7 de marzo de 2017

Fuera de lugar

Martin Reisch


A veces se repite uno una frase hecha y no tarda en desautomatizarla, como parecían pedir en su época los formalistas rusos, y encontrarla extraña. Fuera de lugar, por ejemplo.
Fuera-de-lugar. Fuera de lugar. Fuera de lugar.
Inconcebible para nuestra mente limitada algo fuera del espacio, por mucho que uno se lo repita. Debe de ser algo parecido a cuando se está muerto (si no se cree en la otra vida, claro). Uno, me refiero a cuando ya no quedan cenizas ni restos mortales, está ya fuera de lugar, porque no está.
Aunque…, recuerdo haber leído, en un libro de divulgación científica, que después de morir, equis tiempo después, los átomos que componen nuestro cuerpo, o algunos de ellos al menos, pueden reestructurarse y viajar para pasar a integrarse en otros materiales de este mundo, en la hoja de un árbol, por poner un ejemplo optimista.
La idea puede resultar hermosa, formar parte de algo, no en el más allá sino en este mundo, una vez se ha dejado de existir.
También aludía, el autor del libro, a esos mismos átomos antes de apelotonarse en nuestro ser, y planteaba la posibilidad (por no decir que lo aseguraba) de que hubieran pasado por varias estrellas y formado parte de miles de organismos antes de llegar a donde ahora, a nuestros dedos, por ejemplo, tecleando estas palabras. O a nuestros globos oculares, pasando la vista por ellas. 
Fuera de lugar también puede considerarse, según quien lo lea, este párrafo, o algunas de las ideas u opiniones en este blog vertidas. Y fuera de lugar puede enclavarse, estirando un poco la expresión, a quien se encuentra en un lugar aparte, lejos de donde se supone que la vida bulle, de los núcleos urbanos. También habrá quien diga que todo esto está, sí, fuera de lugar, pero ni mucho menos por las razones que aquí se consideran. Esta polivalencia me divierte.

2015

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