
Casi
veinte años después, he vuelto a ver Eleni, la película de
Theo Angelopoulos. Hay una condición eminentemente pictórica en sus
primorosos fotogramas. Muchos de sus planos se antojan cuadros
pintados por los grandes. En ese sibaritismo estético se advierte la
presencia de Brueghel, de Rembrandt, de Hammershøi, de Edward
Hopper. Hay encuadres donde uno atisba a Antonio López o a Cristóbal
Toral. Se padece cierto síndrome de Stendhal durante la proyección
de una obra que se contempla a menudo como quien pasea por una
pinacoteca. Qué excelencia artística, qué esmero en tantas de sus
imágenes. Despide el filme una serena elegancia solo
apreciable, si acaso, desde la madurez del espectador. Cine de sol de
invierno, como el amor del poema aquel de un ya provecto Margarit.
Una exquisitez que eleva el espíritu hacia lo sublime. Cine lento,
reposado, que enervará a más de uno, pero sin duda a contrapelo de
los tiempos, que ya Proust en 1922 consideraba acelerados y rápidos.
Se antoja esta película una revocación de la contemporaneidad, un
elogio de la lentitud, un intento de restauración del ritmo
pre-industrial.