23 de octubre de 2016

Amistades

   


   Amistades que se caen como las Torres Gemelas. Sin necesidad siquiera de dardos ponzoñosos en forma de aviones de pasajeros que se incrustan en la zona intercostal, donde más duele. Se desploman por ambas partes (derrumbamiento en paralelo).
   Amistades que de forma milagrosa, como la torre de Pisa, se sostienen desafiando gravedades. Aun con base defectuosa, siempre que los implicados se reencuentran -qué curioso-, coinciden en engañarse y actúan como si la estructura de su vínculo luciese en perfectas condiciones, empeñados ambos en seguir viéndola derecha y deslumbrante, tanto -quizá- como el traje nuevo del cuento del emperador. Ese ángulo inclinado, principio de hecatombe, evidencia como es lógico una raíz podrida. 
   Amistades de la solidez de la torre Eiffel. Parecen pobres, austeras, todo espinas, como un pescado roído -la esquena de una dorada-, pero se hallan bien cimentadas, inmunes a huracanados vaivenes. Irrefutables como un axioma, parecen destinadas a perdurar.

2016.

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