09 septiembre 2011

Libros nuevos VI

Enseño aquí los últimos libros que han llegado a mis manos, ya sean adquisiciones o préstamos. Los he ido acumulando a lo largo de estos últimos meses, así que algunos ya los he leído. La mayoría, de hecho.

-La cámara oscura, de Georges Perec. Vuelvo a este original autor tras Un hombre que duerme. La cámara oscura reúne el relato de más de cien sueños.

-A bordo del naufragio, de Alberto Olmos. Conoceréis a Olmos por su famoso blog, lector mal-herido. Esta novela fue finalista del Premio Herralde el año en que lo ganó Los detectives salvajes.

-Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski. Sin necesidad de presentaciones.


-Un momento de descanso, de Antonio Orejudo. Ya era hora de continuar con Orejudo tras leer la memorable Ventajas de viajar en tren. Este es su último libro.

-Blanco nocturno, de Ricardo Piglia. Una novela que viene avalada por una buena acogida crítica. Ha resultado ganadora del Premio Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española.

-Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo. Segundo volumen de su Proyecto Nocilla. Ya contaré qué me ha parecido.
-El túnel, de Ernesto Sábato. Un libro que seguro que todos conoceréis, una historia absorbente y obsesiva.

-Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. Segundo volumen de la trilogía iniciada con El túnel y que termina con Abaddón el exterminador.

-Sueños itinerantes, de Irene Zoe Alameda. Novela de una joven autora. Espero que esté bastante bien, al menos me hablaron bien de él.

Y esto es todo. Pasad buen fin de semana. Sobre todo, hagáis lo que hagáis, no os aburráis.

03 septiembre 2011

El vano ayer



Muy bueno este libro que nos trajo hace unos años Isaac Rosa. Me ha sorprendido, porque hace falta hilar muy fino cuando uno se plantea escribir una novela sobre la guerra civil. Todo el mundo está harto del tema y de inmediato sería considerada otra novela sobre la guerra civil. Pero ojo, esta no es una novela más, como han sabido ver los jurados de premios como el Rómulo Gallegos, el Andalucía de la Crítica o el que otorga el programa cultural “El ojo crítico”.

No hace mucho, el escritor Vicente Luis Mora comentaba en Twitter: “¿Qué narices va a cuestionarse un tipo de novela que no se cuestiona ni a sí misma?” La que ha escrito Isaac Rosa es ante todo eso: una novela que constantemente se cuestiona a sí misma. Y esto aporta una originalidad en el enfoque muy de agradecer. El autor nos empieza situando en el laboratorio del escritor que pretende escribir una novela de este tipo. Considera el potencial de las posibles historias que podría utilizar, los enfoques errados que habría que evitar, las cautelas indispensables para no caer en el lugar común.

“Mucho cuidado con los héroes, con los luchadores ejemplares, esculturas de una sola pieza que ni sombra proyectan bajo el sol; mucho cuidado con los héroes, especialmente si son jóvenes.”

Evita la polarización entre buenos y malos. Es consciente de los recursos que suelen engatusar al lector en este tipo de libros, y nos llama la atención sobre ellos. Vuelve una y otra vez a entrar en la cocina del escritor. Estos excursos metaficcionales tienen a mi modo de ver un efecto distanciador, nos alejan emocionalmente de la historia narrada, de manera que no nos impliquemos a ciegas, sin reflexionar ni cuestionar lo que se nos está relatando. No sé si me explico. En un momento dado, la página se bifurca en dos columnas para ofrecer dos posibles explicaciones sobre un mismo hecho, dos versiones de la historia entre las que el lector puede elegir la que prefiera.

Digamos que la historia principal se enmarca en España en la época franquista, concretamente en los sesenta, años de agitación universitaria. En ese ambiente estudiantil, el profesor Julio Denis será repentinamente expulsado del país sin que sepamos por qué motivo. Parece que algo tiene que ver su charla días atrás con quien resultó ser uno de los líderes comunistas estudiantiles. Esta es, por decirlo así, la anécdota en la que se centra el libro, pero a partir de ahí abarca mucho más. Isaac Rosa despliega una serie de recursos que hacen que el lector tenga que estar activo, que no se acomode, y que consiguen que su novela sea a mi juicio ejemplar, modélica. Es de esas veces que desde el principio intuyes que el libro es bueno y que va a ser un placer leerlo. Puede resultar rimbombante que lo diga un don nadie como yo, pero si no fuera por eso diría que El vano ayer es una novela necesaria que muchos jóvenes haríamos bien en leer. Os invito sin dudarlo a que os adentréis en ella.

01 septiembre 2011

Pensamos algo y lo leemos en un libro


"-Mi madre dice que leer es pensar -dijo Sofía-. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no-pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando."

Ricardo Piglia, Blanco nocturno.

29 agosto 2011

Londres es de cartón



Londres es de cartón (2010) es la cuarta y a día de hoy última novela de Unai Elorriaga, autor que se dio a conocer cuando su primera novela, Un tranvía en SP, recibió en 2002 el Premio Nacional de Literatura, bien es verdad que no sin cierta polémica (parecía que el premio estuviera reservado a autores consagrados como Muñoz Molina o Delibes, y no a un autor joven, primerizo, que además escribía en euskera). No hace mucho el libro fue llevado al cine por el recientemente fallecido Aitzol Aramaio, con el título Un poco de chocolate. Pese a su reparto, en el que brillan nombres como los de Héctor Alterio, Daniel Brühl o Bárbara Goenaga, la película es en mi opinión en exceso ingenua, aunque consiga transmitir parte del encanto de una novela que destaca por recursos que se pierden en una adaptación al celuloide. Posteriormente, Elorriaga publicó El pelo de Van’t Hoff y Vredaman. Son todas ellas novelas breves que rara vez superan las doscientas páginas.

Londres es de cartón funciona, como dicen en la contraportada, como una suerte de alegoría, un retrato de la esencia de las dictaduras (que he de reconocer que me ha resultado algo naif). También se acerca al tema de la enfermedad mental. Dividido en cuatro partes, la segunda de ellas es una historia de tintes detectivescos en la que asistimos a las pesquisas conducentes a dilucidar el crimen de Vera Brent. Aunque cuando la leemos parece no tener conexión con el resto, al final comprendemos que está conectada con la historia central de las otras tres partes, la de un grupo de personajes que trata de conseguir unas grabaciones en las que quizá se hable de Sora, la hermana de Phineas, uno de ellos, desaparecida hace ya años, a quien este espera en un tejado, el tejado número diecisiete, desde el que controla la carretera y la estación de trenes, los dos únicos accesos al pueblo.

Sin saber quién es el autor, el lector asiduo adivinará que se trata de un libro de Elorriaga, su estilo no es muy difícil de identificar, pero tengo que decir que la novela no me ha convencido. Los otros dos libros que he leído del autor me han resultado más interesantes, con más humor, más chispa y más emotivos que Londres es de cartón, que parece el más ambicioso de ellos, el de temática más grave. La verdad es que el libro se lee rápido, es sencillo, no está mal escrito, pero lo encuentro falto de chicha para un lector adulto, algo light, y me parece difícil que entusiasme, que sorprenda (sólo en la parte final transmite algo de emoción, de intensidad). Uno se queda esperando que la acción avance, pero no ocurre casi nada. No me parece que diga nada nuevo sobre el tema y me ha dejado escaso poso. Quizá sea exagerado decir que se trata de un libro prescindible, pero sí es cierto que no me parece un libro logrado. No obstante, Unai Elorriaga es un autor que me interesa y lo seguiré leyendo. Espero volver a leer algún día su primera novela y compartirla por aquí.

Poco más que decir, os deseo una buena semana a todos.

23 agosto 2011

Flores de verano


Hay un subgénero literario en Japón que agrupa las obras escritas por los supervivientes de la bomba atómica. Tamiki Hara, el autor de Flores de verano, fue uno de ellos. Hay que decir que Hara era un hombre interesado por la literatura, no escribió este libro simplemente por haber vivido la experiencia de la bomba: se había graduado en literatura inglesa en Tokyo y se había dedicado a la escritura antes del fatídico día, si bien el relato de esa vivencia sería lo que le haría destacar en el panorama literario.

Como podéis imaginar, el libro es descorazonador. Se divide en tres partes. La primera de ellas, “Preludio a la aniquilación”, es precisamente eso, una introducción que ubica la acción en un lugar y unos personajes. Quizá sea la parte menos emocionante. Conocemos la vida de esas personas y la incertidumbre ante el desarrollo de la guerra (corren rumores de un ataque aéreo masivo sobre la ciudad). La segunda y la tercera parte (“Flores de verano” y “De las ruinas”) narran sin preámbulos la experiencia del horror. Cualquiera que piense en lo que fue la masacre de Hiroshima, cualquiera que alcance a imaginar las dimensiones de la catástrofe, difícilmente podrá evitar el estremecimiento. La fuerza dramática del relato está asegurada, y es difícil no implicarse emocionalmente en la historia que se nos cuenta.

Como cuenta el traductor en las páginas introductorias, la gente no se marchó de la ciudad, no conocían los peligros de la radiactividad, creían que se trataba de una bomba convencional, sólo que más potente. Cualquier lector mínimamente curioso puede sentirse interesado por este libro. No deja de ser valioso este testimonio de uno de los momentos más negros del siglo XX, un texto que Tamiki Hara nos dejó antes de arrojarse a las vías del tren, poniendo fin a una vida de desgracias que, en sus propias palabras, ya no le ofrecía nada de interés. El texto viene acompañado de una serie de fotografías que ilustran la masacre. Los interesados en el tema encontrarán en la introducción más títulos que abordan esta misma temática. Entre ellos, por citar uno, se encuentra Lluvia negra de Masuji Ibusa, publicado en España por Libros del Asteroide.

16 agosto 2011

Continuidad de los parques



Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortázar, Final del juego.

(También puede escucharse en la voz del propio autor)

13 agosto 2011

Topos



La vida de escritor, piensa uno a veces, es como la vida de un topo. Un topo que se mueve por su madriguera, que descubre y explora las madrigueras que abrieron otros topos, que trata en el mejor de los casos de escarbar una nueva senda o de ahondar en una ya abierta en esa gran madriguera llena de caminos que se cruzan que ya parece no admitir más vías.

De cuando en cuando el topo sale a la luz. Y entonces abre los ojos y -un poco deslumbrado o muy deslumbrado o ferozmente deslumbrado- mira. Mira alrededor y, en comparación con la monotonía de la madriguera, todo le sorprende. Noqueado ante la asombrosa multiplicidad de la vida, la inagotable fuente que se abre a sus ojos, se apresura a hacer acopio de material y decide que lo más prudente será volver a la madriguera. Y trabaja. Camina, busca, se pierde. A veces la búsqueda se salda con un poco de tierra en las uñas y en la boca. Otras, sin embargo, algo encuentra o cree que encuentra: ahí, piensa, se esconde una novela, eso me despertó un poema que sin saberlo llevaba conmigo aletargado desde hace tiempo, eso otro da para un relato, esta reflexión podría plasmarse y crecer en un ensayo. Y, entonces, cuando ya lo tiene, con el libro entre los dientes asciende a la superficie. Unos topos, pocos, ahí lo dejan, incondicionalmente, sabiendo que tal vez sólo será acariciado por el viento, pero lo comparte por si a alguien le dice algo. Otros, en cambio, lo presentan en sociedad. Siempre existe el peligro de que algún topo quede seducido por la presentación de su libro y por los aledaños de la presentación de su libro y descuide un poco la madriguera. Quizá cuando regrese la tierra se le haya comido alguna vía por la que él ya se veía discurriendo, o quizá no. Quizá eso ni siquiera le importe. No lo sabemos. Cada topo con su tema. Cada topo con su porción de madriguera, más grande la de unos, menor pero no por ello menos necesaria la de otros. Pero todos los topos en la misma madriguera, haciendo una fuerza común en la excavación, en distintas direcciones. Incluso los topos rabiosamente enfrentados tienen esto en común. Hay algunos que hace tiempo dejaron de escarbar, de moverse del sitio, dejándose caer en el sedentarismo, pero siguen saliendo a la superficie con nuevos libros, en realidad parecidos a los anteriores.

Algunos topos, cuando están en la superficie, presentan cierta cavidad nostálgica en la mirada, un vago aire de lejana galería subterránea, la terrible nostalgia del olor a tierra, a tierra húmeda.

11 agosto 2011

Patricia Moon

Título del álbum: Patricia Moon.

Artista: Patricia Moon.

Año de publicación: 2010.

País: España.

Género: Alternativa/Pop/Rock

Títulos del álbum: 01 And what for, 02 Bordering on heaven, 03 Music of spheres, 04 Not on Earth, 05 Never hang your love close to the fireplace, 06 My naughty soul in... purification!, 07 The monster puppet show, 08 The return, 09 The man who lived in death, 10 Tragedy in half an act.

Duración: unos 34 minutos.

04 agosto 2011

La fórmula preferida del profesor


Cuando leemos que un libro reciente ha vendido dos millones de ejemplares, son varios los pensamientos que nos pueden cruzar la cabeza. Podemos suponer que algo tendrá el libro cuando ha concitado la atención de tanta gente, pero también, sobre todo si somos reacios a dejarnos llevar por fulgurantes fenómenos editoriales, albergar cierta cautela, o pensar que no se acercará a nuestra sensibilidad. La lectura puede ratificar nuestras reticencias iniciales, pero también puede ocurrir que al terminar La fórmula preferida del profesor acabemos convenciéndonos de que no es el típico superventas al que estamos acostumbrados. Algo así ha acabado concluyendo el que escribe estas líneas.

La historia está narrada por una asistenta que entra a cuidar a un anciano, un viejo profesor de matemáticas que en 1975 (la novela transcurre en el 92) tuvo un accidente de coche y, tras golpearse en la cabeza, es incapaz de almacenar nuevos recuerdos. Su trastorno recuerda al de alguno de los personajes de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks. Para recordar las cosas indispensables, el profesor lleva, unidos con imperdibles a la tela de su traje, una serie de papelitos con anotaciones. Uno de ellos dice: “Mi memoria sólo dura ochenta minutos.”

Sus recuerdos se detienen en el año de 1975, y desde entonces su memoria es como una cinta de vídeo que únicamente graba los últimos ochenta minutos. Aquí el lector se acordará de otras historias a vueltas con las pérdidas de memoria (véanse Memento o Dark City, por poner dos ejemplos). Un total de nueve asistentas se han sucedido sin que se hayan podido adaptar a las peculiaridades del profesor. La historia es el relato de la décima, que triunfará en su cometido: el profesor se encariñará con ella y con su hijo de diez años, un aficionado al béisbol al que apodará Root (raíz cuadrada). Y es que la gran pasión del profesor son las matemáticas, que constituyen uno de los ingredientes del libro. Uno de los méritos de la autora consiste en conseguir integrar en la historia algo de antemano tan frío como los números, y que el lector acabe viéndolos, al igual que la narradora, como algo hermoso.

La fórmula preferida del profesor es una historia entrañable, sencilla y entretenida. Desprende una belleza, una suerte de pureza que la emparenta con el haiku, como apuntan en la contraportada. Belleza, hermosura… Estoy empleando palabras que pueden sonar ñoñas pero que me parece que describen el efecto que produce el libro de Yoko Ogawa. La edición de Funambulista contribuye en buena medida a que esta lectura sea una muy grata experiencia.

El hecho de que se trate de una novela de aprendizaje, de iniciación se diría, nos lleva a acordarnos de la película Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera del coreano Kim-Ki Duk. La fórmula preferida del profesor no es un libro denso, ni el libro más complejo que vayamos a leer en nuestras vidas, pero, como decimos, no es el típico best séller. Estamos ante una novela agradable, delicada, tejida con pocos elementos, que consigue reconciliarnos con el mundo y nos recuerda la importancia de cosas tan esenciales como la generosidad o la amistad. Una novela para el gran público que seguirá encontrando muchos lectores.