El otro día un usuario apareció en la biblioteca con una bolsa de libros para donar. Me los mostró uno a uno y acepté el ofrecimiento. Cuando se marchó, cedí a la costumbre de airear las páginas, por si aparecía algún dinosaurio. A menudo surgen calendarios de tiempos prepandémicos y prerrafanadalianos, flores prensadas, estampitas de santos, cupones de la ONCE del año 75, duros con el busto de Franco, tickets de compra de tiendas de aeropuerto, multas del año 97 por conducir sin el preceptivo casco un ciclomotor, recuerdos de primeras comuniones de personas ya fallecidas, astrosos marcapáginas.
Lo del otro día, en cambio, nunca antes lo había hallado en ese sedimento vital donde se van decantando los años, ese estrato geológico fedatario de etapas pasadas en que para algunas personas se convierten los interiores de los libros, en los que van dejando, como las migas de Pulgarcito, cierto recuerdo de la ruta de sus días. Nunca me había topado, digo (aunque cuántas veces no habremos fantaseado con la idea), con dos billetes de cincuenta euros. Se hallaban como salidos de la tabla de planchar de una madre benemérita, sin doblar, se diría que apenas manoseados, como recién impresos. Los examiné al trasluz, todavía no muy convencido de su apariencia de autenticidad. ¿Consistiría aquello en una retorcida prueba de integridad con la que el donante indagaba en la estatura moral de un empleado público? La posibilidad de un soborno ni siquiera gozaba de entidad como hipótesis factible. ¿Y una gratificación clandestina y a todas luces excesiva en agradecimiento por el trato recibido? Hace unos meses una señora, que vivió durante décadas en Alemania, me señaló que allí en las bibliotecas disponían en el mostrador de una hucha para pequeños donativos, y me conminó a seguir el ejemplo, cosa que encontré descabellada por varios motivos, entre ellos la mala reputación que nos granjearía ese espíritu pedigüeño en un servicio que los ciudadanos consideran que ya pagan con creces a través de sus impuestos.
En cualquier caso, a pesar del monto tentador, busqué en el programa informático el teléfono del usuario y marqué los números. Aún se encontraba cerca de la biblioteca. Le entregué el impoluto papel moneda y me dio las muchas gracias. El hombre, que ni siquiera recordaría ya haber puesto allí aquel dinero a modo de carísimo marcapáginas, ganó de pronto el jornal sin esperarlo.
-La anécdota del día, jamás me había sucedido cosa igual -le confesé.
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Nuevo capítulo en el serial de los cien euros encontrados entre las páginas de un libro en la biblioteca. Vino de nuevo el usuario en cuestión por otros menesteres, y me confesó que el dinero, en realidad, no era suyo, como tampoco los libros que trajo para donar, que a él a su vez le había entregado una señora. Se trataba de una confesión en dos tiempos (como las paradas de algunos guardametas), o más bien en diferido (como el finiquito de algunos tesoreros), ya que en el momento de llevarse el dinero no dio explicaciones acerca de su procedencia. Pero, al fin y al cabo, el asunto se compuso de un doble buen gesto, más propio quizá de regiones escandinavas, de países hiperbóreos, porque él se lo devolvió a la señora al instante y, según me relató con algo de chasco, celebró ella en el acto la honradez del bibliotecario pero no cayó en destacar la suya propia, que había incurrido en idéntico gesto de probidad, y además ejercido como intermediario. El hombre me ofreció un nuevo lote de celulosa encuadernada, entre cuyas páginas esta vez, con antelación, ya se había tomado la molestia de curiosear por si escondían algún otro tesoro:
-Estos no tenían nada, sólo dos fotografías que ya le he devuelto a la mujer -aclaró.
Como sigamos así, dentro de poco todo el mundo revisará los libros antes de desprenderse de ellos y los bibliotecarios no nos distraeremos encontrando cosas dentro.
2025