(“…Cuando miraba el
mar inmenso envuelto en la oscuridad, y la enormidad de las rocas que hacían
resonar el rugido de las olas, me inundó un sentimiento dulce, extrañamente
nostálgico.”)
Leyendo Kitchen
(1988), el primer libro de Banana Yoshimoto, me acordé de otras obras japonesas
y acabé pensando que me dejaban sensaciones parecidas. Tanto los Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu como La fórmula preferida del profesor de
Yoko Ogawa, por poner un par de ejemplos, transmitían una tristeza reposada,
una sencillez y una suerte de hermosura y “pureza” que en algunos momentos
temía que acabara resultando algo ñoña. De Yoshimoto sólo había leído hace un
par de años Sueño profundo, un libro
delicado y melancólico compuesto por tres relatos de mediana extensión.
Empezando a leer Kitchen comencé a
pensar que Yoshimoto no era para mí, me parecía literatura a medio gas, no
acababa de arder como me gustaría, no me removía las entrañas. Pero de pronto
algo hizo clic y todo empezó a cambiar: he sentido algo y he sacado fragmentos
para mí valiosos, así que es muy probable que siga leyendo a esta autora.
A Mikage, la protagonista, le chiflan las cocinas. Pues
vale. Es huérfana y su abuela acaba de morir. La vida es dura, “ni siquiera el
amor puede salvarte del todo”. Es acogida temporalmente en casa de unos
conocidos, un chaval universitario y su madre, Eriko, que en realidad es un
travestido. Y ese es el esqueleto de la acción. A este relato le sigue un
segundo sobre una joven que pierde a su novio en un accidente de tráfico. La
pérdida, la soledad y la muerte están presentes en todo el libro. Como Sueño profundo, Kitchen es un libro
delicado, triste, de sentimientos. Para algunos de vosotros será un libro
hermoso: no digo más.
