26 noviembre 2012

La muerte lenta





Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca.
No arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente
quien hace de la televisión su gurú.

Muere lentamente
quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,
sonrisas de los bostezos,
corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente
quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente
quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.

Muere lentamente,
quien pasa los días quejándose de su mala suerte
o de la lluvia incesante.

Muere lentamente,
quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos
una espléndida felicidad.


Martha Medeiros, poeta brasileña.

23 noviembre 2012

El ángel Esmeralda




Si entráis a una librería podéis encontrar, aún calentito en la mesa de novedades, el último libro de Don DeLillo, que en mi caso he recibido por cortesía de PriceMinister dentro de su promoción para blogueros sobre los mejores libros del año.

Al igual que el libro de Salinger que estoy leyendo ahora, El ángel Esmeralda contiene nueve cuentos. Creo que decía Hipólito G. Navarro, escritor y cómo no defensor del relato corto, que así como hay autores que parecen escribir algún que otro relato entre novela y novela, digamos para descansar, algo que puede parecer poco considerado con el género del cuento, él lo que hacía en cambio era escribir, entre libro y libro de relatos, alguna que otra novela, porque para él lo más importante y lo más exigente eran los relatos. Quizá no lo esté explicando bien. El caso es que Don DeLillo parece de los primeros. En la contraportada leemos que este libro reúne los cuentos completos de DeLillo, así que teniendo en cuenta que son sólo nueve y que han sido escritos a lo largo de más de treinta años, no parece este el género predilecto del neoyorquino.

He de confesar que no me he sumergido demasiado bien en la lectura, no sé si por demérito del libro o por carencias personales. A ratos incluso me he aburrido. Estoy casi seguro de que no es de los mejores libros de DeLillo, aunque ya sabemos que es un hombre que escribe bien. Muy bien. Así que en cualquier momento es capaz de descolgarse con algo interesante, como a mi juicio resultan los diálogos entre dos extranjeros en Grecia durante un terremoto que encontramos en “La acróbata de marfil”, o las reflexiones de algún personaje en un relato futurista sobre la Tercera Guerra Mundial. Luego están las tramas. Si en un examen me preguntaran por los argumentos de todos los relatos del libro lo suspendería. Así de claro. Es el segundo libro que leo de DeLillo y, como Punto Omega (que ya sé que a muchos os parece grandioso), me ha dejado una sensación irregular, bien es cierto que con momentos ciertamente brillantes, ya que la escritura de este autor es de peso.

Seguiré haciendo incursiones en la obra de Don DeLillo. En el horizonte, no sé si muy lejano, libros como Ruido de fondo o Submundo.

Fragmento:
“-¿No sientes a veces un poder en tu interior -dice Vollmer-. Una especie de condición saludable extrema. Una salud arrogante. Eso es. Te sientes tan bien que empiezas a considerarte por encima de los demás. Una especie de fuerza vital. Un optimismo aplicado a tu propia persona que generas casi a costa de los demás. ¿No te sientes así a veces? (…) Seguro que hay palabra en alemán. Pero lo que quiero dejar claro es que esta sensación de poder es tan… no sé… tan delicada. Eso es. Hoy la tienes y mañana te sientes insignificante y perdido. Sale mal una cosita y te sientes perdido, te sientes débil más allá de toda medida, y derrotado, e incapaz de actuar poderosamente, por no decir con inteligencia. Todo el mundo tiene suerte, tú no la tienes, estás desamparado, triste, no sirves para nada, estás perdido.”

14 noviembre 2012

La realidad quebradiza



Juan Jacinto Muñoz Rengel (que no hace mucho publicó El asesino hipocondríaco) se encarga de la edición de esta antología de cuentos que hace unos meses vio la luz en Páginas de Espuma y que los aficionados al relato corto agradecerán. Abre el volumen (aunque me consta que algunos soléis leerlas al final) una introducción, atractiva por su planteamiento y desarrollo (“Viaje al centro de la mente de José María Merino”) tras la que encontramos los cuentos propiamente dichos, ordenados según la fecha de publicación de los libros a los que originariamente pertenecen. Cerrando el libro, encontramos una entrevista (también a cargo de Muñoz Rengel) en la que el académico José María Merino, entre otras cosas, menciona las posibilidades del cuento corto como instrumento para la animación a la lectura de los jóvenes.

Muchos de los cuentos de La realidad quebradiza (un título que celebro, me parece certero y atractivo) se adscriben al género fantástico. En “La casa de los portales” un grupo de colegiales ven su ciudad durante unas horas de una manera que no podrán olvidar nunca. En “Las palabras del mundo” un profesor universitario empieza a sufrir un extraño trastorno que le lleva a descomponer en sonidos las palabras que oye hasta el punto de ser incapaz de comprender su significado y que le suenen como el agua de un arroyo. Se trata del profesor Souto, personaje recurrente en la obra del leonés que aparece en varios de los textos de esta antología. “El viajero perdido”, uno de mis preferidos, nos recuerda que debemos tener cuidado con lo que imaginamos porque podría hacerse realidad. “El viaje inexplicable” nos sitúa en un tiempo futuro en el que los libros han desaparecido y es todo un elogio de la lectura. La mayoría de los cuentos son de extensión media, si bien encontramos un apartado de minicuentos en el que aparecen dieciocho microtextos (nanocuentos, creo que los llama Merino, y proliferan en su anterior libro La glorieta de los fugitivos).

Desde luego hay relatos mejores y otros no tan buenos para mi gusto, pero en general el libro da muestras de imaginación, de la fragilidad de lo real y la fantasía que se cuela entre los intersticios de lo cotidiano. La prosa es ágil y cuidada. Supongo que es fácil decirlo a toro pasado, pero se percibe que el autor ha escrito literatura juvenil. El terreno onírico también está presente a lo largo del libro.

La realidad quebradiza constituye el segundo volumen de la colección “Vivir del cuento”, iniciada con El pez volador de Hipólito G. Navarro, autor cortazariano que desde aquí no desperdiciamos la ocasión de recomendar.   

11 noviembre 2012

Anna Ternheim - Somebody outside


Título del álbum: Somebody outside.
Artista: Anna Ternheim.
Nacionalidad: Suecia.
Año: 2004.
Género: Acústica / Indie / Rock
Títulos del álbum: 01 To be gone, 02 Better be, 03 I'll follow you tonight, 04 Bring down like I, 05 I say no, 06 A french love, 07 A voice to calm you down, 08 Somebody outside, 09 My secret, 10 Shoreline.
Duración: unos 39 minutos.






03 noviembre 2012

Tres rosas amarillas




Decir que Carver es un maestro del relato corto no es ninguna novedad, pero tampoco está de más recordarlo. Su muerte prematura a los cincuenta años, a causa de un cáncer de pulmón, deja su producción en un número de libros muy inferior al que nos habría gustado leer. Se dijo que era el escritor que América no se podía permitir perder. A pesar de su relativamente escasa producción (cuatro libros de relatos publicados en vida, además de Si me necesitas, llámame, que vio la luz de forma póstuma), se le considera uno de los grandes del siglo XX y se le llega a comparar con Chéjov.

Tres rosas amarillas, aparecido en 1988, fue su último libro de relatos publicado en vida. Diez años después, consolidada de forma sobrada la fama de Carver, surge la polémica acerca de las correcciones que su editor, Gordon Lish, hizo de los dos primeros libros de Carver. A raíz de estudios de gente como Alessandro Baricco (véase su artículo “El hombre que reescribía a Carver”), que tuvo oportunidad de acceder a los textos originales del autor, sabemos que Lish aplicaba una gélida tijera a los relatos, reduciéndolos en extensión y cambiando numerosos finales e incluso algún título. Su segundo libro, por ejemplo, pasó de llamarse Principiantes a De qué hablamos cuando hablamos de amor. Anagrama publicó precisamente hace unos años el libro tal y como lo concibió Carver, con su título original.

Como sabéis los asiduos del autor, se incluye a Carver en la nómina de autores del realismo sucio. Suelen habitar sus historias alcohólicos, divorciados, desempleados a la deriva, matrimonios en crisis. Es lo que encontramos en Tres rosas amarillas, donde Carver vuelve a dar muestras de su grandeza. El séptimo y último relato de la colección, que da título al libro, es el único que se sale de lo normal, ya que retrata los últimos días de Ánton Chéjov. En los otros seis encontramos historias de parejas, madres quejosas, alcohólicos rehabilitados que se despiertan y se fuman un cigarrillo de madrugada mirando el vacío… Como Bolaño (otro que murió también con cincuenta años), Carver es sentimental. En sus relatos la gente se abraza, se coge de la mano, rompe a llorar. Sus personajes nos resultan extrañamente reales, de carne y hueso. El de Carver parece un mundo cercano y auténtico, como el aire que respiramos. “Redención” es otra de las palabras clave. Llevaba unos años sin leer nada suyo y el reencuentro ha sido una delicia. No cabe duda de que es de esos autores que tienen un sello propio.

Valoración: 5/5.

27 octubre 2012

Aterrizaje forzoso



Le gustaban los gatos, el parchís y las tormentas. Tenía miedo a pisar las alcantarillas, a los ascensores y a los conductores kamikazes. Pesaba ciento sesenta y cuatro kilos. Llevaba ocho años sin salir de casa. Veía Friends. Sobre todo veía Friends. Y adoraba a Rachel Greene. Aún más: se sentía parecida a ella, se identificaba con ella.
Eso fue hasta lo del mono, hasta el capítulo del mono Marcel. Ross deja a su mono con Rachel, para que se lo cuide. A ella, claro está, se le escapa el mono y temiendo a Ross (sí, ha leído usted bien, los seguidores de Friends no ignoran que es casi imposible temer a Ross, pero en este caso ella teme a Ross) se pone de los nervios. Lo buscan por todas partes, y en un momento dado llama a su puerta una guarda forestal o una protectora de los animales o algo. Lleva uniforme verde y está muy gorda. En realidad es gorda. Tiene órdenes de llevarse al mono, al que ya han encontrado. Rachel intenta por supuesto convencerla de que no lo haga. Parece que va a salirse con la suya, pero, cuando casi la tiene en el bote, la gorda de pronto recuerda algo. Conoce a Rachel. Fueron compañeras en el instituto. Ya está todo solucionado, piensa Rachel, una antigua amiga, ahora me dejará el mono y Ross no se enfadará conmigo. Y entonces Rachel se relaja. La gorda le pregunta si se acuerda de ella, y Rachel se relaja, se relaja tanto que empieza a reírse, a reírse como una tonta, puesto que en realidad no se acuerda pero que nada de nada de la gorda. La gorda le refresca la memoria: precisamente no éramos muy amigas en el instituto, le dice, y no porque ella, la gorda, no quisiera. Más bien era que Rachel pasaba olímpicamente de ella. Que era de los que la marginaban y la ignoraban hasta la náusea. Por ser gorda.
Suficiente: al presenciar la escena no pudo sino apagar el televisor. Con mucha serenidad, se levantó y se miró al espejo. Se vio a sí misma, tal y como era. Dejó de mentirse y fue consciente de la repulsión que podía causar en ciertas personas, en personas quizá más delgadas pero puede que también menos dignas que ella. Comprendió que Rachel era una de esas personas, y que ya nunca la miraría con los mismos ojos. Aterrizando de repente en la realidad, decidió dejar de creerse Rachel Greene. Es más, en un momento de arrebatada dignidad, se alegró de no ser como ella.
Pesaba ciento sesenta y cuatro kilos. Llevaba ocho años sin salir de casa. Le gustaban los gatos, el parchís y las tormentas. A veces veía las telenovelas. E incluso el pressing-catch.

2008

19 octubre 2012

La senda del perdedor



En la página ciento sesenta de La senda del perdedor un personaje le hace una paja a un perro. Un poco más abajo, en esa misma página, se mean en una botella de leche que a continuación vuelven a colocar en la nevera. Un poco antes, un alumno se masturba en plena clase. Cosas como estas haría de este un libro con posibilidades de éxito entre los adolescentes, aunque sólo sea por morbo, diversión o simple curiosidad. Pero me temo que somos ingenuos si pensamos así porque la mayoría de los adolescentes no están muy por la labor de leer a Bukowski. Ni de leer, en general.

“La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo”. Así comienza La senda del perdedor (1982), una novela que ofrece una visión desde la derrota dentro del país de los ganadores por excelencia, donde todo dios tiene la obligación de sonreír y ser feliz. El libro, de tintes autobiográficos, se caracteriza por la incorrección que destila la prosa de Bukowski, los disfemismos, la contundencia, una rabiosa mirada hacia el mundo fruto de la precariedad y déficits varios. Desde los márgenes.

Chinaski, el álter ego del autor, tiene un padre cabroncete. Nos relata sus primeros años de vida, en el contexto del crack de la bolsa de Nueva York en 1929, la Gran Depresión y todo ese período de entreguerras. No soy de los más partidarios de Bukowski, pero es una lectura más que entretenida que divertirá a muchos. Como sabéis los habituales suyos, no falta testosterona y valores “viriles” como pelearse, llamar “nena” a las tías o beber cerveza y whisky hasta la extenuación. Aunque, para ser justos, creo que reducir el libro de Bukowski a este tipo de cosas no le hace justicia.

También aparece en el libro esa preocupación tan española y se ve que universal de guardar las apariencias. Si en el Lazarillo los hidalgos pobres se esparcían migas de pan en la ropa al salir a la calle para que se viera que habían comido en abundancia, aquí el padre de Chinaski finge conducir hasta el trabajo cada mañana cuando en realidad está en paro.

Fragmento:

“Realicé varias incursiones prácticas por los barrios bajos para prepararme ante el futuro. No me gustó lo que vi. Entre los hombres y mujeres no había ninguna osadía o brillantez especial. Deseaban lo que todo el mundo deseaba. Existían también ciertos obvios casos mentales a los que permitían deambular sin perturbarlos. Yo había observado que tanto en el extremo muy rico o muy pobre de la sociedad, a menudo se permitía que los locos se mezclaran libremente con los demás. También sabía que yo no era completamente sano. Todavía sabía, como cuando era niño, que albergaba algo extraño en mi interior. Me sentía como destinado a ser un asesino, un asaltante de bancos, un santo, un violador, un monje, un ermitaño. Necesitaba algún sitio aislado para esconderme. Los barrios bajos eran desagradables. La vida del hombre normal y sano era tediosa, peor que la muerte. Parecía no haber alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que me había permitido acceder me había hecho más suspicaz. ¿Qué es lo que eran los doctores, abogados y científicos? Tan sólo eran hombres que habían permitido que los privaran de su libertad de pensar y actuar como individuos. Volví a mi cobertizo y bebí…”

Valoración: 4/5. 

11 octubre 2012

Ante la belleza de las cosas



"Se conmovía con verdadero entusiasmo ante la belleza de las cosas. Desde la nata de la leche hasta la superficie de una taza. De un tapón de lavabo seco y resquebrajado, de una mota de moho sobre una fruta, decía que eran bonitos y los señalaba con el dedo. Un día que estábamos en casa de la hermana de un amigo, reparó en la válvula de una olla al lado de los quemadores de la cocina. La tomó entre el índice y el pulgar y alabó sus cualidades plásticas, sin tener en cuenta la sorpresa de nuestra anfitriona. Hizo incluso un par de comentarios, extrañado de no encontrar más eco entre nosotros. (…) En el restaurante, admiró las tacitas con estrías azules en las que nos habían servido el té. Las sostuvo en sus manos con mucho respeto y me confesó que con sólo verlas deberíamos sentirnos felices."  

Fragmento de El agrio (Periférica, 2009), de Valérie Mréjen (París, 1969).

Chema Madoz