30 de junio de 2011

Balada triste de trompeta



Buah, qué locura de película. Al parecer la última de Álex de la Iglesia ha despertado sensaciones encontradas. Parece lógico, ya que es una película arriesgada y osada, que no se anda con medias tintas. La cinta participó en el Festival de Cine de Venecia, donde se hizo con los premios al mejor director y al mejor guión, y obtuvo un buen puñado de candidaturas a los premios Goya, quince en total, que finalmente se quedaron en dos premios de los considerados menores (maquillaje y efectos especiales). Pese a su éxito internacional, no fue la película elegida por los académicos para representar a España en los Óscar (prefirieron la de Icíar Bollaín).

Para mí ver Balada triste de trompeta (2010) ha sido una experiencia estética intensa y emocionante. La película es excesiva, desmesurada, histriónica, puede que incluso grotesca. Y, ante todo, freak. Esto animará a algunos y servirá de disuasión para otros, pero de la Iglesia no pretende convencer a todos. En esta ocasión crea un mundo estrafalario, extravagante, pero propio, genuino, con un innegable poderío visual: tiene momentos de muy buen cine, escenas muy hipnóticas. Probablemente sin la interpretación de Carlos Areces nada sería lo mismo, pero me parece una película muy conseguida. Me ha convencido.

Seguramente incluso los que no la hayáis visto habréis oído algo del argumento. La acción comienza con la actuación de los payasos en un circo, actuación que se ve interrumpida por la llegada de las tropas republicanas (estamos en plena guerra civil española), que reclutan a los empleados. Posteriormente, la acción se traslada a 1973, el año del atentado contra Carrero Blanco. La llegada del payaso triste a un circo acaba convirtiéndose en una lucha encarnizada con otro payaso para hacerse con la chica guapa. Digamos que el apocado payaso triste digievoluciona en... Bueno, para qué contar más. Si hacemos más caso a la razón seguramente encontremos cosas cuestionables, pero si nos dejamos llevar por los sentimientos disfrutaremos de todo un espectáculo visual. Álex de la Iglesia sigue en buena forma.


Los créditos iniciales no le quedaron mal, para mi gusto, así que dejo el vídeo.

27 de junio de 2011

La conjura de los necios



La historia que hay detrás de La conjura de los necios puede que ya la conozcáis. Su autor, John Kennedy Toole, trató de publicarla sin éxito. Se dice que una editorial se mostró interesada en un principio, pero acabó rechazando el libro alegando que no trataba de nada en concreto. Poco después, deprimido, Toole acabó por quitarse la vida, sin saber que el haber creado a Ignatius J. Reilly le haría ser recordado años después de su muerte, gracias sobre todo al empeño de su madre, que batalló para que el libro fuese finalmente publicado. Gracias al entusiasmo de Walker Percy, en un principio reacio a leer el manuscrito, La conjura de los necios vio finalmente la luz en 1980, dieciocho años después de que Toole escribiese el libro y once después de su suicidio. La novela obtuvo un gran éxito y mereció al año siguiente el premio Pulitzer de novela.

El título del libro tiene su explicación en una cita de Jonathan Swift que abre la novela: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. El genio, en este caso, es un tipo muy particular, Ignatius J. Reilly (posible caricatura de su creador), uno de esos personajes que no se olvidan con facilidad. Ignatius es un inadaptado, se mueve en los márgenes de la sociedad. Dice vivir en un siglo que aborrece, vive a sus treinta años con su madre y se pasa el tiempo encerrado en su habitación, como una ballena varada, escribiendo en una serie de cuadernos “una extensa denuncia contra nuestro siglo”.





Su madre, claro está, está ya un poco harta de él. Vago, religioso, excéntrico, algo repugnante, mordaz en sus opiniones, con ínfulas de superioridad (“sólo me relaciono con mis iguales, y, como no tengo iguales, no me relaciono con nadie”), sólo ha salido una vez de Nueva Orleáns y no duda ni un momento que el país está falto de “teología y geometría”, necesita “buen gusto y decencia”. Por circunstancias de la vida, se ve obligado a salir del cascarón y afronta su incorporación al mercado laboral. Se pone a leer entonces las cualidades que se requieren para conseguir un empleo: “Hombre limpio, muy trabajador, de fiar, callado.” Ignatius pone el grito en el cielo: “Santo Dios”, exclama “¿pero qué clase de monstruo quieren?”

Pero no es el único personaje de la novela. Lo acompaña una corte de personajes pintorescos en una novela hilarante, caricaturesca. A pesar de estar narrada en tercera persona, se incluyen largos fragmentos de los escritos de Ignatius, con lo cual nos empapamos de primera mano de su manera de ver las cosas. También se ve muy lograda la voz de la madre. A pesar de su comicidad, el libro emana también cierta tristeza en su parte final. Pero se termina con buen sabor de boca. A pesar de todo, creo que a algunos de vosotros os gustó este libro más que a mí. No diría yo que es un libro genial. En algunas partes disminuyó mi interés por lo que se contaba, y cosas supuestamente divertidas no me hicieron mucha gracia, pero sí que el personaje de Ignatius me parece memorable.

Desde que conocí a Ignatius, cada vez que me cruzo por la calle con algún tipo de dimensiones descomunales, me acuerdo inmediatamente de él. De pronto me encuentro imaginando qué pensaría Ignatius de nosotros, en caso de conocernos, y rápidamente me convenzo de que no hay motivos para el optimismo: nos consideraría probablemente unos degenerados, carentes de buen gusto y decencia, de teología y geometría. Vamos, que sólo habiendo leído a su admirado Boecio nos salvaríamos de la quema.



24 de junio de 2011

Vivian Maier




























Una noticia en la que se cuenta su historia, aquí.

El blog creado por el descubridor de su obra, con un montón de imágenes, aquí.

Y aquí la web oficial.

19 de junio de 2011

Del cielo a casa


Supongo que la mayoría de vosotros no conoceréis a Hebe Uhart. Yo nunca había oído su nombre hasta que, al terminar una lectura de cuentos, el escritor Andrés Neuman terminó diciendo (ordenando, casi): “lean a Hebe Uhart”. Tuvo que deletrearlo, es cierto, pero todos anotamos ese nombre. Pasado un tiempo, me topé en la biblioteca con un libro de la tal Hebe Uhart, a la que se catalogaba en la contraportada como “una de las mejores cuentistas argentinas”. Ya sabemos que estos calificativos no hay que tomárselos al pie de la letra, porque si no se generan expectativas que luego pueden verse defraudadas, pero el libro me interesaba y lo tomé prestado.

Del cielo a casa (2003) reúne dieciocho cuentos. Abre el libro “Navidad en el parque” un relato sin protagonista y se diría que sin argumento. Ofrece una visión general del funcionamiento de una clínica veterinaria situada junto a un parque. Es un trozo de vida retratado, no hay desenlace, ni trama. Se trata de relatos todos ellos de corte realista, sencillos en cuanto a su estructura, escritos con un lenguaje conversacional, cotidiano, cercano a la lengua oral. Hay varios que giran en torno a un escritor, conferenciante o gente relacionada con la literatura.

He leído los primeros relatos con interés. “Congreso” es de los que más me han llamado la atención. Un relato cercano sobre una argentina que narra su viaje a la lejana Alemania, donde ha sido invitada a un congreso de escritores. En mi opinión, consigue hacerse con la complicidad del lector. Pero conforme he ido pasando las páginas del libro no me he llegado a interesar demasiado por lo que estaba leyendo. La mayoría de los relatos me ha dejado un poco frío, no sé si es que yo no he sabido leerlos. A veces, en estos casos, me da por pensar si es demérito del libro o si es que uno está tan vacío que no saca mucho provecho de la lectura. La verdad es que el libro se deja leer, hay detalles que me han gustado, pero sí es verdad que el conjunto no me ha entusiasmado especialmente. El último, “El holandés errante”, es también uno de los que más me han llegado.

18 de junio de 2011

Vetusta Morla-Mapas


Título del álbum: Mapas.

Artista: Vetusta Morla.

Año de publicación: 2011.

País: España.

Género: Alternativa / Pop / Rock.

Títulos del álbum: 01 Los días raros, 02 Lo que te hace grande, 03 En el río, 04 Baldosas amarillas, 05 Boca en la tierra, 06 El hombre del saco, 07 Maldita dulzura, 08 Cenas ajenas, 09 Mapas, 10 Canción de vuelta, 11 Escudo humano, 12 Mi suerte.

Duración: unos 50 minutos.



7 de junio de 2011

Sunset Park



Desde que lo conocí cuando se publicó en España El libro de las ilusiones, la aparición de una nueva novela de Paul Auster supone para mí una alegría. Sunset Park (2010) es la última (quién sabe si ya penúltima, teniendo en cuenta que Auster se ha convertido en un autor muy prolífico, como Woody Allen) en llegar a las librerías.

El título alude a un barrio de Brooklyn. Allí, en una casa abandonada que se lanzan a ocupar ilegalmente, se reúne una serie de personajes, todos ellos rondando los treinta: Ellen Brice, una pintora que aspira a que sus cuerpos transmitan “la extraña y milagrosa sensación de estar vivo”; Alice Bergstrom, estudiante de doctorado, que prepara una tesis centrada en los Estados Unidos de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial; Jake Baum, escritor en ciernes, y Bing Nathan, que trabaja en una curiosa tienda, el Hospital de Objetos Rotos. En la vivienda hay que sustituir a una persona y Bing se acuerda de su amigo Miles Heller, el protagonista, con quien se pone en contacto. Miles tiene veintiocho años y vive en Florida. A los veinte abandonó los estudios y huyó de Nueva York, lejos de sus padres. Ahora trabaja en una empresa que se ocupa de vaciar las viviendas que han tenido que dejar los desahuciados por no poder pagar la hipoteca. Miles tiene la costumbre de fotografiar objetos abandonados e incluso rotos, algo que recuerda a lo que hacía Vivian en Buscando un beso a medianoche. Acosado por la culpa debido a un desafortunado empujón, la vida de Miles transcurre sin grandes planes, sin grandes ambiciones, y no sería lo mismo sin Pilar, la inteligente Pilar Sánchez, a la que conoció en un parque cuando, debido a una de las casualidades tan características de los libros de Auster, ambos se encuentran leyendo el mismo libro: El gran Gatsby. Pilar es menor, y debido a un chantaje Miles se verá abocado a abandonarla hasta que llegue a la mayoría de edad, ocasión que aprovecha para volver a Nueva York, con su amigo Bing Nathan, a la casa ocupada de Sunset Park.

El béisbol, siempre presente de alguna forma en sus libros, vuelve a aparecer aquí: el neoyorquino demuestra ser un gran conocedor de su historia. Reconocemos en la novela otros tics de siempre. Siguen apareciendo camufladas experiencias biográficas, como aquella ocasión en la que, en un campamento, cruzando en fila bajo una alambrada, un rayo mató al compañero que iba justo delante de él. Auster comprendió que fue algo azaroso que fuera él, y no su compañero, quien siguiera con vida. También hay alguna alusión a Bush. Por lo demás, vidas que se entrecruzan, personajes creíbles, humanos en una novela que se lee con rapidez.

Auster sigue conservando ese magnetismo que hace que nos interese cualquier historia que nos cuente. No obstante, tengo que decir que desde hace un tiempo sus libros no me llegan tanto como antes. Por muy incondicional de Auster que sea, esto tengo que reconocerlo. Creo que sus novelas han perdido peso, y esta en mi opinión no acaba de explotar. No sé si es que mis gustos van cambiando o que sencillamente sus últimos libros no me entusiasman tanto, lo cierto es que no encuentro en ellos al escritor cautivador de sus mejores libros. Pero lo seguiré mientras siga publicando, eso lo tengo claro. Y últimamente lo hace a buen ritmo, aunque reconocía en una entrevista, con una honestidad que es de agradecer, que quizá sus libros más importantes ya estuvieran escritos.

“En el fondo los libros”, leemos en esta novela, “no son lujos sino necesidades”, y en esa categoría entran para mí los de Paul Auster.

4 de junio de 2011

Antes de morirme



Supe de la existencia de este libro por casualidad: alguien se dejó el tique de la biblioteca dentro del libro que tomé prestado y entre los libros que aparecían se encontraba este. Me llamó la atención el título. Luego me informé un poco del argumento: una chica de dieciséis años enferma de leucemia que elabora, ante la inminencia de la muerte, una lista de cosas que le gustaría hacer antes de morirse. Al leer esto, de lo primero que me acordé es de Mi vida sin mí, la película de Isabel Coixet. Me decidí a leerlo, por un lado con el temor de que fuera excesivamente melodramático o sensiblero y por otro con la esperanza de que fuese una grata sorpresa.

No puedo decir que me haya gustado. Por varios motivos: poca profundización en los personajes, simplismo, pocas sorpresas y unas historias de amor tópicas y ñoñas: las relaciones consisten en decir “te quiero” o “te deseo”, acostarse y poco más.

Una diferencia con la película de Isabel Coixet que me parece destacable es la diferencia de edad de las protagonistas: una adolescente aquí, una mujer adulta y madre en la película. Este detalle no deja de tener importancia, puesto que las cosas que se dispone a hacer la protagonista de la película son más sensatas, maduras y conmovedoras. Una de las cosas que hace Tessa es robar en un supermercado, y cuando la pillan demuestra que es un personaje al que la autora no le ha sabido imprimir carácter, porque lo que hace es: a) llorar, y b) decir que está enferma. En otro momento su “rebeldía” se manifiesta gritando “mocos” y “pilila” (sic) dentro de un autobús. Cada cual que juzgue si esto es propio de una persona de dieciséis años.

También es posible acordarse de otra película: Planta cuarta de Antonio Mercero, con la diferencia de que aquí no hay humor, ni intensidad, ni chispa.

Antes de morirme viene respaldada, según se dice en la contraportada, por un notable éxito de ventas. En mi opinión no es ni mucho menos alta literatura. Me parece un tema muy delicado el que abarca la novela, difícil de tratar, que la mano inexperta de la debutante Jenny Downham no ha sabido encarrilar sin caer en el cliché.

Con todo, hay gente a la que este libro les hace llorar a mares. Dejo un enlace a una reseña positiva por si alguien quiere contrastar opiniones. Por mi parte, sólo puedo decir que no me ha convencido. Por decir algo positivo, se lee rápido, y hacia el final sí que puede llegar al corazón (al fin y al cabo, somos humanos, y ante la muerte no cabe sino conmoverse). La prosa se va fragmentando, los capítulos se acortan y todo se impregna de cierto aire poético. Otro punto a su favor es la cuidada edición de Salamandra.

1 de junio de 2011

Cartas


"Se les dice a los amigos, cuando van lejos, que escriban alguna que otra carta. Una postal, al menos. Todos prometen que lo harán, sin embargo el buzón permanecerá probablemente vacío. Pero no siempre es imprescindible estar de viaje para escribir alguna carta. Es incluso recomendable escribir cartas sin haber salido de la ciudad. Escribirlas, por ejemplo, a la mujer que comparte con nosotros la vida. Por la mañana, temprano, antes de salir de casa, pueden escribirse en una cuartilla las frases y palabras que no pudimos, o no quisimos, decir anoche. Sopesadas y escuetas tendrán que reflejar lo que sentimos, los sueños que hemos decidido emprender, los temores, las dudas. Luego, a lo largo del día, estaremos imaginando sin querer su postura al leer esas líneas. El gesto de sus dedos sosteniendo el papel. La mirada repleta de atención y misterio. Y la luz sobre el rostro. Como en el cuadro de la Dama leyendo una carta de Vermeer que el último verano nos asombró en un museo de Ámsterdam. Pero no estaremos seguros de que haya encontrado nuestro sobre. Lo pusimos debajo de su ropa y pudo vestirse sin notarlo. O lo dejamos delante del espejo del baño y ese día se peinó en el pasillo mirándose en el espejo de la entrada. O escogimos ponerlo con imanes en la puerta de la nevera y ella prefirió desayunar en un bar de la plaza. Pensaremos, quizás a mediodía, que ya está contestándonos, que está sentada cerca del balcón, en la pequeña mesa de caoba donde sule ponerse a leer por las tardes. La cabeza inclinada y los labios ligeramente entreabiertos. Su pelo se moverá con el ritmo de la mano que escribe. Levantará la vista a veces para mirar la calle. Jugará con la pluma. Se quedará quieta e inmóvil y doblará la carta. Y dejaremos de imaginar entonces las cosas que tendrían que ocurrir. Miraremos la hora. Será el comienzo de una tarde sin nubes. Volveremos a casa antes que de costumbre y en los escaparates de las tiendas del centro iremos decidiendo un regalo. Comenzará la gente a entrar en las cafeterías, a pararse antes las carteleras de los cines. Sin darnos cuenta habremos llegado a nuestro portal de siempre. Antes de subir cumpliremos el rito de mirar el buzón mientras el ascensor se queda libre. Folletos de grandes almacenes enterrarán algunas cartas de amigos que se fueron y escriben cuando llegan los ruidos de diciembre. Entre esas cartas aparece un sobre cerrado sin remite ni sello. Sólo tu nombre y un pqueño dibujo. Al abrirlo compruebas que no se perdió tu carta. Y lees con demasiada prisa unas frases que son como un susurro. Las relees mientras abres la puerta de tu casa y te encuentras que hay esperándote un beso tan largo como útil. Te enseña que las cartas que vienen de muy cerca son las más necesarias. Las únicas que existen."


Mínimas manías, de José Carlos Rosales (1990).