18 de julio de 2015

En el bar

Fotografía de Kyle Szegedi

   A media mañana, pedí una tostada con tomate y un café con leche antes de seguir con la jornada. Mientras daba buena cuenta de ello, escuché la escena que tenía lugar en aquel mismo momento en el bar. Un hombre trataba de convencer a otro de que los inmigrantes negros eran lo peor. Subrayaba el tono despreciativo con alguna que otra mueca y aspaviento.

   El caso es que el sujeto en cuestión era también inmigrante, pero europeo, del centro o del este. Su acento así lo evidenciaba. El oyente, que debía rondar los cincuenta años y me daba la espalda, a unos dos metros, sí era autóctono, y escuchaba en silencio la invectiva, que apestaba desde mi perspectiva a rastrero intento de forjar una camaradería sustentada, como tantas otras, en el odio hacia un enemigo común. Todo apuntaba a que no se conocían, a que jamás habían hablado antes de coincidir en aquella barra de bar a aquellas horas de la mañana. El emigrante, bastante más joven, no paraba de apelar, de forma soterrada, o en realidad no tanto, al racismo del otro para confraternizar. 

   Al español le debió sonar aquello a barato engatusamiento, pues zanjó el tema con un firme, pero sereno: 

   -Si vienen a ganarse honradamente el pan, ningún problema con ellos, ni contigo, ni con nadie.

© Jesús Artacho, 2015.

9 de julio de 2015

El cielo


EL CIELO

"Colegas queridísimos, estetas defensores
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho
etcétera, y cantemos el cielo en primavera,
porque es azul y estalla de gracia y poesía,
amigos y enemigos, es cierto, estáis sobrados
de sólidas razones. Seguir vuestro camino
acaso lograría salvarme de estas cosas.
De tantos anatemas comiéndose mis versos.
Pensándolo, es loable. El cielo azul tan lindo.
El cielo bondadoso de Dios y de sus ángeles.
Precioso. Pero amigos, decidme, por los clavos
de Cristo, por los clavos del hombre, ¿estáis seguros?
¿Creéis que un bello cielo nos cubre todavía?
¿Aún brilla luminoso sobre el cieno?
¿Y sigue siendo azul sobre la sangre?
Yo, así, lo cantaría con toda unción. Palabra.
Con versos bien rimados, para dormir tranquila
sabiendo que tenía mi puesto asegurado
en las Antologías del Arte más conspicuo.
Pero es casi imposible. Pues yo no veo el cielo.
No acierto a verlo, hermanos, desde hace largas fechas.
Desde hace mucho llanto me falta de los ojos.
Porque no puede verse vuestro cielo perfecto
desde un mundo entoldado con las nubes más hoscas.
Y no puede mirarse con la espalda doblada.
Ni se goza su lumbre con la nuca partida.
No puede verse el cielo con el pecho quemado
en la boca del horno,
ni se ven sus fulgores con los párpados sucios
del sudor más espeso,
ni su luz nos alcanza tanteando en las simas
de las cuencas mineras,
ni podemos mirarlo retirando las redes
con la sal en los ojos.
No es posible encontrarlo a través de la efigie
coronada de gloria del tirado sangriento,
ni se encuentra en las togas de los negros fiscales
ni en el frío destello de los sables de gala
en los bellos desfiles,
ni durmiendo en la iglesia mientras suenan las preces
por los fieles difuntos.

No se llega hasta el cielo desde tantas prisiones,
desde tantos cuarteles con sargentos y piojos,
desde tantas escuelas con los bancos helados,
desde tantos lugares con letreros que dicen:
se prohíbe la entrada.

No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más hondo del infierno más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados por las líricas nubes."

Ángela Figuera Aymerich (1902-1984).