02 septiembre 2026

Eleni (2004), de Theo Angelopoulos

 

   Casi veinte años después, he vuelto a ver Eleni, la película de Theo Angelopoulos. Hay una condición eminentemente pictórica en sus primorosos fotogramas. Muchos de sus planos se antojan cuadros pintados por los grandes. En ese sibaritismo estético se advierte la presencia de Brueghel, de Rembrandt, de Hammershøi, de Edward Hopper. Hay encuadres donde uno atisba a Antonio López o a Cristóbal Toral. Se padece cierto síndrome de Stendhal durante la proyección de una obra que se contempla a menudo como quien pasea por una pinacoteca. Qué excelencia artística, qué esmero en tantas de sus imágenes. Despide el filme una serena elegancia solo apreciable, si acaso, desde la madurez del espectador. Cine de sol de invierno, como el amor del poema aquel de un ya provecto Margarit. Una exquisitez que eleva el espíritu hacia lo sublime. Cine lento, reposado, que enervará a más de uno, pero sin duda a contrapelo de los tiempos, que ya Proust en 1922 consideraba acelerados y rápidos. Se antoja esta película una revocación de la contemporaneidad, un elogio de la lentitud, un intento de restauración del ritmo pre-industrial.

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