28 de febrero de 2012

Agosto, octubre



Cuando leí este libro me entraron muchas ganas de recomendarlo. Quizá porque, aparte de ser bueno, es corto, y me parece que no será mucha molestia dedicarle un rato. Agosto, octubre es el último libro de Andrés Barba, uno de los autores seleccionados por la revista anglosajona Granta entre los jóvenes escritores más prometedores que escriben en lengua española. Las listas son casi siempre discutibles, pero a juzgar simplemente por este libro Andrés Barba merece en mi opinión ser incluido en ella.

La novela se divide en dos partes, una en agosto y otra en octubre, dos etapas que contienen sensaciones diferenciadas, dos estaciones sentimentales. En agosto nos metemos en el mundo mítico de los veranos de la adolescencia. El protagonista pasa las vacaciones en un pueblo costero donde conocerá a un grupo de gente que lo llevará al descubrimiento del sexo, la violencia, la muerte… Se trata de un tiempo de novedades, de cambios, de autoconocimiento, de maduración, de pasos en falso, de dudas en definitiva. En la parte de octubre encontramos al protagonista de vuelta en la ciudad, en su día a día, incapaz de olvidar cierto suceso relevante del verano que sería una pena desvelar aquí. Esta parte logra conmover, a mí al menos me dejó una sensación honda de melancolía.

La forma de escribir de Andrés Barba también hace placentera la lectura. El lector se encontrará cada poco ante un hallazgo expresivo, un adjetivo inesperado, una audaz combinación de palabras. En un momento dado, por ejemplo, escribe: “y entonces sentía una violenta ternura por ella, por su pequeñez…” Violenta ternura. Me llamó la atención esa asociación, esas palabras que podrían parecer hasta antitéticas pero cuya unión aporta un matiz de intensidad interesante. Una lectura que, en definitiva, nos gustaría que se prolongase a lo largo de más páginas. Y el final es muy bueno. Buen libro, este que en 2010 publicó en Anagrama Andrés Barba. Buena literatura. 

22 de febrero de 2012

La cámara oscura


El propio Perec advierte en las palabras preliminares al libro de algo que habrá comprobado cualquiera que haya tratado de contarle a alguien un sueño. Qué difícil es relatarlo sin traicionarlo, qué poco probable que consigamos transmitir a otra persona la atmósfera tan subjetiva en la que nos veíamos envueltos, comunicar cómo era nuestra percepción de las cosas en ese confuso terreno de lo onírico.

Como habréis supuesto, La cámara oscura va de sueños.  Reacio a lo convencional, a Perec le gusta el riesgo. De modo que se lanza sin dudarlo a este experimento. No es raro que Juan Bonilla diga de él: “Para Perec lo simpático no era correr, sino inventarse los obstáculos que había que esquivar”. Igual que una vez decidió escribir una historia sin una sola e, vocal más usual en francés, en esta ocasión se propuso relatar, traducir o transcribir un total de ciento veinticuatro sueños.

Y hay que decir que a veces consigue superar esos obstáculos de los que hablaba Juan Bonilla, como en este caso:

"Sueño
Ella está junto a mí
Me digo que estoy soñando
Pero la presión de su mano contra mi mano me parece
demasiado fuerte
Me despierto
Está sin lugar a dudas junto a mí
Loca felicidad
Enciendo
La luz brilla una centésima de segundo y después se
apaga
(una bombilla que estalla)
La abrazo

(me despierto: estoy solo)"

Sin embargo, son pocos los sueños que me han transmitido algo, no puedo decir otra cosa: la mayoría me ha dejado frío, no me parecen de un gran valor literario. Basta asomarse a un par de libros del francés para darse cuenta de que estamos ante un autor versátil, imaginativo e inclasificable. Por eso uno se alegra de que Impedimenta esté rescatando libros suyos. Sin embargo, La cámara oscura no sería el libro del francés que yo recomendaría. Valoración: 2/5


Otros libros del autor en este blog:
-Un hombre que duerme.

18 de febrero de 2012

Todo arrasado, todo quemado



(“…Me decía que el amor era como la varicela, algo que había que pasar pronto porque, de lo contrario, a una edad más avanzada podía matarte.”)

Es bueno este Wells Tower. Su primer libro de relatos me parece de lectura casi imprescindible para todo aquel interesado en el relato corto norteamericano. Lo han comparado con Carver; normal: algunos de los relatos de Todo arrasado, todo quemado son innegablemente carverianos. Pienso en el que abre el libro, por ejemplo. Otros, en cambio, vuelan en otras direcciones. Me parece en general un libro bastante variado, tanto en el espectro de personajes (hay relatos protagonizados por viejos de ochenta años, por cuarentones, por adolescentes, por niños) como en los tipos de narrador (están escritos en tercera, en primera y también en segunda persona -caso de “Leopardo”-). El relato que cierra el libro se sale del mundo actual del estadounidense de clase media que refleja todo el libro y está plagado de vikingos.

Las historias tratan de matrimonios en crisis, hermanos enfrentados, adolescentes en la edad del pavo, personajes a la deriva… A menudo vidas grises con las que uno se siente hermanado. La sintaxis no es muy compleja, con tendencia a las frases cortas. Las descripciones resultan en mi opinión muy vívidas, a pesar de no emplear en ellas muchas palabras. A veces resulta un poco crudo (realismo sucio, lo llaman), pero a mi parecer la calidad se impone. A mi juicio es un gran libro de relatos, siendo una primera obra. A poco que evolucione, dentro de unos cuantos libros este hombre será una vaca sagrada de las letras yanquis. Y con razón. De esas veces que los halagos críticos de la contraportada y las solapas no te parecen del todo exagerados. Yo le doy el sobresaliente.

15 de febrero de 2012

El viejo y el mar



“Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream, y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.” La primera frase de El viejo y el mar es de esas que uno conoce aunque uno no haya leído el libro. Este en concreto se lee, si uno se lo propone, en un rato, y parece una versión a pequeña escala de Moby Dick. Santiago, un viejo pescador, se las verá al cabo de casi tres meses sin pescar nada con un pez gordo (en la memoria, también, Big fish de Tim Burton), de dimensiones superiores a las de su barca. Será una hermosa lucha en solitario entre el hombre y el pez, una lucha por la vida, cuerpo a cuerpo, que se extiende a lo largo de las horas y las páginas y que nos hace pensar que a veces, cuando no se puede conseguir la victoria, hay que luchar al máximo aunque sea para perder, puede que sí, pero, como decía Bolaño refiriéndose a la lucha del escritor con las palabras, perder con dignidad. En la vida a veces también se trata de eso. 

5 de febrero de 2012

Perspectiva



Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda
él de camino al coche.

Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.

No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.

Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.

Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.

Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros, Lectores,
de que aquello fue triste.



Wisława Szymborska (1923-2012).

3 de febrero de 2012

Leonard Cohen-Old Ideas


Título: Old Ideas
Autor: Leonard Cohen
Año de publicación: 2012
País: Canadá
Género: Folk / Rock / Pop
Títulos del disco: 01 Going Home, 02 Amen, 03 Show me the place, 04 Darkness, 05 Anyhow, 06 Crazy To Love You, 07 Come Healing, 08 Banjo, 09 Lullaby, 10 Different Sides.
Duración: unos 41 minutos.




Cuando se nos quebraron los ojos


Fotografía de Jacques Henri Lartigue


Con todos los pensamientos me fui
fuera del mundo: allí estabas tú,

mi sosegada, mi abierta, y-
nos recibiste.

¿Quién
dice que se nos murió todo
cuando se nos quebraron los ojos?
Todo despertó, todo comenzó.

Grande vino un sol flotando, radiantes
se le enfrentaron alma y alma, claras,
imperiosas le presilenciaron
su órbita.


Suave
se abrió tu seno, silente
subió un aliento al éter,
y lo que se hizo nube ¿no era,
no era forma y a partir de nosotros,
no era
tanto así como un nombre?


Paul Celan, Obras completas (Editorial Trotta).