme el abanico humano que Trapiello consigue sacar a la palestra en cada nuevo tomo, esa mezcolanza de lo noble, lo ruin, la bondad, la bajeza, narrada siempre con maestría, que resulta tan enriquecedora y denota una mirada muy inteligente. 

Escribe Trapiello en el prólogo a El tejado de vidrio que como diarista le gustaría que se dijera de él que todo lo vio "con ánimo generoso, enamorado y compasivo". Esa declaración parece orientarnos, acaso, acerca del tono de estos libros, impregnados también de aliento poético, algo de mordacidad e innegable sentido del humor.

Sobre la naturaleza genérica del proyecto, el autor habla del Salón de pasos perdidos como de una "novela en marcha". Se trata, diríamos, de un texto híbrido. Durante el año en cuestión, escribe en un cuaderno unas páginas que luego alarga o poda, reelabora y reescribe, para darlas al cabo a la imprenta. Esta segunda fase suele ocurrir equis años después (en principio fueron tres, luego el lapso fue ampliándose a cinco, siete, y hasta diez años). Habla el autor de verosimilitud, más que de veracidad. Comenta, si mal no recuerdo, que una mano compone estos libros como diario y la otra los reconvierte luego en novela. Reconoce que no pretende ejercer de notario de la realidad, y que algunos episodios tienen mucho de fabulación. Sobre este aspecto, resulta interesante la conversación que mantuvo con Arcadi Espada en El Mundo.

En La manía, además de los tradicionales domingos de "pesca" en el Rastro, las escenas familiares, descripciones de naturalezas y algún viaje al extranjero, asistimos a encontronazos con Juan Cruz, Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz, Constantino Bértolo... La Guerra Civil tiene cierto peso en el volumen, pues en 2001 Trapiello escribía La noche de los Cuatro Caminos, una historia del maquis, y recoge aquí jugosas escenas acaecidas durante la investigación preparatoria. Aparecen además, como siempre velados por una X, literatos como Javier Cercas, Juan Goytisolo, Javier Marías, José Ángel Valente y una cuadrilla de personajes anónimos que acaban conformando ese fresco humano del que hablábamos. Se trata de un volumen apenas aforístico, en comparación con otros de la serie. 

Escribía Karl Löwith (citado a través de Los cuadernos de Rembrandt, de Jiménez Lozano) que la tarea de los novelistas del siglo XX ha sido evidenciar la nada del ser humano moderno, más que crear un cosmos humano, que es lo que hicieron Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi. Se diría que la obra de Trapiello, sea más o menos apreciada, sí tiene vocación de inscribirse en esta segunda línea de actuación.

Después de tantas páginas, sigo disfrutando con este diario. Seguiremos, pues, leyendo una obra mastodóntica, catedralicia, que alcanza ya los veinte tomos (parece que antes de acabar el año llegará a las librerías el vigésimo primero) y, según autorizados cálculos, las diez mil páginas. Anotada queda La manía para la lista de mis mejores lecturas del año.


El autor fotografiado por su hijo Rafael Trapiello en Las Viñas (Cáceres)

3 de agosto de 2017

Venían calle abajo



Venían calle abajo. Comerciales jóvenes, voceros de las eléctricas. Trajeados y afeitados, engominados y maquiavélicos, con esa aureola de triunfadores y liantes abonada por tantas historias de persuadidos que, justo después de rubricar, comienzan a sentirse engañados.

Desde el bar semidesierto vi acercarse a la dupla. No imaginé que pudieran atracar allí, pero se sentaron en una de las mesas vacías de la puerta. Individuos de apariencia peligrosa, di en pensar, pero luego intenté corregir mi desconfianza, a buen seguro prejuiciosa.

Debían de ser temporeros, pensé, avezados universitarios recién egresados, grumetes contratados para alguna campaña estacional. Sin mayores esfuerzos los atisbaba a través de la ventana medio abierta. Extraían documentos de sus carpetas, señalaban cifras en fotocopias de facturas encabezadas por el logotipo de alguna empresa del IBEX 35, comentaban algo para luego volver a archivarlas. Quizá acababan a aquella hora la jornada y, sentados ante unas cervezas y en aparente soledad, se aflojaron un poco la corbata... y la lengua.

Retazos de conversación franqueaban de cuando en cuando la ventana de reja. Se quejaban los emisarios del oligopolio energético de que no era corriente lo de cierta señora: “X es tonta: no quiere cambiarse, le gusta pagar más”. Se advertía en el tono algo de saña y bastante desprecio, modales atribuidos -por lo general- a ocupantes de otras vestiduras. No cabe duda, por otra parte, de que esa capacidad suya, tan palpable, de saber apartar a un lado la decencia, tan improductiva, para ascender sin reparo, habrá de serles de mucha utilidad y beneficio en esta vida. Pero esta última línea apestará a muchos a insoportable moralina. Con todo, a pesar del evidente sarpullido que a uno le levantaron -no lo oculto-, tampoco dudo de que llegarán lejos en este mundo, y quizá un golpe de dedo les baste, en el futuro, para aniquilar a este escriba bala perdida y con pocos contactos.

El pasmo de uno borboteó cuando, al cabo, en el momento de pagar, me pareció escuchar que los señores trajeados discutían el precio con el tabernero. Por si el choque de Weltanschaaung no era ya suficientemente poderoso, aquello me acabó de revolver el estómago. No sabía si sonrojarme, de puro bochorno, o qué otra salida acometer. Imposible resultó captar los pormenores del regateo, pero al cabo entró furioso el tabernero, tensando la musculatura hasta en las pestañas:

-Precio de guiri, dicen que les he puesto -dijo, y sonreía crispado, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

2 de agosto de 2017

Despertando a nueva vida

Darío de Regoyos, La ría de Bilbao con nieve

  
PARAÍSO EN LA NIEVE


"Cuando la nieve va a llegar, se oye
un silencio en los campos,
un silencio en los cielos.
Luego, van descendiendo densos copos,
los sientes en el rostro como un don
y te vas despertando a nueva vida.

Avanzas en lo blanco lentamente,
avanzas con el peso de lo negro
que siempre hubo en ti,
con lo que hiere y duele y nos enferma,
con todo el mal que en siglos hemos hecho,
con todo el mal que en siglos nos hicieron.
Mas, poco a poco, se aligera el cuerpo
y el alma, extraviada en lo blanco,
espacio es de sí misma.

¡Paraíso en la nieve!
Al fin, ya todo es blanco
en lo negro del hombre.
Hasta el aire tan frío que respiras
te parece de fuego.
Y allí donde se posan tus dos ojos
la luz es una zarza que llamea,
oímos el crujido de la luz."


Antonio Colinas, Los silencios de fuego (Tusquets, 1992).

26 de julio de 2017

Choque de trenes



CHOQUE DE TRENES

A más de un novelista
inspiran los detalles como este.
Los bosques -y quién sabe
si algún lector-
acaso agradezcan que yo
no pertenezca al gremio.
Escena triste:
un padre y su hijo, ayer,
en la estación ferroviaria.
Abrazándose con la misma fuerza
(e idéntico cariño inexistente)
que dos coches que impactan
de frente
en mitad de una tormenta de nieve.
Aquello fue, más que un abrazo
-no engañaban las caras-,
auténtico choque de trenes.

20 de julio de 2017

Súbito viento refrescante



INVOCACIÓN AL VIENTO DE LA TARDE

Súbito viento refrescante
que soplas agitando las livianas
cortinas de la sala en sombras,
inundando de pájaros
y luces sosegadas de sereno crepúsculo
el miedo sofocante varado en el pasillo,
por donde, enfermo, vaga un corazón que se deshoja;
sigue soplando, viento de la tarde,
penetra en esta ruina de hojas enfangadas
y corrupta floresta; que tu aliento
remoto resucite la pasión
de vivir, el coraje necesario
para poder cantar, para poder volar,
incluso apresado en el nido de la muerte.


José Luis Parra (Madrid, 1944), Cimas y abismos. Antología poética (Renacimiento, 2012).

15 de julio de 2017

Tan impasible como siempre



TELEVISIÓN
(Valencia, 1963)


"Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fui al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy; lo grité varias veces muy exaltado, "¡Han matado a Kennedy, han matado a Kennedy!", y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: "¿Y?"."


Relato incluido en Hijos sin hijos, de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), publicado originalmente en Anagrama en 1993 y reeditado luego en DeBolsillo en 2012.

19 de junio de 2017

La magia de salir del cine



No en todas las ocasiones sucede, pero el momento en que uno vuelve a pisar la calle tras abandonar una sala de cine suele funcionar como una experiencia espiritual de primer orden. Y si ha anochecido en el ínterin, mientras veíamos la película, mucho más. La sensibilidad se aviva, el cerebro chispea pleno de conexiones neuronales, y a las calles se diría que les acaban de dar un par de manos de pintura, pues ahora irradian intensidad a discreción.

El yo que sale del cine pocas veces coincide con el que entró hora y media o dos horas antes. A veces, como si la oscuridad de la sala tuviera efectos reparadores, notamos al reincorporarnos al hormigueo urbano que andamos un poco menos descacharrados, como si nos hubieran entablillado las entrañas, reajustado piezas sueltas, apretado clavijas, limpiado bujías. Tal vez los griegos antiguos acertaron ya a describir todo esto con una sola palabra: catarsis. Tal vez se trate de algo ligeramente diferente, de una de las vertientes de lo sublime. Los cinéfilos sensibles, conscientes de todo esto, recordaremos siempre esos momentos tan especiales de la salida, cuando caminamos al borde de una revelación intuida pero que casi nunca acaece. Comentaremos con otros cinéfilos, en conversaciones de barra de bar, en mitad de un viaje por carretera o compartiendo colchón con la persona que amamos, la naturaleza vaporosa y mágica de esos instantes de reingreso a la realidad tras el paréntesis fílmico, pues al rato ese efecto narcótico que con fortuna nos ha invadido parece desvanecerse.

La experiencia, ese subidón tras el chute de celuloide, alcanza cotas orgiásticas cuando la película maravilla, marca un hito, consigue trastocar nuestra visión del mundo. En esos casos, nunca será uno ya, jamás, idéntico a quien entró dos horas antes, nos han actualizado el software, o incluso el sistema operativo.

12 de junio de 2017

Literatura




   Al viejo Valenzuela lo conocí de niño, en mis visitas al parque. Hombre afable, de pelo blanco, comía pipas y echaba pan a las palomas. A veces hablábamos, y poco a poco me fue relatando historias que incendiaron mi imaginación. Mi madre me dijo que no me fiara, pero en vano: yo no podía desoír el canto de las sirenas. Valenzuela me contó su secreto: una habitación de su casa, al final del pasillo, plena de maravillas: trampillas por las que se accedía a una ciudad subterránea, puertas secretas tras los muebles, que daban a pasadizos y grutas, entre otras atracciones que mi puerilidad agigantaba. No necesitaba explicar mucho; bastaba una insinuación para que yo, influenciado por los dibujos animados, fantasease con ambientes reacios a ser apresados en palabras, de los que me asaltaba únicamente su efecto extático. Valenzuela falleció sin permitirme franquear su cuarto mágico, pensando en el cual a veces me costaba pegar ojo. El velorio se celebró, como de costumbre en el pueblo, en casa del finado. Acompañé a mi madre, y no me fue difícil escabullirme hasta la habitación en cuestión. Para mi decepción, no encontré al franquearla nada de lo que Valenzuela había prometido: solo libros y más libros, dispuestos en estantes que tapaban las cuatro paredes. Fue una contemplación casi humillante. Tardé decenios en convertirme, por derroteros de la vida, en denodado lector. Hasta entonces no pude perdonarle su jugarreta: por fin dejé de ver a Valenzuela como un vulgar impostor.

Jesús Artacho

(Microrrelato originalmente publicado en la web microcuento.es)

4 de junio de 2017

Puede contener trazas de



Qué delicia cuando uno lee los ingredientes de algún alimento y llega a eso de: “puede contener trazas de crustáceos, albaricoque, lomo de papagayo tolteca o huevo de Diplodocus”. Piensa uno: pero si solo se trata de una barrita de chocolate… 
En ese contexto serio, la vaguedad del puede, esa ambigüedad deliberada, dinamita ipso facto el clima de rigor. Sin necesidad de acudir a deportes extremos, menudos lingotazos de adrenalina los que deparan ciertos etiquetados.

28 de mayo de 2017

Manual para mujeres de la limpieza





Ya se sabe que un sector de la población, que no sé si coincide con ese que lee poco, acostumbra a juzgar los libros por su título. 
-¿Qué lees? 
-Las flores del mal. 
-¿Y por qué no las del bien
Y así. 
El título de este libro, que a algunos parece sexista, es el de uno de los relatos que contiene este volumen de Lucia Berlin. Los editores lo eligieron para coronar la antología. Que entre los relatos que la componen se encuentren títulos más evocadores, menos disuasorios, que también podrían haber valido como título general, ya es otra historia.

Lucia Berlin nació en 1936 y murió en 2004. De nacionalidad estadounidense, tuvo cuatro hijos, fue alcohólica y se rehabilitó, desempeñó diversos oficios, entre ellos el de profesora, el de enfermera y el de limpiadora. En vida publicó 76 relatos. La mayoría quedaron recogidos en tres libros, pero ninguno de ellos gozó del alcance que ha tenido esta recopilación póstuma, que ha multiplicado el número de lectores de sus historias. No fue tan desconocida en vida como otros casos más flagrantes (véase Fernando Pessoa), pues tuvo premios, reconocimientos, publicó, pero sí ha copado tras ver la luz este libro un lugar muchísimo más visible, hasta el punto de que algunos han llegado a hablar del "fenómeno" del descubrimiento de Lucia Berlin. Y aquí uno que se alegra, pues la de Berlin se antoja buena literatura, casi indispensable para quienes aprecien el género del relato corto. 

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) contiene 43 textos de corte realista. Por ellos pululan alcohólicos con el mono, madres luchadoras que pasan horas muertas en las lavanderías, jóvenes que envían a su novia embarazada a pillar algo de droga al otro lado de la frontera mexicana, personas que se conocen por casualidad y entablan una entrañable amistad. Berlin usa, cómo no, elementos biográficos para confeccionar sus historias, aunque ya avisa Lydia Davis, que prologa el volumen, que sus narraciones no sirven para conocer realmente a la autora. No obstante, los nombres de personajes que se repiten, las protagonistas llamadas Lucía..., contribuyen a que veamos la producción cuentística de Berlin, por momentos, casi como una autobiografía ficcionada. A propósito, Davis menciona el concepto de autoficción, que se ha puesto tan en boga posteriormente.

De sus historias destacaría la intensidad que desprenden. Tienen nervio, son hondas, sencillas, auténticas. Narran epifanías, anécdotas determinantes, bien seleccionadas. Etapas o acontecimientos cruciales en la vida de las personas. Berlin puede contar cosas terribles sin énfasis, sin dramatismos, sin florituras. Se revela una buena observadora, atenta a los detalles significativos que a la mayoría pasan inadvertidos. En sus textos hay conflicto, hay complejidad. 

Desde las primeras páginas comprendemos que habremos de aceptar, pues, entre nuestros cuentistas estadounidenses predilectos, junto a Carver, Shepard, Bausch, Cheever, etcétera, a Lucia Berlin.

Algunos fragmentos:

"Si algo he aprendido es que cuanto más enfermo está un paciente, menos ruido hace".

"Odio esa idea... Estar orgulloso de los hijos, ponerse medallas por lo que ellos han logrado. A mí me caen bien mis hijos. Son cariñosos, son personas íntegras".

"Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza."

"Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento".