26 enero 2011

Shutter island


Hacía bastante tiempo que no leía un best seller, y también llevaba bastante tiempo sin leer una novela negra. Shutter Island (2003) aúna estas dos características. Su autor, Dennis Lehane, os sonará seguramente por ser el autor de Mystic River, novela en la que se basaba la película homónima de Clint Eastwood (en mi opinión, una gran película).

El libro que nos ocupa también fue hace poco llevado a la gran pantalla. Lo hizo Martin Scorsese, con Leonardo DiCaprio en el papel protagonista. Y la verdad es que entiendo que haya sido adaptada, porque la forma de escribir del autor es muy cinematográfica, como por otra parte suele ocurrir en este género. Quería verla antes de escribir esta entrada, y la verdad es que me ha parecido una buena adaptación. No sé si alguien que lea estas líneas la ha visto. En ese caso, me encantaría saber si a vosotros os convenció.

La isla Shutter es el claustrofóbico ambiente en el que se desarrolla la acción del libro. Allí está ubicado el hospital Ashecliffe, una prisión de máxima seguridad para enfermos mentales peligrosos. El agente Teddy Daniels y su compañero Chuck Aule llegan a la isla en 1954, en el marco de la Guerra Fría, para investigar la desaparición de una paciente, que parece haber escapado de forma misteriosa de su celda (tiene una ventana enrejada) y superado las barreras de unos cuantos vigilantes. Esta huida misteriosa me recordó a El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux. Pero no van por ahí los tiros. Hacia el final, la acción da un golpe de efecto y el agente Daniels se descubre más solo de lo que él pudo nunca imaginar. Es difícil contar algo de ese giro final sin destripar el libro, pero en mi opinión es brillante y hace que el libro merezca la pena.

Y digo esto porque la verdad es que al principio tuve la sensación de estar leyendo una novela mediocre, durante los dos primeros tercios la novela me pareció un libro del montón. Pero luego llega el golpe de efecto, que recuerda al de la película El sexto sentido, y todo cobra sentido. En resumidas cuentas, una novela entretenida con un final que me ha entusiasmado, magnífico.

16 enero 2011

Tiempo de silencio

Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, está considerada una de las novelas más destacadas de los años sesenta en España. Publicada en 1962, el mismo año en que Vargas Llosa se alzó con el premio Biblioteca Breve gracias a La ciudad y los perros, constituye un intento de renovar las formas de la narrativa social predominante en los cincuenta. Se dice que causó cierto desconcierto entre la crítica de la época, que no sabía muy bien dónde encasillar la obra. El crítico Gonzalo Sobejano, como tantos otros, ha destacado su importancia, señalándola como bisagra entre dos épocas. Escribe que cierra una etapa de la novela y abre otra nueva, de la que son ejemplos eminentes, entre 1966 y 1975, obras como Cinco horas con Mario, Volverás a Región de Juan Benet o La saga/fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester. En la obra se percibe la influencia de autores como Faulkner y Joyce, especialmente en la técnica del monólogo interior o corriente de conciencia, que presenta el lenguaje tal y como se sucede en los pensamientos. Un ejemplo:

“No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy así tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer otro dibujo con el hierrecito del zapato, un dibujo cualquiera, no tiene que ser una muchacha, puedes hacer un dibujo distinto aunque siempre hayas dibujado mal. Tienes libertad para elegir el dibujo que tú quieras porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir…”

Tiempo de silencio es la única novela que publicó Luis Martín-Santos, psiquiatra de profesión, que también escribió Tiempo de destrucción, obra que quedó inacabada cuando el autor falleció en un accidente de tráfico.

El argumento de la novela tiene que ver con un médico que lleva a cabo investigaciones sobre el cáncer experimentando con ratones. Tiene que comprarlos en la chabola del Muecas, donde se ve involucrado en el aborto de su hija, que finalmente muere. Al médico se lo culpa de ese fallecimiento y acaba en prisión.


Algunos ambientes recuerdan a La busca de Pío Baroja. El libro tiene algunas partes áridas que pueden espantar a algunos lectores. Las primeras páginas, por ejemplo, están escritas en un lenguaje que abunda en términos científicos (escrófula, melanóforo, ésteres, lipodistrofia), así que hay que usar el diccionario y tener paciencia, porque la novela tiene partes sencillamente memorables. El lenguaje es culto, elaborado, de una gran riqueza léxica. Al mismo tiempo, sorprende la variedad de registros que maneja Martín-Santos: escribe ya en forma culta, ya coloquial, ya en lenguaje caló…

Otro mérito del libro son los diálogos. No sé si también vosotros habéis notado que algunos autores cultos tienen problemas con los diálogos, y acaban haciendo hablar a sus personajes de una forma artificial que nada tiene que ver con la oralidad. No es este el caso. Martín-Santos escribe unos diálogos con unas voces muy creíbles, y también muy buenos monólogos interiores. En el libro aparecen también algunas reflexiones interesantes, sobre Cervantes, por ejemplo. Tiempo de silencio destaca en definitiva por la variedad de ambientes que describe y la potencia de su prosa.

Se han hecho diferentes lecturas de este libro, entre las que destacan, por poner dos ejemplos, la sociológica o la psicoanalítica. Para quienes quieran profundizar en el autor, existe un libro, al parecer muy documentado, titulado Vidas y muertes de Luis Martín-Santos. Su autor es José Lázaro y fue publicado por Tusquets.

15 enero 2011

11 enero 2011

Buscando un beso a medianoche

Volvemos con cine.

El convencional póster de esta película, así como la palabra “beso” en el título, puede hacernos pensar que estamos ante una comedia romántica al uso, otra más de esas que la industria produce en cadena, parecidas todas entre sí, siguiendo los mismos patrones. Pero nos estaríamos equivocando. Buscando un beso a medianoche (2007), de Alex Holdridge, es una comedia romántica fresca, desenfadada e inteligente, una película con mucho diálogo y cierta melancolía, que suena sincera y sobre todo no empalaga. A pesar de estar ambientada en la ciudad de Los Ángeles, recuerda a Woody Allen (y no sólo por el blanco y negro, que evoca a Manhattan).
La película se abre con un breve texto según el cual los registros en match.com y otras páginas de contactos aumentan en las fechas navideñas un trescientos por ciento. Wilson, el protagonista, es un treintañero en crisis que hace tres meses que lo dejó con su novia. Ante el horizonte de pasar solo la noche de fin de año, tras una temporada desastrosa, su amigo lo convence para que ponga un anuncio en internet, con el apodo de misántropo. Al final se decide. Misántropa llama, y su primer encuentro es el que aparece en el vídeo de abajo (no he podido encontrar el original en blanco y negro). A partir de entonces asistimos a un recorrido por la ciudad, un paseo que servirá para que Vivian y Wilson se conozcan. Veremos que tras la inicial agresividad de Vivian se esconde una persona frágil, un poco perdida.

La cinta se ha vendido como “un viaje jovial, cómico y tierno a través del amor, el sexo y el romanticismo moderno el día de Fin de Año”. Un crítico ha llegado a decir que era la mejor película norteamericana indie en años, en una de esas frases tajantes que se sueltan más a menudo de lo que nos gustaría. En mi opinión merece la pena verla.

09 enero 2011

La chaqueta metálica

He visto hoy esta película de Kubrick y dejo aquí constancia de ello. No voy a hacer un análisis detallado (entre otras cosas porque no soy un experto en cine). Sólo daré algunas notas por si alguien no la ha visto. Simplemente decir que La chaqueta metálica (1987) es una película bélica, otra película sobre la guerra de Vietnam, y que se estructura en dos partes diferenciadas: la segunda se centra en la guerra en sí, mientras que la primera consiste en la instrucción de los soldados a los que luego veremos matar y morir. En esta primera destacan, entre otros, el inhumano sargento encargado de la formación de los soldados, y uno de ellos, algo pasado de kilos, al que todo le sale mal y que sufrirá con toda su dureza los métodos del sargento. Se trata del recluta Patoso. Esta primera parte puede hacerse algo monótona pero resulta muy entretenida, y el final es demoledor. La parte final de la película en general también me pareció muy bien rodada (conmovedora la escena de la francotiradora, y dicen que Kubrick no quiso cargar las tintas, porque al parecer en el libro los soldados le cortaban la cabeza y jugaban a fútbol con ella).

Puestos a dar mi opinión, para mí esta no es la mejor película de Kubrick, ni la mejor película bélica de la historia. Aunque no he visto muchas de este género, la verdad es que me quedo con Apocalypse Now de Coppola.

Dejo un diálogo que me llamó la atención:
“- Por lo menos ha muerto por una buena causa" -dice un soldado estadounidense ante el cadáver de un compañero.
"- ¿Qué causa es esa?" -le replica otro.
"- La libertad.”
Y él responde:
“- Aclárate las neuronas, pardillo. ¿Crees que luchamos por la libertad? Esto es una matanza.”









06 enero 2011

Favoritos de 2010

1. Trilogía involuntaria, de Mario Levrero




3. Corrección, de Thomas Bernhard


4. El imitador de voces, de Thomas Bernhard



5. Otras inquisiciones, de Jorge Luis Borges



6. El palacio de la luna, de Paul Auster






8. Un mundo feliz, de Aldous Huxley



9. El castillo, de Franz Kafka


10. Siete cuentos imposibles, de Javier Argüello

27 diciembre 2010

Un año de lecturas

Comparto aquí mis lecturas del año. Para no confundir, he decidido destacar los libros de forma similar a R.: en negro los de nivel medio, en azul los que me gustaron mucho y en verde los que me encantaron. Aparecen en rojo los libros a los que no le saqué mucho partido. Los libros con enlaces a las reseñas se cuelan en naranja para fastidiar un poco. En estos casos hay que fijarse en el autor para saber qué color tiene el libro. Como todas las listas, esta es discutible: hay que tener en cuenta que se trata simplemente de una opinión.

-Varamo, de César Aira. Disfruté más con El congreso de literatura.
-El móvil, de Javier Cercas. Interesante novela breve.
-Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.
-Esperando a Godot, de Samuel Beckett.
-Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar. Tiene para mi gusto un gran relato: “Instrucciones para John Howell”.
-El llano en llamas, de Juan Rulfo. No es Pedro Páramo, pero sigue siendo Rulfo.
-El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño. Podría parecer un libro menor, pero no es así.
-Sueño profundo, de Banana Yoshimoto. No me interesó mucho, salvo cierto tono hipnótico.
-Tokio blues, de Haruki Murakami. Dicen que es el Murakami más convencional, así que pretendo adentrarme en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
-Donde todo termina abre las alas, de Blanca Varela. Para ser poesía, me gustó bastante.
-Mr. Vértigo, de Paul Auster. De los menos interesantes de Auster, en mi opinión.
-Los cachorros-Los jefes, de Mario Vargas Llosa. Para mí el mejor Vargas Llosa es el de las novelas.
-El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas.
-El imitador de voces, de Thomas Bernhard. Microrrelatos que dejan entrever la genialidad de Bernhard.
-La glorieta de los fugitivos, de José María Merino. Microrrelatos, con algunas gratas sorpresas.
-Invisible, de Paul Auster.
-La carretera, de Cormac McCarthy. Parece que soy el único al que no le gustó este libro. Repetitivo, anodino y con los diálogos más planos que recuerdo.
-Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914-1987). Un ramillete de grandes poetas.
-La Fortaleza de la Soledad, de Jonathan Lethem. Más interesante al inicio que al final. Disfruté más con Huérfanos de Brooklyn.
-El Palacio de la Luna, de Paul Auster. Cuando lo leí por primera vez no me pareció de los mejores de Auster, pero en una relectura atenta se ha convertido en uno de mis favoritos del autor.
-Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Hay que leerlo, algún día pondré la reseña.
-La ciudad, de Mario Levrero. Un descubrimiento.
-Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. Genial. Me reí mucho.
-Cándido, de Voltaire.
-Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey. Humor negro en estado puro.
-El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald. Quizá mis expectativas fueran altas, pero no le saqué mucho partido.
-Putas asesinas, de Roberto Bolaño. En mi opinión no es su mejor libro de relatos.
-Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Flojo.
-El mal de Portnoy, de Philip Roth.
-Sarta de cuentos y otros relatos, de Raúl Rubio.
-Cantos-Pensamientos, de Giacomo Leopardi.
-Labia, de Eloy Tizón.
Prosa privilegiada.
-Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling.
-Siete cuentos imposibles, de Javier Argüello. Una grata sorpresa.
-La hierba roja, de Boris Vian.
-Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb. Sin ser un novelón, gustará a más de uno.
-El lobo estepario, de Hermann Hesse. ¡Algún día pondré la reseña!
-En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano. Se desinfla.
-La ofensa, de Ricardo Menéndez Salmón. ¡Qué frases más largas!
-Dos mujeres en Praga, de Juan José Millás. Seguiré leyendo a Millás.
-Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina. No es su libro más denso, pero siempre es un placer leerlo.
-Tu rostro mañana 2. Baile y sueño, de Javier Marías. El más flojo de la trilogía.
-Cuentos perversos, de Javier Tomeo.
-En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina. Hasta la fecha, el peor que he leído del autor.
-Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías.
-Trilce, de César Vallejo. Poesía MUY hermética para mí.
-El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. El amor y yo… Empiezo a intuir que García Márquez no es de mis preferidos, más allá de la GRAN Cien años de soledad. Aunque los relatos de Doce cuentos peregrinos no me disgustaron, así que no sé.
-Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán.
-Chesil Beach, de Ian McEwan. Está bien, pero no me parece una gran historia.
-Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. Para ser de Borges, con el que menos he conectado hasta la fecha.
-No amanece el cantor, de José Ángel Valente. Breves textos de prosa poética.
-El castillo, de Franz Kafka. Kafka en estado puro.
-Elegías de Duino-Los sonetos a Orfeo, de Rainer María Rilke. Me gustaron cosas de las elegías, aunque reconozco que no estoy muy dotado para la poesía.
-Shutter Island, de Dennis Lehane. Intriga entretenida con un GRAN final.
-Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer. Disfruté más con Tan fuerte, tan cerca.
-Las partículas elementales, de Michel Houellebecq. Me cansa su tendencia a lo pornográfico, pero tiene reflexiones de altura. Soy de los que opinan que es mejor pensador que novelista.
-Otras inquisiciones, de Jorge Luis Borges. Ensayos breves. Clave para conocer a Borges.
-Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. ¡Algún día pondré la reseña!
-Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. No me sorprendió tanto como a otra gente.
-Corrección, de Thomas Bernhard. Flipé un poco con la prosa de Bernhard.
-Molloy, de Samuel Beckett.
-Malone muere, de Samuel Beckett.
-El innombrable, de Samuel Beckett.
-Poema del cante jondo-Romancero gitano, de Federico García Lorca.
-París, de Mario Levrero.
-El lugar, de Mario Levrero. Fascinante.
-Este libro te salvará la vida, de A. M. Homes. Mucho diálogo y poca chicha.
-Antes de morirme, de Jenny Downham. Amores ñoños, poco realista.

Aprovecho la ocasión para desearos a todos un feliz año nuevo cargado de sorpresas positivas. Os deseo lo mejor.

23 diciembre 2010

Molloy/Malone muere/El innombrable


Cuando pensamos en la obra del Nobel irlandés Samuel Beckett, lo primero que nos viene a la cabeza a muchos lectores son sus obras de teatro, títulos como Esperando a Godot o Fin de partida. Sin embargo, tan interesantes como los dramas resultan sus novelas. Aquí intentaremos ocuparnos, a lo largo de esta reseña, de la trilogía compuesta por los títulos Molloy, Malone muere y El innombrable.

Molloy (1951) se estructura en dos partes, que se corresponden con sendas búsquedas: por un lado, la de Molloy en busca de su madre, no sabemos con qué fin; por otro, la de Jacques Moran en busca de Molloy. Molloy, sujeto en crisis, está marcado por la soledad y la falta de identidad, y busca ese refugio que lo libre del desarraigo. Como escribe Frederick R. Karl en su prólogo, toda búsqueda que presentan las novelas de Beckett está condenada al fracaso. La novela refleja el absurdo existencial y, en general, los temas que Beckett explora en sus obras teatrales.

Malone muere (1951), el segundo volumen, pone de manifiesto la importancia de las historias, la necesidad que todos tenemos de contárnoslas. Desde el inicio nos llega la potencia de la voz de Malone, que vive aislado en una habitación cerrada preparándose para una muerte que, según sus propias palabras, llegará de forma inminente. Además de reflexionar, nos describe los objetos que habitan su reducido mundo, entre los que se encuentran un cuaderno y un lápiz, de los que Malone se vale para fabular. Hay un momento humorístico que recuerda a Esperando a Godot, cuando se dice que de los dos ladrones se salvó uno, y se agrega: es un porcentaje razonable. Este segundo volumen me ha recordado a Paul Auster. Me pareció notar la influencia de Beckett en una obra teatral que el neoyorquino escribió en su juventud y, concretamente, en el caso de Malone muere, en Brooklyn Follies, en tanto que ambos protagonistas se preparan para morir.

Con El innombrable (1953) culmina el proceso de desintegración del yo iniciado con Molloy. Nos parece percibir una evolución hacia la abstracción considerando la trilogía en su conjunto. Si los dos primeros volúmenes tienen cierto desarrollo argumental, en este tercero no hay ni principio ni final, porque no hay historia, como tampoco un espacio por el que se muevan los personajes. La novela está constituida por un largo soliloquio, un torrente verbal que en muchos momentos arrastra al lector, emitido por un ente que dice no estar en parte alguna. Una novela que, se diría, se asienta sobre el vacío. Pese al pesimismo general, se mantiene, al igual que en Molloy, cierta vitalidad, cuando se dice que, después de todo, hay que seguir, hay que seguir siempre.

En definitiva, tres novelas habitadas por personajes marginales, “gladiadores moribundos”, como los definió Horace Gregory, que llevan una vida próxima a la no existencia. Puede gustar o no, pero es difícil permanecer indiferente a esta trilogía de Samuel Beckett. A mí su lectura me ha dejado una sensación agridulce. He leído algún artículo sobre la trilogía y la verdad es que se habla de temas sesudos que se me escapan (Wittgenstein, el no ser). Así que se me ocurre decir que esta es básicamente una trilogía para intelectuales, y que a los demás nos puede resultar menos interesante. No entiendo, por poner un ejemplo, qué quiere transmitir Beckett dedicando siete u ocho páginas a hablar de unas piedrecitas que Molloy succiona y que se va pasando de bolsillo a bolsillo. Cosas así pueden llegar a ser desesperantes.

En el prólogo se dice que estas novelas tienen escasa fuerza narrativa. Me parece un comentario acertado. Con todo, he de decir que la lectura me ha merecido la pena. Mi sensación es que va in crescendo: me gustaron detallitos de Molloy, me pareció mejor Malone muere y me encantó la parte final de El innombrable, unas páginas que encontré cercanas a cierto tipo de poesía y me parecieron brillantes. Para análisis más lúcidos, dejo un par de enlaces:

Quién teme a Virginia Woolf (ahora mismo no se puede entrar, sólo admite lectores invitados, pero lo dejo en cualquier caso).

11 diciembre 2010

Corrección


Lo sé, lo tiene todo para no gustar: un argumento poco atractivo, relacionado con algo tan frío como la arquitectura (aunque Roithamer nunca emplearía esa palabra) y una sintaxis asfixiante con ni un sólo punto y aparte en sus más de trescientas páginas. Y, sin embargo, Corrección es una novela brillante, un libro en mi opinión memorable.

Es de esa clase de libros a los que no hay que pedirle sorprendentes giros argumentales o un final inesperado, porque no los hay ni se pretende. Con Bernhard, como con Marías (quien fue su descubridor en España), el placer estriba en disfrutar del camino. Reacio como Bolaño a la elipsis, Bernhard expande su discurso de forma obsesiva, invitando a una lectura acelerada, vertiginosa.

Corrección (1975) gira en torno a Roithamer y a su idea (calificada por todos de demencial) de construir un edificio en forma de cono para su hermana, ubicado en el centro geométrico exacto del bosque de Kobernauss. Al igual que el protagonista de El móvil, de Javier Cercas, subordinaba la vida a la literatura, Roithamer lo sacrifica todo para construir este innovador cono, único en el mundo. Se recluye en la buhardilla del taxidermista Höller, y allí idea, durante tres años, su construcción. Su apartamiento recuerda a la idea del poeta aislado en su torre de marfil que se difundió con Rubén Darío.

Luego de otros tres años de construcción del Cono, el perfeccionismo de Roithamer lo lleva a colgarse de un tilo. Tras el suicidio, su amigo (el narrador) se traslada a la buhardilla de los Höller para examinar y ordenar (que no elaborar) el legado de Roithamer, compuesto por miles de folios. La novela se divide en dos partes. Si en la primera predomina la voz del amigo de Roithamer, que nos introduce al constructor, en la segunda es mayoritariamente la voz del propio Roithamer la que oímos, al transcribirse textualmente sus escritos.

En la novela predomina la reflexión sobre la acción. La mayor parte del libro la constituyen los pensamientos de Roithamer sobre su familia, el Cono o su forma de ver la vida en general. Nos informa así de su relación con su madre (que lo odia y lo desprecia), con sus hermanos (que lo odian y lo desprecian) y su hermana (a la que ama), o manifiesta sus opiniones demoledoras sobre Austria, país donde, se llega a decir, el suicidio es lo más lógico. Bernhard se muestra asimismo muy crítico con la sociedad contemporánea.

Diremos, para terminar, que si existen escritores que tienen una voz propia, intransferible, una voz que los distingue de todos los demás autores, Thomas Bernhard es sin duda uno de ellos. Hay que leerlo, y después odiarlo o admirarlo sin reservas, pero hay que leerlo.

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El imitador de voces, de Thomas Bernhard