30 de junio de 2012

Plazos de entrega




"Si hubiese tenido una semana más, el viejo artesano habría podido realizar un trabajo perfecto. Pero, por desgracia, los plazos de entrega eran inflexibles. Los dos matones, uno grande que se entretenía en hacer crujir sus nudillos, y su compañero fibroso y ratonil, pero con aquel brillo siniestro que le iba resbalando de la mirada, lo habían dejado muy claro.
-Pero es imposible tenerlo en una semana, es un trabajo muy complicado -protestaba el artesano.
-No nos cuentes tus penas, viejo, limítate a tenerlo el lunes y ya está.
-Pero yo no puedo responsabilizarme del resultado, yo…
-Que te calles.
El artesano bajó la cabeza, las manos repentinamente viejas y frágiles, temblándole a medias de rabia y de miedo. Recordó historias que otros artesanos le habían contado, entre susurros y mirando nerviosamente por encima del hombro. Historias que incluían dedos cuidadosamente rotos, palizas minuciosamente programadas, suicidios que la familia no era capaz de explicarse. Asintió con tristeza y ellos se fueron silbando, dejándole con todo aquel trabajo por terminar.
-Prefieren que esté hecho a tiempo a que esté bien hecho -se dijo el artesano en voz baja.
No le quedaba más remedio que terminarlo, como fuera, a trompicones.
Trabajó esa noche y también la noche siguiente, aunque estaba agotado y apenas sabía qué estaba haciendo. Con un esfuerzo sobrehumano, milagrosamente, lo tuvo listo en sólo seis días.
Y el séptimo descansó."

José Antonio Palomares Blázquez (Segundo premio del I Certamen de Microrrelato Joven "Ciudad de Algeciras").

29 de junio de 2012

La cena




La cena me ha recordado en varios momentos a la para mí justamente alabada serie Los Soprano. He curioseado un poco en la red y he visto que el autor menciona precisamente entre sus fuentes de inspiración la famosa serie creada por David Chase. Desde luego, es un libro que abre interrogantes y se presta al debate. Sólo por eso ya resulta interesante.

La cena es una novela a vueltas con la irrupción de la violencia en un par de familias holandesas de clase media, una novela en la que los personajes se ven en medio de dilemas morales que afrontarán de forma más o menos discutible. Por decirlo claramente: si vuestro hijo comete un delito, un delito grave e injustificable por el que debería pasar años en prisión, ¿se lo contaríais a la policía? ¿Hasta qué punto llegaríais a protegerlo para que su futuro no se viera comprometido? Parece ser que el germen de la novela se encuentra en un suceso real ocurrido en Barcelona (donde Herman Koch reside) sobre el asesinato de una indigente que dormía en un cajero automático.

Dos parejas quedan para cenar en un restaurante de postín. Los dos hombres son hermanos: Serge, por un lado, político en la oposición, aspirante a primer ministro, y Paul, por otro, narrador de la novela.

Suele ocurrir en estos casos, cuando leemos una historia en primera persona, que tendemos como lectores a meternos en la piel del que la cuenta, a comprenderlo e incluso a ponernos de su parte. En este caso, conforme avanzan las páginas y vamos conociendo a Paul, nos damos cuenta de que eso no resulta factible. Desde el principio tenemos indicios de que es un poco ácido, sarcástico, desde luego más incorrecto que su hermano, que por motivos obvios nunca puede descuidar la diplomacia. Pero más adelante, cuando lo conocemos un poco más en profundidad, su patente amoralidad nos puede asquear. Y aun así, como Tony Soprano, es un perfecto hombre de familia. Creo que no es un libro para identificarse con los personajes, sino para reflexionar un poco sobre las decisiones que toman y la forma en que actúan.

La cena es, en definitiva, una novela que engancha y uno no puede parar de leer hasta que la termina. Además, se presta a la reflexión y al debate. Se entiende por lo tanto que haya sido un éxito de ventas. Hace poco, por cierto, Salamandra ha publicado la nueva novela de Koch, Casa de verano con piscina.

27 de junio de 2012

Caer


Pintura de Francis Bacon


"¿No ves que vas cayendo ya?
Limpia tu cabeza de prejuicio y moral
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra

Sin miedo al enigma de ti mismo
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

Cae
       Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y todos los naufragios


Cae al último abismo de silencio
Como el barco que se hunde apagando sus luces

Todo se acabó"


Vicente Huidobro (1893-1948), Altazor.

19 de junio de 2012

El loro de Flaubert




Allá por los años ochenta, el inglés Julian Barnes se acercó en uno de sus libros más exitosos a la figura de Gustave Flaubert, demostrando que una obra en torno a cuestiones críticas acerca de un escritor decimonónico podía resultar entretenida e incluso divertida.

Lo hizo a través de Geoffrey Braithwaite, un médico inglés sobre cuya vida tendremos conocimiento conforme nos acerquemos al final de la novela, pero que durante la mayor parte del libro permanece en un discreto segundo plano, cediendo el protagonismo al autor de Madame Bovary. Con un desenfado que no impide el rigor de sus consideraciones, Braithwaite nos acerca a Flaubert dando notables muestras de perspicacia y mordacidad. Desenmascara los tópicos que han ido surgiendo alrededor del escritor galo, nos alerta de los posibles vicios en los que caen en sus análisis los críticos (a los que abiertamente dice odiar), ofrece datos biográficos, informa de la visión de Flaubert acerca de la democracia, la burguesía o la humanidad en general y nos habla, entre otras cosas, de la relación del escritor galo con Louise Colet, a la que se da voz en uno de los capítulos del libro. Tampoco podía faltar, cómo no, la historia del loro que Flaubert tuvo sobre su mesa mientras escribía Un coeur simple, loro que se puede encontrar disecado en Rouen, donde dos museos diferentes lo exponen (cada cual, por supuesto, como si fuese el verdadero).

Parece que Flaubert pidió antes de morir que no se interesasen por su persona, por las circunstancias que rodeaban a su vida. Pero claro, ahí están los críticos, que no contentos con los libros, indagan en la biografía del autor, cotillean su correspondencia… E incluso escriben libros como este, para regocijo de los lectores que gustan de las curiosidades en torno a la figura de los grandes genios. El loro de Flaubert es un híbrido de ensayo, novela o biografía, con numerosas citas del escritor y una ironía que atraviesa todo el libro. A algunos se le puede atragantar un poco, pero para mí es un libro que no tiene desperdicio.

17 de junio de 2012

La isla




Las relaciones entre un padre y un hijo son tema recurrente en las letras universales. No son pocos los autores, contemporáneos o no, que han centrado su mirada en el tema. La isla, del italiano de origen judío Giani Stuparich, es otro de esos ejemplos.

Nos encontramos con un padre que, en el ocaso de sus días, siente la “necesidad sentimental” de pasar un tiempo, quizá por última vez, en su isla natal. Le ha sido diagnosticado un tumor y es consciente de que su tiempo se agota, así que pide a su hijo que abandone la montaña y lo acompañe en este regreso al encuentro con su pasado. Stuparich intenta comunicar esa tristeza melancólica de una vida que termina, de alguien que sabe que no le queda mucho tiempo por vivir. Entre chapuzones, tardes tranquilas de pesca y alguna conversación sobre nada en particular, porque la mera compañía del hijo ya lo significa todo, transmite cierta emoción por las cosas sencillas, la conciencia de la fugacidad de la vida.

Una breve lectura pausada en la que asistimos a estos días finales de un anciano a la búsqueda de sí mismo en un lugar propicio para el recuerdo. La novela creo que no me ha dejado un gran poso, pero comparto aquí mi lectura por si a alguien le interesa. A los de Babelia les encantó. Y a Vila-Matas.

Entradas relacionadas:
-Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.

12 de junio de 2012

José González - In our nature



Título del álbum: In Our Nature
Autor: José González
Año: 2007
País: Suecia
Género: Indie / Folk
Títulos del álbum: 01 How low, 02 Down the line, 03 Killing for love, 04 In our nature, 05 Teardrop, 06 Abram, 07 Time to send someone away, 08 The nest, 09 Fold, 10 Cycling trivialities.
Duración: unos 33 minutos.







9 de junio de 2012

Un hombre pasa con un pan al hombro...




Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo y la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

César Vallejo (1892-1938).

4 de junio de 2012

La velocidad de las cosas




"Había una vez un hombre que vivía cinco minutos en el futuro.

Cinco minutos y nada más que cinco minutos adelantado en relación al resto de los vientos y de los amaneceres, de las personas y de los animales de este planeta.

No es que semejante don le sirviera demasiado. No podía, por ejemplo, ganar fortunas en las carreras de caballos ni en la lotería. Tampoco hacerse rico iluminando profecías importantes. Cinco minutos era muy poco tiempo.

Apenas lo suficiente para saber que en cinco minutos iba a empezar a llover; que su insoportable primo golpearía a la puerta y el tiempo justo para apagar todas las luces; que el asesino era éste y no aquél en esa novela policial o en esa película; que ella iba a llamar por teléfono para regalarle o mentirle aquello que esperaba desde hacía mucho más que cinco minutos.

Contar cinco veces hasta sesenta. Contar hasta trescientos. Contar despacio como si se contaran postes de electricidad en el camino, autos, latidos del corazón, golpes.

El día en que el hombre que vivía cinco minutos en el futuro salió a la calle gritando que el mundo había llegado a su fin nadie le creyó, claro; pero tampoco tuvieron demasiado tiempo para reírse del hombre que vivía cinco minutos en el futuro."


"Mi madre siempre me aseguró que había dos formas de amarse: el amor de aquellos que se tomaban de la mano y emprendían el duro ascenso de una montaña, o el amor de aquellos que se tomaban de la mano y se arrojaban montaña abajo. Cuando yo le preguntaba si no existía alguna otra posibilidad, mi madre me obsequiaba una sonrisa triste de pastillas y balbuceaba un "Claro que sí: hacer volar la montaña por los aires con una buena carga de trotyl y que todo se vaya a la reverendísima mierda"."

Rodrigo Fresán, La velocidad de las cosas (Mondadori, 2002).