El autor de Los viajes
de Gulliver publicó este breve texto, atravesado de ironía, en 1729. Casi
tres siglos después, las circunstancias actuales (el momento de recrudecimiento
del capitalismo que atravesamos, a.k.a. "estafa", a.k.a. “la crisis”) enriquecen su relectura, y
han sido varias las editoriales (Nórdica, Traspiés), que lo han recuperado.
El irlandés Jonathan Swift escribe esta “humilde propuesta” para
acabar con los problemas del país, a la vez que elevar su renta, en una época
de hambruna y miseria generalizadas.
El texto le recuerda a uno el Elogio de la locura de Erasmo y, en
cierto modo, al Thomas de Quincey de Del asesinato considerado como una de lasbellas artes, y también a algunas declaraciones tristemente célebres de algún
político o miembro del Fondo Monetario Internacional (a.k.a. “Fábrica Mundial
de Indigencia” -Raquel Lanseros-), como lo de que es peligroso para las arcas
del Estado que la gente llegue a vivir muchos años, o la idea de George Bush de
cortar los árboles para evitar incendios. Gente que, como escribe Federico Villalobos, prologuista y traductor de esta edición, se empeña en convencernos de que lo intragable es “un plato
razonable”. Pero claro, estos, a diferencia de Jonathan Swift, no pretendían
ser irónicos: hablaban -y lo siguen haciendo- completamente en serio.
Casi
todo el mundo oyó hablar hace unos años acerca de la erupción de cierto volcán islandés -de nombre más bien impronunciable- cuya nube de humo
alcanzó el continente causando problemas que obligaron a
interrumpir el tráfico aéreo europeo. No nos han llegado tantas noticias, en
cambio, acerca de la situación que ha vivido el país en los últimos años, la
así llamada revolución islandesa, que se produjo tras una grave crisis
financiera.
En
febrero de 2009, el gobierno conservador se vio obligado a dimitir debido a las
insistentes manifestaciones pacíficas en la plaza del Parlamento. Luego de la
convocatoria de elecciones, el pueblo siguió desconfiando de los políticos
tradicionales y no cesó en sus protestas. A través de un referendo, la gente se
negó a pagar los errores de los banqueros corruptos (alguno de los cuales fue
detenido y encarcelado) y consiguió que el Parlamento nombrase una Asamblea
Constituyente para redactar una nueva Constitución. Se eligió para ello a
ciudadanos sin filiación política, un caso sin precedentes. Ese mismo 2011, la
economía del país salió de la recesión.
Hace sólo unos días, Islandia aparecía de nuevo en los diarios. Se hablaba del
resultado de las últimas elecciones en la isla, en las que resultaron
victoriosos los partidos que llevaron al país a la crisis. Veremos cómo
evoluciona el asunto.
Xavier
Moret habla de esto y mucho más en su nuevo libro sobre Islandia, país en el
que ya centró su mirada en Islandia, la
isla secreta. Y es que este país septentrional donde en verano podemos ver
el sol a medianoche nos tiene enamorados a muchos (entre otros fascinó a Borges -en cuya tumba hay un fragmento de una
saga islandesa- que fue justamente quien se refirió al país como “la isla
secreta”).
Conforme
avanzan las páginas de Islandia,
revolución bajo el volcán, el lector conocerá algo de la historia de este
pequeño país de apenas trescientos mil habitantes que pertenecía a Dinamarca
hasta 1944, que en 1980 tuvo ya a una mujer presidenta y que ha sido
considerado en alguna ocasión el país más pacifista del mundo (estamos ante una
nación sin ejército). Además de informarnos de los volcanes, se nos habla de su
naturaleza y sus gentes, así como de la importancia de la música, cuyos
exponentes más conocidos son Björk y Sigur Rós, aunque el aficionado podrá
mencionar a otros artistas emergentes igual de interesantes.
Un libro
de viajes que se lee con interés y que, dada toda la información que aporta, el
lector curioso agradecerá. Recomendable.
Se toma un revólver y se introduce una bala en el tambor de
seis. El ruletista se mete el arma en la boca y aprieta el gatillo. Si
sobrevive, gana una pasta. Pone su vida en juego, pero tiene cinco
posibilidades entre seis de salir vivo. Claro que, si en lugar de una bala en
el revólver se colocan dos, las cosas empiezan a complicarse. Las
probabilidades no dejan de reducirse si se colocan tres e incluso cuatro balas.
El ruletista que protagoniza esta historia, que desde el inicio aparece rodeado
de un halo mítico, puede con eso y más. La gente que se juega la vida de esta
forma ya no espera mucho de la vida, son gente sin suerte, sin familia, sin
amigos. Pero la mala suerte del protagonista alcanza visos de leyenda.
El cuento está narrado por un escritor anciano que conoce
desde niño al famoso ruletista y comienza su relato con unas reflexiones nada
desdeñables sobre el acto de escribir.
“…la literatura no es el medio adecuado para decir algo real
sobre uno mismo. Junto con las primeras líneas que despliegas en la página, en
esa mano que sujeta la pluma, entra, como en un guante, una mano ajena,
burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en
todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas
deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios,
cuando de hecho tú solo querías hablar sobre ti.”
Y más tarde: “¿Cómo puedes abandonar los arcanos del estilo?
¿Cómo, con qué instrumentos puedes exponer en una página un testimonio puro,
libre de la cárcel de las convenciones artísticas? Tengo que asumirlo y tener
el valor de reconocerlo: de ninguna manera.”
Magníficamente escrito, el cuento garantiza el
entretenimiento y el suspense. En su parte final aparece el factor onírico
característico de Cărtărescu que ya apreciábamos en Lulu, un libro posterior. El
ruletista (Impedimenta, 2010) forma parte de Nostalgia, el libro de relatos con el que debutó el aclamado autor rumano, ahora
profesor universitario en Bucarest y candidato al Nobel. Nostalgia fue publicado inicialmente con el título de El sueño en 1989, dos meses antes del
estallido de la revolución que acabaría con la dictadura de Ceausescu. El libro
no superó el control de la censura, que aplicó la tijera a sus páginas. Será en
1993 cuando Nostalgia aparecerá de forma
íntegra.
Si alguien no ha leído el relato, le invito a adentrarse en
él y a conocer a Cărtărescu, al que de pronto me han entrado unas ganas
terribles de seguir leyendo. Casi que empiezo a pensar en releer Lulu.
Valoración: 5/5.
Para los interesados en conocer a este autor, os dejo el
vídeo fruto de la reciente visita de Mircea Cărtărescu a la capital.
Tras un tiempo sin ver películas, he encarrilado unas
cuantas en pocos días. La más lograda me pareció Ridicule (1996), del
francés Patrice Leconte, nominada en
su día a mejor película de habla no inglesa en los Oscar. Un retrato satírico
de la nobleza en tiempos de Luis XVI, anclada en la superficialidad y ciega a
los problemas del pueblo. Buen guión, buenas interpretaciones, humor e historia
de amor incluida. Entre las otras que vi destaca algún clasicazo como la danesa
Ordet
(la palabra)(1955), de Carl Theodor Dreyer, para cuyo final ya iba preparado por culpa de mi admirado Paul Auster, que lo destripa en su novela Invisible.
Película reposada, bastante teatral, que emana religiosidad por todos sus
poros.
Pintura de Daniel González Coves
Interesante me pareció el planteamiento de Los
idiotas (1998) de Lars von Trier,
rodada según los planteamientos del cacareado manifiesto Dogma. Un grupo de gente se hace pasar por retrasados mentales para
generar con su comportamiento cuanto menos incomodidad en una clase media que se
supone hipócrita e inauténtica. Conforme pasan los minutos no quedan, según mi
lectura, muy bien retratados ellos mismos. La película no llega, en mi opinión,
a la altura de las mejores obras del danés.
En la casa de François
Ozon, concha de Oro a la mejor película en San Sebastián, me pareció en un primer visionado cine interesante y muy entretenido
pero con ínfulas, hay algo en su fondo que no me convence. Quizá debería leer
la obra teatral en la que se basa -bien es verdad que se trata de una
adaptación libre-, El chico de la última
fila de Juan Mayorga, y volverla
a ver para tener una opinión mejor formada. A bote pronto diría que nada nuevo
aporta, aunque es una cinta que se presta a un debate en el que se podría hacer
referencia a Las mil y una noches, La ventana indiscreta de Hitchcock, Continuidad de los parques de Cortázar, El Quijote, Más extraño que la ficción e incluso
Woody Allen, entre otros. Una
propuesta muy literaria, ya que se basa en la historia que un alumno le cuenta
a su profesor, al que pronto encandila, en una serie de redacciones a modo de
historia por episodios. El profesor aconseja al chaval, lo que sitúa al
espectador en la trastienda de la ficción, donde el autor mueve los hilos de
sus marionetas. La vena voyeur, algo trastornada, del muchacho aporta cierto
atractivo a la película, en la que otro de los temas es el arte contemporáneo
(la mujer del profesor trabaja en una galería). Es más compleja que la mayoría
de las películas que se suelen hacer, es una película por la que merece la pena
pagar una entrada, pero, si esta es la obra maestra de Ozon, quizá no sea un
director para mí. Swimming Pool me pareció mala sin más. Dejo el tráiler.
También vi dos o tres del finlandés Aki Kaurismäki, a pesar de lo cual Contraté a un asesino a sueldo (1990) sigue siendo indiscutiblemente mi preferida. Tanto en El Havre como en Luces
al atardecer siguen apareciendo los protagonistas característicos del
cine del finlandés. En la primera se trata el drama de la inmigración, mientras
que en la segunda nos acercamos a una historia que, desde otra perspectiva y
otra manera de ver el cine, me resultó similar a la de El dinerode Bresson: un
joven es acusado de un delito que no ha cometido y a partir de ahí cae en una
degradación que no hace sino aumentar sus problemas. Me sorprendió, por
contraste, el tono cómico de Leningrad Cowboys Go America, que
tiene un humor muy particular con el que conecté, aunque al final se hace algo
repetitiva. Un grupo musical finlandés recorre Estados Unidos de costa a costa para tocar en una boda. He aquí sus pintas:
Os dejo para cerrar la entrada con una canción de un grupo
que acabo de conocer como quien dice y que se me ha metido en la cabeza en los últimos
días. Culpo de ello a Carol.
P.D. Ya tengo en mi poder algunos títulos del decálogo de
Kieslowski, espero ponerme pronto con ellos.
Terminado el plazo para participar en el sorteo del libro de Thomas Bernhard, copio aquí la lista de participantes:
David Pérez Vega: 1,2,3.
Offuscatio: 4,5,6.
Nerea González: 7.
Lu: 8,9.
Carmen: 10,11,12.
Yossi Barzilai: 13,14,15.
Zulema: 16.
Carol: 17,18,19.
Isabel Macías: 20.
Laura: 21,22,23.
Atram14: 24,25.
Fani Iglesias: 26,27,28.
Lahierbaroja: 29,30,31.
Icíar: 32,33,34.
Antes de nada, suerte a todos. Y, ahora, procedamos.
Quince, la niña bonita. Mi enhorabuena al ganador, al que pido me facilite la dirección postal a la que enviar el libro. Lamento no haberme entendido muy bien con random.org, razón por la cual he tenido que sacar una foto del número aleatorio generado. Gracias a todos por participar, tanto a los de siempre como a los nuevos. Espero que haya un próximo sorteo. Feliz semana.
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas (1962).
Me acabo de estrenar con el autor de los títulos kilométricos (El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y, ahora, La vida interior de las plantas de interior), seleccionado en la famosa lista de Granta entre los jóvenes talentos en lengua española y, por más señas, de nombre Patricio.
La portada y la edición de Mondadori me satisfacen. El libro me parece irregular. Unos relatos interesantes y otros prescindibles. "Un jodido día perfecto sobre la tierra" trata sobre el mundo literario en general y el mundo de los escritores principiantes y los concursos de ayuntamientos en particular. Me hace pensar en esa literatura "de provincias" de la que también hablaba Alberto Olmos por boca de Juan Mal-herido en un post reciente. Me gusta el relato, quizá porque también yo participo en esos concursos. Escribe Patricio Pron ahí una frase que quizá pueda entenderse como declaración de principios: "la literatura puede y quizá debe sonar como una conversación y no como el monólogo de un William Shakespeare estreñido en el cuarto de baño". En otros relatos nos parece advertir cierto prurito formal, como en el que narra el viaje inverso de una peluca que acaba en una gran mancha de basura en el Atlántico. El que trata acerca de un perro que llega a casa de Pablo Picasso tiene momentos bastante cómicos, y hay otro que cuenta la historia de un actor porno estadounidense que contrae el sida. Alguno me pareció en exceso apegado a Bolaño.