27 de mayo de 2010

Gerry (2002)




Esta es una película controvertida. Ante ella caben, por lo menos, tres posicinamientos. Hay quienes la consideran una obra maestra. Para otros es un timo, una película para “gafapastas”, perfecta, sí, pero para quedarse dormido. También están, por último, los que se sitúan en un término medio. A ellos me uno.
La línea argumental es sencilla: tras salir del coche, dos jóvenes se salen de un camino que recorrían y quedan de buenas a primeras perdidos en medio del desierto. Poco más hay que contar. A partir de ahí, la película está construida a base de largos silencios (atenuados por la música de Arvo Pärt) y planos largos, -muy largos- que confieren una gran lentitud al conjunto, una atmósfera hipnótica propicia para la reflexión. El problema es que, a mi modo de ver, tampoco hay mucho sobre que reflexionar. Si Gus van Sant quería hacer una película a lo Tarkovsky no está del todo a la altura, en mi opinión. Quizá el quid de la cuestión esté en cómo transmitir la sensación de vacío sin hacer una película vacía. Supongo que se trataba de generar en el espectador esa sensación de vacío, de hallarse perdido, a lo que ayudan los espectaculares paisajes desolados. De todos modos, no es fácil mantener el interés, y si Gerry en muchos momentos consigue sus objetivos, en otros se instala en el tedio más anodino. Se hace repetitiva. Pero, con todo, constituye un intento de hacer algo distinto al cine más convencional.

25 de mayo de 2010

Los heraldos negros

"Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
La resaca de todo lo sufrido
Se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
En el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
O los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
De alguna fe adorable que el Destino blasfema,
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
De algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… ¡Pobre, pobre! Vuelve los ojos, como
Cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
Vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
Se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!"

CÉSAR VALLEJO, Los heraldos negros

20 de mayo de 2010

El palacio de la luna


Para los pocos que aún no hayan hecho ninguna incursión en la obra de Paul Auster, esta novela puede ser una excelente toma de contacto. Puede gustar o no, pero El Palacio de la Luna es Auster en estado puro.
Calificada por su autor como su particular David Copperfield, el libro narra a lo largo de trescientas páginas la historia de Marco Stanley Fogg, la relación con su tío Víctor, con el que vive hasta que ingresa en la universidad. Antes de graduarse, debido a la falta de dinero, Fogg se las tiene que ingeniar para sobrevivir en una vivienda sin electricidad ni apenas comida, y, posteriormente en la calle durante un breve período de tiempo, hasta que empieza a trabajar para Thomas Effing, un personaje tan sarcástico como entrañable. En este momento Fogg desaparece del libro, o al menos pasa a un segundo plano, y oímos otra historia de supervivencia, la de Thomas Effing en el desierto, en medio de la nada.
Todo ello es contado con el ritmo hipnótico marca de la casa. Y es que, si bien la poesía de Auster es realmente hermética, sus libros en prosa tienen la magia de las historias transmitidas oralmente; sus novelas tienen una cadencia típicamente austeriana, por lo que para un asiduo de sus obras no es difícil reconocer su estilo.
En El Palacio de la Luna (1989), y es algo común a todo lo que escribe Paul Auster, tienen gran importancia los impulsos interiores, lo azaroso de la vida, las coincidencias (“hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres”, escribía Justo Navarro).
Es curioso y hasta entrañable el personaje de Orlando, que pasea en un día de sol cubriéndose con un paraguas roto, un paraguas que luego dará lugar a uno de los momentos más memorables del libro.
Calle de Brooklyn Heights

Pero no adelantaremos más. Es sorprendente la calidez humana que desprenden los personajes creados por Paul Auster, lo cercanos que resultan al lector, así como la capacidad asombrosa de fabulación que tiene, la facultad de urdir historias insertadas en la general que en algunos recursos parecen cercanas a los cuentos infantiles.
Con todo, aunque pueda ser este libro una primera parada, el lector que disfrute leyéndolo no dudará en hacer nuevas escalas en la narrativa del neoyorquino.


"-Eres un soñador, muchacho -me dijo-. Tienes la cabeza en la luna y me parece a mí que nunca vas a tenerla en otro sitio. No eres ambicioso, el dinero te importa un pepino, y eres demasiado filósofo para tener ningún talento artístico. ¿Qué voy a hacer contigo?"

9 de mayo de 2010

El imitador de voces


Dejo por aquí un primer fragmento, titulado “Autor caprichoso”:

“Un autor, que sólo escribió una sola obra teatral, que sólo debía representarse una sola vez, en el, en su opinión, mejor teatro del mundo e, igualmente en su opinión, sólo por el mejor escenógrafo del mundo e, igualmente, en su opinión, sólo por los mejores actores del mundo, se apostó, ya antes de que se levantara el telón del estreno, en el lugar más apropiado para ello, aunque totalmente invisible para el público, apuntando con un fusil-ametrallador, expresamente fabricado con ese fin por la casa suiza Vetterli y, después de levantarse el telón, se dedicó a disparar un tiro mortal en la cabeza a todo espectador que, en su opinión, se reía a destiempo. Al término de la representación, en el teatro no había más espectadores que los que había matado a tiros y, por lo tanto, espectadores muertos. Ni los actores ni el director del teatro se dejaron distraer por un segundo, durante toda la función, por el caprichoso autor ni por lo que hacía."

El imitador de voces (1978) está compuesto por unas cien historias breves, de una longitud aproximada de una página, algo que lo hace realmente atractivo para ser leído en cualquier lugar o momento.
Se trata de textos empapados en algunos casos de humor negro, otros constituyen tragedias de las que ya no nos reímos, en otras ocasiones aparece un Bernhard irreverente, en otras tierno, otras incitan incluso a la reflexión o están atravesadas por el absurdo.
Sorprende la apariencia ligera con la que, en unas líneas, Thomas Bernhard es capaz de contar cosas a veces profundas, la hondura que alcanza en breves inmersiones de una página. Hace pasar algunas historias por casos jurídicos reales, lo cual les aporta mayor verosimilitud.
Este libro ha supuesto para este que escribe el placer de descubrir a un autor del que había oído hablar, y muy bien por cierto, pero a quien hasta la fecha no había leído. Tras hacerlo, tecleé su nombre en Google y leí que esta se considera una obra menor suya. Uno no sabe si pensar en cómo serán las demás o acabar concluyendo que su apariencia humilde de historias brevísimas facilita que sea despreciada de esa forma. De cualquier forma, habrá que seguir leyendo a Bernhard para comprobarlo, cosa que, si no estamos demasiado equivocados, será una gozada.

Concluyo la entrada dejando por aquí otro fragmento:

"El profesor Moosprugger dijo que fue a esperar a la Estación del Oeste a un colega, al que sólo conocía por correspondencia, pero no personalmente. Dijo que, realmente, esperaba a otra persona distinta de la que realmente llegó a la Estación del Oeste. Cuando le hice observar a Moosprugger que siempre llega una persona distinta de la que esperamos, se puso en pie y se fue, con el único objeto de romper todos los contactos que había hecho en su vida y deshacerse de ellos."

8 de mayo de 2010

Todo en la mente

Iba a morir cuando despertó.
En un sueño le habían disparado en plena calle, sin duda confundiéndolo con otra persona. Al abrir los ojos, se palpó la parte posterior del cráneo buscando la herida. Luego se sintió estúpido y retiró la mano al instante.
Al contrario de lo que sucede con todas las pesadillas, el despertar no supuso un gran alivio. Casi se sorprendió de no encontrar la almohada empapada en sangre. Había percibido con tanta nitidez el ruido seco, mudo, de la bala al incrustarse en su cabeza. Y cómo, perdiendo toda su velocidad en una fracción de segundo, había quedado alojada en el cerebro.
Tratando de olvidar la pesadilla, se levantó de la cama y se echó agua fría en la cara. Luego se metió en la ducha para que las telarañas del sueño se fueran por el desagüe.
Durante el día, en el trabajo, no se volvió a acordar del sueño. Pero por la tarde, una vez en casa, dejó a medio tomar el café y corrió hasta el cuarto de baño. Valiéndose de dos espejos, se miró la parte posterior de la cabeza, en un punto indeterminado entre la nuca y la coronilla. Pese a no hallar la más mínima anomalía, su intranquilidad no disminuyó.
No comentó el asunto en el trabajo, ni llamó a nadie para contarle lo que le ocurría. Le humillaría insoportablemente que lo tomasen por loco. Dos días después decidió acudir al médico.
Pensó que cuando le explicase la situación el doctor tendría que hacer esfuerzos ímprobos por reprimir una carcajada, pero lo cierto es que lo escuchó con atención y en ningún momento se advirtió en su rostro el más mínimo amago de sonrisa. Propuso hacerle un escáner cerebral dentro de una semana. “Si así se queda más tranquilo”, dijo encogiéndose de hombros.
No obstante, quiso saber si los días anteriores al sueño había sufrido un fuerte estrés, ya fuese en el trabajo o en su vida personal. Le preguntó si había recibido alguna noticia desgraciada o inesperada, si había soportado una situación de gran tensión. La respuesta fue negativa.
Durante los días precedentes a la cita intentó llevar una vida normal, pero no se pudo quitar el asunto de la cabeza ni un solo momento. Al tercer día comenzó a sentir un leve dolor, punzante e intenso, que remitió cuarenta y ocho horas después. Para cuando se hizo las pruebas, saltaba a la vista que había perdido algo de peso.
No obstante, el día en que acudió a la cita para conocer los resultados se sentía mucho mejor. La noche anterior fue la única de las dos últimas semanas en que había dormido durante ocho horas seguidas. El doctor también estaba de buen ánimo, y eso lo tranquilizó. Hablaron con normalidad durante unos minutos. Pero en el instante en que el médico hizo un vago comentario sobre el tiempo, él se movió inquieto en su asiento e incluso se le escapó una mirada hacia el sobre marrón que debía certificar su tranquilidad.
-No hay motivos para preocuparse: no he hallado nada anormal –anunció el doctor antes de extraer la lámina del sobre.
La colgó en la caja iluminada de la pared y con un puntero fue señalando las diferentes imágenes del cerebro, tomadas desde distintas perspectivas. Hizo breves comentarios de cada una en tono monocorde y rutinario. Antes de llegar a la mitad, él lo interrumpió:
-Qué me dice de la penúltima.
El doctor tardó en reaccionar, y cuando lo hizo torció el gesto.
Y se quedó mirando la diminuta pero perceptible mancha que aparecía en la imagen, el insólito trozo metálico con la forma de una bala.

2006.

4 de mayo de 2010

Rompiendo las olas (1996)

  • Director: Lars von Trier
  • Argumento: Después de casarse, el marido de Bess se marcha lejos, a la plataforma petrolífera donde trabaja. La insoportable soledad de Bess pronto finaliza, ya que un acontecimiento desgraciado hace que su marido regrese prematuramente a casa.
  • Pequeño comentario: si al verla sentís como si tuviérais una piedra en el estómago no os preocupéis, conozco a gente a quien también le pasa. Si Bess, la protagonista, puede parecer algo loca se debe a sus buenos sentimientos, si sufre lo indecible es por ser muy sensible y por lo tanto muy vulnerable, su desgracia parece proceder de su gran capacidad de amar ("la gente dice que te quiero demasiado"). El drama radica en que es demasiado buena, obedece en exceso las peticiones morbosas de su marido. La película muestra que una bondad excesiva puede ser enfermiza. Por lo demás, excelente la interpretación de Emily Watson, por la cual fue nominada al Óscar. En el título encontramos también el eco de Las olas de Virginia Woolf.