13 de abril de 2017

Breves



          VIDA DE NOVELA
En algún momento tendremos que empezar a firmar no ya la promesa de una vida de novela, sino la de una vida como la de la novela, que continúa en buena forma tras haberse anunciado no digamos su crisis, sino su misma muerte, cada diez congresos de literatura durante los últimos -pongamos- ciento diez años. Menuda agonía más pletórica.

NO TAN LIBRE
Actuaron unos músicos. En los folletos anunciando el show decían: entrada libre. Tocaron. Al terminar, pidieron unas monedas a los asistentes para futuros proyectos y se pusieron en la puerta a recogerlas a quienes tuvieran a bien colaborar. Quizá en el folleto, pienso -y me río solo-, junto a “entrada libre”, deberían haber advertido: “salida no tan libre”.

            BIBLIOT-ECONOMÍA
Biblioteconomía, curioso vocablo. Comienza refiriéndose a las bibliotecas y termina asentado en la economía. Parece un chiste malévolo que quisiera demostrar que nada se libra del capital. Ni la espina dorsal del conocimiento, tan impagable.

8 de abril de 2017

La lluvia amarilla



La lluvia amarilla (1988) es la novela más descaradamente poética que recuerdo haber leído en mucho tiempo. Los párrafos de los que se compone este monólogo, articulado por el último habitante de un pueblo oscense a punto de desaparecer, parecieran más bien estrofas. Aparte del lirismo en el tono y en el clima, encontramos multitud de rimas y la novela avanza a menudo a golpe de endecasílabo, a poco que rebusquemos entre la hojarasca. Tomemos un ejemplo:

"Sobresaltado, desvié la mirada hacia la lumbre. Los troncos crepitaban doloridos y, a su lado, la perra dormitaba mansamente, ajena por completo a mi mirada." (Las cursivas y negritas, que son mías, pretenden destacar los cuatro perfectos endecasílabos  -tres heroicos puros y un melódico puro, si nos ponemos técnicos- en apenas dos líneas).

El ritmo, tan afinado, así como las rimas internas en las frases (en su mayor parte asonantes), pueden llegar a mecer al lector con su música. No en vano, Julio Llamazares había publicado antes de esta novela un par de libros de poemas. En La lluvia amarilla se percibe, desde luego, un escritor con el oído muy hecho a la poesía.

El tema de lo que se ha dado en llamar "la españa vacía" ha tomado últimamente cierto relieve, a raíz, imagino que principalmente, del ensayo homónimo de Sergio del Molino publicado por la editorial Turner. El propio Llamazares, como advierte la solapa, nació en el pueblo leonés de Vegamián, ahora desaparecido a causa de la construcción de un embalse, y se ocupó de la cuestión hace pocas semanas, sensible al tema, en un artículo en Babelia. El programa de Jordi Évole también dedicó hace poco al asunto de la despoblación rural uno de sus capítulos. A este respecto, mencionaremos asimismo la magnífica película documental de Mercedes Álvarez, El cielo gira.

Por situar argumentalmente la novela, La lluvia amarilla, como decíamos, consiste en el soliloquio del último habitante de Ainielle, un pueblo del pirineo aragonés, que rememora vivencias e historias inmerso en un paisaje solitario, abandonado, en el que se aprecia la herrumbre, los desconchones, testeros derruidos y cimientos a la vista de antiguas casas donde han crecido la hiedra y las ortigas. El peso del pasado, de lo que se recuerda con mayor o menor añoranza, se impone en una novela de corte melancólico y ritmo pausado que evidencia el apego a la tierra. El título, por cierto, alude al otoñal caer de las hojas de los árboles, chopos como los que aparecen en el cuadro de Monet de la portada.

6 de abril de 2017

Simplificación



SIMPLIFICACIÓN

Las deportivas made in Bangladesh de la diva del celuloide, que emana olor a crema cara, se impregnan de la tierra etíope. El profesor autóctono, barruntando que no busca la actriz con su visita más que un lavado de imagen -tras un tiempo de promiscuidad, desenfreno fiestero y coqueteo con drogas duras-, se ofrece al halago como a su pesar:
-Por sus películas, esta señora ha ganado un Oscar de Hollywood, y ha interrumpido su actual proyecto para estar con nosotros. Es un gran honor tenerla aquí.
Los niños la observan desde los pupitres. Alguno que otro se admira, y muestra una sonrisa se diría inoxidable. Hay un alumno un tanto respondón, con un desparpajo indómito, sentado casi en la última fila. En su mirada, un alud de vida cabrillea. Lanza al aire unas preguntas, que casi nadie atiende:
-¿Qué es Hollywood? ¿Por qué tiene la cara inflada? ¿Quién es Óscar?

© Jesús Artacho
(Microrrelato originalmente publicado en la web microcuento.es)

24 de marzo de 2017

En busca del tiempo perdido: 2, "A la sombra de las muchachas en flor"



Últimamente comento pocos libros. No tenía muy claro qué hacer con este, pero vi que aconsejaban un tema viral como método infalible para atraer visitas y me dije, he aquí la solución: En busca del tiempo perdido. Proust y su obra magna en siete tomos, ya se sabe, es el tema estrella de conversación en bares, salas de espera y fruterías. La comidilla de cualquier hijo de vecino. 

Mi modo de leer esta obra autobiográfica, considerada una de las cumbres del siglo XX, probablemente sea un ejemplo de lo que no se debe hacer, pues hará cuatro años que leí el primer volumen, Por la parte de Swann. Un acercamiento, pues, disperso y poco metódico. Quizá se deba a que "en una época como la nuestra, cuando la creciente complejidad de la vida apenas si nos deja espacio para leer...” Es curioso. Podemos imaginar, tras esta frase, a algún filósofo actual, o alguna campaña para el fomento de la lectura, y sin embargo la escribe Proust en este segundo volumen de À la recherche. La apreciación, tan a la orden del día, también resulta algo hilarante, pues el hombre de hoy (tras los potentes cambios de costumbres, las novedades tecnológicas, científicas, etc.) puede encontrar algo cómica -y casi moco de pavo- la presunta complejidad en el año 1919 de una vida que, como ya apuntaba el escritor francés, no ha cesado de aumentar en complejidades con los años, y aun de forma acelerada en las últimas décadas. Si leyeran este párrafo dentro de cincuenta años, por otra parte, con toda probabilidad también se reirían de la “complejidad” de los tiempos que hoy vivimos, pues el proceso de tecnificación se antoja exponencial e irrevocable.

A Proust, uno de los autores impepinables del siglo XX, se cuenta que acostumbraron a llamarlo, durante toda su vida, el pequeño Marcel. En A la sombra de las muchachas en flor continúa con su retrato de la alta sociedad francesa, en la que nació. Atento a los pormenores y sutilezas de las relaciones humanas de su entorno aristocrático, las relata con agudeza y un discurso muy ordenado, tendente a la frase larga, que interrumpen paréntesis y puntualizaciones para luego continuar, ramificándose o no, hasta hacer puerto en el siguiente punto. En busca del tiempo perdido es uno de esos libros, para paladares reposados y exquisitos, que se recomienda leer con tranquilidad, en sitio silencioso, pues requiere una concentración tal vez difícil de encontrar en el metro o con la tele puesta. Pese a sus trozos tirando a plúmbeos, la escritura de Proust revela una lucidez que contribuye a que no nos sintamos, mientras lo leemos, perdiendo el tiempo, por jugar con el título general del libro, y contiene fragmentos de una gran brillantez.

Me acuerdo de 2666 de Roberto Bolaño y me pregunto si hay algún eco proustiano en que titulara los distintos libros que lo componen arrancando con "La parte de..." Tal vez sean figuraciones mías, que revelarían por otra parte el afán crítico por compararlo casi todo (casi todo lo que se quiere ensalzar) con Proust (véase el parangón establecido entre En busca del tiempo perdido y Mi lucha, los seis tomos en torno a la vida del noruego Knausgard, que aun habiendo leído solo el primero tomo me parece una obra de diferente pelaje, aunque guarde similitudes superficiales).

La traducción que he manejado es la de Pedro Salinas, para la editorial Alianza. Otra más actual es la que realiza, en Lumen, Carlos Manzano. Espero continuar con esta lectura, cuyo tercer volumen, El mundo de Guermantes, me espera. Los siguientes títulos de la serie son Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado.

Algunas píldoras:

"La idea que hemos tenido formada por mucho tiempo de una persona nos tapa los oídos y nos nubla la vista".

"Los viejos asombran por lo viejos, los reyes por lo sencillos y los provincianos por lo bien enterados".

"Lo único que yo sacaba en claro es que el repetir lo que todo el mundo piensa no era en política un signo de inferioridad, sino de superioridad".

"Y en fin de cuentas, esto de acercarse a las cosas y personas que desde lejos nos parecieron bellas y misteriosas, lo bastante para darnos cuenta de que no tienen ni misterio ni belleza, es un modo como otro cualquiera de resolver el problema de la vida; es uno de los métodos higiénicos que podemos elegir, no muy recomendable, pero nos da cierta tranquilidad para ir pasando la vida y también para resignarnos a la muerte, porque como nos convence de que ya hemos llegado a lo mejor y de que lo mejor no era una gran cosa, viene a enseñarnos a no echar nada de menos".

21 de marzo de 2017

Hondonada



HONDONADA

Quisiera a veces yo saber por qué
de tan súbita forma me atardezco
y dura la oscuridad varios días
como si me exiliara a Reikiavik 
en invierno (pero sin que sepamos 
cuándo la luz de nuevo).
Sangran los hemisferios cerebrales,
dolor solo segregan. Sin que aprendan a andar
fallecen varias abatidas treguas.
¡Belleza huidiza, ya no te veo!
Ni amar puedo nada ni ver al otro
ni a mí mismo siquiera.
No hay manera eficaz de amanecerse.

                                                                         2016

19 de marzo de 2017

Lo fatal

El mar de hielo (1824), de Caspar David Friedrich


LO FATAL

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

RUBÉN DARÍO, Cantos de vida y esperanza (1905).

7 de marzo de 2017

Fuera de lugar

Martin Reisch


A veces se repite uno una frase hecha y no tarda en desautomatizarla, como parecían pedir en su época los formalistas rusos, y encontrarla extraña. Fuera de lugar, por ejemplo.
Fuera-de-lugar. Fuera de lugar. Fuera de lugar.
Inconcebible para nuestra mente limitada algo fuera del espacio, por mucho que uno se lo repita. Debe de ser algo parecido a cuando se está muerto (si no se cree en la otra vida, claro). Uno, me refiero a cuando ya no quedan cenizas ni restos mortales, está ya fuera de lugar, porque no está.
Aunque…, recuerdo haber leído, en un libro de divulgación científica, que después de morir, equis tiempo después, los átomos que componen nuestro cuerpo, o algunos de ellos al menos, pueden reestructurarse y viajar para pasar a integrarse en otros materiales de este mundo, en la hoja de un árbol, por poner un ejemplo optimista.
La idea puede resultar hermosa, formar parte de algo, no en el más allá sino en este mundo, una vez se ha dejado de existir.
También aludía, el autor del libro, a esos mismos átomos antes de apelotonarse en nuestro ser, y planteaba la posibilidad (por no decir que lo aseguraba) de que hubieran pasado por varias estrellas y formado parte de miles de organismos antes de llegar a donde ahora, a nuestros dedos, por ejemplo, tecleando estas palabras. O a nuestros globos oculares, pasando la vista por ellas. 
Fuera de lugar también puede considerarse, según quien lo lea, este párrafo, o algunas de las ideas u opiniones en este blog vertidas. Y fuera de lugar puede enclavarse, estirando un poco la expresión, a quien se encuentra en un lugar aparte, lejos de donde se supone que la vida bulle, de los núcleos urbanos. También habrá quien diga que todo esto está, sí, fuera de lugar, pero ni mucho menos por las razones que aquí se consideran. Esta polivalencia me divierte.

2015

20 de febrero de 2017

En los sueños comienza la responsabilidad



El mundo de los sueños, por temporadas, me fascina. El que narro a continuación tiene visos de excepción, en tanto que en la lógica de la vigilia sigue manteniendo un sentido. Lo primero que recuerdo es la situación caótica en la que me veo envuelto. En el edificio donde me encuentro (de varias plantas, puede que más de veinte) ha tenido lugar una explosión. Todos han comprendido que no será la única, y que la próxima (igual habría que hablar en plural: las próximas) es inminente. Así que la multitud corre despavorida, el pánico anida en el edificio. Me hallo intentando localizar a algunos familiares cuando reconozco al mismísimo presidente de Estados Unidos, junto a otras personalidades encorbatadas, entrando a un ascensor. Allá que acelero el paso para colarme dentro, poseído por la seguramente estúpida idea de que encontrarme junto a ellos aumenta de forma exponencial mis posibilidades de supervivencia.
De pronto, llega la esperada pero no por ello menos temida explosión. El epicentro es el ascensor en el que me encuentro y, antes de sentirme arder, despierto sin excesiva angustia. Con los ojos abiertos, en la oscuridad de la habitación, empiezo a recordar el sueño con una lucidez en nada embotada -más bien agudizada- por el despertar. Me pongo, por una vez, a repasar mi proceder (“en los sueños comienza la responsabilidad”, llegó a decir Yeats) y me siento un traidor por no haber seguido buscando a mi familia. Entrar al ascensor no cambió el desenlace, así que concluyo -y así lo anoto mentalmente para próximas ocasiones- que si uno está en peligro y tiene la posibilidad de elegir, uno debe siempre mantenerse al lado de los suyos, morir con los suyos.
Esto suena, ahora que lo pienso, a conclusión de persona habituada a vivir en zona bélica, y no en vano uno tenía muchos frentes abiertos por entonces, cuando soñó este sueño.

2014

11 de febrero de 2017

El albatros



EL ALBATROS

"Por divertirse, a veces, los marineros cogen
algún albatros, vastos pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
la nave que en amargos abismos se desliza.

Apenas los colocan en cubierta, esos reyes
del azul, desdichados y avergonzados, dejan
sus grandes alas blancas, desconsoladamente,
arrastrar como remos colgando del costado.

¡Aquel viajero alado qué torpe es y cobarde!
¡Él, tan bello hace poco, qué risible y qué feo!
¡Uno con una pipa le golpea en el pico,
cojo el otro, al tullido que antes volaba, imita!

Se parece el poeta al señor de las nubes
que ríe del arquero y habita en la tormenta;
exiliado en el suelo, en medio de abucheos,
caminar no le dejan sus alas de gigante."

Charles Baudelaire (1821-1867), Las flores del mal
Traducción de Luis Martínez de Merlo para Editorial Cátedra.

28 de enero de 2017

No decía palabras

Laura Stevens


"No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe."

Luis Cernuda

14 de enero de 2017

Titulachero



Titulachero me parece un neologismo muy aparente, montado de forma lícita con el mecano idiomático, y yo creo que lo voy a lanzar al mundo a ver si alguien lo adopta, se extiende por ríos de tinta, anida en las comisuras de tropecientas bocas y dentro de equis siglos me guardan un sitio, en un altar inmarcesible de la Historia de la Lengua, recordando mi nombre como el de aquel que usó por primera vez el exitoso vocablo sin el cual ya nadie concibe la vida ni un pasado en que no existiera, como no nos acabamos de imaginar a los romanos del siglo tercero viviendo sin tomates ni patatas.

Los neologismos tienen -el inconveniente ahí late- algo de desangelado espermatozoide proyectado a un óvulo acorazado e inexpugnable, y pocos consiguen fecundar y asomar la cabeza en el mundo de las palabras. Algunos, superada esta primera dificultad, también puede que acaben falleciendo, como los lingüistas recuerdan, en apenas unos años, porque ya nadie se avenga a usarlos.

Añadiremos, para aquilatar la seriedad de la propuesta, algunas sugerencias de uso. Referido a un periódico, 'titulachero' podría valer como sinónimo de sensacionalista. Así, un diario cuyos titulares solo parecen querer avivar el morbo se podría calificar de rotativo titulachero. Por otro lado, si alguien escribe o dice frases de apariencia impactante que no pasan el filtro de un mínimo cuestionamiento, frases que se desploman como los edificios demolidos apenas se oprime, con el dedo, el detonador del sentido crítico, podríamos decir que es un tipo titulachero. O si se trata de una persona con el vicio de opinar de las noticias tras leer únicamente el titular, sin molestarse por abrevar en el resto del artículo.

La analogía otorga a veces una autoridad aplastante: si de popular salió populachero, de titular -por qué no- titulachero. Matiz peyorativo, pues, en los casos citados. Pero admite también -obsérvese la flexibilidad del palabro- la connotación positiva. Un político que regala al periodista muchas frases destacables, podría ser apreciado por titulachero por parte del profesional de la información. Se dirían, entre ellos, los mandarines del gremio: “entrevista a X, no te arrepentirás. Además de buen conversador, es titulachero.”

Decidido queda. Como astrofísico del verbo -o astronauta del lenguaje-, lanzo hoy esta palabra al mundo como la NASA lanza sus sondas espaciales -pasaremos por alto las diferencias de presupuesto- desde la pista de despegue de esta página.
© 2016.

5 de enero de 2017

Lo mejor de 2016

Vuelvo un año más con la tradicional entrada en la que destaco mis predilecciones del último ejercicio en lo que a libros y películas se refiere. De entre los libros que he leído, he pensado que, dentro de mis gustos, los seis mejores podrían ser estos (el listado no sigue ningún orden en particular):

-Esto no es una novela, de David Markson (La Bestia Equilátera)


-Rojo y Negro, de Stendhal (Alianza)


-Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo (Tusquets)


-Trilogía de la memoria, de Sergio Pitol (Anagrama)


-Apenas sensitivo, de Andrés Trapiello (Pre-Textos)


-París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas (Anagrama)


En cuanto a películas, selecciono -en este caso por orden de visionado- las nueve siguientes:

-La sal de la tierra (2014), de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado


-Ida (2013), de Pawel Pawlikowski


-Umberto D. (1952), de Vittorio De Sica


-El club (2015), de Pablo Larraín


-En construcción (2001), de José Luis Guerín


-Calle Mayor (1956), de Juan Antonio Bardem


-Mustang (2015), de Deniz Gamze Ergüven


-La caza (2012), de Thomas Vinterberg


-La tienda en la calle mayor (1965), de Ján Kadár y Elmar Klos


Si os apetece os invito a compartir, dejando un comentario, vuestros descubrimientos del año.

3 de enero de 2017

Libros leídos en 2016

Teun Hocks

-Los hermanos Tanner, de Robert Walser
-Artículos de costumbres, de Mariano José de Larra
-Zurita, de Leopoldo Alas “Clarín”
-Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard
-Pacífico, de José Antonio Garriga Vela
-Autorretrato con radiador, de Christian Bobin
-Manual de infractores, de José Manuel Caballero Bonald
-El gato encerrado, de Andrés Trapiello
-Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo
-Las almas cambiadas, de Giovanni Papini
-Misericordia, de Benito Pérez Galdós 
-Kirieleisón, de Rafael Indi 
-Gotas negrasGotas de sal, de Andrés Neuman 
-Mafalda 6, de Quino
-Trilogía de la memoria, de Sergio Pitol 
-Esto no es una novela, de David Markson 
-¿No te alegras por mí?, de Richard Bausch 
-Locuras sin fundamento, de Andrés Trapiello 
-París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas 
-El cuarto de las estrellas, de José Antonio Garriga Vela 
-Poemas de la locura seguido de El hombre elefante, de Leopoldo María Panero 
-Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997), de Javier Salvago
-En resumidas cuentas (antología), de José Emilio Pacheco
-Todo lo que no invento es falso (antología), de Manoel de Barros
-Rojo y negro, de Stendhal
-Antología poética, de Antonio Gamoneda
-La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco
-Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda
-Apenas sensitivo, de Andrés Trapiello
-Koundara, de David Pérez Vega
-Antonio Azorín, de Azorín
-Walden, de Henry David Thoreau 
-Metáfora de invierno, de Isabel Romero
-Jane Eyre, de Charlotte Brontë
-La marca de Creta, de Óscar Esquivias