10 de abril de 2011

Un hombre que duerme



Lees a un autor que te resulta interesante, ese autor menciona a otro autor que a él le interesa y piensas que ese segundo autor también puede interesarte a ti. Y, en efecto, así ocurre. Ya ves, el mundo, después de todo, no está tan mal hecho.

Es ni más ni menos lo que me ha ocurrido con Georges Perec. Teniendo en cuenta las opiniones entusiastas hacia su obra de Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño, dos autores que me resultan bastante estimulantes, se podría decir que ha pasado demasiado tiempo hasta que no me he asomado a uno de los libros del francés. Dejando para más adelante La vida, instrucciones de uso, realizo una primera incursión en la narrativa de este singular autor con Un hombre que duerme (1967), una de las novelas de Perec que ha tenido a bien rescatar la editorial Impedimenta.

El libro se abre con una cita de Kafka que no me parece inútil reproducir aquí: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.” Unas líneas que nos dan una pista de por dónde van los tiros en esta novela. Su protagonista es un estudiante de veinticinco años que, secundando el “preferiría no hacerlo” del mítico personaje de Melville, decide, sin premeditarlo, no levantarse de la cama el día de su examen de Sociología. Sin ganas de continuar, deja de ir a clase, de ver a sus amigos y se dedica a la vida contemplativa. Se recluye en su buhardilla, lee, duerme, lava su ropa, mira las grietas del techo, escucha los ruidos del piso vecino.

Expresa así sus intenciones: “Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía. Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden: ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal, tu vida anulada.” Inicia de este modo una especie de vida inerte, invisible. Frente a la idea de triunfo imperante, frente a los grandes proyectos, se dedica a vivir sin muchas aspiraciones. Recorre como un sonámbulo, mayormente de noche, las calles de París, va al cine, resuelve los pasatiempos del periódico, juega solo a las cartas, va a la biblioteca…

“…te vas desprendiendo de todo, desvinculando de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta (…) Experimentas un reposo total, estás, en cada momento, resguardado, protegido. Vives en un paréntesis venturoso, en un vacío lleno de promesas del que no esperas nada. Eres invisible, límpido, transparente. Ya no existes…”

Distanciamiento, desapego… Como habréis observado, el libro está narrado en segunda persona, algo se podría decir original, cuanto menos poco usual, que favorece el desdoblamiento. Abundan en la novela las enumeraciones, uno de los elementos que dota de ritmo a la narración.

Este modo de vida del protagonista, cuyo nombre desconocemos, se revela finalmente insatisfactorio, fallido. Leemos, así, que la indiferencia no enseña nada, que no ha aprendido nada. “El mundo no se ha movido y tú no has cambiado”, dice.

Crónica de lo insucedido, Un hombre que duerme no ha sido exactamente lo que me esperaba, pero me parece una propuesta interesante para aquellos que busquen libros diferentes al resto. Seguiremos leyendo a Perec.


La adaptación cinematográfica de la novela, de título homónimo, cuenta con el guión del propio Perec. Un fragmento de la película pinchando aquí.


Antes he aludido a Bartleby, el escribiente. En la novela, Perec se refiere al célebre personaje creado por Herman Melville, aunque no lo nombre:


"Hace un tiempo, en Nueva York, a algunos centenares de metros de los malecones donde baten las últimas olas del Atlántico, un hombre se dejó morir. Trabajaba como escribiente para un jurista. Escondido tras un biombo, permanecía sentado en su escritorio y nunca se movía. Se alimentaba de galletas de jengibre. Miraba por la ventana un muro de ladrillos ennegrecidos que casi habría podido tocar con la mano. Era inútil pedirle lo que fuese, que releyese un texto o fuese a correos. Ni las amenazas ni los ruegos ejercían poder sobre él. Al final, se quedó casi ciego. Hubo que cazarle. Se instaló en las escaleras del edificio. Entonces lo encerraron, pero se sentó en el patio de la cárcel y se negó a alimentarse."

¿Está claro, no?

3 comentarios:

  1. Buenísima la reseña, me ha llamado la atención este experimento vital, los libros de Impedimenta suelen traer a veces sorpresas como esta. En cuanto a los autores que nos llevan a otros, me encanta seguir esas propuestas. Un abrazo

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  2. Ya te lo comenté, y te lo digo aquí: lo quiero leer desde que leí tu magnífica reseña... :)

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  3. Carol: Parece que hay cadenas de libros y que unos te van llevando a otros, y está bien que sea así. De Impedimenta es este el primero que leo, pero seguro que repito, editan muy pulcramente los libros.

    La hierba roja: Me alegro, de todas formas no quiero crearte grandes expectativas, igual te parece original el argumento pero luego el libro te sabe a poco... Gracias por el halago :)

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