31 de mayo de 2015

A la altura de mi generación



"Pues bien, un día en medio de la clase le pedí permiso a la maestra para ir al baño. Lo hacía siempre, y lo hacían todos. Yo, y supongo que con los demás pasaba lo mismo, ni tenía ganas ni calculaba el momento de pedir permiso. Era un súbito. El único triunfo pleno que puedo recordar de mi infancia. Para la maestra, ver la manito [sic] levantada, adivinar de qué se trataba (porque nunca era algo que valiera la pena, por ejemplo preguntarle en qué casos se usaba la b y en cuáles la v) y estallar, era todo uno: ¡Vaya! ¡Pero es el último! ¡El último! Y el que había tenido la brillante inspiración de pedir en aquel momento, en aquel momento que se revelaba como el último, salía corriendo loco de felicidad bajo las miradas de odio y amargura de todos los demás, que se sentían excluidos para siempre, sentían perdida la oportunidad... Pero la oportunidad se repetía, idéntica, y era consumada, cuatro o cinco veces cada hora de clase. Siempre la vivíamos como un absoluto, y la maestra repetía siempre su ultimátum, aunque nunca negaba el permiso, porque las maestras de primer grado vivían con el terror, el único efectivo en ellas, de que alguno se hiciera encima. Pero no lo sabíamos. Cosas de chicos. Lo que me asombra es que yo haya entrado tan bien en el juego. Más propio de mí, mucho más, habría sido aguantar hasta que se me reventara la vejiga. Pero no. Pedía sin ganas, como todos los demás. En eso me ponía a la altura de mi generación."

César Aira, Cómo me hice monja (1993).

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