Con la excusa de que se cumplen veinticinco años de su fallecimiento, dedicamos una entrada al escritor mexicano Juan Rulfo, uno de esos hombres que con muy poca obra (sólo dos libros, unas trescientas páginas) ha conseguido colarse en todas las listas de los mejores escritores del siglo XX en lengua castellana.
Rulfo nació en 1917 en un pequeño pueblo mexicano. Sufrió de niño algunas pérdidas importantes: a los siete años quedó huérfano de padre y cuatro años después falleció su madre. También su abuelo murió, por lo que acaba viviendo con su abuela hasta que es ingresado en un orfanato, un correccional de férrea disciplina. En alguna entrevista comenta que allí sólo aprendió una cosa: a deprimirse. Este hecho marcó su carácter: Rulfo siempre sería un hombre tímido, introvertido, huidizo y depresivo. Tuvo cuatro hijos. Trabajó en distintas actividades y escribió una primera novela, bastante extensa, que destruyó por completo porque decía que era mala. Su carácter autodestructivo le llevó a dudar también de la calidad de la que es considerada su obra capital, Pedro Páramo, hasta el punto de estar cerca de destruir algunos capítulos. Parece ser que el también escritor Juan José Arreola lo convenció para que no lo hiciera.
En 1953 vio la luz su libro de cuentos El llano en llamas, con textos como “Luvina”, “Macario” o “Diles que no me maten”. Este último se puede escuchar en la voz de su autor. Posteriormente recibió una beca gracias a la cual pudo dedicarse a escribir su novela Pedro Páramo, algo que hizo en apenas unos meses. La obra, publicada en 1955, dos años después de El llano en llamas, no tuvo en un principio la acogida que después tendría. Recibió críticas, y sería pasado el tiempo cuando las generaciones siguientes la reconocerían como uno de los monumentos literarios del siglo XX.
Esta primera edición de Pedro Páramo (1955) se ha vendido a 880€
Por mi parte, no puedo sino recomendarla. No es una novela fácil de leer, con un tiempo fragmentado, personajes fantasmales y cambios de narrador, pero es un pedazo de libro, además de breve. La prosa de Rulfo es concisa, sin florituras, pero de una gran fuerza expresiva. La primera frase del libro se ha hecho célebre: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Espero poder dedicarle una entrada independiente al libro algún día, porque la verdad es que lo merece.
A menudo se habla de Rulfo como uno de los exponentes del llamado “realismo mágico”, un término del que algunos críticos rehúyen. En las clases de literatura hispanoamericana preferíamos usar el término transculturación. Se habla de Rulfo, como de José María Arguedas o Gabriel García Márquez, como escritores transculturadores, en tanto que fusionan, por decirlo así, la cultura indígena americana y la española recibida a consecuencia de la conquista.
García Márquez es uno de los admiradores de Rulfo. En su texto “Asombro por Juan Rulfo”, el Nobel colombiano cuenta cómo leyó repetidas veces, febrilmente, la obra completa de Rulfo, y cómo eso le abrió la senda que debía seguir en su trayectoria literaria.
Pero el caso es que, después de la publicación de Pedro Páramo, Rulfo enmudeció. No volvió a publicar otro libro, si exceptuamos El gallo de oro y otros textos para cine (1980). Se decía que estaba escribiendo una segunda novela, La cordillera, que todo el mundo esperaba tras el éxito de Pedro Páramo pero que nunca llegó. La gente le preguntaba qué tal iba, y él respondía algo vagamente diciendo que bueno, que ahí iba medio trabajando en ella. En la entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano para el programa de TVE A fondo, comentaba que si todo iba bien podía estar terminada para finales de ese año.
Pero La cordillera nunca apareció y Rulfo murió habiendo publicado únicamente esos dos libros, por lo que el barcelonés Enrique Vila-Matas lo incluye en su galería de bartlebys, o escritores que por distintas razones dejaron de escribir, en su obra Bartleby y compañía, un libro tan interesante como breve. Rulfo decía a veces que dejó de escribir porque se le murió el tío Celerino, que era el que le contaba las historias. Suena a broma, pero al parecer sí que existió un tío de Rulfo que le contaba muchas cosas, lo cual no quiere decir exactamente que su muerte fuese la razón por la que Rulfo no volvió a publicar nada.
Otra faceta últimamente muy destacada de Juan Rulfo es su labor como fotógrafo. Sus fotos, generalmente en blanco y negro, han sido recogidas en algún libro. En 1983 recibió el Premio Príncipe de Asturias. Murió tres años más tarde, el 7 de enero de 1986.


