"La Odisea" (2026), de Christopher Nolan

He
visto en el cine La Odisea de Christopher Nolan, que cumplió
con el entretenimiento previsto pese a las casi tres horas de
metraje, y que en su parte final lanza un mensaje que se antoja muy
contemporáneo, tal vez no antibelicista pero sí anti-imperialista.
Odiseo se siente culpable por lo de Troya, lo califica de un error.
«Vivíamos en un mundo de palacios y comercio, de palabras, ciegos a
su belleza, hasta que lo destruimos». Se responsabiliza de esa
hecatombe, algo que puede leerse en clave actual y planetaria (la
crisis medioambiental) o geopolítica (la deriva bélica y la
creciente oscuridad de los tiempos), como posicionamiento contra los
señores de la guerra. El imperio parece concienciarse de que el
bárbaro puede no tratarse de una amenaza externa, sino de la misma
imagen que le devuelve el espejo. En un momento dado, Odiseo llega a
decir que la mejor visión es siempre desde abajo, lo cual podría
interpretarse casi como socialdemócrata o incluso marxista. Y se
insiste en la importancia de la hospitalidad hacia los forasteros. No
me extraña, por tanto, que al hombre más rico del mundo no le haya
agradado la adaptación (a la que acusa de «profanar» a Homero).
Este magnate ha trabajado durante unos meses para el gobierno de
Estados Unidos, comandado por un personaje al que algunos comparan
con Heliogábalo. La escritora Irene Vallejo citaba a Séneca, que ya
en el siglo I destacaba que lo importante «en la obra artística es
lo que te dice a ti ahora mismo sobre tu odisea personal, sobre “las
tempestades del alma que nos sacuden cada día”». Christopher
Nolan no parece ajeno a este comentario y cuela entre líneas un
mensaje sobre nuestro tiempo.
Se
aprecian, eso sí, notables diferencias con versiones anteriores y el
texto que nos ha llegado. La argucia de «Nadie» con el cíclope
aquí no existe, Helena de Troya y Clitemnestra son negras, supongo
que por los cupos de diversidad racial imperantes de un tiempo a esta
parte en el cine yanqui. La actriz que interpreta a la mujer de
Menelao, y esto da cuenta del retroceso de los tiempos, ha reconocido
en una entrevista que cuando el guion llegó a sus manos ella, toda
una graduada en Yale, carecía de ningún conocimiento previo de qué
cosa era La Odisea. La personificación de los dioses y su presencia
humana se reducen al mínimo. La ninfa Calipso, negra y de belleza
despampanante en la versión que conocía por la televisión (la de
1997 de Konchalovsky), aquí es interpretada por Charlize Theron,
tratándose de la cual (comentaba un señor a la salida del cine) no
le extrañaba que Odiseo pasase tanto tiempo con ella. Pero el
erotismo de Calipso en la de Konchalovsky aquí no concurre, y se
sustituye por una belleza madura y recatada cuyo ofrecimiento de
inmortalidad también se diluye en la versión de Nolan. El carácter
de Odiseo, además, se antoja diferente al que recordábamos (uno
leyó el libro allá por 2002), más imperfecto, vanidoso,
embaucador, pícaro. Dista aquí de aquel héroe astuto, «fecundo en
ardides».
Por
descontado, me alegro de que el clásico heleno cobre actualidad y
vuelva a impregnarse en la memoria y la imaginación de las nuevas
generaciones. Distintas ediciones de la Odisea se han colado en las
listas de libros más vendidos este verano, a raíz del éxito de la
película. En este Hollywood tan dado a la secuela y el remake,
mucho ha tardado en llegar una nueva adaptación de la epopeya
homérica.
(Texto de agosto de 2026).
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