15 de agosto de 2016

Sobre arte contemporáneo

Cuadro gris con una mancha negra, de Antoni Tàpies


Sale uno a veces de los museos de arte contemporáneo -perdonadme- no sin secuelas.
Al observar un mastodóntico desconchón en la pintura de una fachada, caminando por la ciudad media hora después, lo encuentra uno de pronto de un deterioro muy logrado, una obra de arte -urbano en este caso- que en nada desentona con las que acaba de contemplar, urna mediante, en la sala museística. Y se dice uno que emula el desperfecto, de manera muy conseguida, una figura bastante estilizada, al estilo de las de Giacometti.
Percibir esa dimensión estética en una realidad, al fin y al cabo, depauperada, puede producir, más que un sentimiento de distinción, la cotidiana punzada de estupidez o una oleada de culpabilidad burguesa, como si no andase uno muy lejos de aquellos turistas primermundistas que, mirando las chabolas desde la distancia, únicamente veían, inmunes a la miseria, una sucesión muy colorida de paredes, digna de alabarse, de una belleza que les alegró la jornada.
Hubo una época en que miraba con asiduidad pintura y fotografía abstractas. Un día, al caer la tarde en la huerta, me descubrí abismando la mirada en el suelo y pensando que el tramo de zahorra de la entrada resultaba de lo más artístico, un prodigio de abstracción, muy similar a algunos cuadros modernos y cotizadísimos. En ese momento, por supuesto, a uno se le vuelve a hacer presente el componente de engañifa que a menudo se le atribuye al arte contemporáneo, aparta despavorido la mirada del suelo y comprende que urge una desintoxicación.

© 2016.

Les quatre coins, de Antoni Tàpies


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