24 de febrero de 2016

Pacífico


La novela Pacífico (Anagrama, 2008) supone mi primer acercamiento a la obra de José Antonio Garriga Vela, escritor barcelonés afincado en Málaga al que, por es(t)os pagos, algunos conocerán merced a los microcuentos que desde hace años publica semanalmente en el Diario Sur. Muntaner, 38 (Debate, 1996) supuso su consagración. La novela recibió comentarios entusiastas de figuras conocidas como Juan Marsé, Vázquez Montalbán o Enrique Vila-Matas. A partir de entonces, cuenta el autor, pudo vivir de la literatura y dejar los trabajos a tiempo parcial con los que la compaginaba.

En Pacífico uno descubre a un escritor de gran sensibilidad, finura y delicadeza, dotado de una profundidad que en todo momento fluye. Se intuye certero observador de la realidad y consigue orquestar una ficción que, a través de una prosa sencilla, atiende al ángulo poético de lo cotidiano. Los toques de humor e ironía tampoco escasean en un imaginario, nos quiere parecer, tirando a poético, puede que algo naíf, y muy evocador. Aun a los temas más transitados consigue ofrecer un enfoque siempre personal. Por momentos pensaba uno, relacionando la novela con otras lecturas (aunque se trata de referencias subjetivísimas, y quizá no demasiado cercanas), en Unai Elorriaga o Juan José Millás. Si existen libros en los que uno es más consciente de estar ante un artefacto literario y libros con los que creemos contemplar un trozo de vida, creo que este es de los primeros, he dado en pensar, sin ánimo laudatorio ni denostador (más bien descriptivo), mientras lo leía.

"Una noche mi padre y el señor Nogueira se pusieron a hablar de héroes en la sobremesa. Mi padre proclamó que Paulino Uzcudun era el dueño del ring, Juan Manuel Fangio de los circuitos y Joaquín Blume de las anillas. Sebastián interrumpió la conversación:
-Y nosotros, papá, ¿de qué somos dueños?
Mi padre se quedó pensativo y luego respondió con tono solemne:
-Nosotros, hijo, somos dueños de la desgracia."

El fragmento anterior se basa, según comenta el autor, en una conversación escuchada por casualidad en un autobús de línea, y supuso un punto de inflexión en la gestación de la novela, que funciona como retrato de una familia a la que, de forma paulatina, parece ir cercándola el infortunio. Citaremos el caso llamativo de Sebastián, condenado a cárcel por pederastia debido a un (mejor, creo, evitaremos cualquier añadido por deferencia a los hipersensibles al spoiler). Su actitud tras la acusación y encarcelamiento no deja de resultar enigmática. Reacio a la lucha, a la defensa, el personaje se resigna a su suerte de forma pasiva y, pienso, un tanto estoica. Se diría poseído por las huestes del NO, como el Bartleby ideado por Herman Melville.

Tiene el libro algunos rasgos autobiográficos, al menos en apariencia. El narrador, creo, nace el mismo año que el autor y desde cierto momento desea ser escritor, algo que se concreta en el relato de la historia de su familia (la novela que leemos).

"Yo descubrí el peligro el día en que mi madre asesinó al globo. Aquel globo no era una simple esfera de goma, sino mi compañero de aventuras".

Garriga Vela escribe con pulcritud y meticulosidad. Esta novela fue madurando a lo largo de siete años. Pese a su brevedad, tiene bastantes momentos logrados, dignos de recuerdo. Resulta agradable de leer y puede conectar, creo, con un público amplio.

Seguiremos leyéndolo.

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