28 agosto 2017

Fotografía: Francesc Català-Roca


Esquina. Madrid, 1956

Las Ramblas

Cine en la Gran Vía. Madrid, 1953

Toledo

Cuenca hacia 1956

Galicia. 1960




Puerta de Toledo

Las Ramblas con lluvia, en torno a 1950 (Museo Reina Sofía)

15 agosto 2017

"La manía", de Andrés Trapiello



Con La manía llego a la decena de incursiones en el Salón de pasos perdidos, los diarios de Andrés Trapiello, que voy leyendo desordenados, a modo de improvisada rayuela cortazariana. Este volumen, de unas ochocientas páginas, lo publicó -como todos- Pre-Textos en 2007, y luego Austral en edición de bolsillo unos años más tarde, en 2013. Se trata del número quince de la serie, e incluye acontecimientos correspondientes al año 2001, el de la caída de las Torres Gemelas.

Disculpen que nos pongamos ligeramente canónicos: el pasado octubre, Babelia publicó una lista con los cien mejores libros en español de los últimos veinticinco años, que encabezaba 2666 de Roberto Bolaño, y fue precisamente La manía el título de Andrés Trapiello que figuraba en la nómina. Estas listas, ya se sabe, han de tomarse con todas las precauciones posibles, pero lo cierto es que a uno también le ha parecido La manía de los mejores del autor que ha podido leer hasta la fecha, aunque el nivel general de la serie es excelente. No deja de maravillarme el abanico humano que Trapiello consigue sacar a la palestra en cada nuevo tomo, esa mezcolanza de lo noble, lo ruin, la bondad, la bajeza, narrada siempre con maestría, que resulta tan enriquecedora y denota una mirada muy inteligente. 

Escribe Trapiello en el prólogo a El tejado de vidrio que como diarista le gustaría que se dijera de él que todo lo vio "con ánimo generoso, enamorado y compasivo". Esa declaración parece orientarnos, acaso, acerca del tono de estos libros, impregnados también de aliento poético, algo de mordacidad e innegable sentido del humor.

Sobre la naturaleza genérica del proyecto, el autor habla del Salón de pasos perdidos como de una "novela en marcha". Se trata, diríamos, de un texto híbrido. Durante el año en cuestión, escribe en un cuaderno unas páginas que luego alarga o poda, reelabora y reescribe, para darlas al cabo a la imprenta. Esta segunda fase suele ocurrir equis años después (en principio fueron tres, luego el lapso fue ampliándose a cinco, siete, y hasta diez años). Habla el autor de verosimilitud, más que de veracidad. Comenta, si mal no recuerdo, que una mano compone estos libros como diario y la otra los reconvierte luego en novela. Reconoce que no pretende ejercer de notario de la realidad, y que algunos episodios tienen mucho de fabulación. Sobre este aspecto, resulta interesante la conversación que mantuvo con Arcadi Espada en El Mundo.

En La manía, además de los tradicionales domingos de "pesca" en el Rastro, las escenas familiares, descripciones de naturalezas y algún viaje al extranjero, asistimos a encontronazos con Juan Cruz, Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz, Constantino Bértolo... La Guerra Civil tiene cierto peso en el volumen, pues en 2001 Trapiello escribía La noche de los Cuatro Caminos, una historia del maquis, y recoge aquí jugosas escenas acaecidas durante la investigación preparatoria. Aparecen además, como siempre velados por una X, literatos como Javier Cercas, Juan Goytisolo, Javier Marías, José Ángel Valente y una cuadrilla de personajes anónimos que acaban conformando ese fresco humano del que hablábamos. Se trata de un volumen apenas aforístico, en comparación con otros de la serie. 

Escribía Karl Löwith (citado a través de Los cuadernos de Rembrandt, de Jiménez Lozano) que la tarea de los novelistas del siglo XX ha sido evidenciar la nada del ser humano moderno, más que crear un cosmos humano, que es lo que hicieron Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi. Se diría que la obra de Trapiello, sea más o menos apreciada, sí tiene vocación de inscribirse en esta segunda línea de actuación.

Después de tantas páginas, sigo disfrutando con este diario. Seguiremos, pues, leyendo una obra mastodóntica, catedralicia, que alcanza ya los veinte tomos (parece que antes de acabar el año llegará a las librerías el vigésimo primero) y, según autorizados cálculos, las diez mil páginas. Anotada queda La manía para la lista de mis mejores lecturas del año.


El autor fotografiado por su hijo Rafael Trapiello en Las Viñas (Cáceres)

03 agosto 2017

Venían calle abajo



Venían calle abajo. Comerciales jóvenes, voceros de las eléctricas. Trajeados y afeitados, engominados y maquiavélicos, con esa aureola de triunfadores y liantes abonada por tantas historias de persuadidos que, justo después de rubricar, comienzan a sentirse engañados.

Desde el bar semidesierto vi acercarse a la dupla. No imaginé que pudieran atracar allí, pero se sentaron en una de las mesas vacías de la puerta. Individuos de apariencia peligrosa, di en pensar, pero luego intenté corregir mi desconfianza, a buen seguro prejuiciosa.

Debían de ser temporeros, pensé, avezados universitarios recién egresados, grumetes contratados para alguna campaña estacional. Sin mayores esfuerzos los atisbaba a través de la ventana medio abierta. Extraían documentos de sus carpetas, señalaban cifras en fotocopias de facturas encabezadas por el logotipo de alguna empresa del IBEX 35, comentaban algo para luego volver a archivarlas. Quizá acababan a aquella hora la jornada y, sentados ante unas cervezas y en aparente soledad, se aflojaron un poco la corbata... y la lengua.

Retazos de conversación franqueaban de cuando en cuando la ventana de reja. Se quejaban los emisarios del oligopolio energético de que no era corriente lo de cierta señora: “X es tonta: no quiere cambiarse, le gusta pagar más”. Se advertía en el tono algo de saña y bastante desprecio, modales atribuidos -por lo general- a ocupantes de otras vestiduras. No cabe duda, por otra parte, de que esa capacidad suya, tan palpable, de saber apartar a un lado la decencia, tan improductiva, para ascender sin reparo, habrá de serles de mucha utilidad y beneficio en esta vida. Pero esta última línea apestará a muchos a insoportable moralina. Con todo, a pesar del evidente sarpullido que a uno le levantaron -no lo oculto-, tampoco dudo de que llegarán lejos en este mundo, y quizá un golpe de dedo les baste, en el futuro, para aniquilar a este escriba bala perdida y con pocos contactos.

El pasmo de uno borboteó cuando, al cabo, en el momento de pagar, me pareció escuchar que los señores trajeados discutían el precio con el tabernero. Por si el choque de Weltanschaaung no era ya suficientemente poderoso, aquello me acabó de revolver el estómago. No sabía si sonrojarme, de puro bochorno, o qué otra salida acometer. Imposible resultó captar los pormenores del regateo, pero al cabo entró furioso el tabernero, tensando la musculatura hasta en las pestañas:

-Precio de guiri, dicen que les he puesto -dijo, y sonreía crispado, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

02 agosto 2017

Despertando a nueva vida

Darío de Regoyos, La ría de Bilbao con nieve

  
PARAÍSO EN LA NIEVE


"Cuando la nieve va a llegar, se oye
un silencio en los campos,
un silencio en los cielos.
Luego, van descendiendo densos copos,
los sientes en el rostro como un don
y te vas despertando a nueva vida.

Avanzas en lo blanco lentamente,
avanzas con el peso de lo negro
que siempre hubo en ti,
con lo que hiere y duele y nos enferma,
con todo el mal que en siglos hemos hecho,
con todo el mal que en siglos nos hicieron.
Mas, poco a poco, se aligera el cuerpo
y el alma, extraviada en lo blanco,
espacio es de sí misma.

¡Paraíso en la nieve!
Al fin, ya todo es blanco
en lo negro del hombre.
Hasta el aire tan frío que respiras
te parece de fuego.
Y allí donde se posan tus dos ojos
la luz es una zarza que llamea,
oímos el crujido de la luz."


Antonio Colinas, Los silencios de fuego (Tusquets, 1992).

20 julio 2017

Súbito viento refrescante



INVOCACIÓN AL VIENTO DE LA TARDE

Súbito viento refrescante
que soplas agitando las livianas
cortinas de la sala en sombras,
inundando de pájaros
y luces sosegadas de sereno crepúsculo
el miedo sofocante varado en el pasillo,
por donde, enfermo, vaga un corazón que se deshoja;
sigue soplando, viento de la tarde,
penetra en esta ruina de hojas enfangadas
y corrupta floresta; que tu aliento
remoto resucite la pasión
de vivir, el coraje necesario
para poder cantar, para poder volar,
incluso apresado en el nido de la muerte.


José Luis Parra (Madrid, 1944), Cimas y abismos. Antología poética (Renacimiento, 2012).

15 julio 2017

Tan impasible como siempre



TELEVISIÓN
(Valencia, 1963)


"Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fui al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy; lo grité varias veces muy exaltado, "¡Han matado a Kennedy, han matado a Kennedy!", y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: "¿Y?"."


Relato incluido en Hijos sin hijos, de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), publicado originalmente en Anagrama en 1993 y reeditado luego en DeBolsillo en 2012.

19 junio 2017

La magia de salir del cine



No en todas las ocasiones sucede, pero el momento en que uno vuelve a pisar la calle tras abandonar una sala de cine suele funcionar como una experiencia espiritual de primer orden. Y si ha anochecido en el ínterin, mientras veíamos la película, mucho más. La sensibilidad se aviva, el cerebro chispea pleno de conexiones neuronales, y a las calles se diría que les acaban de dar un par de manos de pintura, pues ahora irradian intensidad a discreción.

El yo que sale del cine pocas veces coincide con el que entró hora y media o dos horas antes. A veces, como si la oscuridad de la sala tuviera efectos reparadores, notamos al reincorporarnos al hormigueo urbano que andamos un poco menos descacharrados, como si nos hubieran entablillado las entrañas, reajustado piezas sueltas, apretado clavijas, limpiado bujías. Tal vez los griegos antiguos acertaron ya a describir todo esto con una sola palabra: catarsis. Tal vez se trate de algo ligeramente diferente, de una de las vertientes de lo sublime. Los cinéfilos sensibles, conscientes de todo esto, recordaremos siempre esos momentos tan especiales de la salida, cuando caminamos al borde de una revelación intuida pero que casi nunca acaece. Comentaremos con otros cinéfilos, en conversaciones de barra de bar, en mitad de un viaje por carretera o compartiendo colchón con la persona que amamos, la naturaleza vaporosa y mágica de esos instantes de reingreso a la realidad tras el paréntesis fílmico, pues al rato ese efecto narcótico que con fortuna nos ha invadido parece desvanecerse.

La experiencia, ese subidón tras el chute de celuloide, alcanza cotas orgiásticas cuando la película maravilla, marca un hito, consigue trastocar nuestra visión del mundo. En esos casos, nunca será uno ya, jamás, idéntico a quien entró dos horas antes, nos han actualizado el software, o incluso el sistema operativo.

04 junio 2017

Puede contener trazas de



Qué delicia cuando uno lee los ingredientes de algún alimento y llega a eso de: “puede contener trazas de crustáceos, albaricoque, lomo de papagayo tolteca o huevo de Diplodocus”. Piensa uno: pero si solo se trata de una barrita de chocolate… 
En ese contexto serio, la vaguedad del puede, esa ambigüedad deliberada, dinamita ipso facto el clima de rigor. Sin necesidad de acudir a deportes extremos, menudos lingotazos de adrenalina los que deparan ciertos etiquetados.

28 mayo 2017

Manual para mujeres de la limpieza





Ya se sabe que un sector de la población, que no sé si coincide con ese que lee poco, acostumbra a juzgar los libros por su título. 
-¿Qué lees? 
-Las flores del mal. 
-¿Y por qué no las del bien? 
Y así. 
El título de este libro, que a algunos parece sexista, es el de uno de los relatos que contiene este volumen de Lucia Berlin. Los editores lo eligieron para coronar la antología. Que entre los relatos que la componen se encuentren títulos más evocadores, menos disuasorios, que también podrían haber valido como título general, ya es otra historia.

Lucia Berlin nació en 1936 y murió en 2004. De nacionalidad estadounidense, tuvo cuatro hijos, fue alcohólica y se rehabilitó, desempeñó diversos oficios, entre ellos el de profesora, el de enfermera y el de limpiadora. En vida publicó 76 relatos. La mayoría quedaron recogidos en tres libros, pero ninguno de ellos gozó del alcance que ha tenido esta recopilación póstuma, que ha multiplicado el número de lectores de sus historias. No fue tan desconocida en vida como otros casos más flagrantes (véase Fernando Pessoa), pues tuvo premios, reconocimientos, publicó, pero sí ha copado tras ver la luz este libro un lugar muchísimo más visible, hasta el punto de que algunos han llegado a hablar del "fenómeno" del descubrimiento de Lucia Berlin. Y aquí uno que se alegra, pues la de Berlin se antoja buena literatura, casi indispensable para quienes aprecien el género del relato corto. 

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) contiene 43 textos de corte realista. Por ellos pululan alcohólicos con el mono, madres luchadoras que pasan horas muertas en las lavanderías, jóvenes que envían a su novia embarazada a pillar algo de droga al otro lado de la frontera mexicana, personas que se conocen por casualidad y entablan una entrañable amistad. Berlin usa, cómo no, elementos biográficos para confeccionar sus historias, aunque ya avisa Lydia Davis, que prologa el volumen, que sus narraciones no sirven para conocer realmente a la autora. No obstante, los nombres de personajes que se repiten, las protagonistas llamadas Lucía..., contribuyen a que veamos la producción cuentística de Berlin, por momentos, casi como una autobiografía ficcionada. A propósito, Davis menciona el concepto de autoficción, que se ha puesto tan en boga posteriormente.

De sus historias destacaría la intensidad que desprenden. Tienen nervio, son hondas, sencillas, auténticas. Narran epifanías, anécdotas determinantes, bien seleccionadas. Etapas o acontecimientos cruciales en la vida de las personas. Berlin puede contar cosas terribles sin énfasis, sin dramatismos, sin florituras. Se revela una buena observadora, atenta a los detalles significativos que a la mayoría pasan inadvertidos. En sus textos hay conflicto, hay complejidad. 

Desde las primeras páginas comprendemos que habremos de aceptar, pues, entre nuestros cuentistas estadounidenses predilectos, junto a Carver, Shepard, Bausch, Cheever, etcétera, a Lucia Berlin.

Algunos fragmentos:

"Si algo he aprendido es que cuanto más enfermo está un paciente, menos ruido hace".

"Odio esa idea... Estar orgulloso de los hijos, ponerse medallas por lo que ellos han logrado. A mí me caen bien mis hijos. Son cariñosos, son personas íntegras".

"Dios concede lagunas a los borrachos porque si supieran lo que han hecho, se morirían de vergüenza."

"Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento".