17 de enero de 2010

Phillies (2 de 2)



Mi padre escucha atenta y educadamente todo esto sin apenas comentar nada.
Víctor no es muy alto y está completamente calvo pese a ser algo más joven que mi padre. Aunque vive lejos, siempre viene a comprar a Phillies. Es escritor, y se suele llevar bolígrafos, estilográficas, folios, cuadernos y esa clase de cosas. Mi padre dice que aún no le han publicado un solo libro.
Un día mi padre le dijo que por qué no inventaba una historia con los personajes del cuadro, por qué no le daba vida a Nighthawks. En ese preciso momento estaba yo en el cuarto de baño de la trastienda, y me subí a un pequeño taburete desde donde, de puntillas, alcanzo a una pequeña ventana por la que se ve la tienda. Víctor, que llevaba una camiseta verde, respondió que no era mala idea.
-No es mala idea –repitió.
Pero la verdad es que no parecía demasiado entusiasmado con el asunto.
Aquella tarde de otoño entrenamos más de dos horas. El sábado comenzaba la liga de fútbol siete, y el entrenador estaba más tenso que de costumbre. Llegué a la papelería sudando y con las zapatillas llenas de barro. Phillies estaba vacío a esa hora. Mi padre, sentado tras el mostrador, hacía algunas cuentas con la calculadora. Me dijo que había que traer unas cajas de la trastienda y colocar cada cosa en su sitio. Lo escuché sin detenerme, de camino al baño.
Me lavé un poco la cara y las manos. En un momento dado, en el silencio sonó la campanilla de la puerta. Se oyeron unos pasos acercándose con lentitud, a los que siguieron unos momentos de silencio. No se oía ni una mosca.
Me subí al taburete a ver qué pasaba. Al otro lado del mostrador, frente a mi padre, a quien veía de espaldas, había una mujer alta con un jerséi azul. Tenía el pelo largo y moreno, y la piel blanca, casi pálida. No era una de esas mujeres despampanantes que salen en la televisión, pero la verdad es que era bastante guapa.
Permanecían los dos como inmóviles, frente a frente, en un insólito silencio que se prolongó durante unos segundos que se me hicieron eternos. Entonces ella miró el cuadro y luego a mi padre.
-Te encontré -dijo.
Y mi padre:
-Has tardado.
Ella dijo:
-Nunca es tarde -y pareció que sonreía.
Y así, sin añadir nada más, se dio la vuelta. Sus pasos se volvieron a oír –firmes, serenos– y la campanilla de la puerta tintineó en el silencio.
Para cuando me bajé del taburete, ya me dolían los tobillos de tanto estar de puntillas.
Mi padre aún miraba en dirección a la puerta. De repente se giró y me miró.
Como si acabara de llegar de un largo viaje, dijo:
-Daniel, a qué esperas para traer esas cajas –y se sentó de nuevo para seguir con los cálculos que estaba haciendo antes, como si nada hubiese ocurrido.
Pero esa misma noche, con las luces apagadas, descolgó el cuadro de Edward Hopper y lo guardó en el trastero.
Dos semanas después se lo vendió a un alemán que medía como dos metros.
2006.

2 comentarios:

  1. Lo primero, felicitarte por el premio! Está muy bien, me ha parecido entretenido hasta el final; sencillo y muy interesante. Me ha gustado mucho :)

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  2. Gracias! Fue una alegría. Me lo pasé bien escribiéndolo y encima me lo premiaron. Gracias por prestarle atención, un abrazo.

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