29 de febrero de 2016

Ida




La otra noche vi en La 2 la película polaca Ida (2013), de Pawel Pawlikowski. Ambientada en 1960, cuenta con una gran concisión narrativa la historia de una novicia huérfana a quien, antes de tomar los votos, se le insta a que conozca a su única pariente viva. Ida muestra interés en saber qué pasó con sus padres, fallecidos en época del horror nazi. Su tía, cuya forma de vida contrasta con la suya, le pregunta qué pasará si cuando lo sepa descubre que no existe Dios. Ida ha cosechado un buen ramillete de premios, incluidos el Oscar a mejor película en lengua no inglesa y varios, de entre los principales, del Cine Europeo. Se trata de una película de ritmo pausado, con poco diálogo y planos fijos (no se percibe, creo que en ningún momento, movimiento de cámara). Sus imágenes, de una gran belleza, pueden dar la impresión, por momentos, de fotografías que comienzan a moverse y cobran vida. La factura del conjunto resulta impecable. Entre la música, piezas de John Coltrane, Mozart y Bach.

Para sibaritas del séptimo arte. Muy buena. 

Lo mejor: su primorosa fotografía.
Lo peor: que su hermetismo y contención puedan jugar en su contra.










24 de febrero de 2016

Pacífico


La novela Pacífico (Anagrama, 2008) supone mi primer acercamiento a la obra de José Antonio Garriga Vela, escritor barcelonés afincado en Málaga al que, por es(t)os pagos, algunos conocerán merced a los microcuentos que desde hace años publica semanalmente en el Diario Sur. Muntaner, 38 (Debate, 1996) supuso su consagración. La novela recibió comentarios entusiastas de figuras conocidas como Juan Marsé, Vázquez Montalbán o Enrique Vila-Matas. A partir de entonces, cuenta el autor, pudo vivir de la literatura y dejar los trabajos a tiempo parcial con los que la compaginaba.

En Pacífico uno descubre a un escritor de gran sensibilidad, finura y delicadeza, dotado de una profundidad que en todo momento fluye. Se intuye certero observador de la realidad y consigue orquestar una ficción que, a través de una prosa sencilla, atiende al ángulo poético de lo cotidiano. Los toques de humor e ironía tampoco escasean en un imaginario, nos quiere parecer, tirando a poético, puede que algo naíf, y muy evocador. Aun a los temas más transitados consigue ofrecer un enfoque siempre personal. Por momentos pensaba uno, relacionando la novela con otras lecturas (aunque se trata de referencias subjetivísimas, y quizá no demasiado cercanas), en Unai Elorriaga o Juan José Millás. Si existen libros en los que uno es más consciente de estar ante un artefacto literario y libros con los que creemos contemplar un trozo de vida, creo que este es de los primeros, he dado en pensar, sin ánimo laudatorio ni denostador (más bien descriptivo), mientras lo leía.

"Una noche mi padre y el señor Nogueira se pusieron a hablar de héroes en la sobremesa. Mi padre proclamó que Paulino Uzcudun era el dueño del ring, Juan Manuel Fangio de los circuitos y Joaquín Blume de las anillas. Sebastián interrumpió la conversación:
-Y nosotros, papá, ¿de qué somos dueños?
Mi padre se quedó pensativo y luego respondió con tono solemne:
-Nosotros, hijo, somos dueños de la desgracia."

El fragmento anterior se basa, según comenta el autor, en una conversación escuchada por casualidad en un autobús de línea, y supuso un punto de inflexión en la gestación de la novela, que funciona como retrato de una familia a la que, de forma paulatina, parece ir cercándola el infortunio. Citaremos el caso llamativo de Sebastián, condenado a cárcel por pederastia debido a un (mejor, creo, evitaremos cualquier añadido por deferencia a los hipersensibles al spoiler). Su actitud tras la acusación y encarcelamiento no deja de resultar enigmática. Reacio a la lucha, a la defensa, el personaje se resigna a su suerte de forma pasiva y, pienso, un tanto estoica. Se diría poseído por las huestes del NO, como el Bartleby ideado por Herman Melville.

Tiene el libro algunos rasgos autobiográficos, al menos en apariencia. El narrador, creo, nace el mismo año que el autor y desde cierto momento desea ser escritor, algo que se concreta en el relato de la historia de su familia (la novela que leemos).

"Yo descubrí el peligro el día en que mi madre asesinó al globo. Aquel globo no era una simple esfera de goma, sino mi compañero de aventuras".

Garriga Vela escribe con pulcritud y meticulosidad. Esta novela fue madurando a lo largo de siete años. Pese a su brevedad, tiene bastantes momentos logrados, dignos de recuerdo. Resulta agradable de leer y puede conectar, creo, con un público amplio.

Seguiremos leyéndolo.

9 de febrero de 2016

La academia de las musas


El pasado viernes, en una visita a Málaga, decidí acercarme al Cine Albéniz. Me decanté, de las películas en cartelera, por La academia de las musas (2015), la más reciente producción de José Luis Guerín (a propósito de su apellido, me pregunto por qué a veces se encuentra con tilde y otras sin ella). Pensaba entrar al pase de las 16:30 cuando, para mi sorpresa, leo en un folio junto al cartel que tras la sesión de las 19:00 tendría lugar un coloquio con el director. Aunque nada pensaba preguntarle, aproveché la ocasión y cambié de planes. Había visto, de su filmografía, Guest, Tren de sombras y En la ciudad de Sylvia, y aunque ninguna de ellas me había maravillado, todas ellas me han interesado y me parecen representantes de un tipo de cine francamente minoritario pero que se me antoja interesante y necesario, por emplear dos adjetivos bastante manoseados.


La academia de las musas viene avalada por el premio a la mejor película en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, siendo el primer largometraje español en recibir el galardón. Rodada con un reducidísimo equipo y con actores no profesionales que hacen un poco de ellos mismos -o no-, la película se desarrolla en un ambiente intelectual, universitario. Arranca, en tono experimental, con una de las clases de un profesor de Filología (Raffaele Pinto), a la que luego se irán sucediendo conversaciones con su esposa y sus alumnos (alumnas, a decir verdad, sobre todo), dibujando de forma paulatina una tenue trama en un cuadro general en el que predominan los diálogos. Conversaciones, por cierto, que alternan de forma natural castellano, catalán e italiano. Plenas de espontaneidad, abarcan desde una perspectiva humanística temas como el amor, la inspiración, la naturaleza, la palabra. “Del lenguaje no se sale”, recalca el profesor en una de sus clases. Esta abundancia verbal contrasta, como apuntó un espectador en el coloquio, con alguna otra cinta del director (véase En la ciudad de Sylvia). Pese al marco documental (el profesor es profesor en la vida real, y los alumnos sus alumnos) del que parte, la película se va instalando, conforme avanza su metraje, en los terrenos de la ficción (Guerín dejó muy claro que en ningún momento ha querido que, pese a su naturaleza híbrida, la cinta fuese catalogada como “no ficción”).

El recurso de rodar desde el otro lado 
de un cristal se emplea bastante

Sin salir de ese ambiente académico, el filme tiene palpables toques de humor (maravilloso alguno de los contrapuntos al discurso del profesor llevado a cabo por su esposa y alguna de las alumnas) y funciona como vindicación de las Humanidades en una encrucijada histórica en la que se las menosprecia y arrincona. Se agradecen los matices, la tensión dialéctica, el cuestionamiento de alguna idea vertebral de la cinta que ya en la propia película se acusa de patriarcal. Lo peor, en este sentido, que al final todas acaben cayendo (este comentario lo entenderán, imagino, los que se decidan a verla).


La academia de las musas, cuenta Guerín, ha visto la luz sin subvención alguna. Seguramente se exhibirá en pocas salas. Al preguntársele cómo ha afectado el estreno, hace algo más de un mes, a la vida de los personajes, comenta que algunos de ellos han ido cada semana al cine a verla, y que incluso le han propuesto o han fantaseado con la posibilidad de rodar una segunda parte. La experiencia, por lo que a mí respecta, mereció la pena.


6 de febrero de 2016

Hallazgo de la vida

Fotografía de Anna Paretas

"¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.

Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: uién sabe no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí!

Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora avancé paralelamente a la primavera, diciéndola: «Si la muerte hubiera sido otra...». Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.

¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte."

César VallejoPoemas humanos (1939).