9 de febrero de 2016

La academia de las musas


El pasado viernes, en una visita a Málaga, decidí acercarme al Cine Albéniz. Me decanté, de las películas en cartelera, por La academia de las musas (2015), la más reciente producción de José Luis Guerín (a propósito de su apellido, me pregunto por qué a veces se encuentra con tilde y otras sin ella). Pensaba entrar al pase de las 16:30 cuando, para mi sorpresa, leo en un folio junto al cartel que tras la sesión de las 19:00 tendría lugar un coloquio con el director. Aunque nada pensaba preguntarle, aproveché la ocasión y cambié de planes. Había visto, de su filmografía, Guest, Tren de sombras y En la ciudad de Sylvia, y aunque ninguna de ellas me había maravillado, todas ellas me han interesado y me parecen representantes de un tipo de cine francamente minoritario pero que se me antoja interesante y necesario, por emplear dos adjetivos bastante manoseados.


La academia de las musas viene avalada por el premio a la mejor película en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, siendo el primer largometraje español en recibir el galardón. Rodada con un reducidísimo equipo y con actores no profesionales que hacen un poco de ellos mismos -o no-, la película se desarrolla en un ambiente intelectual, universitario. Arranca, en tono experimental, con una de las clases de un profesor de Filología (Raffaele Pinto), a la que luego se irán sucediendo conversaciones con su esposa y sus alumnos (alumnas, a decir verdad, sobre todo), dibujando de forma paulatina una tenue trama en un cuadro general en el que predominan los diálogos. Conversaciones, por cierto, que alternan de forma natural castellano, catalán e italiano. Plenas de espontaneidad, abarcan desde una perspectiva humanística temas como el amor, la inspiración, la naturaleza, la palabra. “Del lenguaje no se sale”, recalca el profesor en una de sus clases. Esta abundancia verbal contrasta, como apuntó un espectador en el coloquio, con alguna otra cinta del director (véase En la ciudad de Sylvia). Pese al marco documental (el profesor es profesor en la vida real, y los alumnos sus alumnos) del que parte, la película se va instalando, conforme avanza su metraje, en los terrenos de la ficción (Guerín dejó muy claro que en ningún momento ha querido que, pese a su naturaleza híbrida, la cinta fuese catalogada como “no ficción”).

El recurso de rodar desde el otro lado 
de un cristal se emplea bastante

Sin salir de ese ambiente académico, el filme tiene palpables toques de humor (maravilloso alguno de los contrapuntos al discurso del profesor llevado a cabo por su esposa y alguna de las alumnas) y funciona como vindicación de las Humanidades en una encrucijada histórica en la que se las menosprecia y arrincona. Se agradecen los matices, la tensión dialéctica, el cuestionamiento de alguna idea vertebral de la cinta que ya en la propia película se acusa de patriarcal. Lo peor, en este sentido, que al final todas acaben cayendo (este comentario lo entenderán, imagino, los que se decidan a verla).


La academia de las musas, cuenta Guerín, ha visto la luz sin subvención alguna. Seguramente se exhibirá en pocas salas. Al preguntársele cómo ha afectado el estreno, hace algo más de un mes, a la vida de los personajes, comenta que algunos de ellos han ido cada semana al cine a verla, y que incluso le han propuesto o han fantaseado con la posibilidad de rodar una segunda parte. La experiencia, por lo que a mí respecta, mereció la pena.


2 comentarios:

  1. Piotr Valmenguer28 feb. 2016 15:30:00

    Excelente. La veré sin duda. Gracias por la reseña.

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  2. Espero que la experiencia, como en mi caso, merezca la pena. Gracias por dejar un comentario.

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