27 de junio de 2011

La conjura de los necios



La historia que hay detrás de La conjura de los necios puede que ya la conozcáis. Su autor, John Kennedy Toole, trató de publicarla sin éxito. Se dice que una editorial se mostró interesada en un principio, pero acabó rechazando el libro alegando que no trataba de nada en concreto. Poco después, deprimido, Toole acabó por quitarse la vida, sin saber que el haber creado a Ignatius J. Reilly le haría ser recordado años después de su muerte, gracias sobre todo al empeño de su madre, que batalló para que el libro fuese finalmente publicado. Gracias al entusiasmo de Walker Percy, en un principio reacio a leer el manuscrito, La conjura de los necios vio finalmente la luz en 1980, dieciocho años después de que Toole escribiese el libro y once después de su suicidio. La novela obtuvo un gran éxito y mereció al año siguiente el premio Pulitzer de novela.

El título del libro tiene su explicación en una cita de Jonathan Swift que abre la novela: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. El genio, en este caso, es un tipo muy particular, Ignatius J. Reilly (posible caricatura de su creador), uno de esos personajes que no se olvidan con facilidad. Ignatius es un inadaptado, se mueve en los márgenes de la sociedad. Dice vivir en un siglo que aborrece, vive a sus treinta años con su madre y se pasa el tiempo encerrado en su habitación, como una ballena varada, escribiendo en una serie de cuadernos “una extensa denuncia contra nuestro siglo”.





Su madre, claro está, está ya un poco harta de él. Vago, religioso, excéntrico, algo repugnante, mordaz en sus opiniones, con ínfulas de superioridad (“sólo me relaciono con mis iguales, y, como no tengo iguales, no me relaciono con nadie”), sólo ha salido una vez de Nueva Orleáns y no duda ni un momento que el país está falto de “teología y geometría”, necesita “buen gusto y decencia”. Por circunstancias de la vida, se ve obligado a salir del cascarón y afronta su incorporación al mercado laboral. Se pone a leer entonces las cualidades que se requieren para conseguir un empleo: “Hombre limpio, muy trabajador, de fiar, callado.” Ignatius pone el grito en el cielo: “Santo Dios”, exclama “¿pero qué clase de monstruo quieren?”

Pero no es el único personaje de la novela. Lo acompaña una corte de personajes pintorescos en una novela hilarante, caricaturesca. A pesar de estar narrada en tercera persona, se incluyen largos fragmentos de los escritos de Ignatius, con lo cual nos empapamos de primera mano de su manera de ver las cosas. También se ve muy lograda la voz de la madre. A pesar de su comicidad, el libro emana también cierta tristeza en su parte final. Pero se termina con buen sabor de boca. A pesar de todo, creo que a algunos de vosotros os gustó este libro más que a mí. No diría yo que es un libro genial. En algunas partes disminuyó mi interés por lo que se contaba, y cosas supuestamente divertidas no me hicieron mucha gracia, pero sí que el personaje de Ignatius me parece memorable.

Desde que conocí a Ignatius, cada vez que me cruzo por la calle con algún tipo de dimensiones descomunales, me acuerdo inmediatamente de él. De pronto me encuentro imaginando qué pensaría Ignatius de nosotros, en caso de conocernos, y rápidamente me convenzo de que no hay motivos para el optimismo: nos consideraría probablemente unos degenerados, carentes de buen gusto y decencia, de teología y geometría. Vamos, que sólo habiendo leído a su admirado Boecio nos salvaríamos de la quema.



9 comentarios:

  1. Jesús, a mí el personaje me gustó, está tan bien construido que es lo que dices, ya te cruzas con gente que se le parece. En eso un 10.
    Eso sí, el libro en sí no me gustó demasiado, no le vi mucho y pensé que le habían dado mucho bombo.
    Besos.

    ResponderEliminar
  2. Jesús, me alegra que lo hayas leído y te haya gustado. Es cierto que algunas partes decaen algo, pero el conjunto es impresionante, en mi opinión. Lo he leído varias veces, y siempre me río. Y eso no es fácil de conseguir.

    ResponderEliminar
  3. Vero: Recuerdo haber leído tu reseña, aunque no te comenté, pero a mí tampoco me hizo gracia lo del negro Jones, entre otras cosas. Pero vamos, un poco más que a ti creo que sí me gustó, aunque sí es cierto que suelen ponerla por las nubes.

    Ignatius: En cuanto a lo del humor, tengo que decir que normalmente me pueden hacer reír muchas cosas de un libro, aunque sólo sea de felicidad, algún pequeño detalle, cualquier cosa. Y sí, con este libro me reí, pero a pesar de que me gustó, creo que no soy tan entusiasta como tú. Eso sí, nada más imaginarse a un tío con las ideas de Ignatius vendiendo salchichas por la calle, teniendo que relacionarse con la gente, es un contraste que funciona muy bien en la novela. Y verlo hablar con su madre también hace gracia.

    ResponderEliminar
  4. Lo empecé a leer cuando se publicó por vez primera, como un gran descubrimiento literario agrandado por la muerte de su autor y bla, bla. Lo dejé a la mitad. Quizá sea momento de retomarlo. Me alegra que me lo recuerdes Jesús

    ResponderEliminar
  5. Es triste, pero a veces lo mejor que puede hacer un autor para que se revalorice su obra es morirse. En algunos casos (pienso por ejemplo en Bolaño) la obra merecía ya el interés que luego despierta. Pero sí que otras veces es más bien palabrería. Podrías terminarlo, a ver qué te parece.

    ResponderEliminar
  6. Este lo tengo que leer sí o sí!!
    Me lo han recomendado un montón de veces ya.

    Besotes

    ResponderEliminar
  7. Muy bien, ¡espero que lo disfrutes! Besos.

    ResponderEliminar
  8. A mi me gustó bastante este libro, de hecho mi madre y yo (lo leímos por la misma época) incorporamos a nuestro lenguaje el "es un Ignatius" para referirnos a algunas personas ja ja Un abrazo

    ResponderEliminar
  9. Jaja, me gusta eso de utilizar personajes literarios para referirse a la gente. Un abrazo.

    ResponderEliminar